Por:
Michaël Foessel
|
Fecha:
2020
A menudo me pregunto qué hago aquí todavía. Solo o rodeado de gente, en lo negro o cubierto de luces artificiales, en una calle oscura o al borde de una pista de baile, siempre la misma pregunta: ¿Quién soy yo, este que sigue despierto?». Desde el momento en que esta pregunta se plantea, sé que la noche ha acabado. La experiencia nocturna es ajena a una reflexión que pretende volver a asir el yo en su soberanía. Cuando me pregunto por qué me quedé hasta tan tarde imagino, en efecto, que podría estar en otra parte. En el sueño, por ejemplo, que me protegería de esa fatiga que habré de arrastrar a lo largo del día siguiente. Puesto que podría hacerlo, probablemente debería seguir durmiendo, más que habitando este cuerpo en vela que me sustrae del pueblo de los durmientes. Como pasa a menudo, la pregunta ¿Quién soy?» encierra algo de moral. A las cuatro de la mañana -escribe Louis-Sébastien Mercier- solo el poeta y el bandido están en vela»1; lo mismo puede decirse de quienes tienen algún interés en el anonimato. Pero yo, que no soy ni bandido ni poeta, no tengo razón alguna por estar todavía despierto. Excluido del sueño de los justos, tengo sin duda algo que reprocharme. Empezando por el hecho de estar todavía despierto cuando todo (mis fuerzas que decaen, los imperativos del mañana, el vacío que comienza a formarse alrededor) me incita a abandonar la noche.