Por:
Alexandro Bonifaz Trujillo
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Fecha:
2020
El apasionante mundo de los hongos ha estado en contacto con la humanidad desde su origen. A través de los anos, estos han tenido múltiples usos y fines: inicialmente como alimento, en el afán del ser humano por encontrar nuevas fuentes nutricionales, y quizá también como elementos de ornato. Un buen ejemplo es uno de los frescos de Herculino y Pompeya, pintado antes del año 79 d.C., donde se observan algunas setas (Lactarios deliciosas) y faisanes. En diversas civilizaciones como la griega, romana e hindú, los hongos se consideraron alimento sagrado. Gracias a la obra de fray Bernardino de Sahagún, y libros como el Popal Vuh y el Chila Balam, sabemos que, en las culturas prehispánicas de México, tanto en la náhuatl como en la maya, los hongos adquirieron un rango elevado y se consideraron también comida de dioses y reyes; tal vez en Mesoamérica esta relación tenga que ver más con los hongos alucinógenos que con los alimenticios. La costumbre de ingerir hongos con fines místicos continua hasta nuestros días. Hasta el siglo XVIII, los únicos hongos conocidos eran los macromicetos o setas, pero gracias a la invención del microscopio por Leeuwenhoek, se nos ha permitido asomarnos al mundo no perceptible por el ojo humano, para así encontrar el vasto grupo de los hongos microscópicos, del que se han obtenido múltiples beneficios; por ejemplo, el desarrollo de alimentos y antibióticos, al igual que la capacidad de reconocer aquellos que son patógenos para el hombre, los animales y las plantas