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 Imagen de referencia Hemeroteca Digital Histórica
Colección institucional

Hemeroteca Digital Histórica

En esta colección encontrarás publicaciones colombianas y extranjeras, editadas entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XX. Estas obras ofrecen una gran riqueza documental, derivada de piezas únicas y grupos de publicaciones de diversas ciudades, que abordan acontecimientos políticos, económicos, históricos y culturales específicos.

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    • 15 de Julio de 2019
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Imagen de apoyo de  La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 22

La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 22

Por: | Fecha: 06/02/1875

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. .. -------<¿:---¡~ S Q 2 ~,---,S,,----, ___ - - - PERIODIOO DEDIOADO A LA LITERATURA - erie n. Bogoti, 6 de Febrero de 1875. Número 22. Al\. DE. EL DOCTOR SANGRE_ (Contilll1:lcion. ) FiESTAS. -" Oielo hermoso, ya no te veré más!" así exolamó Garcfa, al despertarse despues de un su eño fatigoso y pesado en que su alma habia sufrido las torturas del infierno y su cuerpo ha­bia luchado con la angustia y la fatiga, como el pez moribundo entre las ondas negras y pesa­das del mar de Sodoma. El cielo estaba alegre, azul y sereno y una de sus luces ontraba juguetean ~ro al tl'aves de los negros enrejados, como si quisiese llevar al reo Ulla ilusion de esperanza, léjos cantauan los gallos y las campanas n.e la iglesias desperta­ban á. la dormida cin rlad. García saltó de la barbacoa y sus ojos maqui­nalmente se posaron sobre la cruz que colgaba en la pa.rea como la illlágen de la resul'eccion y la gloria. Hay almas para las cuales los gran­des peligros son como el fuego para el acero, las retemplan y afirman. Así era esta: el re­mordimiento y la duda la habían agobiado; la muerte cercana le volvia su vigor. Alzó sus ojos á Dios, se despidió de la v ida, cuyos prin­cipales acontecimientol! habia repasado lugu­bremente su sueño anterior y esperó la hora. No tardó ésta en llegar: corrieronse los cerro· jos y el preso sumergido en una meditacion profunda no oyó su crugido. Valverde entró con aire desenfadado, el manteo echado al hombro y hácia la nuca el sombrero de teja. Era. talll­bien hombre de pelo en pecho y juzgaba que si el anuncio de la muerte puede causar impresion, la muerte en si misma era más bien un premio. Dejóse pues de salamerias y gritó: -García, los momentos urgen, -Ya lo sé, padre, estoy listo. -De rodillas, pues j ya sabes la obligacion del cristiano. Sentóse Valverde en la bnbacoa, quitóse el sombrero de teja, dejando al aire su ancha co­rona que con la calva se confundia, apoyó la cabeza devótamente sobre In. mano derecha en que colgaba su pañuelo de rabo-gallo y prestó atencion. El reo se santiguó y poniéndose de rodillas acercó sus labios al oido del sacerdote y dejó caer en él sus confidencias íntimas, la historia de sus miserias y do sus desgracias. AlU el sacerdote no es hombre, es un vicario do Ori to cuyas palabras bajan como del cielo, llenas de uncion y ternura. Despues de una ho­ra de conferencia, Valverde se quitó la mano del rostro, bañado en sudor y bendiciendo al preso le dió un estrecho abrazo, diciendo como Oristo: Vade impace. El preso se levantó: su marmóreo semblante e taba resignado y tranquilo j su alma no vivia ya en este mundo, la voz del sacerdote la habia. llevado á. los horizontes de la inmortalidad. La familia de García no habitaba en la capi­tal, pero dos ó tres amigos llegaron á darle el último abrazo y á animarle con sus palabras: á. todos contestó con serenidad. En seguida entró el alguacil mayor, seguido de una turba de agentes subalternos que traian unas grandes tijeras y una larga túnica blanca manchada de sangre. Por órden del alguacil mayor, so pu o el preso de rodillas; uno de los alguaciles le cortó el cabello y otros dos le pu­" iuron la t ún iea. Afl:era se oía el murmullo de la plebe, aglo­merada á la entrada de la cárcel, en donde una humilde borrica, tristemente enjaezada, espera­ba á su jinete cosas de Esp'lña. Eran las ocho de la mañana. El preso salió sostenido por los alguaciles y acompañado por el sacerdote. Montáronle en la borrica y cuatro soldados de ccl.saquilla azul y calzon bajo toca­rOn en sus pitos y tambores una especie de marcha fúnebre, en tanto que Val verde recitaba con aire gangoso las oraciones de los agoni­zantes. La gente do la plaza miraba, cuchicheaba y tal vez sonreia, que hay almas tan viles ó ig­norantos que hallan una fiesta en la muerte bárbara dada á uno de sus semejantes por una sociedad que no se sonrojaba de llamarse cris­tiana. El cortejo marchó al centro de la plaza, en donde la horca alzaba sus de'3cal'nados brazos dejando ondear al aire la soga fatal. Especi<'Ícul~ horroroso! Subieron al preso al andamio que debajo de ella se alzaba. El verdugo le ató la so­ga al cuello con un nudo corredizo, á. la vez que otro verdugo trepaba ~í la cima de la horca. Un momento despues ei verdugo saltó al sue­lo, el andamio desapareció y el cuerpo de Gal'cía quedó colgando tranquilament0 ; pero al instan­te mismo 01 que ocupaba la cima de la horca se descolgó _ violentamente por la soga, quedando a ahorcajadas sobre los hombros del infeliz con­denado. El toro más violento al sentir sobre sus lomos por primera vez al llanero, y en sus hija­res las agudas rodajas de la espuela no habJ in dado saltos y saoudidas más violentas j pero el jinete estaba. aganado á la cuerda y sus piernas • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 170 LA TARDE de acero estaban cruzadas en torno a l cuello del moribundo. Aquel rato fué espan toso, su rostro, de lívido se convirtió en morado; sus ojos esta­b?, n iny'ectados, horribles y la lengua le colgaba hmchaClay negra. La multitud miraba, por un momento aterrada y el doctor don Francisco de San de, Presiden te del Nuevo Reino, miraba complacido desde sus balconelj el espectáculo. No en vano le llamaban el doctor Sangre. Cuando hubo expirado, el verdugo saltó al su elo y Valvdrde subiendo a l andamio dirigió á la multitud una platica, mostrando el cndaver, como un ejemplar de la justicia humana. Entre tanto un hermoso castaño de la saban a rica­~ ente enjaezado, con una silla de terciop~lo ro­JO con cantoneras de plata entraba al palacio d e l Presidente. Don Jaime, l os oidores Enriquez y G Ó?le z de Mena, que siemp r e acompañaban al PresId ente en sus maldades, llegaron lujosamen­te v cstidos, en briosos caballos y tras ellos los miem bros de uno y otro cabildo, la clerecía y toda la grandeza de Santafe. La multitud que habia a sistido á la prim era fiesta, dejó de oir el se rmon, se 01 vidó de la hor­ca y volvió curiosa y alegre á extaciarse e n la comitiva que ruid os a y feliz marchaba al en­cuentro d e l Visitad or. D es de San Victorino para abajo el camellon estaba lleno de toldos blancos sobre l os cuales flotaba la bandera amarilla y d ebajo las lindas vendedoras de spachaban á los númerosos COUl­pradores, mantecados y bizcochos, barquillos y palacinos, ora destapando los botellones de aloja cubierta con claveles, ora sacando en totumas hmpias y nu evas el oloroso vino de lllaÍz color de oro. Todo era alegría y el mismo so l parecia regocijars e como ignorando lo que se oc ultaba allá en el fondo de los corazones. Serían las cinco de la tarde cuando la comi­tiva regresó entre una nube de polvo, al r e pi­que de las campanas y al tronar de lo s co hetes que poblaban los aires. Oasi toda la ciudad es­taba afuera, los que no á pié, á caballo y só l o en algunas ventanas de donde llovian flores de­jaban ver lindas caras, ante las cuales caraco­leaban los pisaverdes de Santafé. L os vivas a~r?~aban los aires; pero notóse que todo iba dll'l g Ido al poderoso señor clan Andres Saliema de Mariaca, Vis itad or del Nuevo Reino, mién­tr~ s que ~l nOl;nbre del do cto r Sangre só lo ha­~ na. podIdo OIrse en. alguno que otro grupo, lrómcamente pronunClado. El Visitadol' se mostraba taciturno: e l de ~ande, don Jaime y los oidores, por e l contra­no, com~l?,cientes, decidores y galantes p ara con el VI sItador; así es el mundo: estais arri­ba? r espirad el incienso, señol' mio; pero cui­dad de no dejaros caer. El Visitadol', que venia cabizbajo, al desem­boc a r la comitiva á la plaza alzó la cabeza y vi6 la horca, en que colgab a todavía el cuerpo l ácío d el condenado. Como era corto de vista no c~mpr~ndi ó d~ qu é se trataba y preguntó al vll'ey Si le tema prepara da alguna fiesta de ma­roma, .para obsequia: su llegada. -SI, señor. Visitador, dijo el de Sande, esa fiesta la. tengo siempre preparada para los ma­los servldores del virey, cualquiera que sea su clase. Bstas palabr as las dijo con aire somb rí o, pe­ro a l punto cambió de tono y añadió melosa­mente: --Lo mismo tcndl'eís que hacer vos, seilor; porque ya mi mi"ion ha concluido y os voy á dejal" el puesto. No quiso el de Salieroa darse por notificado de aquella ameuaza qne comp r endió muy bion y contestó: --Bien sé que de vos y de vuestro Gobierno sólo podré dar á la Oorte lo s más favorables in­formes. La comitiva llegó á la puerta de palacio y l os grandes subieron a l salan en donde l os espera­ba l a Prcsideilta, do ña Ana de Mesa. Favor singular que e l Presidente quiso di s­p, ensar al Visitad?r, ~orqu? d esde su llegada de G~atemala no la habla dejado ver de nadie; te­mIendo que su belleza ca 11 tivase otr os cora7.Q­nes y ta l vez q u edase en olvido e l suyo. Una mesa suntuosa espel'aba al Vi. itador, que fué colocado alIado d e la Presidenta, miéntras que los oidores tenian en medio al de Sande v otras varias damas y caballeros ocupaban los· lados d~ la mesa. Manjares ricamente preparados, VlD OS generosos ~e. España y brindis halagado­res y galantes, hlCIeron aquella hora memora­ole en la sombría y silenciosa casa del doctor Sangre. Al cao r la noche todos acompañaron al Visi­tador á la casa quc se le habia preparado. La ciudad estaba en silencio i pero en ese silencio y en e l contento d e aquel dia un buen observa­dor habria notado que no era tanto por las dos fiestas como por las esperanzas del porvenir. En vano procuran los tiranos dorar lal¡ cadenas de los que oprimen y distraer con festines y con músicas á los que nacieron p a ra vivir libres. Continuará. --==->O<>-Orinto, humo de Lóndres, verde mar, viol eta de los bosques, vapOl', azul de Suecia, &e, &c. &c. Fuese uno negro ó blanco, gordo ó delgado, de pelo negro 6 ~u­bio, nadie se cuidaba de eso; ante todo era preCIso llevar el I!olor de moda. Hoyes completamente diferente, vivimos en plena libertad, y este estado de cosas ha traido sobre cada dama una especie de responsabilidad de su bel~eza; ya no hay escusa para vestirse de un modo que SIente mal; conviene, pues, fijar una séria. atencion en las hechuras y en los colores que se adoptan, y la cues­tion tiene gra.n importancia; puesto que se tr.ata. á.la vez de parecer lo mejor posible, y de probar SI se tie­ne 6 no esa cualidad esencial mento femenina, el gusto, Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 174 LA TARDE El t ac to y el to snn fl ores de la civilizacion ; yénse:í. las veces oculta l' e á tal dnque a para dej nl'se coger por la primera niña que se presenta. Tomad un \'"estido de seda y de gnst u, y compadeced lo vesti dos de terciopelo de mala eleccion. :\IacIama de St a el , qne era fea, se n,do l'lla b a~ con plumas convirtiéndose en horribl e. Madama de Reca­mier, I'ln e era lindn, se ponia un prendido de dos pese­tas en la cnbeza, y es taba divina. El tac to es la ciencia de la oportunidad en toda las cosas; el t acto es más que una gra ci:l, las bace valer todas, las de la imaginacion C0mo lns esteriores. El tacto se adqni f' re, el gusto se forma, tienen un orígen comun: el deseo de agradar bien entendido. Para concl uir p e rmítas~ n os al gunos con, ejos gene· rales, ll pl ica blcs á to d~s las latitudes y á todos los tiempos. Los colores claros: el azul bajo, el color de paja, el rosa, el verde pálido, convienen á In tez morena y co­lorada, el blanco e su triunfo. Por el contrario el negro; el rnjo, los m·\ti ces oscuros r concentrados son más favorabl es á las rubias, y !'obre todo el color ru­bio pálido. Lo que es una verdad con á las colores, puede muy bien apli carse con respecto á los tejidos : las mujeres gruesas deben gastar telas ligeras, y las delgadas telas de mucho cuerpo. Si empre los contras· t es. Lo contrario efi al ejarse de la armonía, y puede decirse que en materia de toilette, las antít es is son con frecuencia las que obtienen más victorias. No tratamos aquí de ciertas bell ezns fuera de lo ordinario, ó de ciertas originalidades sin ej emplo: es­tas ti enen seguridad de ser admiradas bajo todas las forma y maneras; pero las reglas no e hucen para las escepeione . No hemos querido más que hacel' al­gunas indicaciones generales que nos sabrán Ilgl'adecer las lectoras indeci as. UN JURAMENTO_ Conclusion. El hombre del fusil se aproximó; y :í. los mo· ribundos resplandore~ del crepúsculo Ralph creyó reconocer en él al cazador J uau Deuis, el mismo á quien habian cnterrado por la maña· na en el castillo. Entre este apuecido y el de la noche anterior habia, para el vizconde, la diforencia que existe entre lo bello y lo feo; entre una mujer seduc­tora y un hombre de rostro repugnante. Fulmen muerta y saliendo de la tumba, era inconcebiblemente bella aun; adcmas Ralph no la habia visto como habia visto al cazador, acostado en su ferétro, inmóvil con eEa palidez amarillosa que es indicio cierto de la muerte. Viendo aparecer á Fulmen apénas habia tem­blado; pero la fantasma del cazador tuvo el terrible poder de erizar sus cabellos y de hacer Cl'ugir sus dientes. El mu~rto, sin decir una palabra, levantó la mano é hiZO seña á Ralph de que lo siguiese. El vizconde era incapaz de dirigÍl' su caballo; pero éste dominado sin duda por una fuerza in· vencible, se puso en marcha de tras del cazador. . El muerto caminaba lentamente; pero sus plés no hacian crugir la nieve y apénas dejaban sobre ella una huella ligera. El caballo seguia maquinalmente. El vizcon­de de quien se había apoderado el terror se sen­tia como clavado en la. silla é incapaz de des­montarse¡ insensiblemente fué familiarizandose con el terror y cuando llegó á calmarse ae hizo la siguiente reflexioIl : - t, Quién sabe si este hombre ha muerto en r ealidad? ó si quieren burlarse de mi La sospecha empezó á tomar grandes propor-ciones en su espíritu. De r epente detuvo el caballo y gritó: -Hola 1 Juan Denis. -¿ Qu6 desea monseñor? -Saber á dónde me conduces. -Al camino del castillo que está tí cicn pasos de aquí. Venid señor, yo os mostraré á Roca Negra, Ralph no se movió. -Dime, Juan Denis, ¿ me asegurais que has muerto realmente? -Toma! ¿ no habeis asistido esta mañana á mi entierro? - Si; ciertamente. -Eutúnces porqué lo dudais? y la fantasma soltó una carcajada estridente que hizo estremecer el bosque. Ralph montó en colel'a y puso la mano en sus pistoleras. -Pardiez, dijo, quirro saber á punto fijo si estais muerto ó vivo. -Ah! ah! Tomó el vizconde una pistola y la preparó. -Nunca muere uno dos veces, continuó, y jamas he oido decir que una bala haya hecho el menor daño á. una faDtasma. - Yo tampoco dijo el cazador con tono de burla. -Entónces no arieago sino una cosa. -Ouál? - M;1tar á un pillo que se ha burlado de mi. Esto di ciendo el vizconde apuntó al cazador. -Ea la frente, dijo, haciendo fuego. El tiro partió; un relámpago ilumino el bos, que y una carcajada satánica se dejó oir, des­pues, cuando la nube de humo que le habia en­vuelto se disipó, el vizconde no vió ya á Juan Denis, hnbia desaparecido como desaparecen los fantasmas ... , .. Entónces Ralph clavó las espuelas en los flan­cos de BU caballo y en algunos segundos llegó al camino del castillo. La noche empezaba á caer; pero en lonta­nanza alumbraban las luces sobre la sombría fachada de Roca Negra. IX. El vizconde Ralph llegó al castillo más páli­do y conmovido que nunca. Un hombre le esperaba á la entrada del puente levadizo. Era el baron que estaba mu~ cho más alegre aun que por la mañana. -Ah! mi querido huesped, dijo corriendo á • • • su encuentro, es necesarIO convemr que no S018 muy feliz, os habeis extraviado, y perdido la caza; nosotl"OS hemos pasado el resto del dia. buscandoos inutilmen te. U n secreto instinto de prudencia impidió al baron hablar del extraño encuentro que habia tenido. Efectivamente me he extraviado, dijo, hice mal en fiarme de mi caballo. -¿ y no os ha sucedido nada? -Nada ...... absolutamente ..... . La voz de Ralph temblaba á pesar del es­fuerzo que hacia para ocultar su emocion .. -Está. bien! dijo el baro~, que parecla no • • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • q LA T A RDE ¡ l ~­liJ hab E' rlo notado, vaDlOS á. la mesa ; IIe r mi n i a ' Es b u eno, pr osiguió porque mo ba per ..:ni­nos e p e ra, y vo s d e b eis tener m u ch a h amb r e . t ido r e cata r me. Si un h omb r e mo amara más -Mucha, balbuceó e l viz conde , d esmontan- a llá de l a tumba . . . .. . dose y solta ndo las bl'iaas d e s u caballo. j Yo os amo, exc l amó! Ralph. Como lo habia anuncia do e l b a r on , H erm i nia i , y c u ando m i mano toq ue la vue stra, a r ro-las e s pe raba en el com e d or. L a j óve n estaba j a r ei s un grito como l a !loche últi ma, y t e ndreis p á lida y miraba al vizc ond e co n un a i n d ec i b l e miedo .... . . i L os muertos siempre tiencn frío ! tristeza, habló poco durante l a comida y p ar e- D a dme vu estr a mano , re pondió Ralpb ció absorta en una m e di tacion profund a . tendien d o la suya r es u e l tamente á l a m u e r ta. S ólo el baron es taba al e gr e. R a lph p or s u ¡ H ela a quí . parte d ese aba qu e la comida s e terminase . Q u e - Ra lph es p e l'im entó un a sensacio n t erri b l e; ria v er de nue vo á Fulme n. p e r o tuvo v al or para co n te n e r se y f u erz a p a r a -La amo! murmuró m etie ndo se e n s u l ec h o so nre ir. Cub rió á la mue r ta con un a m irad a !l e­y apagando la bugia y con voz t embl or os a y na d e a mo r y l e d ij o : conmovida empe zó á g¡'itar : --Yo os a mo! -Fulme n ! ...... Fulmen !...... --Pobre a m ig o mi o, co n te s tó e ll a son rienc1C', Un ins t a nte d e pu e s de esta evoc acion mi s t e· cr e o qu e em p eza is á amar me . riosa, las b lJgias de la cbime nea se encendi e r on -i Olt ! yo os l o j u r o ..... . y Ralph, cuyo corazon palpitaba violentam e nte, El a ~ or qu e s o prof es a á un mu e r to es u n vió aparecer la muerta. amor es t éril; y p a r a qu e v u es t ro a mo r pu d i ese Despues de todo lo que habia visto, Ralph abrirme l as pue r t as d e l ci el o, se ria n eces ario creía ya en los aparecidos. que fu ese t an profu ndo, tan ar diente, tan apa- !Si hul-iese dudado de la muerte de Fulmen, s ionad o, qu e odi a r as l a vi day amar as la t umba ... despues de haber e trechado su mano hE'lada; y á. vues tra ed a d, R a rh , l a vida es muy b e lla ! .. si no hubiese dado fe á la iLscripcion fúnebre de El escoc es movi ó la cab e za y dijo: la capilla, habia por lo m énos un acontecimie n- --Ah! vivir sin vos , es la muerte; la vida, to que no dejaba duda. Era la mue rte del ca- unirm e á vos e n l a t umba. zador. Ralph le habia apuntado perfectamen t e , Ouidado, ami go mi o . y estaba seguro de haberle clavado la bala en P orqu é, qu e rida Fulm en ? la frente: P o rqu e s i hi ci eceis s em ej an t e v oto, Dios Esta circunstancia quitaba al vizconde sus podria a d m i t irl o . últimas excépticas ideas. Ah! continuó 01 j óve n c on exa ltaci on , j se r Al evocar la fantasma de Fulmen, lo hacia vuestro es po s o e n el ci e lo! atrav esa r con v os la con la buena fe de un nigrom á ntico, eternidad de los sigl os , no es la ve rdader a La fantasma apareció, arroj ó su sudario y s e vida, la f eli cidad sin límites? sentó en una silla á la cabecera del lecho de Ralph continu o la mu erta e n c uyos ojo s Ralph. brillaba una al egría ce l estia l , cuid ado. Tenia efectivamente la palidez cadáverÍca de i N o t e mo la mue rte ! los muertos, los ojos apagados y el andar peno · P e ro si me ama s, m orirás ..... . so y lento de los que vienen del otro mundo; Lo d eseo ardi e ntemen t e . apesar de esto estaba hermosa hasta el punto de S ois e l prom e tid o d e mi h erm ana. hacer palidecer la inconcebible belleza de su Ralph d ej ó e sc apar uua explo sion de cólera. hermana Herminia. --Oh! la odio, dijo. Ralph esperimentó una suprema emocion; --Porqué ? despues se sintió dominado, fa scinado y por d e - --Porque ella vive , mi 6n t ras la tumba s e h a cirlo así atraido por el luminoso semblante de ce rrado para vo s . ¿ Qu é ha h ec ho ella para Fulmen, y una vez más olvidó que ella no per- gozar aún de los r a yos d el s ol, d el perfume do tenecla ya á este mundo. las flores, del can t o d e las aves ? ¿ Era m á s b e - -Oh! murmuró con voz temblorosa; oh!... 11a, má s j ó ve n ? ¿ T e nia el co raz on m ás puro ? al fin !......... ---Ra lph murmuró la mue r ta , sois injusto y -Aquí estoy, dijo Fulmen, por cuyos labios oruel. Mi h e rmana no dirigia el dedo del de s-descoloridos rodó una angélica sonri, a. tino qu e m e t ocó en la fr e n te ....... -¡ Cuán buena sois! murmuró Ralph mi- Quizá t e neis razon, Fulmen, p e ro os juro rándola con amor. Tenia mucho mi e do que no que no me ca s aré nunca co n H e rminia, y s i Dios qui e re llamarme y unirnos en la eternidad, estoy pronto á morir. •• • VlUleselS. -j Es muy léjos del otro mundo á aquí! • • amIgo mIO. -Luego la distancia existe para los muertos? preguntó ing6nuamente el escoces. -Como para los vivos, amigo mio; yo os lo he dicho, estoy condenada ...... El infierno está mns léjos que el paraíso .......... .. -i Condenada-! murmuró Ralph. -Sí, porque he muerto con un pensamiento de amor. -Dios es bueno, sinembargo ...... -Si, Dios es bueno pero severo. La voz de Fulmen estaba impregnada de lá- • grllllas. La muerta retiró brnscamente la mano y dijo: -Prefioro subir al cielo á obtener mi rede n­cion por semejante sacrificio. y levantando se vivamente dió un paso para l·etirarse. -Adios, dijo, adios Ralph ...... casaos con Herminia y rogad á Dios por mí. Ralph se lanzó tras e Ua y cayendo de rodillas . -¡ Fulmen! i Fulmen! murmuró! no m e b d . I I a an onels....... i os amo. -Vuestro amor es la muerte. -j El la dicha, es la lipertad ! . .. . . . Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 176 LA TARDE Abundantes lágrimas corrian pf)r sus meji­llas, y su acento era tan vcrdadero, tan simpá­tico tan conmovedor, que Fuhnen se detuvo. -·-Entónces me amai verdaderamente? ---No ambiciono sino morir para vivir eter-namente contigo. -y si depondies.e de mí el matarte al instante -Ah i no vaciles, murmuró lleno de exaltll-cion y de amor. La muerta quedó pensativa. --Escucha, dijo al fin, extendiendo la mano h:ícia una pequeña cómoda esculpida por Boule ¿ veis ese mueble? -Si. -Pues bien, dentro se encuentra un fra qui-to que contiene un licor rojizo ... reflexiona aun cuando yo no esté aquí.. .... -¿ y ese licor? ---:Bs la muerte_ ---j Es la felicidad! dijo Ralph lanzándose hácia la cómoda. Fulmen le detuvo con un gesto. -Todavía no, más tarde ...... A media noche hay tiempo para reflexionar ..... . Inmediatamente las bugias se apagaron y Ralph quodó en una oscuridad completa; sin embargo creyó ver la blanca fantasma de la muerta alejarse lcntamente, y despues borrarse y desaparecer, como se borran y desaparecen los fantasmas. x. Si el vizconde Raph hubiera sido frances, es probable que, cuando Fulmen hubiera partido hubiese corrido á. abrir la ventana para expo­ner su frente ardiente al aire frio de la noche. Pasado este primer acceso de fiebre, hubiera reflexionado y dicho: -Tado esto es una locura, tengo vcinte y dos años, soy mosquetero del rey, voy á. casarme con una hermosa niña rubia como una madona y blanca como una azucena y que me trae de dote cien mil libras de renta. Verdaderamente no tengo sino que dejarme llevar por la corrien­te de la vida y se hubiera acostado tranquilamente sin pensar más en Fulmen. Pero Ralph era escoces j habia sido auullado en su infancia con esa ex­traña leyenda de la doble vida que se repite en las faldas del monte Cheviot, habia llegado á. tal punto de exaltacion, que para él, en lo suce- • • • • • • 8IVO, monr era VIVlr, era reunIrse para sIempre á Fulmen. Luego que la fantasma hubo desaparecido, se precipitó hacia la chimenea, y buscando un tizon se puso á. soplar para encender una bugia couió luego á. la cómoda, la abrió y encontró con facilidad el frasco. -FulmenL .. Fulmen!...cspérame! yo te amo!... y esto diciendo, bebió el contenido del frasco. Ralph esperimentó por un momento una sensacion extraña inexplicable, un gran frio én el pecho y mucho dolor en la cabeza; en segui­da sus ojos se cerraron poco á poco, su piernas flaquearon y una laxitud extrema que se apo­deró de él, le hizo caer en cl suélo murmurando con voz inteligible: ---Fulmen ! ...... espérame! ...... te amo! Al beber el contenido del frasco, Raph creyó partir para el otro mundo. Se engañaba. ----• El frasco DO contonia sin un narcótico, y el vizconde se llenó de asombro cuando al desper­tarse, al cabo de alguna horas, se en con tró en su lecho y vió qu por la ventana entraban 106 ravos del sol. " Una mujer estaba n. su lado. Ero. Fulmen, pero no Fulmen la muert iuo Fulmen jóvell y bella, con la mirada ardiente, la boca fresca y sonrosada, vestida con e e traje color do púrpu­ra y con el corpiño de terciopelo negro que lle­vaba en el baile de la Opera, donde Halph la per eguia con us promesas de amor. Por un momento el vizconde croyó estar muer­to y en el otro mundo, pero bien pronto reconoció el aposento en que e encontraba, y vió al tra­ves de los barrotes de la ventana los árboles del parque de Roca Negra. Ademas, Fulmen le habia cogido las manos y le miraba sonriendo. -Ah! querido esposo, le decia, ahora si po­dremos unirnos, porqué estoy segura de tí i por­que creyéndome muerta has querido morir i porque has aceptado hasta la última prueba. Tranquilísate, amado Ralpb, Fulmen no ha muerto y sólo quiere vivir para amarte siempre. Ralph atontado miraba á Fulmen y parecia no comprender. La jóven dió tres golpecitos en la pared y la puerta por donde ella entraba al cuarto del es­co es cuando hacia el papel de fantasma, se abrió para dar paso á Herminia, á. su padre y á un elegante gentil-hom1re cuya presencia hizo arrojar á Ralph nn grito de terror. Era Juan Deni, pero sin barbas, con el sa­co azul y las polainas de cuero que ántes usaba. -Querido vizconde, dijo el baron de Roca Negra, permitidme que os presente al marqués Juan Denis de l\I aurever, esposo de mi sobrina Hermia, que se ha prestado, en compañía de su mujer á los caprichos del otro mundo de mi querida hija Fulmen. Fulmen que tenia siempre las manos de Ralph entre las suyas añadió sonriendo: -¿ Quereis saber de que provenia la sensa­cion de frio que espcrimentabais ? le ponia unos guantes de piel de culebra tan delgados y diafanos que no se lo apercibia. Mi primo de Maurever se habia disfrazado de cazador, y h:tbia hecho confeccionar en Paris su imigen en cera, que es la misma que has vis­to en el féretro. Mirad amigo mio, con muy po­co se llega á ser fanático j y de un hombre es­c6ptico y burlon se ha hecho un hombre que cree en los aparecidos. -Pero, exclamó Ralph, que recobro al fin el uso de la palabra, espero que el señor de Mau­rever me explicará. cómo consigue hacflr frente á una bala, y de que modo llega :i desaparecer sin dejar la menor huella sobre la nieve. -Muy sencillamente, respondió el marqués: Vuestras pistolas estaban cargadas solamente con pólvora y mientras el humo os rodeaba, yo salté á la rama de un árbol donde me oculté. El vizconde frunció las cejas y dijo: -Todo, todo esto es una burla. -No, dijo Fulmen, es la consecuencia de tu juramento, amigo mio. Habias jurado amarme más allá de la tumba y he querido saber si cum­pliria. e tu juramento. Ahora, seré tu esposa . •

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 22

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 3

Por: | Fecha: 22/09/1874

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. _ --____ ----;z;z;--¡: ¡;::::. <:. (' ~ ? ?-<'"?J~--:jr------- PERIODICO DEDICADO A LA LITERATURA UD Serie 1. Bogotá, 22 de Setiembre de 1874, Número 3, Al\. DE. REVISTA DE LA CIUDAD. Con que al fin desperió el Fisgon u('spu ue un sueiío de largo ticmpo : "icmpre cl mismo, cUl'io'o co­me el que má. , ob ('nador r ávido de noticias. Al­guno ha dicho, y con l'azon : C:Il:íctel' y fig ul'a hasta la Rcpultura. En e tn ,ez e hn cncontl'ado en un teatro bi en di tinto, t!1 ha dCó'pertacl0 e11 un cementerio, rodea­do por todas p~rt e;;; de losa s pulcralef' , y cubierto con las sombra. de la muertC', tenienuo al frente el ángel del extC'l'minio, inexorable en su labor de de' ­truccion, pronto á arrebatar vidas precio as, como el huracan que con, u fu erz'l asoladora de pedazo. lo :\rbole'5, de;;troza los j ardi nes lll)dndo~e en 11 em­bate flores y renue\"os, botones que apénas han reci ­bido el aliento de la "iua para eael' inan en la noche ue la. etC'rnidal1. Cuad!'o pavoro o donde si se desliza un rayo de luz es para hacer resaltar la das figuras de huérfanos y de viuda, con mil deudos mú!', á qui ene el dolor y la afliccion lle::¡an de amar'gura y cubren dp lu to el corazon, Aye!' no más e: poeta del sentim ipnto, lluest!'o :!migo Fa­llon, uC'plol':\ba In muerte de la, señora. Dulores A, de Posse, y boy In. li ta de 1a defuncione se ha au­mentado con lo nOUlures de las señora Fau tina Po­sse de A, l;;iuora Loz:mo, y con el del simpá­tico jlÍl-en Oamilo An¡;el, miembro de una distinguid familiu, y cnya muerte ha sido generlmente sentiu,\ en e ta capital. El Fisgon c1C'~perl6 en la ta!'de de la .ida, quiso reh y emprender ue nueyo su carrera in,e~ti ga dora; pero al dar 105 primer()~ pa o. le sorprC'nrlieron las sombras de la nor']¡C', y sólo al pálido refl l:jo de las e trellas ]ludo contemplar la ciudad que él habla (lc­jado al abrigo de la dicba; muua y velada por la. g, >:\ Y el crespon. Mañana lo vel' emo~ r eaparecer ante una decora­cion nuC',a y animada_ Allí y rá que nI abrigo de la benéfica som]¡ra de la paz, lns hijo de Co­lomhia t¡'abajan :i porfía por 1:\ prosperidad del pa dando impu' o á las mejol'ls materiale y llev,1l1c!0 1 a luz de la in ~ tl'll ecio n á la generaciol] que se levanta; íer.í. empeñados á los di~t.il1guiuo ciuuadano en cu­ya mano hn confi:ldo el pueblo su poder, en fomen­tar el desarrollo inrlust¡ ial con el e tablceimlCnto de vias fél'l'eas, pr01l10vÍl'I1r1o la fundacion de 13111CO' y Imeiendo cruzar todo el pais con líneas telC'gr:í­Hcao;; cercn de 00 e5c11C'las C'n e, ta sola ciudad, oonde 4,157 niños fortalecen u inteligel1ci'¡ co., la in truceion y ele, an himno') nI reacIor del uni­verso; yarios establecimiento de instl'Llceion secun­dnria, donde ,e Lacen dpi(los en el apren ­dizaje de ca ' i tuda las ieneia ; un in tituto de ar ­t :r oficios para los p()bre~, y :i pocas legua de la ciudad, y en una magnillca quinta, una. eseuC'la doncIe lo jó,enes pueden ap¡'C'nder prácticalllentC', los "ono­cimientos Imis indisl'('Jl,'a bles ele la inrlu tri:! ngl'Íeola. No tendrá que nu rlar mucho ~in queIÍ. su po. o e cn­cuentro con el edificio de Santo Domingo, refol'mado • en toda su cxten, ion, en curo patio princip:!l, mil flo­rC's ue yariarlas formas y ma tices, le di pu tan la pree­minC'ncia :i la 1'0 a y :í, la dalia, ü la, ioleta y nI cl:!l'e l fi)rmando lo las un lila, aico encan tador, dc cuyo yer­de fondo lCY:\l1tn 11 sus corola. para l'e"ibi l' la bri sa húmeda qlle \lna fuente 1C'5 en l'la, brotando el agu'\ como lige ra I1m-ia por encima de \lna cop ¡ húbil 6 in genio amC'l1te cincelada. En ]:¡ plaz'\ de la C 11'titucion poclr.i contemplal' b :!ntigua Ca. n de correo., cOIll'('rtirla hoy 11 un ed ifi cio cómodo r el egante, d C'eorado con Ulla eomia. que el lIlal g\l~to habia mant,~ nido oculta por tanto tiempo; y si dirige la yi ,ta al Capitol io, obra quo di ­rige C'I in te ligen te y mode 1,0 Olar:!, se llenani de orgullo al considel'at' que en esta capital pueda al fin t erminari;e un erlifieio de tales proporcione, cuyas primera muestra del hermo"o fri o r arquitmve y las ::olumna jónicas que forman el pórtico, ltadeil conocer d e5l1e ahora, cuánta no ser:í la elegancia y belleza de e. ta ob¡'a, la cual una vez terminarla hará honor al pai s, Haciend frente al Capitolio e levanta airo a la ca. ¡. de Gutiérrez Jie to, y luego en dife­¡' entes calles eneontnrá la ca a de Ospina, Dávila, l\Iogollon, Suárez, Fon<;eca, obms de reciente con<;­t ruccion, ) q uo sirven de adorno á la ci udad, Hallal'iÍ. adoquinada. la calle nal y In de In. Oapuchina, y en via. de serlo la de Florian ; macadamizadas las de la. arrera. y la. quc de la plaz:l. de la OOD<¡titucioll conduce á la de los i\Iártire ; á donde de seguro no llegad el FisgoD, sin habc¡"o detenido ántes á contemplar el hermo o arco escar"ano de piedra, le­vantado sobre el rio de San Francisco, por el acre­ditado ingeniero Ponco de Leon, y entónce no podrá prescindir de ir á VOl' lo" otros do quo sobre diebo rio ti ene easi concluido' el mi.~ tUo i y u ph-cer llegad al colmo, cuan de al al' por a calle de "La arTer,l," se encuontre en la plazuela macacla­mizad~\ de , an Ag u~tin, sombreada. por dos hilera d frond()~os árboles, didúida por un riach uelo á cuyos lados se construyen boy murlllla , que bnb!',ín l' dC'tener la. fuerza clestl'uctora con que la corriento baja á veces, furio'a r cargada de pi eu ra y de louo, Pero qué dil',í cuando I'i"i ite la f.ibrica. de :ieido sul­fú!' i o y 1:1 de dl\ tilacion de li co re , ob~el'\-e la refor, ma que e e. tá haciendo en el lo al de S m Franeisc y In q\l(' han alcanzarlo lo C'stahlC' imientos do B e­neficencia, parti cularmente C'l IIo pital y el IIospiei , donde un1S pocas IIermanas, ll ena, de sublime abne­gacion, )" animau[\ ' por el mác¡ noule sentimiento, rinden el culto má aceptable á Dio, qne'n:tll rlo in ­eien<; o sobre la' nra de la ~al'ida<1; cntónce;; podni C0nvcne('r~e de que Bogol<í no C' la necnípolis, dO:lllo pOI' un momento creyó baILIl':e; c¡ne, i n.quÍ como donde quiel'J hay una p1\'te de la ociedad mísera y de ,¡¡Iidn, \'ario" sugelos I espctable y :Z). Lo que es e tal' ocioso. 08 hallábamos de::;ocll pa· dos un dia, conversa ndo de mil tIifercntes cosn~ , en una tienda de baté, y no . é pOI' qué circu ns tanci a o atr:wesó el nombre de Muzo y us min as. Esto di,) márgen para '1ue uno dij que t enia mudlOs do­se03 tIe conocer aquello, para q ue otro a.- r egase q uo tIo muy buena gana i ria, el t er cero que él t enia uu aSll1lto que arreglar por allá y , por ú lt.imo. para que 61 mús desocupado (q ue era un humilue ser vidor do us t ed) dijeEe que contal'an con su compañía. El viaje quedó :uTeglado, y al terce l'O dia, despues de haber preparado ranch o, li cores, chocolate y ci­garros, 110S pusimos en marcha más contentos que e tudiantes en vacaciones. Pasamos el camell on que conuuce h ácia el !orte, y que atraviesa uno tIe los valles mlls fértil es y her­mosos que ti ene la altiplanide. Aquel vall f', tan va­lioso hoy, cubierto de dehesas, semente ras de papas, maiz, trigo y ce b ~ dn, saipi cndo de cas itas con huertas que las rodean, y ll eno de animal es que pas­t an par todas partes , forruando todo aquello un cua­dro b ermosÍt;imo y lleno de animacion. Despue de haber pasado alguna parte de camino por el cerro, empezamos el ascen o del volador <1e Fú­quene y desde allí contemplamos el lago y sus exten­sas ribereñas comarcas. Este lago, descrito ya por otros viaj e ro!', se extiende á la derecha como un grantIe es pejo que copia el ci clo, ora diáfano y bri­llante, ora l'evuelto y oscuro. De. de allí se divisan lo;; campos de Oucllnubá, parte de los de Lengllasaque y á. la márgen del lago los que corre ponden á U baté, Guachet á, Ráquira, Tinj acá, Ohiquinquirá, Simijaca, Susa y Fúquene. Puede calcularse cuán hermoso será aquel paisaje, visto desde la cumbre del cerro. Vense allá las diferentes casas de las haciendas ri­bereñas si tuadas en las faldas de las colinas; acá, laS filas de sauces que parecen nacer de entre las aguas y que se miran en ellas; en otra parte el rio serpen­teando pOI' sobre una verde alfombra para ir á per­der¡: e en el lago. Hácia el frente los o curos r oble­dales que forman las azulosas montañas de Quic:l­gota, San Onyetano y Sema, y por último, al pié del espectador los ranchos de los indios pescadores y sus sementeras que van á confuntIirse casi con las aguas que las humedecen. Si á este cuadro quiere el lector agregar el pueble de Fúquene, compuesto solo de su templo y unas pocas casu..", situado en una pec¡ueiía falda; una quo otra barca que suavemente se desliza al impulso de su remero; los ganados con urnitIos en­tre los pantanos con la cabeza alta en bus ca. de laa hierbas que las orillas crian, algunas garzas que cru_ zan el espacio con vuelo tardío; un cielo despejado y un sol brillante completará este bellísimo cuadro, Acaso no esté muy lejano el dia en que la columna de humo de la. locomotora (no locomotiva como es­cribimos varios) rodee el lago por las faldas de Sema, punto senalado hoy como trazado para que el ferro­carril riel NOI,te salga al valle de Saboyá. y ya que se habla de esperanzas, bueno es consignar aquí c¡ue el emprendedor 5eñor José M. Sara vi a Feno, dueüo hoy de todos lo pantanos de este lago 6 de su mayor parte, tiene entre ma:lOS la lucrativa empresa de dar salida á las aguas excedentes á fin de utilizar los in­mem~ os terrenos que los de bOl'des inundan é inuti­lizan, sobre todo en invierno. Ouantiosa será la suma que en aquello se gaste, pero tambien es cierto que la utilidad recompensará el esfuerzo. Llegados á la cúspide del cerro que forma el vola­do?' ,tuvimos á la izquierna el valle de Susa. y Si rni­jaca, de no mén')s belleza y alegre perspectiv3, y des- • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. - LA TARDE 19 ;:ues de un su:\"e descen o pu imo nuestros caballus á galope en la llanlll·a. Quien baya pasauo alguna vez por entre la au- ~edas de imijaca no la,> olvidará jamas. Imngín e un ~nm~llon amplio, com de média )Pg'w, ele larg , per­fectamente plano y en med io de un'\ pared tupi {);L de verdura; pero qué venlura ! La que prodllc n lo. uño- 60S sauce de recto- tronco, largas melenas, murmu­llo melancólico y a pecto impático. auce- que su,;­piJ'an al deiar.-e e tremecer por la bri , y que sue:­tan U " amarillenta b ajas en f0rrna de encll rrujadcs bilos para que vayun .1 alfl,mbrul' el suelo. Imagí nense los pa tos nul.3 verdes y tiel'llos vi -tos por en tl'e 10- tronco y los 1'0 ale- que crecen á la orilla de los va­lIados; tdigase á la imaginacion al go de eso de que se Jena el alma :tl entrar en un templo solital'Ío Ó Ulla 'Arboleda umbría, pero. in más con,pañia que uuo mis­mo, y se t endd un'\ itlea de las sauceda de imijacn, que van e trecb:lndose en fuerza de In. perspecth-a á medid preci­picios con la velocidad de las piedras que le arroja­ban. El baberse enredado en lo,> bejucos de unos árboles que coronaban aquellos precipicios fué lo que le salvó la vida, pero no una pierna ue la cual ll\led6 cojo parJ. to'la su vida. Desde entónces se llama aquel punto de la peña el 8nlto de Olaya. En Simij<\c!l, despues de un refl'igerio, dejamoS nuestros cahallos y en las mula que p!lra el efecto traiamo<" emprendimos el camino del monte que con · duce al pueblo de Bucnavista á donde, despue de un largo descenso por entre p<Ír:11110 solitario y nu­LIado y luego mont.aña fangosa, llegamos al termi­nar el ciia E-te pequeño pueLlo sentado en un de,eanso de aquella escaler.\ qur' de. cicnde 'in interl'Upcion elesde la Boca delmont3 11 ¡..:ta cIrio Cantino, es como too dos los que se encuentran en situaciones emcja.ntes : sin suelo en donde edificar m.l", p bre y escaso de ecursos. Sólo la ig;les ia y unas pocas casas pajizas orman lo que e Il:lma el pueblo. AlIi empieza el límite entre la temperatura fda y la média. L,) primero arboles de plHano, los fra­gantes jazmineo; y la~ alegres anémonas anuncian que ~mpi e7.a la tiena caliente. Se me olvithb:1 un r eq\liii ito. Pido perrlon, lector benévolo, pOl' habel'lo traido durante un dia ('n com­pañí: 1 de \:lri03 viajeros in hacer la pre entacion d ~6tilo. n"y no se puede, á usanza europea, tra tal' á nadie in q\le haya sido ántes presentauo por al gnn conocido. Pero esto con i tió en que pOI' la precipi. tacion del viaje todo se olvidó y luego, como hemo Tenido tan ent.retenidos, ni en la, cuenta cai de tal formalielad. File bien, los cuatro viajeros son, un señor robusto, gordo, muy gordo á quien llaman Bl~· c1101I, otro señor hermano, idem, eadem, idem, á qui('n ll:unan del mismo modo, quizá por padecer d~1 mis mo mal. Estos dos j ó venes (in illo tempaTe) el'an y son gente sumamen te fr.mca , li;,tas para. 13 divel ion, el chiste y buen humor, y amables has. t:l donde se puede ser amable. Era tambien el otro, un jóven de imaginacion indagadora, de genio audaz é inquieto, amigo tan pronto de ai s larse á UD estu­rlio, como de emprendel' una broma y llevarla al cabo inmediat.\mente. Y el cuarto era ...• no; es un hu­milde scrvi(lor de usted. El muchacho de estribo 'y d emas servidumbre no merece presentacion; pero sí será bueno advertir á usted que el jefe de los arrie­ros era un h ombre ladino entromelid y amigo de meter su cuarto á e'padas cuando los s .:ñores esta­b!\ n conver:ando, sin que por esto dejara de ser hu­milde y servicia l. Abara sí será bueno que continuemos la marcba De,pue- de una noche tr,l11f)uila emprendimos el des· censo al dia siglliente pOI' ent;'e fang;aks profundo' ~'de s filaderos peligro> os, hasta lIeO'ar ca frente de Turtur, sitio que no deja de tener su importancia eu la hi -toria de la conqui.3b, pues fué donde pe­netrlÍ en 1540 el denodado capitan L'I Lanchero á someter á los musas y cJUmas, tribus belicosas y con­siderable.; y de las que más trabajo dieron pam su sometimiento. Figuróse Lanchero, á quien en>Íal"On á espe-dicion p rque ('11 Santafé le temian, que emprender de e'itas campañas era lo mismo que pelear en guerra n;-glllarizada, y que nada le costaba ser valiente y triunfar, comu nada le habia costado tumar á saco lÍ. Roma ú órdenes del condestable de Borbon. Y Ter­dad sea di cha, se llevó un clavo. Dícese que este sol­dado era de e tirpe clara, y que solo la fama de las rique7.as del J uevo Mundo lo hizo dejar al empera­dor Cárlos V, de cuya guardia era capi tan. Cuarenta hombres de infantería y uno pocos de cahallería formal'on el ejérr;i to que tenia que hallér­selas con millares de indios de los más aguerridos y dominadore- de los parajes más agrios y montañosos. Quien no baya viaja o por nuestras cordilleras no puede tener id ea de lo que es un camino malo. pero verdademmente malo. El viajero por lo reguiar va cün el credo en la boca temiendo á cada instante ro ­dar por un precipicio 6 quedar cuando ménos sumido ha ta el gollete entre el balTO. De pues de mil tl'abajo de los cuales habiamos sa­liuo sin gran novedad, llegamos á una palizada en donde las mulas habian de pasar haciendo maroma puc al errar una pisada, mula y gineta iban á d:ll~ quién abe á. dónde. Al llega l' allí nos miramos todos las caras como para preg;untarnos por dónde nos entena riamos mé­nos. 1\1i compañeros se apearon, tomaron 6US mulas de d tro, y empezaron á bu car alguna orilla auor­dable. Yo, que tenia coufianza en mi bestia acordán­dome de ';1n adagi,o de los al'l'ie¡'os SocolT~nos dije: á los barnale- y a las .... -Por en m3d1O no se bote! me gritó un compa­ñero, pel'o en este mom nto i prt'ruum ! hizo la mula al caer en un verda(let·o océano de burro. -:- bdre mill y señOl'a de Chiquinquil'á! gritú el arrle¡'o. Tente! tente! Aflójele la rienda, gl'it6 otl'o. Aquella batahola fué horroro-a. La mula al verso en tal itll'\cion biza U:l e -fuerzo supremo y dando un acudan violento fLlé á. dar de un salto sobre una piedl'fI, y )'0, p"rdido- ya lo') e. tribos, salí tambien per para olro lad,), q nedando sumido entre el barro ha ta el pe;;cllezo. ' (Ccn¿·inl);(uá .) J. D.\vID GUARIN. EL CENTINELA DEL POTOMAC. 1 Na la acontece en la. exten·lid .\ líuea Del Potom'\ ~. '1' ;111 solo 01 centinela Qu gu'\rd,\ fi I u limitado e'pacio De un guerrillero ocul to ell la maleza • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 20 LA TARDE Muere al tiro fatal. o es nada. i Aca o Un hombre más se cuenta en la pelen? o es jefe el que sucumbe, es un oldado Quien solitario al e tertor se entrega. II ada esta noche en la extendida línea Del POt0111::1C sucede. Alegre sueña El dormido recluta. Olara alumbra. La. luna del otoño blancas ticnda , y arden los fUE'gos del vivac. Suspiros Trémulos da la brisa cuando juega Con 1m; hojas del bo que. El campamento Oentcllantes custodian las estrellas III N ada el silencio turba, sino el lento Paso del avanzada, que á la peña Va y vuelve ele la fuente, y en ~a cuna Piensa del niño y en la madre tIerna y del monte apartado en la cabaña. Flojo el fusil mantiene y su morena Faz baña el llanto al murmurar un rezo Por sus dormidos hijos y por ella. IV Igual parece que la luna hoy brilla Que aquella noclle azul de primavera En que el callado amor brotó del labio, y un juramento murmur:lI1uo apénas Para icmpre bastó .... Rápido enjuga Oon el brazo sus lágrima", y l\prieta. Oon fuerza el rifle al corazqn, ilueriendo Así, aunque en vano, dominar sus penas. V Pas:l. la fuente y el rasgado pino Con tardo pié, y hácia la opaca selva Sigue avanzando entre la luz tranquila ¡Oyes!. " . ¿ Será el rumor que en la floresta Produce el viento? ... '1 Es rayo de la luna. Ese lampo fugaz que mi ojo ciega? ¡ Fué un tiro! i Adios ! i por siempre adios, María! La sangre escapa de las rotas venas. VI ada esta noche en la extendida línea Del p(ltomac sucede. l\1uda reina. La paz en torno que interrumpe e l rio Oon su pet'petua voz, miéntras la muerta Faz del olllado el húmedo rocío Baña en ilencío, y solo las e trellas 00ntémpla111e piado as .... Ya su guardia 'Terminó para siempre el centinela. e BATIBOR.RILLO O BATURRILLO. Nuestro cofraue el (( DiaTio de Cundinamar • ca," al darnos su galante saludo,dice que tal vez por error tipográfico apareció el vocablo batibo- 1'rillo, que no es sino corl'upcion vulgar ameri­cana de batu?"?'illo, que es la palabra castiza. Debemos coutestar que en el uso de tal vocablo hubo intencion y estudio y que por tanto el ca­jista no tuvo parte alguna en aquello. Viendo que por lo general entre nosotros se dice im­propiamente batibul'rillo,quisimos presentar una palabra bien parecida para que así se corrija con más facilidad el defecto, tanto más cuanto que los dos vocablos en disputa son sinónimos en todos los diccionarios em pezando pOlo 1 de la Academia. Tu vimos en cuenta tam bien que escritores de grando autoridad han usado así aquella voz como podriamos demostrarlo en caso de necesidad. Para concluir esta explicacion, quo nada de agradable tendrá. para los leetoros, dirémos que solo el desacreditado diccionario compuesto por una sociedad de literatos, no trae ?ATfBOnnr­LLO, acaso por aquello de que en caso~de herrero asado?' ele palo. PE D R O. (CONCLUSION). Pedro Aubel't estaba de pié en la popa de su lan­Cbll, fijos los ojos más que nunca en la ca;;itn. Evidentemente babia en todo aquello una noveln. Al momento hubiera podido descubrirla pregun­tando á cualquier vecino, á cualquiera vecin::l, y acaso pariicularmenta á la Oesarina. Pero por gt'ande que fue e la impaciencia de mi curiosid,td, me dije á mí mismo: -Aguardemos .... Nada quiero saber como no sea por el mismo Pedro! Quince días despues h::dJ¡ibame con mi patl'On á bordo de la lancha. Hacia una noche hermo bima: el ciclo estaba todo tachonado de e",trel!a::" la mal' sere­na y transparente corno un espejo. El grumete y el marinero dormían en el banco, ínterin In. brisa penni­ti ese echar las redes. Pedro, de quien ya me había hecho amigo, vino á sentarse junto á mí sobre una vela y tomó la palabra en estos térm inos .... ó á lo ménos casi en estos términos, pues tal vez no lograró conservar á su narracioll la delicada flor de su tiernn y patética sencillez: VII Desea mted saber por qué no estoy alegre... la causa es muy sencilla y acaso le hará á usted sonreir­se, pero no illlporta.-La diré Amo á María! •... acaso era excusado decirlo, pues bien lo sabe usted •... i Oómo ha nacido este amo!" en nuestra almas? ... Sin duda Dio le puso en ellas dcsde el momento en que porque )¡\ verdad es que áun éramo muy niños cLlando ya nos amábamos y nuestro amor ha aumentado con la edad .... Siempre se nos veia juntos en el mismo surco, al pié del mi IDO árbol, en el mismo rayu de luz, en la misma ola! ..•. -Primeras palabral', prime­ros juegos, primeras lágrima.>, primeras sonrioas, todo nos fué comün. Ouando habiamos e tado largo tiempo sin hablar, y uno de no (ltros hablaba de pronto, el otro decia al momento :-" Estaua eguro." 'rentado e toy de creer que tenemos un mismo entendimiento, una misma alma .... ancianos hay en el pueblo que lo han dicho muchas veces. En un mismo dia hemos hecho nuestra primera comunion, al mismo tiempo, uno junto lÍo otro: todas esta cosas unen, créame us­ted. Ouando empecé á ir ai mar, nunca salí sin quo ella roga_e por mi feliz regreso en la cruz de la playa; nunca volví sin que ella entra e en el agua hasta la cintura para abrazarme más pronto: luégo la. cogia yo á cuestas, y la llevaba hasta el arenal, donde todo era risa y algazara. Oh! í, ¡LUY felices hemos sido de niños! Dios mio, ¿ porqué pasan tan pronto esos harmosos años? Nuestra juventud tampoco fué mala sin embargo, en invierno, siempre juntos en las veladas; en prima­vera, siempre juntos en los fresales; juntos íbamos- • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 21 en verano á la ieg-a, juntos en otoño tí coger la ave­llan3. Pue y los dio de fie~ta ! Cuántas veces h bailado en corro con mozos y mozas del,.pueblo María y yo! Cuúnta vece' nos hemos vuelto 010 por los campos :~ la luz de la luna! i Qué l' promesas para el lWrv nir, qué e peranzas del paraiso, que, 1u ermoso uen- o .I .... Luégo lle"'ó la cdad de tomal' e tanda .... ni uno ni otro hubiér:lI11os pen-ado en ello, se lo a. eguro á us­ted: no nos conia prisa .... éralllo tan felice ! pero los demas en nosotros y el primero el eño!' cura. -Corriente, dijim María y yo ... pero i qué nos importa? ya no podemos querernos más. ! La co a, inombargo, ofrecia algunas dificultade . La madre de M aría era rica, y yo no, y ademas era huérfano: mi hermano mayol' Cesór o me habia creado ••.. i qué buen hermano! .... el fué quien con el señor cura fué in rodeo á tratar con la madre de J\IaI'Ía la cue tion ue ca ~ amiel1to. -Firme propó ito me 'tenia hecho de que mi hiju se babia de ca al' con uno que tuviese tanto como no otro, pero ¿ qué le berno de hacer? ... María y Pedro se quieren tanto.! .... Razon tenia la buena anciana! •... VIII Al llegar tí esta úl tima frase, un sollozo ahogó la voz de Pedro y una lágrima a omó á ~u ojos. Puro era hombre firme mi marinero! Apénas ba­bia teviJo yo tiempo para apretarle la mano, cuando ya habia recobr~do su dominio sobre í m , pro· siguiendo en e tos términos: . . .. .. . .. .. . . .. ... .. .......................................................... .. -i Con idere usted si e tariamos contentos María y yo! y mi hermano Ce áreo .. y el eñor cura .. y todo el pueblo ... porque éramos generalmcnte muy querido. Ya se \'e! es uno tan bueno cuando ama! Fué aquello una fic tao .. Luégo llegó el dio de to­marnos los dichos ... Oh! qué dia aquel! por desgra­cia fué el úl timo fel iz para nosotros. :raturalmente aquellos días yo no fuí á la mar; tambien Ce áreo qui o quedarse, pero la esarina exigió que saliese .... Alguna la han acu ado por esto, diciendo que el trabajo en días de fie ta trae des­gracias •. pero es una inJ ticia. La Ce orina era ma­dre •.•. tenia que mantener dos niiíos pequeño y era preciso ante todo traer pan á casa! El día se pasó bien inemb [\rgo: á la caida de la tarde el cielo se cubrió de nubes; todo anunciaba borrasca ... pero no pensábnmos en los que c taban en alta mar .... la felicidad no hace egoista. Bai­lando estábamos cuando de repente brilló un relám­pago •... lu.é go , \} oyó un trueno terrible .... luégo una gran gntena .. -Una barca en la costa ..•. en peligro de perdi cion •. " la barca de Ce áreo ! Ya. estaba yo en la. playa. Qué tempestad ~. . .• Jamas ...• no, jamas se ha~ hia visto otra igual! Yo hice todo, absolntarnente todo lo que un hom­bre puede haccI' en tal ca O •••• 'fres veces me arro­jé á la Ular embr!l.Veelda; á la última estuve á pique de perecer .... me sacaron quebrantado, sin sentido, ca i muerto .... Pero no., .• no •••. ah! no em yo quien debia morir •... Era Cesáreo! Cuando volví en mí, lo ví á mi larlo tendido entre las peñas, todo en angl'entado .... Apénas le alcan­zaron las fuerzas para decirme: -Pedro! sé el hermano de mi mujer, sé el padre de mis hijos! -Cesáreo, le respondí, te lo juro! y á lo ménos murió tranquilo. : IX Bien conoce u. ted que este suce o ió los preparativo de la bod:l. María y yo nos habíamos dicho al de pedirnos :­na ta 1 uégo. Al vol ver á casa, abracé tí los hijos de mi herma­no •... á mis hijos. y dí la mano á. Ce arina. Tan ligado e taba con ella, como si nos hubieran unido todos los contrato dcl mundo. A í tran curl'Ícroll sei . y lo vecinos empczaban á hablar nuevamente de mi interrumpidas boda con María. Pero no sé por qué ... sin duda por un secreto pre­entimiento .... no me atreví á desplegar sobre esto mi labio •... ni con la esarina ni con la madre de María. Ella rué quien me habló la primera. -Pedro, me dijo, has adoptado á los hijos de tu hermano? -Sí, tia Juana. -i y á su mujer tambien ? -Tambien. -i Enteramente? -Enteramente. -¿.Tu intencioll es pues no abandonarlos Dunca 1 -N unca •... Se lo he jurado á mi helmano mori-bundo. Siguió un breve ilencío, lleno de angu tia para mí. -Escucha, Pedro, repuso la anciana. E. toy muy léjos de oponerme á que de~tines ti. la "inda y á IOti huérfanos una parte del producto de tu pe ca ... tan grande como te lo aeon eje tu buen cOl'uzon ... Ya. ve::! que no es el interes lo que me mueve ... Pero conoz­co muy bicn á la C~. arina ... y dejar que mi hija va­ya. á Sl¿ casa Ó ver á la Cesarina instalarse aquí .... oh! lo que e eso, jamas! Estas últimas palabras abrian un abismo delante de m pi ••.. yo tambien conocia. á la Ce orina ... Yi) tambien comprendia que cra imposible que aqueo llas do mujer~s vivieran junta. -Tia Juana, murmuré inembargo. -No me opongo á vue tra boda, prosiguió con lenta solemnidau la vieja labradora.; te digo la con­dicioll que pongo para ella y nada más. Ya .abes que no tengo más que una palabra y una volnntad ! y es co a de todos sabida •... la tia Juana es una mujer de las que se ven pocas. -DecíJe pues de tu uerte, añadió, y de la de mi hija 1 Levanté la cabeza •... Allí estaba i\IaIÍa. mirán­dome de hito en hito. • Era p . ó cometer un peljurio Ó perderla pal'a siempre. ¡Oh! no comprendo que se pueda sobrevivir á mo­mentos como aquel. ... Los oído me zumbaban co­mo en una. fuerte calentura .... llamas rojas y azules me po aban por delante de lo ojo •. me parecia que me estaba ahogando •... mi cabeza, mi corazon, mi alma, todo e me figuraba que iba á tallar á la vez. -Pedro, repi tió la tia Juana, ¿ Quie-res vivil' solo con la CesarÍna? ¿ Quieres vivir sin ella aquí? Elige. D pues de una lucha horrible conmigo mismo, re pondí con firmeza: -Tia Juana, cumpliré lo que he jurado. X Sinem bargo, en mi delirio sentí la mano de María estrcchar mi mano y oí su voz quo murmuraba en mi oído: -Bien Pedro bien •.•• eres un hombre honrado! Durant"e un año entero me repett. estas pll l a b ras, que me han parecido la esperanza, si no la pro~esa de que Marí~ lograria con el tiempo ablandar a su madre. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • 23 L A TARDE Esto me decia, sí, pero evitaba encollLrarme con Maria. En aque lla época aun éramo jóvenes ... y yo p~d(> e ia tanto I r rt\r I darme V..I.lor miraba á mis hijos, los abrazaba, cdoblalJa d o cal'mo bácia · llo s. , ... i Ay! eran á mi lado los únieJs obj e to de mi amor. .A veces sinembargo hauia. m omen ' os .•.• momen­to' en que me sen tia impulsado p o r un ciego frene í IÍ. !' e chazarios, como la causa yiva de todas mis pen:ls, c o mo el insuperable obstáculo tÍ. mi fL'licidad. i Pobres niño~ ! pronto me volvía la rallon ; pronto me anrmaba en el cumplimiento ele mi deber. lli e n sabo Dio~ que tC'ngo en mi con c iencia la segu ­ridad d e baberle cumpli rlo bi tm, r mi hermano Cesa, roo, que me mira desde el cielo, debe estar contento de mí. i No es verdad, ca~lalI('ro, no es verdad? stod me ha vi to.... oy para la Cesarina un hermano como hay pocos .... Soy para los b llérfanos un verdadero pad¡'e! Creo que los quiero doblemente p orque son los hi­jos de Ces areo, y pore¡ ue son el recuerdo iem pre aca­riciado de mi eterno dolor. Pcro "oh'amos á sus primero dias, tÍ. lo;; ¿ias que , ignicron ,í aquel en que salí huyendo oc la cabaña. de la tia Juana .. , . En la época en que Molría y yo no nos habiamos aÍln vuelto tÍ. bablar. i Cuintos meses pa aron a í? lmp me bu-biera sido decirlo C'nt6nces. , .. pues me sen tia como alelado .... como una especie de idiota. Mi pobre corazon sinernbargo empezaJ.¡a :í. calmar­se, tÍ. adormecerse con el tiempo .... Cuando llega á lllis oídos un rumor : ~Lll'ía se ya :i casar! ¡Oh! cómo conocí entónces que la amaba con tuda mi alma! Entónces la busqué; acaso ella por su parte me buscó tambien, pues es lo cierto que nos encontramos una noche cara tÍ. cara en el camino que va á TI'ou­ville. i Oh! ni aun tuve necesidad de habla¡" pues me leyó en los ojos la pregunta. que iba á hacerla y me respondió: - la verdad! Luégo añadió precipitadamente: -Pedro, soy tu novia, siempre tu noV'ia .... y has­ta que tú mi mo me digas: cásate con Santiago, per-maneceré s0ltera .... Pero mi madre me suplica ... . mi madre es muy anciana .... está muy enferma ... . Acaso es un deber en mi obedecerla., ... No pude reprimir un gri to de dese peracion. -Pedro! exclamó María anegada en llanto .... Te amo .... DO puedes dndarlo .. , . te amar é miéntr~ viva .... Pero no puedo siuembargo por tí dej:w mo· rir á mi madre! Aquel grito de amor filial, no ménos doluroso que el mio, hubiera debido caer á su.~ piés, COIl . euti!' en lo que me imploraba y gritarla yo mismo: i gna­cion y valor! Pero no .... no .•.. yo habia p erdido lacllhe· fia •••• y prorrumpí en duras reconvenciones, odio­sas amenazas y l oco arrebatos. -Mal haces, murmuró dulcemente María, mal ha, ces .... pero no puedo ofenderme porque hablas así por exceso de amor ... Pronto recou"arás la J'azou ... pronto .... ConflO en ello .... r entónces mo darás mejor respuesta .... La espe raré. y me dejó, sollozando y q nebrantado, en la orilla del camino. XI En efecto, pasados algunos dias, reflexioné. No pudiendo ca arme con ~hría, tenia yo por ven­tUI'a el derecuo de impedir u boda con otro y de condenar así, de un solo golpe, á la hija á la soledad y á la madre al sepulcl'o? Por otra pnrtc, yo ,eía que todos en derredor de mí COI o;ian mi conducta y lajuzJaban desfayorable-mente. adie se acercaba á llablarmej nadie me alar~aba la mano como án Alguno, ineOlbargo se decidieron á acon ejarme va lor y re- ignacion ; otro.':I ap e laban al s~rcal'smo, compllrándome al perro del horLclano, que ni come ni deja. comer. A vece oía yo decÍ!' á l:\s mnjere del pueblo con cierta intcnclOn, cuando pa. nba pOI' junto tÍ. ellas: -La tia Juana igue mal esta noche .. , . mucho peol' que ayer. Llegó al fin el turno dC'1 señor cura, que me xhor­tú paternalmente con )a santa autoridad de la rC')j- • glOn. Aun no me atrevia, aun no queria, aun no podia , ceder! Por último mI:: dijo la Ce arina : - T O habrás cumplido completamente)o que pro­meti ' te:í tu bermano, no serlls verdadera01cnto el padre de mis bijos, ha ta que tú mismo autorices á lIIaría tÍ. ca ar3e con otro. Aquella palabra me decidieron .... aquellas pa­labras sonrieron á mi dolor .... Hay momentos así en la vida en que parece que uno se recrea en hacer sangrar su pobre corallon ya en angrentado .. en que, á fuerza de babel' sllfl'ido, acoge uno con loca alegría. todo lo que puede hacerle ufnr má . En el acto resolví devolver á Mu.ría su libertad. Pero ¿ cómo hacerla saber mi resolneion 1-Verla, hablarla, era un sacrificio superÍvr á mis fuerzas ...• -La escribiré! dije para mí. XII Con esta intencion compré un cuadernillo de papel de cartas, me encerré con llave en mi cuarto y PUS& manos tÍ. la obra. Aunque apénas sabia escribir,~eran tantas las ideas que lJUllian co nfu amente en mi cabeza, qlle mi mano­cubrió en un momento de gruesos cal'até¡'es las cua­tro carillas. -Bien, bien, dije entre mí, no es tan difícil como , yo crela. Pero cuando leí lo que babia escrito, advertí estu­pefacto que no era aquello lo que yo hubíera querido, lo que yo hubiera debido escribir, ni por asomo. y volví á empezar. Otras cuatro p:íginas escribí .... pero que tampo­co eran la expreslOll de mi pensamiento, de mi deber. -Borremos 10 que sobra, me dije, y veremos lo que queda. En aquel la f'egunda lectura, despuef. de releer ca­da frase, me paraba un momento y la tachaba. y en suma, tanto tacbé .... tanto .... que de las cuatrC' carillas no quedaron más que estas tres pa­labrn~ : " Cásate con Santiago." . Ay! i' Y qué más podía decirle 'l XIII Transcribí, pues~ este supremo adíos en un tercer pliego de papel. i Cuánto tiempo emplee en doblarle, en cerrarle!. • Luégo con mi carta en la mano, eché á andar. Ya e taba e:cdta, pero aún no estaba. entregada .. _ Esto era 10 más terrible! ¿ Con quién en .... iársela 1 Cabalmente pasó en esto nn grumete. -He! grumeii 110! toma esos dos cuartos y vé á llevar esa carta. á la bija. ele la tia JURna. Rápiuo como una centella, el muchacbo cogió lo~ dos cunrtos con una mano y quiso con la otra coger la carta. Yo titubee en dá!' ela .... se me resistia romper de una vel con toda mi- esperanzas de feli­cidad .... Al cabo se la llevó y yo me quedé 'mis muer·to que vivo, viéndole encaminarse á casa. de la tia Juana, .• Entró en ella, Ya no ha hia remed io ! Vol ví la cara á otro lado y ecbé á correr fuera do • • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 23 mí con direccion al campo, murmurando con voz aho­gada por lo sollozos: - ;~ tieno mi carta .. . . ahora la estará abri endo ... . ya la. lt!e .... ya ll ama á. 1 tia Juana .•.. y luégo ... . y luégo ...• y luégo, hasta el amanecer, andando sin cesar para aturdirme ciego, calenturiento, loco, me iba repitien­do á mí m mo aquellas tres palabra., que por todas partes veía circular en las tinieblas: " Cásate con Santiago! cásate con antiago!" XIV . Líeg6 en fin el dia de los de po!'.orios. Ya desde la vi pera me habia yo echado al mar en mi barca, y toda la noche habm andado enando á la "Ventura. ~ Pero nI caer la tarde, hubo en Ins olas una especie de empeño cruel de arrojarme por fuerza á la costa de Villerville .... y pronto divisé las luminarias di pues­tas con ocas ion de la boda. Muchas veces he oído bablar de los horribles su­plicios que se usaban antiguamente .... del tormen­to) del potro, de la I·uerla .... de los infel ices á q uie­nes arrancaban la lengua y las uITas, á quien tl'itu­raban los lluesos ó los de ollaban, ó los quemaban vi­, QS, pero juro á usted que todos aquellos nlártires pa­decieron ménos de lo que padt!cí yo aquella noche .... En fin, no pude más .... eche el ancla y salté E'n tierra .... y me fuí desl izando con furti vos pasos por detras de las tapias ha ta. el prado en que se e tab::u celebl'ando las bodas con baile y cánticos .... Pobre Mal'Ía ! La habian obligado á entrar en el corro y á bailar y cantal' como las demas ...• En esto un marinero que acabab,~ de encender la pipa, tiró junto á mí el papel conque la habia. encendido y su llamo. ilurnll1ó mi rostro .... :Marín me vió, y lanzn.ndo uu grito ca­yó s que debieran cubrir mis huesos. j EnHaquezro vi s iblemente! Hoy reza el almanaque San ~fanueJ. Mish l\1anuela Z. debe t"ner ambigú. Ya por 10 qu e hace á hoy n o será. aire lo qu e únicamente entre I'n mi estómago. Algo m,is sucull'nto se confecciona á e t os horas e n la cocina de mí protagonista de boyo 2 DE ENERo-Ayer fué un magnífi co día. Como me lo prometí, el ambi o- ú de l\Iisia Manuela fué C'splénditlo. o Cuc~í a l¡!o y t1'aje tr:mbicn al go para ca a. De, de qne l eí la fábula ele la cigarra r la bormiga, tengo la costumbre de traer cualquier cosa para el granero. j Qué se ha de 1lacer! La lectura de lo buenos Ji­brC' !' edifica un t anto ! Para boy t engo víveres; pero mañana'? ... Pa· ciencia y barajar. 3 DE ENr::Ro-Santa Erígida! las di r z de la noche y sin dar siquiera un mordizco! Ko hay duda, se me yan n tomar los dicate ! IJ oy me a ce rqué á Juancbo y l e pedí \111 pequeño auxilio :í mi sítu'lcion; pero i cosa e~traiia! me dijo que estaba ordo! Ya 8e ye; le be hablarlo tnnto nI oído •... El p o bre ! .... es preei o conre ar, sinembargo quo hasta ah ora había "ido un buen ami g0 ! Di ce el refran que al caballo yal amigo no hay que apl\rarl os . Este está c:msado, no cnbe dudn .... Se le quitará la silla, y dentro d e p oco e. tará de montar. D lA 4-1\1n1 principio de semnna tienen los que ah o rcan en 1 únes. H oy ha desertado Miguel. Si la b.lja continúa en la li s ta de mi s protector¡·1', prunto hnbrá que r ecu rri!' a m e dirlas I'xtl'emas. En fin ve-remos. Dios da de comer al pajarillo. .. . ' DIA 5-Ayuno y abstinencia completa, basta de cigarro;;. Fíat 'volllntas tua. DrA 6-Eien hice en niri g irme hoy á la Tesore ría. Le paga r on su lista á Pedro y me ha pre tado un par de fuertes . Algo es al go. En cuanto á este, aun no está cansado; yeso que ('s ín¡;álido ! T e de1Vfn la1¿cZc¿7nUS . DIA 8-Dos dias que 110 escribo unn letra en este diario, e-p~jo fiel donde quedan impresos mis pesares y mis ilusiones. A illstancia~ ?'epelidas ue Diego, que se ha casado pocos dias ha, he ido á pa al' cste tiempo con los no­yi os en el campo . Qu é d e licia! Si la vida fuera toda así, aunque vi­nieran años! Pero todo tiene su término. . Ayer, paseando en coche, se me ocurri6 que de las vldas arra tradas era aquella la mejor; si n saber que esa vida alTastl'ad:t sobre rueda no debia dUI'ar para mí sino momentos, y que muy luego debia tener que arra trarme para dormir. Ayer sé han ll evado mi cama! El cantinero de la esquina se ha becho pago con ella de uná pequeña suma que debia yo en su el>tablecímiento 1 i Ay ! Los a nigo ' son cau a de esta catástrofe que me obliga á dormir C011 la or~ja en el suelo como un geólo¡;o que oye ruidos subterránE'os. i Los amigos arruinan! Pero no, qué necio soy! No; los amigos son nues­tra providencia! Du O-IIubo un santo que durmió toda su vida sobre una vieja tarima . i Qué virtud! Yo declaro que sin ser viejo el suelo de mi cuarto no e t oy dispuesto á seguir durmiendo ni á lo sant¿ ni á lo geólogo. Medidas extremas .... medidas extremas ...• Da lO-Vigilia y abstinencia. ,Eclipse total de alimentos, visible para mi en Ca ¡'acaso DE U-Hoy he tomado la r evanch a. Se graduó el doctor N. y me he dado por convida­do al banquete; y únicamente al banquete pues que la ceremonia del grado me pflrece monóton~. He comido algo, ó mejor dicho, he de'\"orado mucho. :El hamhre estaba en relacion COD el deseo de hon-rar la mesa. Rppítese la f,ibula de la llOrmiga. Para mañana hay pro , isi olles . DrA J2 ·Nocbe de circo y in un centavo. ITa ll egado el general X** Le abordaré, y estoy seguro de la E'ntrada. Es muy generoso y cabnllero; y soLre todo ...• no lo be ocupado nunca ...• Atlons ! ( Concluirá.) • •

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 3

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 20

Por: | Fecha: 23/01/1875

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • --____ --z:¡;-.~ S ">Z.? 9?:::?r~~:S;---·----- - PERIODIOO DEDIOADO A LA LITERATURA Sede II. Bogotá, 23 de Enero de 1875. Número 20. , - • T AJt DE. ='================~-==== EL DOCTOR SAHGEE. (Coutinuacion. ) EL PRESO, Si pOl' un lado era Santafé en a.quellos tiempos un sepulcl'o pacífico, en que nada -chIstaba, pUl' otro era wal,ro de riña y desafueros con. tantes, r\ veutureros sin Dios ni ley llegaban constll.utcmente al nevo Reino. r.A lucha con l o~ indius oran constantes y estaban vivos lo l'ccllC'l'dQ glorio o de los conquis­tadol'e" l que con tll.nto ,alol' y tan prorligi osadía baLian conquL,tatlu p:\llllo á pal~\) ~l t(,IH'n~ por entre las flechas y macanas de los Il1dlgen:t:', f.cJ,l1ldo en la' '11. un rastro imperecedero. Las mujeres, sobre todo de ol'ilrell e"pañol, eran muy escasas y los e paí'ioles se las di5pllt:\han á !.J¡·uzo partido. Como los Cl'u:w.uos, decian: mi Diu. , mi re)' y mi (lalll'l: Ln. vida le,; importa.ba poco y lajug'lban como hubleml1 podido jugar una onza de 010.. . , . Elltre e,;ta- españolas hahl;\ una Juven naCIda en Anda Ineia .r hlanco de las aspi raciones de todos. Vivia elt la calle l'cal t e las Niéve5 y cunnclo, al caer la tarde se abrian RUS bastillorcs de lllu,;clina, los bucno~ pi avenlcR santaferl'ño" al "l"el' ¡;US tljos ne¡?'os y brill:JI1tes, no echaban mé~l.os el sol quc se extlJ1- guia. y al ,el' sus 1'0 adas. mC.)lllas y su boca que era un verdaderu coral, halJnan Jug¡tclo por ella no una vida. ino dos. Ella se mo"traba desdeno a corno UJt:\ l'eina y afortunado aq uel en quien fijll.ba sus ojes ó á quien contestaba un i'uluuo. . ?iuchos eran los pretendlcnte., pero los mas favo' recidos parecian ser un e pafi,,1 cmplca(lo ell el c"tanco de agual'dientes lIama(lo don ~J'~n.ci 'ca P.>:checo y 'JI1 criollo alti 'o y bi7.al'l'o, de vellltlCIl1CO anus de edad, de pecho levantado y retorciuo bigote. March' ba é:i te con la cabeza erguida como quien no teme desdenes y está seguro de su conquista, El otro." solapado y picaz iba pOI' debajo ele c.\IC1:da ~on ple- de p.l()n~o, como el gato que va sobrC' vldnos Slll tocarlos :SIquie­ra. en bu ca de su pre~a. En uno y otro la pa ion habia hecho agos; que el amor como el vino apagan la vista dcl al ma y al más sensato privan de cordura. Ya en diversos en­cueutlos se habian dado mutuas pruebas de mala voluntad , ora miJ'ándo e de reojo, ora esquivándo. e e.l saludo con el primee pretexto que baIlaban, ora qUi­tándose el lado y mir,\udo e con aire provocati va. Bajaba una noclle García, que así se Il~J11aba el criollo, guiado tal vez de su amoroso pen a~1~ento ROl' la calle que habitaba su clama, cuando ayo a lo leja los sones argentinos de nna. vihuela toca~a con un­cion y ternura. Paró e el crIOllo y creyo e cuchar estos versos al pié de la. ventana que plateaba un rayo de luna.: J unto á tu reja sombría Mi amarga amorosa. pena ..•• • lIeo-al' á la "entana divisó á un hombre y oyó cIara- me>=n> te los uos versos d e su amorosa canC1. 0n : Lanza por ti el alma mía, Magdalena. EI.déjo amoroso y tiel'Do con que sonó en los aires el nombre do u amada Andaluza en medio de la noclle melancólica, le llegó al corazon, y acercándose, gri tú con tono bru::co : -Qnién soi ? Qué hacc:is ahí? -Lo mismo iba á preguntaros. -8abeis que esos dominios me pertenecen. -Oon justicia los di-puto. -El ladran que roba la honra es más vil quo el que l'obtl el uinero. -RC'portaos, criollo. Magdalena será mi esposa. -Vi\'e Dios que no lo consentiré; aunque para ello haya. de denunciaros como ladran de las Oajas Rcales. No bien hubo uido estas palabras el añal cuando irritado y ,oberLio como un leon, so lanzó sobre el criollo y alz'l11do on alto el instrumento en qL10 can­tara su nmor, lo dcscargó sobre su cabeza volviéndolo mil astillas. GaI'CH\ cr:\ ágil y úntcs de poded o pensar se habia de. prblulido de la cintura un cuchillo toledano que sumergió IJO.sta el cabo en cl cuerpo de Paclleco. L:IJ1:~ó éste un grito y cayó de espaldas del'l'amando un rio de sangre. No era tod:tvía muy tarde y á los gritos fueron sa~ lienclo los vecinos y rodeando al moribundo, quc de­nunció el nombre de su asesino, se estiró violenta­mente, dió un suspiro, abrió la boca y lanzó el nlma. No bay para qué decir que cn poco momentos lle­garon uo., mugricnto alguaciles y se apoderal'on del desgraciado G:ll'cía, atónito tod.\ vía con la desgl'acia. que acababa de pasarle, En aq uúllos tielllpoa la j llsticia no demoraba mucho )' enviar un Ilombl'e al palo era tan fácil y hacedero como lo e hoy enviarle á baños de Ubaqne 6 de 'l'ocaima. Así fué que la Audicncia despacbó en pocos dias el expediente y el de Sande tuvo una víctima más en quien saciar us instintoll de justicia como él decia, La horca que e~taha levantada en la plaza, (hoy ele la Oonstitucion 6 de Bolíval') no podia estal' privada de alimento por mucho tiempo. Sin embargo el reo no debia ser ajusticiuclo tan pronto, como ahora. lo ordenaba el de Sande. La cárcel públic:¡ se levan taba en el mismo sitio donde boy se alzan las sobcrhias columnas del Oapi­talio y no se llccesit.t te1l0r cuarcnta. años de edael para babel' visto aquel sucio, ruinoso y miserable edi. ficio que se alzaba junto al baluarte sombrío de la. Audiencia. Las ventana tenian rejas de lúerro como en los conventos y ele sus hal'l'ote" pondian algunas mochilas de fIque blanco y 1'0. ado en curo trabnjo pasaban algunas bora los pl'e o y que les compraban los comerciantes para guarual' sus realcs do cruz y sus onzas ele 01'0. Oontinuó anclando, presa. de amarga zozobra, y La tarde en que principió esta relaeion habia dado paso á una. noche oscura. Sel'Ían las Riete. Los presos, pertenecientes en su mayor parte á la últim:l. clase, estaban en el estrecho lJatio, can-al taudo unos bambucos, y otros contando sus aven. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • 154 LA TARDE turas más verdes de )0 que eria necesario. García se hallaba en un calabozo que le servía de capilla. De repente se corrió el c e rrojo y apareció un sacerdote á quien el preso, por sn c o:> tumbre de cstar en la oscu­ridad, di - tinguió perfect amante. Era un hombre como de cincuenta años de edad, bajo de cuerpo y de re pe­table abdómen. Su cara redonda y tostada por el sol estaba t:111 lisa y ra a COlDO su cráneo que parecia de marfil. Llevaba un ve - tido de lilaila que en otro tiem­po habría sido negro, pero que á la sazon los pintores hubieran di putado sobre si era verde ó amarillo. :gl manteo lo llevaba atado al cuello, con COrdOIle5 de seda que remaiaban en borlas y borlas llevaba tam­bien en el sombrero de teja, que parecia una goleta de guerra. Su cara revelaba un hombre manso y hu­milde; pero sus modales más sueltos de lo com'e­niente indicaban á las claras el roce que habia tenido con los couquistadores y aventureros de toda e pecie. Esto sacerdote era el padre \" alverde, á quien el Pre­sidente llamaba el monigote y :i quien llamariamos nosotros el docto?'. Avezado, como estaba á confesar á los reos y á acom­pañar á los ajusticiados al patíbulo, y conocedor de aquellos calaboz<1s en que yacian las víctimas del Pre· sidente y tam bi en de la justicia, descubrió fácilmente al jóven "reí . . El calabozo, frío y escueto, estaba casi en complcta oscuridad: un cabo de vela de cebo negro pegado en la pared sin más candelero que el cebo negro que chorreaba y lo adheria á la pared de­n'amando en el cuarto una siniestra claridad. El único adorno era una cruz de palo colgada cerca de la luz; el único mueble una ba?'bacoa ó sea una camilla de varas delgadas y sin labrar atadas con cordeles de cabuya. Al sentir el ruido de la puerta se incorporó García vestido con un calzon de paño burdo y una camisa de bayeta colorada. Tenia la barba larga, crecido el en­sortijado cabello, lánguidos los ojos, de::naerado y pá­lido el semblante. -Hij o mio, dijo Yalverde. -Ah! sois vo>" padre Val verde ! -Sí hijo mio, vengo á veros. -Acercaos. Siemp¡'e venis á ti'aermc un consuelo, Vos y el carcelero son los únicos que se acuerdan de mi. Acercóse el padre Valverde yel preso le hizo sen­tar al borde de la barbacoa. El sacerdote le puso una mano sobre el hombro y mirándolo compasivo le pre­guntó : -Cómo va ese espíritu? -Ya lo 'Veis, padre, Hace tanto tiempo que estoy encerrado! Haber dado la muerte y e peral' el casti­gu, es cosa tri te. -Pero es preciso resignarse y ser hombre. -Me ha dicho el carcelero que mañana llegará el Vi itador. o creis que deba tener e~peranza ? -L0s juicios de Dios son inescru tables é inexorable la justici:l humana. -Dios mio. Entónces debo morir? - Estad preparado á todo: la vida es corta y trist~. -Sin embargo, por triste que sea, quién no la amará? - U n cristiano sabe que la verdadera vida está más allá de la tumba. Una vida manchada, un presidio afrentoso y largo no son preferibles :í. la muerte. - -Hablad, hablad, padre. Si no hay remedio de­cídmelo. - No sabeis, no sabeis que es más fácil volver atl'Us . un rio que eambiar la voluntad del de Sande. -y COlindo debo morir? -Mañana. -Mañana! ... gritó el preso fue¡'a de sí. Una sacudida convulsiva y violenta estremeció la barbacoa. El preso cayó sobre la almohada y perma­neció en silencio, miéntras que el ministro de la. igle­sia le mi¡'aba eniernecido y ca i con las lágrimas en los ojos. Despues de algunos minutos, le dijo: -Ya no os queda. más que pensaren vuestra alma. 7 • Olvidaos de este mundo engañoso y alzad los ojos :i Dios. El preso 110 contestaba. El temor ombrío du la muerte 10 cnvol\'ia como el mal' enyuelvc al Illiuf!'agv que no halla ya. una tabia :i qué ug'lITllrse. Vohió á callar el sacerdote y abl'uzandole con ter­nura le dijo: -Depositad en mí vuestras falt:.;:, ya que l10 os traigo la vida del cuerpo, os traigo pI perdon y en nombre de Jesucristo os abl'o las puertas del cielo. -Dej:tdme, padre, quiero e tal' sólo. Mi cabeza es un "Volcan y ni oigo ni entiendo nada. Salió p:J.l1saclnmente el médico cid :lIma, rechinó el cerrojo, giró la llave, oyéronse á lo léj las pisa­da · de los zapatos eel ticos y todo quedó en si l encio; que ya los otros calabozo estaban llenos y puestos en paz los presos. Qllé pasaba cntónces por el alma del reo ? ~'al vez ni aun ello supo. POI' muy amarga que sea la vida, por muy nublarlo que el porvenir esté nacli e oye sin temblar el anuncio de una próxima muerte.: ,. el vie­jo ele la leña nos lo dice." Poco despues sonaban las campanas d(.']:¡s ocho, invitando quejumbJ'Osamente á lo. vivos á rog,ar por los difuntos. Oíase en la lejanía. el ruido onfu o de una taberna de inelios y García cOiltinuaba inerte. De repeute puso el oido se incorporó en la barba­coa y oyó aterra dI) el canto rnelaucflico que 101" her­manos de un::r cufracliu de la buena muerte entonaban. Entre un rezo so lemne y grave se elevaban basta el cielo estas palabras: para hacer bien por el alma del que van :i ajusticiar. (Gontin¡taré,.) J. J. BORDA. , : , LA VUELTA TARDIA. He recorrido tierras apartadas, Llevado por el soplo de la suerte j Ví ciudades espléndidas, pobladas, Diezmadas otras por hambrienta muerte. Me he deleitado en orgías y festines; He orado sobre tumbas silenciosas i Entre humo, y fuego, y ayes y clarines, He estauo en las batallas desastrosas. Ví el majestuoso, el inmortal océano; Sus olas, l'cmecidas por los vientos, Se atropellaban con furor insano, y modulaban tétricos lamentos. La tormenta. bajando bramadora, y en columnas de fuego sostenüla, De la mar ú, la voz atronadora Unió. u ronca voz estremecida. Mas despues de mis dichas y mis glorias, De mis dolores y hondas impresiones, y sustos, y tormentos, y victorias, y profuudas y rudas sensaciones, Hoy en busca de paz, vengo tí mi aldea, Aquí do saludé la luz del dia : Mi alma, ya envejecida, se recrea En memorias de cándida alegría. Aquí sentí la llama abrasadora. Que al soplo del amor brotó en mi pecho, Ouando escuché su voz arrulladora, y en mi cuello sentí su abrazo estrecho. Tiernas memorias de felices dias, A qué venir á acariciar mi mente, Si sólo quedan sus cenizas frías En la tumba que beso reverente? • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 155 A í dijo el viajero y reclinada La frente encanecida y ya rugosa Sobre una tumba, ppr su faz tostada He balaba en r audal lluvia copiosa. • La tarde se apag . Con paso lento E l anciano sigu ió para el poblado En busca de un amigo; y ni un accn to H ubo para el viajero ya olvidado. Y a nadi.e le conoce : es extranjero En su suelo nativo . . .. . Oyóso un di.a De la cdmpana e l toque plañidero; Y un cadáver sin n ombre se veia. E. A. ----~=~~=---- SO NET O ESCRrro E:-l" PRESE:-l"CU. DE LA NECESID.I..D DE ARREGLAR MI ARClIIVO. DEDIC.\DO AL SEÑOR CORO~EL DON 1 . C.iÑ.iS . Oh! cuánto ma nuscrito! cuánto i mpreso! C uántas h oras a l sueilo a rrebatadas! C uáll.tas ang ustias! cuán tas apuradas Tor tu r a.:; incesantes para el seso. Oh ! cuán ta increpacion a l r etroceso! C uántas g uerras, cou tinta., conj u radas! C uántas alocuc iones empapadas E n p.ltrÍo amor , cn libe rta d , progreso ...... ! De p el'iódicos mil las coleccion es Q ue ocupa n los es tantes de mi a r chivo, Lleuar on su debe r, tan á lo viv d estruyen un ar chivo, N o d estruyen d el alma los r ecu er dos? Noviembre de 1874. J. M. L LÉRAS. Q a LA PENA DEL T.ALION. DEDICADO A LAS MUY ESTIMABLES REDACTORAS DE "EL AMIGO DE LAS DAMAS," - Señora y señorit,a: Tengo el honor de d edicar á vosotras este artículo que he escrito para" El Amigo de las Damas." El es una p ágina d e his­toria ; página que he arrancado al gran libro del imperio romano, que bien podriamos llamar el libro de la humanidad. Si es aceptado p or vos-otras, quedaré contento. RUFO URUETA. 1. Estaba cumplida la prediccion del profeta Daniel, al expl icar el sueño del poderoso N n bucodonosor 6 Nabopolassar JI, rey de Babilonia y Nínive. El rey soñó que habia visto una está tu a colosal con la cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y . muslos de bronce, piernas de hierro y piés de arcilla. Examinando estaba la mirada ardiente y terrIble del coloso, cuando una piedra desprendida de lo alto de una enorme montaña, cayó y derribó la estátua por su base, convirtiénrlose todo, oro y plata, bronce y hierm, arcilla y gl'eda, en un polvo sutil que el viento arrastró y barrió cn un ill3tn.nte, miéntra que la pie· dra fué creciendo cada vez más hasta ocupar toda la. superficie. El oro representaba el imperio .c sirio-ba­bilt'mico; la plata, el imperio Pero a; el bronce, el imp<,rio de la Grecia; el hierro, el imperio Romano; e-tos eran los cuatro grandes imperios que rodaL'Ían uno en pos de otro atravesando los siglo, detras de los cuale~, y al finalizal' el til timo, vendría el reino de Jesucristo, piedra desprendida pOl' la. mano de Dios de la montaña del Oielo para denibar al coloso y reemplazarlo; picdr:¡, pequeña que creci6, creció, se ensanch6, se extendió, se desanolló y lo abrazó touo. Por eso vernos que el orgulloso y despótico imperio romano despuüs de haber dominad.o la. mitad del glo­bo; despues de haber abarcado con las garras de sus águilas la mayor parte del univel'so conocido; despues de haGer resplandecido con todo el brillo que le dieran Césal' y Augu. to; Vespasiauo, Tito y Trajano; Adria­no, Antonino y Marco Aurelio; flevero, Aureliano, Probo y Diocleciano; Constantino, Valentiniano y Teodosio, bahía venirlo :\ caer en manos del cobarde é imbéci l Valentiniano UI. Era que el período de decadencia llegaba para el pueblo extraordinario rap­tor de las sahi nas, feto Cl~jendrado por Rómulo, que despues fué un niño, y m¡lS tarde, á meclida que se rleRennllvian y de arrollaban sus fuerzas fí icas y mo­rales, llegó á ser un Titan que con su fér rea masa se apoderó elel mundo, pero que por una ley infalible, Juego que cumpl ió la. mision que le señalara la P ro­videncia, se convi rtió en un viejo decrépito que como un cf¡chível' babia de encerrarse en su tumba, sobre cuyos despojos, bien pronto, se pl'eClpitarían lo bá1'­bct,' og con t oda. la. impetuosidad que les comu n;.caba el destino, que los impelía, los impulsaba á. la des­t l'uccion de esa potcncia ol'gullo a, ases ina de los már­t ires yenemiga angl'ienta de la jóven de la Judea. Al contrari o sucedia con la doctrina. del Salvador. E'Ste, ántes de subil' al Cielo en a las de su divinidad, había mnnclado ¡í sus discípulos que, repartiéndose el orbe, lo COI quistu l'an para su Etel'11o Padre, diciéndo­les estas san tas pala.bras : "como mi petan me hn en­viado, etsí os envío yo á vosotros." Y aquellos hombres, pobres y o .. ;cu ros pesca.dores de In. Judea, con el mo­rral á la espal(la y sin más armas que el Evangei io en una mano y el báculo en la otra, como ver daderos so lelados del Cristo, repartiéronse el mundo y em­prendiel'On la conquista. uni versal. Y pronto, muy pronto la. J'cligion elel Hi jo de Dios se exparció, culti­vó y fructiftcó en tudas par tes, penetrando en b Siria, en la Cilicia, en Chipre, en toda el Asia Menor, en Antioquía, el1 Jerusalen, en Samada, en la. Frigia, en la Mi ia, en la Li dia, en la Tl'óaue, en Macedonia, en Aténas, en Cori nto, en Efe o, en Cesarea, en el Pon­to , en h~ Capadocia, en el Asia, en la G'l li cia , en la. Bitinia, en la I ndia, en la Etiopia, en la Escitia , en i:1. Tracia, en la Acaya, en Epi¡'o, entre los Parto, en r.l esopotamia, en Persia , en Armenia, en Arabia, en I dumea, en Cólchide &c. &c., paÍ¡,es y l'einl)s donde bien luego se vieron edifica¡' ig lesias y se oyeron las pala.bras del Divino Maestro predicadas por sus Após ­toles, tanto, que San Pablo e cribia á los romano>; , quü el Evangelio h ahia s ido predicado en todas las naciones y estaba ciment ado en toda la tierra. JI Valentiniano lII, bijo de Constancia Augusto y do Plasidia que, cuando Alarico sit ió á Roma el año 400, la hizo prisionera de guerra y se la dió por quer ida. á su cuñado AtauIfo, rey de los Visigodos, pasando c1es­pues del asesinato de é te á ser In. esposn. del terce l' Oonstancio,-era un h ombre nulo. Educado y gober­nado constantemente por esta mujer ambipiosa, cuyo Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • 156 LA TARDE objeto era ser dueña absoluta del gobierno, Yalenti­niano, que, miéntras vivió su maure, nunca reinó mús que en el nombre, fué un príncipc cobarde, estúpido, envidio o y cruel. En su reinado tuvieron lu ~a r las invasiones de los bárbaros, entre otras la<; de Ter)do­rico y Ati!a; el primero fué vencido por Aecio, gene­ral del impel'Ío y rival encarnizado del conde BoniCa­cio: al segundo lo batió tambien la primera yez el mismo gcneral en las llanuras ele Ollalons, al mando de los romanos unidos con los visigodos, armoricano~, galos, sajones, borgoñe e , sármatas, alanos, alemane , ripuarios y francos. Esta victoria la pagó Aecio con la vida, porque el César, envidioso de su gloria, al nño siguien te a e inó al ilustre general, acabando asi el último hombre grande del imperio y el último solda. do romano. El terrible ~Uila se pre;;ent6 el año 452 por segun­da vez ante los muros de Roma amenazúndoía con el exterminio, y no fueron ya las tropas del Oésar, cuyo poder caia, las que lo vencieron, sino la virtud, la elo­cuencia y dignidad del jefe de los soldados de Cristo, cuyo poder se alzaba: el Papa San Leon alió con el Evangelio y el crucifijo en la mano al encuentro del que sé llamaba rey de los reyes y azote de Dios, con­siguiendo con su palabra ajJlacar y vencer la c61era del feroz conquistador, quion ante la santidad del Pontífice levant6 el campo y se retiró á la Panonia. La batalla presentada por Aecio al rey de 1 Hu­nos, es la última página gloriosa dcl imperio; aquí se apaga la última chispa brillante con que fulgurara su grandeza el pueblo-rey. La sangre del conde Bonifacio asesinado por Aecio, es vengada con 1:1. de este asesinato por Valentiniano : al emperador lo asesinará el senador Petronio Máxi­mo, que a su vez será asesinado por el populacho ro­mano. El t alion, pues, se h ace sentir en todo su rigor. III Era el año 455. La.s sombras de la noche se habian desparI"amndo sobre la ciudad de R6mulo, cubriélluol:1. con su o;:;curú manto, en tanto que la luna, escondida detras de un grupo de blancas nubes, salia á ostentar su llermosura en medio de un cielo azul sembrado de puntos fosfo­rescentes. El centinela de p:da.cio acababa de dar la selía l de las nueve, cuande al apagar e el eco de la 'Voz del guardia, abrióse la puert:1. del aposento ó gabinete del emperador, apareciendo en ella Valentiniano lII, en­vuelto en la emblemática túnica ele púrpura, signo destintivo del gran podar de los Oésares. 0001 paso lento y meditabundo encamin6se á una mesa. de m:ír­mol color-ro a, en la que descan aba una lámpn¡'a de oro llena de aceite perfumado, que despedia una opa­ca claridad. Cerca de la pared babía un sillon fo rrado de raso blanco con florones de oro, que el emperador tomó y lo aproxim6 á la mesa, uejándose caer en él y colo­cando los pié encima de un cojin furrado de piele:; tcllidas de carmesÍ. Una vez sentado, cerró los ojos como si durmiet"a y bajó la frente ha ta tocar con el mármol de la m , Riu que el frío de la piedra lo desperta~a. de su sueüo aparente. De prontó alzó la cabeza p~l!da y desgreñada, abri6 los ojos y los fijó en el aceIte. contenido en la lámpara, á cuya vi ta y olor Re le dllataron las pupilas y el órgano del olfato abultándo ele la nariz cual si quisiera absorver el perfume que exhalaba aquella dorada llama . Quizás algun recuerdo agradable se le presen t.) á su imgginacion en aqnel momento, porque se endere­zó, agarró la lámpara y la besó, diciendo : - Sí, sí; no hay duda, este es el aroma con que Glla se perfuma. Pero en seguida crispáronsele las manos, solt6 la lámpara, an ugósele la frente, hineh6sele el pecho, ca­y6 desplomado en el sillon lanzando un suspi r o y mUl'murando : -j Oh qué horror! Yo la he ultrajado; no hay esperanzas ya ! -j Sí, no hay espt'l':lll7oa ya! exclamó un:!. VOl sor­d:\ cIetras de Valen tiniano, cual si fuera el eco de su l)I"npm voz. El lujo de Plnsidia tembló al oir la voz y se volvió • para 'Vel' qUIen era. En el dintel de la paelta, cruzado ele bruzos y en aptitucl terrible se hallaba PeLronio l\Liximo, vestido con la l"ÍCil laticlavia de senador, encima de la cual se o tentaba una amh"\ Landa ele púrpul'a tacllonacla de infinidad de clavos de 01"0, terminando las insig­nia' enatorinles un lujoso calzado cenadJ por un:\ media-luna de oro ribeteada de diamantes. El Césa¡' e asust6 con aquella ap;:.ricioll inesperada y un temblor nervioso lo agitó en su a iento. _j Sí, no hay e"pcran7.·, ya! repitió l\láximo con '1'07. colérica avanzando hácia el cmpe!'adol'. i Vo!. la habeis ultrajado, pero aquí estoy yo para vengada! -j Oll! dijo Valentiniano cubriéndo'e el rostl"O con las ma¡ws. -j Oh! repitió Máximo con sardónica sonrisa. j Teneis miedo! -Bien, señor, bien; pero debí teis acordaros que esa muje!' cm ca ad,t: que tcnin un esposo que podría vengarla. -Olvidais que soy vuestro emperador? p regulltó Yalentininno apretando los dientes. -Soy senador, conte:tó Máximo. -Soy el sobel'ano del imperio, replicó el matador de Aecio con altanería . ¿ Ilabei' olvidado que puedo haceros morir mañana, allora mi. mo si se me antoja? Petronio miró y lo examinó todo en su alrededol'. El emperadol' estaba sólo y rlesar'mado ; dió tres sal­to y cerró la puerta del apo en to; luego se encaró con el monarca y le dijo riéndose : -Es cicrto, señor, te neis razon: podeis hacerme morir mañana, ahora mismo si se 05 unt0jase y en verdad que no os faltarían de.3e03. Pero no temo, es­tamos s610s y aun . ..• -Puedo llamar á mis soldaulls, á. mis guardias para que os dén muerte inmediatamente, repu o el Cé ar interrumpiendo al senndo:'. -Vuestros soldados? 'Vue5tros guardias? dijo Pe­tl" Onio meneando la c:.\beza y recnJcando su- palabras. j 011 ! el Oésar no tic le ya la guardia pretoriana á su li'p05icion y sn campo ('~t¡Í, destruido. Y le­giones 1'e me h:ln 't'nrlit1l) y en este momento •••. --i Soldados I grite> pI l'lIlperador con todas las fnerzas de sus iJulmone~, levantantiosc y dirigién do;;e á la puerta. -i Si lencio, coban1e! o1am6 el senador teniendo al sober:mo por un bI':1700 r mostmndo un acerauo puñal. Silencio ú os atra vieso el cora7ool1 . Luego obli­cr, 1ndolu á sentarse añadió con desprecio: insulta á la mujer y tiembla nnte el marido. --Penlon, mi querido Máximo; peI'uon! exclamó el nieto de Teodo io con voz apagada por el t erro¡', fija la ,Í' ta. en el puñal, con la respiracion ter torosa y el cuerpo en completa. convul iun. l. Qué quieres de mí? -Qué qniel'O? Quiero que me oigas. Yo era feliz ; feliz porque mi nacimiento y mi cuna me hicieron no­ble y rico; feliz porque mi honor igualaba á mi po­der, siendo mi valor el escudo de esas dos prendas; feliz, noble, rico, poderoso y descendiente de una fa-milia j)ll ~ tre, mi enlace con una mujer á quien y á á n­habíais querido seducir, para lo cual hicíst eis mo­rir de hambl'e á su padre, encerrado en una l6brega prision. Yo creí que el nieto del gran T eodosio y so­brino del in'Victo IIono¡'io, respetaría á la esposa d el noble y podero'o senador, ya qne no había r espetado á. la hija del ciudadano; pero me engañé, me engañé creyendo que habria algo de noble y bueno en vues­t ro pecho. Irritado contra la pureza de la mujer que os r echazara i ntes de casada, vuestros deseos se en­cendieron más ante la noble dignidad de la espos'l. ofendida que os despreciaba como adúlt~ro. t Qué hicísteis entónccs, señor? i Qué hicísteis del honor • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 157 de la mujer que d ebíais prot ej e!' como e~ p os a de nno de vue iros ¡;e n ' idores ? -Yo e taba loco y el amo\' me cegó. -El amOl' ! Vue tro amor era el amor uel in fiel'l1o porque. i no IlÓ os hubiera 'ugerido el crímen de ql1~ os valí t eis pam , at i fa ceto vuc, .. 1'0 d epravado capl'i . cho, publicanuo luego 1 desh onor do la pobre mujer, que arrasada en lágrimas os suplicaba no ln allchá rais el nombre ue su esposo, sin acordaro vos que ese nom bre era GI mio. Profundo ilencio reinó al terminal' P etronio 1\Lixi· mo u palabras. Cinco minutos trascurrieron &in t¡ ue se oyera otl'a cosa que el chisporroteo de la lámpam que se apagaba y la respirilcion estertorosa y convul , si va del emperador que no se rn oyía. ni apar taba los ojo. del puñal que aún relumbraba en i:J. mano del senador. Este continuó despues de haber t omado ali en to , cual si se repusiera. de una fu erte conmocion : - No contento con eso habeis t enido la crueldad de jr csta tardtl á mi ca a acompaftado de al guuas cómpl ices vues tros, tí dar el escándalo de onrar , ul t rajar, in ultar y maltratar oí mi es po a. La pobee víctima, loca y dese pel'ada me pidió que la matara ; yo la complací y le dí muerte, jnn\ndole q ue la veng:ll'ía. Este cuchillo es el que le cortó la gargan ta; con él os mataré. El ej emplo de Lucl'ecia y de 'farquino se ren ueva huy; preparao. pues. -Ya á matarme? preguntó Valentiniano ca ~ i llorando y e xtendiendo los brazos hácia Petronio en a ctitud supli cat iva. - Sí, con te : , oy á mataros, porque no sois hombre capaz de lidiar conmigo cuerpo á, cuerpo, Tambien debo adver t iros que vuestras legil)nes, á, qui enes he comprado, me e~ p e ran al . alir de aquí pa­ra nombrarme Césllr, confirmando el senado e"te nolU' bramiento. 1\Iañana, cuando se celcbren vut' tros fu· nerales seré aclamado emperador ) me ca, aré con vuestra esposa, la bella E udosia. A í cl talion scd mej or y má agradable. -j Perdon ! gritó el desgl'aciado emperador. -No I vas á morir. -Ahora ? a r t iculó Valentiniano. -Ahora mismo, en este in tantE', exclamó ilhíx imo furioso, !Ieno de ira, y blandiendo el puñal. -j Oh ! lUuI'muró cerrando los (~i os y cubriéndose el r ostro con las manos, como la víctima que se r e­s igna al sacrificio. - Ese j oh ! tambien lo E'xbaló mi pobre e. posa sin que te hubiera conmovido. y lan zúse sobre el monarca y de un gol pe lo drgo­lió con el puñal homicida, manchándose el blanco ra' BO del si llon eon un chorro de sangre del de 'cendien­t e de los grandes emperadores. I V. Media hora. d esplles salía Máximo uel palacio del emperador y se dirigía donde lo e~peraba n algunos de los j efes mili t ares, con,enidos ya en nombrarlo César j co tumbre in t roducida en el ejército desde la muerte de Nel'on, para qlle luego el senado ratificara dicho nombramiento. El senado, cuerpo inst itu ido por R6mulo, tan digno en otro tiempo y en cuyas manos estuvier a án tes la balanza en que se pesaban los de tinos de las df'mas naciones, pues que daba la paz y la. guel'l'a al mundo, administraba. la J'usticia, dictaba las leyes y r epartía las pl"Ovincia ; corporacion que asombró y admiró á los galos por su nobleza, val or y dignidad, cuando Breno sitió, incendió y saque6 la eiudad el año 390 (ántes de J esucrísto j) asamblen depo itaria del fabu­loso poder de la rival de Cartago, á cuya voz se. eje­cutaron hechos y acciones tan estupendas, glorIOsas é inmortales, y de donde salieron tantos hombres grandes, que con sus nombres han llenado la historia y que, repercutidos por las trompas de la fama, á tra­ves do los siglos han pasado hasta. nosotros; ese cuerpo ya no era s qmáue un cuerpo s('rvil, cobarde, abyecto y cor rompido, que dejándose a1'l'ebatar su podel', independencia y liber tad, convi rt ióse en ins­trulllento do l o~ caprichos de los t irauo y ase" inos qlH' ocuparon el solio del imperio. No es extraño, p ue, , que el senado en vrz de ave· riguar el crimen y descuuri¡' al a¡;e"ino dc \ ra len t i­niano para. castiga!' al victimario, e h uLiera conten­tado con decretar los f unerales del pobre empE'rador y JJombrar á ;\I áximo en s u r eemplazo. E l cadáver del hijo de Constancio III se enconil'ó en el 'alon del crimen, sin que por de pronto se s upi era qui én fu era el regicida, y in qne esta mue¡'te prolluje[[\ ninguna. en acion en el puebl o, que ig los atras t an evero y r igilueta de los edificios de la eterna clUdad de RÓlll Ulo, de la r eina del Tiber ; el horizonte estaba claro y risueiio, sin que uua nube, una m l.11cha siq uiera em pai1ara su 1 im­pidez. A los suaves rayos de la I:ímpara celes te, ca iuos en lín ea perpendicular sobl'e la casa ó pa lacio del Oésar, veíase un magnífico jard in, en forma de canas to, ( ¡'a­zado en un t en'3pl en y sembrado aqll1 de copullo>:, verdes y sombríos abet"s, álamos y morera ; allí do olo rosos na ranjos y limoneros ; acá de a¡'omáticos aloes, de pul meras y d e cactu<; j al i<í de al'gentinos olivos y de infinidad de otros arbole::> llu C' cubij aban con HI som bra á las [¡('!l as, ra r af', frugall te~ r {',racios la cab('za de éste 1 ' , y e pregunto con Ull acento saturado

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 35

Por: | Fecha: 08/05/1875

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. - - -------_.s:"c..-.- s ~L-2.? -----. P E R 1 O DIe O D E DIe A D o A L Á LIT E R A T U R A. Serie III. Bogotá, 8 de Mayo de 1875. Número 35. LA PRIMERA MUERTE. Dixitque Cain ad A.b e! frah e m auum: Egrcdiamur for as. Cmn­que essent in a g ro, cons un-exi t Cain adversuB ñ'atre m suum A.bel, et interfecit eUID. GÉ1''ESIS, C. IV. Y. S. I Aun era el principio del ID un do. Todavía bullian en la mente de Adan y Eva los gratos recuerdos del Paraíso, de aquel. Eden de celes­tial iuocencia, ajeno de los d?lores fíSIcos y á lo pe­sares del alma; de aquella Vida tan dulce y pe~{e~ta, como la del Empíreo, puest~ ~iue toda ella habla Sido un puro deleite; un eterno e IUma?ulado amor; eter­na luz, y ",ternas belle7.a~ y D~mOnIaS en lo.cre ad? ex­c1usivamente-- para dos seres S111 mancha, s!n pas IOn es liviascuas ...... ó realizar cion, no hacen sino dismiouir el ímpetu, la pro- ántes algun gran progreso ...... era cosa dema.­funuidad; los niños no son acaso pequcños sal- siado larga, imposible! Porque eso perro del vú-jes ? " E, tu. edad es sin compasion " <.lecia La demonio me enloquecia más y más; porque con­Fontaine. "Todos nosotros h emos sido pequeños tra mi voluotad qlleri,\ no verle y le estaba mi­asesinos, d ecia una noche S.ylsed, con quien yo rando siempre. convcrsaba, á la lumbre del hogar. Todos hemos Habia sobre todo momentos en que el sol nacido pícaros, y francamente lo confieso, yo al iluminar la vidriera, 10 rodeaba con una. tobé." aureola r esplandecien te. En t6nces permanecía Lucg-o añadió: allí mUI'avillado, fa cinado; le veia ev mi pen- - Si cflda cual hubiera sido castigado, 6 mns miento, en mia ensueños, siempre lo mismo: por bien iluminado C0l110 lo fuí yo, se podrian abolíl' fin lo cogia, 10 tocaba, lo admiraba por todos los pI' i porque, como ser Sr lsed! te lo lados; lo chu pabo, lo rasguñaba con delicia in­juro, no habría l aurone . explicable. Decididamente 111 tentacion crccia Si csto parece merecer una explicacion, leed de din en elia y era preciso que toda esa dicha la hi torieta que me rdiri6 Syl ed, en justifica- se realizase; era necesario ...... absolutamente cion de su paradoja ..... . y de las mias ?...... necesario 1 11 Pero, repito, de qué modo? Una sencilla con-fesion á mi madre, un dcseo expresado en alta voz habria bastado; sin embargo no vino en mi auxilio esta idea. Hay ciertos descos de la infancia, como el del primer amo)' i se le quiere desear y conquistar en secreto; su pensamiento naciente se oculta á todos, aun á la misma madre! Tenia doce años, y estaba de externo en el colegio ele * .... donde, siguiendo la clásica cos­tumbre, iba d.os vecos pOI' dia, 10 que na tural­mente hacia que pasase cuatro veces por la calle, que de nuestra casa conducia allí. En la mitad de esa calle habia. una tienda de un soberbio confitero. y una de sus vidrieras cataba des­tinada á. los juguetes de azúcar. Todos los dias, cuando yo pasaba, echaba una mirada á la vi­driera, aunque indiferente hasta ent6nces, por­que la golosina no era mi defecto capital. Un dia sin embargo, la vidriera presentó á mis ojos un magnífico perro de aZllcar, que al punto me: conquistó. Por lo mónoa cinco minutos permanecí en la Pero Satanás estaba siempre allí ...... Satanás que, para mi perdicion habia confeccionado el perro de azúcar, Satanás, que, sin duda ningu~ na, me sugeria la idea de hacerme dueño de él. Por ent6nces dormia yo en una gran pieza donde todas las noches me dejaban solo. En la misma pieza que servia ademas para relegar los muebles inútiles, se encontraba en aquella época un armario, cuyos cajones estaban vacíos la. mayor parte) los demas estaban entreabiertos. • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 270 En uno do los últimos, una noche al acostarme vi brillar una cosa blanca. ~cerquéD1o._El'a una moneda de cuarenta suoldo~. Explique quien quiera las r elaciones que~:se establecen al punto ontre las cosas más l ejanas en apariencia! La m oneda de cuarent · sueldos me hizo pensar al punto on el perro de azúcar. Más bien por una especie de fantasroagori mágica, p or obr3. de Satanas, estoy seguro de ello, se tra formó r epentinamente ...... tonJó la forro a de mi ideal. Sí. Veo operarse el prodigio como si estuviese todavía allí.. .... era el mismo perro de mil colores! Naturalmente mi primer movimiento fué el do t omarla i pero el fria de la plata me detuvo rep entiname nte. RetroceJí.. .... tu ve miedo, ..... reflexion é . E . ta moneda no era mía! La habían dejado • olvidada sin duda! Sin duda vendrian á tomarla al dia siguiente! Todo se doscubria entónces y . ., d b" N me castlganan, ...... no e la ....... o, no, 110 podio. ! Oon el eorazon oprimido y la cabeza singular­mente trastornada, me acosté i pero hasta la mi­tad de la noche logré dormirme, mirando siem­pre de l'eojo la moneda de ouarenta sueldos que, á lo léjos y en medio de las tinieblas, me parecía brillar como la mirada del dilblo. Al dia siguiente, á mi primera vuelta del co­legio, subí apresuradamente á mi estancia. La moneda estaba todavía en el mismo sitio: Hubo una nl1eva tentacion, una nueva lucha_á. la cual resistí aun. A la hora de la comida hice un esfuer7.o su­premo para no subir. Por la noche encontraba en el cajon siempre entreabierto y de la misma manera la maldita moneda de cuarenta sueldos. Me encolericé, cerré violentamente el cajon, me acosté inmediatamente y quise dormirme. Al traves de mis párpados cerrados, al tra ves del cajon veia aun la moneda de cuarenta sueldos. La lucha se prolongó otros dos dias con sus noches. Pero ya tenia fiebre. Dormido, despierto, veia siempre el perro de azúcar y la moneda de cuarenta sueldos que se confundian, que se tms­formaban, que daban vueltas en torno mío como una pesadillll. Nuevo San Antonio rogué á Dios que el con· fitero vendiese su perro de azúcar, que encontra­sen la moneda, y que ámbos á. la vez no volvie­sen á aparecer nunca. Pero no ...... no I El perro estaba siempre en su vidriera; siempre en el cajon la. moneda de cuarenta sueldos. Oansado al fin, llegué á decirme: ella está ol­vidada. Nadie sabe que está allí, nadio sabrá que yo la he tomado. No es de nadie: es mia, ..... solamente mia. y Satanás, sin duda me empujó el brazo ...... pero en fin, qué quereis ? ...... Tomé la moneda de cuarenta sueldos. Seria imposible describir la mezcla de emocio­ciones que embargaron mi oorazon. Era la hora de ir al colegio. Bajé las gradas de la escalera, dí un salto hasta la tienda del confitero, y con un gesto, con una voz que ningun oómico podria reproduoir, arrojé la moneda de ouarenta suel­dos sobre el mostrador y grité: - El perro de azúcar ? -Cuál perro de azúcar? - - --El que est:i en la vidriera, el azul, el her-moso! -T6malo. y el oonfitero me lo daba. -Al fin! Quise huir con mi tesoro, pero el confitero me detuvo. -1\1ira, mira, me decia al mismo tiompo, ol­vidas tu moneda. -:Mi moneda? -Sin duda, no es tuya e a moneda de dos francos? - Sí. Pues bien, el perro no cue s ta sino quince sueldos. Quince sueldos ese magnífico porro de azúcar! quinco sueldos solamente I yo habia oído mal... era un escándalo, uua monstruosidad. El perro azúcar y la moneda de cuarenta sueldos se ha­bian balanceado tan largo tiempo en mi jóven imaginacion, quo seguramente debian valer lo mismo y todavía ...... -Toma los veinticinco sueldos que te restan, precisó el confitero. 1\1i primer movimiento fué el rechazarlos, pero el confitero me los puso en la mano, y como la tienda se llenaba de gente: -Vamos, dijo empujándome, vamos, los par­roquianos me esperan ...... Vamos, pero este mu­chacho está loco I Una vez en la calle 110 pensé ya sino en el perro de azúcar i era mio ...... solamente mio! Yo lo tenia, podia admirarlo á mi gusto. Lo cu­bria completamente C011 una mirada apasionada. Repentinamente como babia llegado sin aper­cibirmo á las puertas del colegio, y algunos ca­maradas se acercaban, miré uoa última vez al perro de azúcar y con no mónos voracidad que Tántalo, á quien hubiesen permitido dar un mor dizco, lo devoré. Ah! exclamó Sylsed, al llegar á este punto de su sencilla narracion, llh! cuán exq llisi to era r todavía se me viene 01 ag'ua á la boca. Ahora pueden ofrecerme los manjares más rebuscados y nada podrá. pal'ecerme tan exquisito como ese perro tan soñado. Desafío á. todos los confiteros de Paris. Luogo, prosiguió, como mis manos estaban su­cias, al sacar el pañuelo, los veinticinco sueldos que me habia devuelto el confitero cayeron al suelo. E 'os veinticinco sueldos eran ell'everso de la medalla; era mi conciencia despertada por Dios ... era el remordimiento I 1'1e arrojé atras y debí sonrojarme horrible­mente. Sentí por todo mi cuerpo un doloroso es­tremecimiento de espanto. Desde luego quise huir dejando allí los veinticinco sueldos; pero iban á verlos, á interrogarme, á descubrirlo todo. No. Los alcé vivamente; los escondí en el fondo del bolsillo y los tapé con el pañuelo. Mis camaradas me arrastraron á la clase y 09 juro que no entendí una palabra de la leccion. Pero no era en el perro de azúcar, en lo que pensaba ya, era en los veinticinco sueldos, que me quemaban ...... que parecian hacer que todas' las miradas estuvieran fijas en mi. ..• AsÍ. esta­ba más embarazado ~ue un la.dron que se h~Qie. • U A Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • • 280 LA TARDE ra robado una joya. conocida, que nn ascsino con su puñal ensangrentado. La clasc so terminó y el cmbarazo fué más ¡;rrandc : cómo en.trar ú la clase con los veinti­cinco sueldos? no mc ha b ria atrevido nunca. Pero, qué hacer entónces ? Un instante pensé llevarlos otra vez al eonfi­t. ero i pero el maldito h ombre no los queria. D ónde ponerlos? dónde ocultarlos? N o me atre· via a un á tocarlos ...... tenia miedo! A fin de r eflexionar con lib ertad entré en una iglesia que se encontraba casi contigua con ('1 colegio. El año anterior habia hecho mi primera co­munion y tenia el eorazon lleno de esas dulces ideas re1igiosas que florecen en las almas jóvenes. Un anciano sacerdote que rue habia prepara­do, pasó procisamente por delante de mí, diri­giéndose :i un confesionario, en el cual entró. Despues del diablo, el buen Dios se ponia evidentemente de parte mia. U na idea repentina me bajó al cerebro, pre­cipi téme h ácia el confesionario, donde, como un gran culpable, hice sollozando la confesion de todos mis crímenes. El sacerdote, anciano de cabellos blancos no me respondió nada i pero saliendo del confeso­nario me condujo por la mano á la puerta de la iglesia á donde llegamos bien pronto, él son­riendo, yo temblando. Allí, sobre las gradas se encontraba un ciego. Junto :i éste estaba un perro, que en su boca tan rosada como la de mi víctima tenia una ban­dejilla de madera. " Sylsed, me dijo entónees el buen anciano, Dios perdona cen la limosna, hijo mio. ¿ Ad i vi­llas d6nde debes ocultar esos veinticinco-sueldos que pesan: en tu conciencia ( " Ah! sí, yo lo habia adivinado. Ya el dinero del crímen estaba en la bandejilla del ciego . Tuve al punto en el alma uno de esos fanatis­mos de virtud que hacen creer que para rescatar un pecadilIo, una sola expiacioT' no es suficiante y que hay necesidad de muchas otras. Subí las gradas y dije al sacerdote: -Ya estoy libertado de esos veinticinco suel­dos, pero la moneda de cuarenta? -Bien! bien! dijo el anciano, tú comprendes que esto no basta. Quisieras, no es verdaCl, que la moneda de cuarenta sueldos se encontrase en el cajon ? -Oh! si. Pero ay I esto no se puede! -Quién sabe? y el sacerdote se sonrió angelicamente. -Qué es necesario hacer? grité. Oh! hablad! -Trabajar, me respondió, trabajar con la firme voluntad de conseguir el premio de exce­lencia en el concurso del semestre. -Yeso hará volver la moneda? -Obedece, concluyó misteriosamente el buen anciano¡ tal es la penitencia que te impongo. Obedeoe y espera. Tres semanas despues tenia. ganado el premio. . Estoy contenta, muy contenta, me dijo mi madre abl'azándome. y por recompensa me dió cuatro monedas, de diez sueldos. Justamente mi cuenta. Pero con estas monedas no salia. bien mi negocio. -Madl'e, le dije ruborizándome un poco, en lugar de osas cuatro monedas no podrias darme una de cuarenta ueldos? -Con mucho gusto. COD qué pl esura subí tí mi cuarto! Con qué loca alegría volví tí colocar la nloneda en el sitio en que estaba la otra, en medio del hermoso cajon ! P ero cosa singulal' ! la misma neche noté que habia desaparecido. Las vacaciones que preceden á las rascuas se pa¡;aron muy pronto y el gran dja llegó! Al volver á entrar do vísperas encontré á mi madre que tenia en las manos un nuevo cuadro, que no le conocía y que parecía contemplar con extraña emociono 1\1e acerqué y miré ...... Qué asombro. En lo alto del cuadro estaba la moneda de CUfLrenta sueldos, más abajo, en In misma línea, los vein­ticinco sueldos del confitero, los mismos .. , .. . Oh ! yo los conocia tan bien! -Los he rescatado al ciego, díjo mi madre abrazándome. Al mismo tiempo entró el sacerdote mirándo­nos con la misma sonrisa que yo le habia visto en las gradas de la escalera de la iglesia. Todo lo comprendí. Sacerdote inteligente! buena y dulce madre! oh ! porqué todos los hombres no han podido re· cibir en la infancia una lecci'ln semejante? No solo acababa de ser corregido del robo síno que habia aprendido al mismo tiempo el trabajo y la caridad. Una palabra por último. Desde aquella época, siempre he adorado los perros ...... los verdad eros i pero jamas be podi-do decidirme á comer un segundo ...... perro do azúcar. • CÁRLOS DESLYs. ORA PRO NOBIS· - - Muere el sol: la noche llega, Su manto el aura desplega, La luna empieza á nacer, Niña, ¿ qué debes hacer? De be acercarse á la orilla La lijera navecilla, Debe el hombre descansar, Debe dormh la avecina, y un alma buena rezar. i Quién sabe cuántos tiranos, Maltratan á tus hermanos, y cuántos gimen á solas y cuántos alzan las manos Buscando apoyo en las olas! • Ruega, ruega ...... yen tu anhelo Llama al ángel del consuelo y pídele caridad, Perque está. mirando al cielo La mísera humanidad. JUAN CLEMEN~ ZENEA. . •

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Por: | Fecha: 04/12/1874

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • --____ -,c~~ s: ~t.22..j')¿b::;:::?J:::,r-S:s ---__ -~ PERIODIOO DEDICADO A LA LITERATURA Serie 11. Bogotá, 4 de Diciembre de 1874. Al\. DEl< Con estA número pl"ineipia la segunda serie de este periódico, suplicamos á nuestros agen­tes nos devuelvan los números que no hayan podido colocar. LA FIESTA DE LOS HUERF ANOS. Acaso el título do este artículo provoque más la. burla que el intereso Qué! hay fiestas para la orfandad? El niño tí quien no calentó nun­(! a el regazo materno, á quien el pa(he negó no flolo u nombro sino sus curicias, un pequeño sér an~nimo que ha de correr por el mundo sa­biendo desde que la razon ilumine su inteligen­~ ia que lleva por nombr3 de familia el que le de la caridad cristiana. Para eso no se n ecesitan sino $ 1400 .... ¿ Se­rá mucho peJir para tener bien servido el ho­gar de los desamparados? Vos quo vais á reci-bir la bendicion de vuestra madre ; .... vosotros que vais á darla á vue tros hijos ... pensad en ellos que no hall conocido madre; pensad en ellos que hasta ahora han recibido una caricia. A.h! com pagion para. ellos! Caballeros! ___ - la desgracia l'eclama nues-tro auxilio! Oristianos l. - - - demos el óbolo, que Dios ha­brá de devol ver cen tu plicado. '" *' " Suenan voces angelicales on el coro. La igle-sia se 11en8 ____ V[tmonos, hijita mia, tu madre y tu h ermanita nos esperan. Adios. dijo á los niños, desde el fondo de mi alma, al salir d el IIospicio. La caridad cristia­na es tan grandl~ que l1enahasta el abismo que yo creía que n, da podria colmar, la orfandad! Jo f.ué, pues, sin razon que, al despedirme ele la Directora, puue decirle: -Adios, Madre; permitidme quo hoy me haga el eco d · los huérfanos para. deciros á vos y á. vuestras IIijas ..... i Dios os bendiga! y así me convencí de cómo hay tambien fies­ta para los huérfanos . Al lleg'ar á mi hogar he referido á mi esposa lo que he visto; he tonido el placer de vorla á ella y á mi hija con los ojos húmedos de enter­necimiento y de gratitud. Yo les referí las cs­ceI\ as del dia con la mano de mi compañera. en una de las mias, y meciendo con la otra la cuna de mi Uaría recien nacida (i Dios la proteja!) ; teniendo á mi hijo pequeñito dormido en las rodillas, y despues de bendecir desde aquí con el corazon al hijo ausent~. Dada mi bcndicion á todos los mios, mo he veniJo á mi estudio á escribir este dosaliüado relato. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 100 LA TARDE Son las dos de la mañana, y puedo decir imi­tando á Trueba y copiando \Í Vergara : " y tengo el alma tranquila, Dios mio, bendito seas! " 22 de N oviembl'e. J. M. QUIJANO OrERO. • A MARTIN GUERRA. De cumplirte la promesa, Por no decir la amenaza, Qne te hice ayer, daré traza, y h éme al frente de mi mesa. Ya mi musa no es traviesa Como en un tiempo solia, Ni osada mi fantasía, Ni al'diente mi co razon ; y así, mi improvisacion "Vas á encontrar tarda y fria. Que 10 moral de 10 físieo Por desgrac ia se resiente, Es una verdad patente, Ay, amigo! y yo estoy tísico. ¿ Hallas esto metafísico? Pues te diré: "es que no como," Y como tam poco tomo~ Hace rato, de lo añejo, De este afan yo, pobre viejo, V oy á salir no sé cómo. En esta espinela, á fe, Hay tantas complicaciones, Que algunas explicaciones Es natural que te dé. Lo de tísico se ve, Y ademas se oye en mi tos ; Que no como? - Acá inter nos Sí como; pero haste cargo - ¿ Hay bocado más amargo Que el de por amor de Dios? Que no tomo? - Ni una gota Hace tres años y pico: Si esto no es ser un borrico Es casi ser un idiota; Pero es lo cierto; y anota Que he bajado el Magdalena; Que me he privado sin pena Del vino allá en el Perú; . Lo cual, confiésalo tú, Es estar á prueba, y plena. Que el aguardiente y el vino Fueran motivo 6 pretexto, (Y yo en razon 10 hallo puesto), Para no darme destino, Santo y bu ~no ; mas no atino Ni sospecho qu é razon Tenga la Adruinistracion De nuestro amigo Santiago Para obligarme á ser vago, Por no poder ser ladron . Que yo he sido liberal Y que liberal aun soy, Aunque no de los d~ hoy , , • Ni de la cosecha aotual, Lo he probado, bien ó mal; Y aunque ontré como otros mil " El 17 de Abril" Con 1 pobre Melo, - el hecho Es que no oscond í mi pecho, Ni fuí cobardo ni vil. Yo puedo decir en suma Que en todo tiempo he servide>, Sin ahorrarme, á mi partido Con mi espada y con mi pluma. Y hoy la miseria me abruma, Y si llevase una espada A la cintura colgada, lloy ...... yo no la ompuñaria; Pero sí. ..... la empeñaría, Pues algo es mejor que nada. Apuesto á que te sonríes, Y más, á que con placel' 1\1e convidas á comor, Y e~to , en el "Hotel Daaíes.'~ Será a sí, mas no confles En que acepte tal honor; Y si qui ieres favor lloy hacer á tu Joaq uin, Te llegó tu San Martin, Puedes mandarme un condor. Yate he dicho que no quiero D écimas ni redondillas, Porque con ellas ma humillas.. Yeso no es d e caball e ro. Que mós humilla el dinero Replicarás, y es así; Pero viniendo de ti, Que eres mi amigo y poeta, Con orgullo una peseta. Será aceptada por mí. J. P. P . --oo~<>o_- REVISTA DE LA CIUDAD. Empiezo á es::ribiL' esta revista el primer dia del mes de las alegrías por excelencia. Como si la natu­raleza estuvie e de vacacivnes tambien, toma parte en la fiesta y empieza por barrer el cielo para no de­jar ni una nube importuna que impida lanzar la vista. al traves de los espacios azulo"os, diáfanos y profun­dos. Entónces las auroras son riente, los dias esplén­didos, las tardes encantadoras y las noches apacibles y serenas. Le hago una súplica, señor lector: (aquí entran las lectoras tambien) levántese temprano un dia siquie­ra, deje la sabrosa cama, no sea perezoso y á rodar por estas calles de Dios aunque el frio le haga. pegar diente con diente, y verá qué espectáculo tan bello el que se le presenta á la vista. Verá las saba­nas espléndidas medio cubiertas todavia con las nie. blas que perezosas empiezan á suspenderse en el es­pacio, gracias á la impertinencias con que las brisas las molestan para que emprendan viaje ántes de que las sorprenda el sol. Sentirá á. las susodichas brisas como colegialas en recreacion golpeándole á usted el rostro (muy malcriadas sí son) con sus alas húmedas aún por el rocío de la mañana; y no es eso 10 peor, sino que sin reparo ni miramiento alguno le hacen respirar en toda su frescura el am­biente de los campos, el primer perfume de las flores recíen abiertas, y sobre todo, un algo que no sé quó • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 101 sed y que pudiera llamar inefable porque no le en­cuentro nombre. No cllanza ni farfullel"Ía esto que le e toy di-iendo; confiesen francamente, i no es cierto que la mañana y la noches de Diciew bl'e en Bogotá no tienen rival? De ahí el que e te me ea el de la divers pa ('o y broma. Empiece u ted porque el mes vacaci para todo el mundo y luego porque no Ilay un solo dia en que no i1aya motivo para una fiesta. Rompen el fuego lo de Santa B:lr­bara, siguen luego lo de Ins novena de la Cúncep­cion, coa, II acompañamiento de alferazgo, colletes, chirria: y fandango. Llegan despue la luminari as, lo globos, los cohete~, los triquitra(ple" ban le ra, repique, , in. cripciones, fie. ta de ig lesi.l, proce"ione y tertulia, . Apénas se e t:i uno medio reponicllfl0 de psta llega la no,-en:t del niiío, complicau<1 con bailes todas las noche , misa de aguillalJo, villancicos, apue tas y uto, y para que no quede duda. e JlI'e­sentan lo ' pe ebre;;, bonito pretexto para vag¡\Dllln dear to la la noche é incurrir en alglln de, cuido y co;rer por allí unos amorcillo, que le llagan ver bola,>. No sino qu~ ande usted descuidado en esos bailecito. y y verá como cuando ménos piense, e le pren­un pal' de ojos negrL's que ni con matrimoni le salen. Agregue cualquiera la Noche-buena, los bu-ñuelo , las empanadas; los inocentes, lo' bades de di fraz y paseo al rio, y tendrá que con 1', que, como dije ya, e. te es el mes de las alegl'Ías y expan- • SIOne uprema. Otro, y son muchos lo que lo hacen, salen á pueblos vecino y en tónces no se oye decir sino q tle se fueron para baque, hoacllí, Fómeqlle, FU$aga­sugá. ó Chapincro. Los má del-oto y que tienen algu­na deuda atrazada ó pendiente con la Yírgen se van á Clliquinquirá á fiestas. Sin pen arlo he hablado de lo que sucederá, pero nada de lo que lla pa ado. Los certámenes han continuado en varios Colegios , tale' como en el Rosario, en el del eñor Ruperto G6mez, y en el de la señora Carmelita O. de Barrera llamado del Sagrado COl'azon de J esus. La compañía dramática ha conservado su prestigio debido al mérito de las piezas que han exhibido y al desempeño de los actores. La concmreneia ha sido escogida y numerosa. El último domingo aquello pa­recia una canastilla en donde no cabia una flor más. Qué concurrencia tan espléndida! La falta de espacio me impide dar cuenta minucio­sa de las escogidas piezas que se han representado en la ¡¡emana. Guardo, sinembargo, un puesto para dar not~ia de la comedia en un acto repre entada en la noclle del juéves titulada: " La Medicina," y obra del señor uerra. en un campo de di. puta de I dos e cuel . Pero el enfermo empeora de dia en dia, y sobre todo, la dieta lo lleva por un tendido prontito hácia el hoyo, na vie­ja Ileg:\ por fin, e apodera del enfl'rmo y dice que lo que su compadre tiene e debIlidad y empieza por dade caldo y vino. o hay que decir sino que el en­fermo se repone y se le abre tanta gana así (disp6n­senme la eña) de comer y beber. Llegan los médi­co , y por rieron tado cada cual se achaca la cll rnci on, declarándolo fuera de peligro. Sinembargo, el enfermo no contaba con la hué peda: no habia empezado á aborcar la convalecencia, cuanclo zas! la cuenta del médico alópata. Ahí quedó pataleando y sin sentido el pobl'e, Nu fué necesal'io m:is p .\n\ la I'ecaida ; y no llaLia mcclio pa aeJo el primer parosi mo, cuando za ! la cuenta elel médico llomeópata. TTn bolazo bien dado, no hace mejor fecto que las cuentas de los médicos. Pat¡t1ecí, e - tiró y entre¿ó su alma al dia­blo por cau a de la rabia. Se mul'Íó, HO bubo remedi ' . 1\1e ligan lazos íntimos de ami tad con el seiíolr Guerra, y poI' lo mi~mo me escuso de hacer una cri­tica, pue telllel'ia c1(~al'llle llevar de mi afecto pal'"ol hacerle grande el ó de dema iada rigidez para castigar lo vatura 'fectos que deberá tenel' una oura hecha sin pl'\:'tensione$ y por mero pa atiempo. El "eiíor Guerra no es desconocido en nuestro teatro ; ya otra vez se habia repetido su comedia, titulada: " Lo que puede una muiíeea"; y en otro puntos se lla re tado e ta mism:1. con buen éxito, como tamulen otra llamada "El Calavera." Quien tales triunfo consigu(', está ya cxcento del olvido de los amante de la literatura. .El público supo hacerle justicia á nuestro amigo, haciéndolu salir al cscenario para aplaudirlo. Al di.a siguien te reci bió varias cartas de pláceme de per so­nas importante, tale como la que á continuflC'Íon in erto. La autorizada voz del seiíor Caicedo Rój as, literato cunocido, y boy miembro de la Aca.demia su­cursal de la española, es un testimonio lIien elocuente. "Señor Don Marlin Guerra. " Muy estimado señor mio: " No tuve el gusto de asi~tir anoche á la represen­tacíon de ]:o comedia titulada "La Medicina" qU0 ejecutó la compañía del señor Ortiz, porque una in­dispo icion de salud me lo impidió; pero he oido ha­blar geneml mente muy bien de esta obm de su inge­nio que fué ju tamente aplaudida. " Aunque no tengo la honr:1. de conocer á u ted personalmente, me permito felicitarlo por ('ste primer tl'iunfo de su debut, pue los tl'lunfo de lo. literatos mis compatriotas son mio. tambien, y debo regoci­jarme con ('110 .. " De eo que II ted siga con brío su carrera y que veamos en nue tro teatro nueva ob:"a de u ted que coloq uen sobre sus sienes la corona debida al talento y al buen too " Aprovecho usted muy atento oportunidad para suscribirme de ervidor. J OSE CAICEDO R." De irresistible afeeeion y mucho amor por las le­tras debe sentirse poseido q'lien entre no'otros em· prenda escribir obras para el teatro. Este trabajo, el más meritorio de la literatura, por ser el más difícil, no tiene recompensa .. Iguna entre nosotros. Quien con iga ver, siquiera ca mal repre entada su obra en nue tro teatro, ó en algun pueblo en la plaza, y en tiempo de tie tas, puedA darse por sati fecho y acos- El crédito que la Compañía dramática ha adquiri­tare á dormir sobre Sil laureles. El triunfo es tan do se prueba con la constante y numero a conCUlTen­efímero, que no mel'ece b pena de tanto trabajo. ei~ al teatro como he dicho ya; piezas e han repre- 1.1 cuadro que el señor Guerl'<\ ha puesto en escena sentado aJli 'que han hecho e tribal' todo u mérito es tan comun en nue tra sociedad, y por lo mi!Uo en el admirable desempeño de 101 aetore. El éxito tan conocido, que me bastarán dos pinceladas para favorable de la pieza representada el domingn, e de­ponerlo de relieve al lector. be en un todo á la señora Tardos y al eñor 'igarroa. Hay un enfermo de gravedad á. cuya cabecera se Ellos fueron quienes sostuvieron durante los cuatro llama al mejor médico alópata que hay en la pobla- actos el peso de la representacion, con tal gracia, tal cion. Desde luego que receta, pre cI"ibe y orden'\ chiste y tal propiedad, que sera diÍlcil verl~ igua 1. cuanto cree que pueda alentar al enfermo; pero. ni E toy egmo que dQspues de e ta representaclon en el enfermo toma ni se aplica los medicamentos, Dl la la que solo se notó flojedad en el últim.o acto, c';lando señora deja de dar oidos á los distinto parecere'l de las escenas debieran correr con celendad, debIdo á que cumplen con la obra de misericordia de visi- q~e alguno? actores ~o sabi~n su papel, seguro , tal' á los enfermos. Por consejo de alguien se llama dl&O, que SI se llega l\ repetIr drama, .no quedará á un médico homeópata, pero sin de pedit· al otro, y qu~en no vay.a á v.er á ! uana, la loca, la VIvaz, la in-por con iguiente, te destruye y rechaza todo lo quo q~leta, travI _ ll1tehgente, intrigante y el otro habi:l. prescrito. El enfermo quedl\ convertldo ' nrtu051\. La senorll> 'IlI>rdos, con su vestido de paje, Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • 102 LA TARDE . ese p.apel, ha encantado al público y se ha granJeado el ti tulo de arti ta perfecta. El dra­ma, como la comedia, le son familiares. Esto es mucho. - El señor Ruperto Ferreim y la e timable señorita Irene iH.aldon 't 'o se h:tU unido en matrimonio. Oj',¡,¡ que Sil vida sea tan fehz como ellos sehan imaginado. - Se anuncia para costa Semltl1a .m suntuo o bai le en casa de los eño r e Valenzuela. Pl'ocurnl'é uar c~cn ­tn. de lo que allí haya ue notable. EL FISGON . NO SOY YO. (DESPUES DE TEA.TllO.) Cómo! La reina que al pasar esparce Un reguero de luz con su mi mua, Para quien todo el poderío del hom! ¡re Con su solo querer se torna en nada. La que en su marcha h'iunfadora lleva Tras ue su cauda como leve arista A quien sobre ella descuidado fije UIl momento no más, uno la vista; Habrá de ser capaz de enmudecerme y de embohr los so nes de mi lira? ..... Qué triste suerte la del pobre bardo: Tanto más calla cuanto más delira. En sueños ó despierto, descuiuado De su mirada siento el atractivo; Como el demente. su bendito nombre • A touas horas prolll.mciando vivo. Sin ver más que su luz, como quedara A quien del rayo su fulgor r ecibe, Dejo correr mi pluma enloquecido y 10010 un nombre sin saberlo escribe. . . . . . . . . . . . . . ..................................... . 1\1e hiciste tuyo sin quererlo. Nada Me ha quedado ya ele mi albedrío, La somb ra de tn sombra soy ahora Aunque quiero olvidarte, no soy mio! 20 de Noviembre de 187<.1:. F .A.USTO. • , : , LAS PERLAS. i Quién no ha pensado alguna vez, mirando los gra­nizos saltar en el alfeizal' de la ventana y o yendo el repiqueteo de sus golpes en los cri;;tales : -" i Si es­to gl'anizo" fueran monedas de cinco duros! "-¿ Y quién 110 ha añadido completando la fra s e, despues de reflexionar un instante obre los inconvenientes que traeria á la sociedad esta. riq ueza repentina, qúe al fin y al cabo daria por re'Sul tado una pobreza general: "-y s610 cayeran en el patio de mi casa! "-Porque en efecto, nada más inútil que el oro el dia. en que se hicie;;e tan comun como el estaño, Todo lo que se prodiga es vulgar; nadie aprecia lo que no ha de can­sar envidia, y es seguro que ha ta la. salud se miraria como cosa despreciable, si no hubiese enfermos . i Qué piedras preciosas, qué objetos de lujo y de suprema elegancia habrá comparables á las flores, tan diversas en brillante color, caprichosas formas y sua-ves p e rfumes? i Qué hay, tí pesaI' de esto, más vul­g: u' que I:ls flores? Es verdad que han t nido tambion RU dla do r einado; e~ vel'dtHI qne BU no su bclleza, las ha hecho oujeto de lujo en épocas deter­minadas, pero altel'llativamente so ban de tronado un as á otm'S, pnm dt'jarle el puo to á la última y des­conocida jJrOlluccion vegetal de un clima remoto. Un hecho qllO ha teni.lo lugar últimamente en la famos¿t feria de Leipsick, i la cual acuden para bacer sus. compra<; 10- mís repu tados joyero a lemanes, nos ha Inspirado la<; ya vulgare.'l I'c:fl<.!xiones Cjue dejamos hecha acerca dc las causllS dI> depI'eciacion de ciertos oujetos. , Parece que un comerciante de Ocylan ha ta abol'll dt' ~ c()J\ocido e n la pla7.!l, se ba presentad(; e te año co n lllla co!cccioll de pcrla'l t ;tn ¡;rul!~a y t:n nunca vis­tas pO I' sus condiciones , por igno· rarse el precio que teni:111 y la ta acion aproximada; pero es seguro que no debió ser, como vulgarmenta se dice, grano de aní , cuando al galante Oe 'ar le cos­tó la friolera de 6.000 grandes sextercios, próxima­mente unos cinco millones de reale . De e ta calidad debió ser sin duda la que di6 orí­gen á un proverbio romano, el cual dá hoy por seguro que" una h ermo a perla colocada en el eno de una mujer, hacia la vece de lictor, separando la multitud y atrayendo sobre su dueITa la cOllsideracion y el res­peto de la turba." En el dia han variad<> mucho las condiciones socia­les; pero áun puede decir e que hace la') vece de cupidillo. ¿ A cuánto que no fa cinarian los mús her­mo os ojos del mundo, no ha flechado el aderezo de perlas de una mujer rica, e, pecie de arco· iris de la tempe tad, vaga promcsa de una dote re petable '1 Pero volv;\mo á Ruma. La ¡'omanas, tinte que todo, y pOl' má que al gunos historiadores se empeñen en probarnos lo contrario, eran mujere' , y como tales mujere ,amiga del lujo y la () tentacioll, capricbo ' as y antojadizas. Sentados e tos precedente', no hay para qué decir que, una vez conocidos, el gusto por la perla, entónce· la última novedad, se desarolló espontáneamente entre el exo herlllosc>. Se usaron perlas entre los cabello, en las orejas, en 1 pecho y en los brazo. Oon ellas e bordaron las túnica, lo' ve lo. manto"" y hasta los coturno ; se incru"ta­ron en las vajilla-, en las únforas, en los mueble y hasta en los muros. Y en pos de las mujere vinieron los hombres. Comenzó Pompeyo entrando triunfante en Roma con treinta coronas de pl'rla á su piés, y una vez conquistada Alejandría, y hecho más general su comercio, acabaron UaJígula y Neron cuando de ellas los arreos de su caballo, de pues de prodigar­las con profu ion espantosa en us vt:stiduras. Ignoramos ha ta qué punto serán dige tivas las perla ; má lo que podcmo asegurar es que, ólo al acordarnos de e tos convites en que bacian tan prin­cipal papel, se no cri pan los n ervios pen ando en cómo rechinarian us partículas entl'e lo ' dientes. De pue de etas épocas de esplcndOl', las perlas han eguido estando á. la moda en el mundo elegante de todo los ig lo y toda las civilizaciones. De de la célebre que Oleopatra ofreci6 á 1\1arco Antonio disuel­ta en vinagre, hasta lo históricos hilos de Bucking­ham, sueltos en pre encia del elevado objeto de su amor, en la corte de Luis XIII, las perlas han inter­venido como protagonistas en mil y mil lances de amor históricos. De estas cien anécdotas s610 queremos referir una. Aquellas de nue tras lectoras que, despues de leer los renglones que llevamos escri , se acuerden con un , uspiro de sentimiento de la perlas que guardan en las afiligranadas boiles de su to.::ador, que acaso maña­na !lO tendrán más mérito que las cuentas de vidrio que regalaban á su') naturales los descubridores del uevo Mundo, deben consolar .. e de la pérdida de sus adorno, impregnándose en su e píritu. IIé aquí la hi tOI'ia, porque hi toria es y no cuento; La prince a de J... . sin duda nlguna la más hermo a de las dama de la corte de Vienn. La lOi­¡ a'las de enyidia desu rival se lo habian dicho cien vece", y otl'aS ciento el t:irculo má florido de los pollos comme il fa1tl de Viena, que talll bien CII 'fiena hay po­lios. Unot; alabauan la maj estad de su apo tura otl'OS el fuego dc su ojo, é tos las manos, nquclJos el' talle, los de má allá los piés, 6 la boca, ó la nariz, ó la ore­ja pequeña, 1'0 ada y tea-parcnte. Totlo era á u alre­dedor un concierto de alabanza ; sus oidos se habian acostumbrado á lo elogios como á una música cono­cida y delicio a. na noche, el príncipe de J .... entró en el bOltcloil' de 5U mujer, á tiem po que ésta ;,e ve.'tia para un bai­le, y le ofl'eció como recu crdo del anivl'¡--¡,rio de sus boda una perla: una perla mon t , magnífica, con toda la uave opacidad, lo. cambiante de [nil co­lores y las condiciones de forma que pueden hacer única una perla entre las cien ruil perla cogidas en un siglo en la i la cuyo mar las pl'Oduce. La priuce a, ufana con ella, se la culoc6 en la cabe­za en el punto donde su cabello negro se partia sobre la frente como dos alas o cura , y se marchó al baile. A los que e e'pantan hoy del lujo de nue;¡tra mus jercs y lo llaman e candalo o é iumoral, quisiéramo­poderlos tra ladal' de pues de una de nue tra reunio­nes más brillante, á uno de aquellas soi,.ées ó les dan­sauts romano, en donde se descolgaban prójima que como Lullla Paulina, llevaban á tas lliariamente, y a í como para andar por casa de trapillo, va.lor de ueinta millones en perl ,piedras preciosas y otras zarandajas del mismo jaez. -j Qué hermosa perla! i Qué magnífica perla! i Va­le un tesoro! i No tiene igual! lIé aquí la exclama­ciones que la aludaron á la cntl'ada en el círculo cor­te ano. j Qué hermo a perla! ¡Qué Illagnífica perla! Ni una palabra para sus ojo, ni una frase galante á. su sonrío a, á la gracia de /Su fi onomía, á la esbeltez de su talle. Ouando la princesa volvió á su casa, es fama que dijo, arrojando al uelo la famo a perla, y pi oteándo­la : i ecia de lIIí! ¿ Quién me ha m:lndado llevar al baile esta perla, la sola que podia el' mi rival, por­que como yo, e única en Viena '1 élen e, pue , las mujeres, si el caso las priva de uno de EU adornos favoritos. Poco más 6 ménos, la historia de la perla que ac:l,­bamo deyeferir, es la historia de todas las perlas del mundo. Llegada á este punto la exageracion del u~o de las perla, parece como que no habria medios de seguir adelante; mas no fué a í: los que no sabian ya qué hacer para mostrarse más pródigos que su anteceso­res, imaginaron machacarla y ervirJas en los ban­quete rociadas en polvo aljofarado sobre los manjares. -Mllehacarian perlas de poco valor, pequeñas y di­formes, dirán algunos.-Todo es pc>sible: en Roma como en l\Iadrid~ debió haber muchos de los que quie­l'en y no puedon; pel'o la vanidad que, aunque no lo Las hermosa, parecen tanto mú hermo a , cuanto más sencillas; y las fl'as, i es verdad que hay alguna mujer fea, esas están tanto peor, cuanto más se adornan. En cuanto á la pérdida del valor material, eso no es tanto cuestion de nuestras suscritoras como de Sampcr y Pizala. G. A. B. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 104 I.i A T A R D E LA VIDA DE DOS MUJERES· , CUADRO iNTIMO. Por Aldebaran. ( Concluswn.) Tuve varios pretendientes jóvenes y do a,entajada posícion, pero no pude aceptar ninguno, porque com­prendia que en aqucl combate conmigo mi ma áun) que al fin me habia resignado) mi corazon guardaba una tumba cerrada, y no era capaz de tener la menor ilu ion, suficiente energía para de pertar la perdida esperanza, ni recalentar afecto imposibles. Ademas, de pues de haber tratado á don Ramon con alguna intímidld, todos los demas hombres me parecían ton­to y fastidio. os. -Pero tia Andrea, exclamé i qué derecho tenia es­te hombre para apoderarse así del corazon de una mu­jer para abandonarle '1 -En eso no le culpes, puesto quejamas supo lo que en mí pasaba. Yo sé que él decía que la mujer que más afecto le habia insp i rado habia sido yo, pero que no se encontraba con suficiente valor moral para su­frir una suegra como mi madre. -Es tarde, hija mia, aiiadió, y bueno será. que te acueRtes . -No, conteRté, no, querida tia,-permítame pregun-tarle qué decia á todo esto tia Juana. -N unca hizo la m

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 13

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 11

Por: | Fecha: 20/11/1874

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. --____- -""I:t::-¡;~ ':'~ ~ ~.-.....:... s---------- - , F E R-I O D.J~ n D E DIe A D o A LA LITERATURA Serie 1. Bogotá, 20 de Noviembre de 1874. Número 1]. • Al\. DEx -1\ Nueve periódico. De las prensas de los señores Echevcrría Hermanos acaba de sa lir "El Oorreo de Co­lombia," periódico político. Que su vida sea larga y provechosa para el país, es nuestro vo­to sincero. La redaccion principal corre, segun se dice, á cargo de nuestro amigo el se.uol' doc­ ·tor Lino Ruiz. Saludo. Ha negaclo á esta capital lluestyO compatrio~ ta el distinguido literato, señor José Ignacio 'Trujillo, despues de muchos años de residen­- cia en Costa Rica, Los Redactores de " La Tar­de saludan cordialmente al señor Tl'ujillo, y ponen á su disposicion las columnas de su pe­il'iódicQ.. • :REVISTA DE LA CIUDAD, Vivo ahora en una pi eza que se baila en al t ercer !piso del Hotel Danies, en la plaza de Bolívar. Como ave encerrada en una jaula, golpeo los alambres para ver si encuentro espacio en donde nade mi alm.a an­helosa y por fortuna un ba lcon da á la plaza desde -donde, sentado á mi escritorio veo una grande extcn­cion de edificios, h elegante catedral que tengo al frente, los tl'Ístes cerros que guarecen la ciudad y un -cielo, un cielo .... ah '! nuestro c:elo azul, diáfano, profund-o limpio é insondable. Cuántas veces he que­rido romper esta leve baI'rera que me ¡;epara para vo­lar por los mundos de mis afectos, por a'llá en donde se hallan los mio, y luego vagar por el infinito; pero -es inútil, en tanto qucel espíritu esté sujeto por la ma­teria estará unido á esta vida de miserias, de decepcio­nes de desalientv profundo. Pero vamos, Fisgon, no es tí. echar al ai,re tus debilidades á lo que te bas sentado ~quí, es;Í. escribir la revista de la ciudad. Son las 'diez de la mañana y te halla al {['ente de la plaza de ]a Constitucion. Oiertamente pido pel'don por la di­gres ion y prometo no volverlo á. hac~r. Pram, pram, prampram. Un batallon de, emboca por el lado de San Agu!ltin y una banda de música se ha encargado de anlinciar su marcha desde muy léjos. Va de viaje pues el arma á discrecion, su tmje y el de los jefes lo anunci :m. Irá seguramente háeia Cúcuta á guardar la frontera con motivo de la guerra que ba. vuelto :i incendiar la República de Venezuela. Bendita sea la Providencia! Nuestro pais est.á en paz, no tememos la guerra, y aunque detras de este batallon brillan en mucbos ojos lágrimas que nf) se han podido contener; si millares de afectos como sombras impalpables siguen á los villj('rOi; si ellos mismOl no puedon ménos que lanzar - l.ma mirada retrospectiva, eso consiste en que hay I madre, parn quienes nunca se extinguilá el amor, en que hay lazos íntimos que no pueele de1>tl'uir la au- • son cm. Allí, a1 pié de la estatua se ngrupa una cabalgata. Es el jefe de las fuerzas naci~nnles que con la oücia­litlnd sale á acompanñar basta las afueras á sus com­paííe'l'os do :1rmas. Diez ómnihns y algunos 'carruajes m:ís esperan (\ que lleguen los convidados á un almuerzo en Chapi­nero. Las dama y"n llegando, los convidados se :1gru­pan en derredor. POto fin partie.'oH á pasar un dia de pIncel' en el campo. La orquesta ue la gran Catedral se expacl1\ y llena de soniu0s rtrmoniosos los mreR, y cm, i percibo cl 0101' elel incienso que se quema al pié del altar. El atrio e~üí colmado y las granues puertas del templo dan entrada á lus qUE' por devocion ó por cur'Íosidad llegan alli. Ouántns seiíol'a,~, cuántos n iños y niíía~ pululan des­llllTl, hrando con sn~ vistosos trajes! A dónde van? ~c dirigen al Capitolio, en donde continua hoy la fie:,;­ta más gl'nnde q'Ie la civilizacion puelle presentar. II.\y cert;Ímclles de lns escuelas públicns, Van otros al snlon de grados tÍ :11 colegio del señor l\Iontenegro. . L~s horas "an pn~n.ndo y el movimiento incesllnte de gentes se '\umenta cada yez más y m;l'. l\Iultitud ele senoras elegnntemente vestida, caballeros en tra­je de etiquetay UOln gran multitud decul'io¡:os ocupan la Catedr'al y el grnno¡:le y espacioso atrio. Algo e PP.­rnn todos porque se mueven, se agi tan, se ngrupan,van, , ienen y revuel,en hasta. que apan:ce una silla de manos., qne al pasar por enfrente ele la iglesia ela, ¡:alida ;í una j óven ve--tidn. de blanco. Quién es '? Qné es ].0 que hay. ,\Ta n. celebral'se un matrimonio en la Cate­d ral, hor domingo y <Í. las d oce clei dia . P or fin con­cluye la ceremonia; el inmensn concurso se derl'am~ por la piaza y calles. y la comitiv:l. se dil'ige á la ca~a en donde habrá un gTan almuerzo. Sesenta cubiertos adornarán la mesn_ Pero quiénes son los novios? Son la señorita Rosalbina Amador y el caba~INo Abraham Aparicio, qui enes se han unid l) con tan fallsto boato. El día sigue <:on la animacion hasta que al fin ll eg& la noche. Paso á oün cosa_ La Asamblea del Es tado, entre otras leyes de Fcrrocaril y leñocarríl y qué so yo qué más, c.-pidió nna qne probibe todo jnego de suerte y azar. A consecuencia de esto, pregul1tuua un suj eto que tiene adquirido un comprometimiento ~Ario, s i esa ley comprendia tambien el matrimonio. N"ada hay más aventurado decia, y ahí si que juega UllO h de toda la vida. La policía ha emprenuido una cruzntla terrible con­tra la r aza. canina. r-o ería po ible aborrar á la po­blacion el espectácu lo q ne se vé pOlo toda las ca lles con los infelices animal es, entregauo, :í. las t erribles convu oues que produce la estricnina? En dond.e quiera que baya un g rupo de niííos y gentes de,ocu­padas ahí, e seguro, acaha de caer algun perro que retuerce, e estira, que lucha para ponerse de pié -y que con los ojos azulosos y de lu trados parece pedir algun consuelo á quicnes rien quizá de verle en tan horrorosa sit.uacion. Francamente, esto no es humano. Dcspues de la última revi ta de teatro,la c0mp;¡iíl:l. ha puesto en escena. los tres dramas llamados 'El tan- Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 82 LA TARDE to por ciento" "La Campana de Almudaina", y In Flol' de un dia " Antes de entrar á hablar de e tas pie­zas diré Jo que generalmente se crce, y es que BClgotá DO resiste tres repre entaciones semanales, De ahí el que las de los sábados hayan , ido e casas de concurren­cia. Otra advertencia, Toches ha habido en que dos personas hayan ido :i ocupar un mismo puesto llevando :\mbas boleta; y por último, puesto que á las galerias altas sube a hora el totilimundi, y que ya se ha permi­tido allá una cantina, seria conveniente no se pcrdie­l'a de vi ta por la policía aquel barrio latino. úte e que de allá parten Jos gritos, la carcajadas grotescas, los llantos de los mucbnchos y las observaciones de los ajumados. Hombre! y ya se me olvidaba otm co­sa: es muy desagradable el ver en la escena, cuando , se cree el e pectador trasportado á la sala ?'égia, y ca­si llora al ver á dos amantes que enteramente sólos se juran ser tan fieles corno Lola en la "Flor de un dia" alcanzar á ver la cabeza de un niño Agnpito ú otro ue e os que acaban de soltar el cordel pam ir :í ayu­dar á los tramoyistas. En toda casa los te::;tigos sun perjudiciales pero en la escena más. Entrando á juzgar del mérito de las piezas repre­sentadas, i qué juicio más oportuno y esncto podré dar á mis lecteres que el que acerca del drama "El Tanto por ciento" escribió nuestro inolvidable amigo, el señor José María Vergara y Vergara? Con placer con satisfaceion, con orgullo abro campo en mi pobre revista al juicio que la galana pluma de mi amigo es­cribió hace ya algunos años. - Tanto por oiento. Este drama que tan buena acogida ha recibido en Bogotá, en cuyo te:¡,tro se ha repetido 3U representa­cion, merece que" El :Mosaico " le destine una de sus páginas; merece mucho más: que todos los periódicos lo recomienden, y que todos Jos miembros de la dis­locada sociedad del siglo 19 nos lo aprendiéramos de memoria, En primer lugar, nos felicitamos de que este admirable drama, de los mejores dramas del si­glo, sea original español. El señor LÓPEz AYALA, su autor, de poca nombradía ayer, de nombradía univer­sal hoy, ha abierto una carrera nueva á la Iiteraturn española, aclimantando en ella la. gran e cuela france­sa, mejorada en sus tendencias; y que, bajo la dulce, y armoniosa versificacion castellana, tendrá un en­canto más. i Qué son los más grandes dramas del egregio Víctor Rugo? Sublimes cuadros de literatuI'n, en qu e la moral no queda muy bien parada, porque El Re y se d'ivie?'te, .1IlJaTia Tudo?' y todos los demas de su plu ma desgarran el alma, y pervierten su pudoroso y delicado ins tinto y ponen un abismo entre la espe­ranza y el corazon. ¿ Qué grande enseñanz!t se saca de los "Amantes de Teruel," si en este siglo ya no se usan los casamientos forzando las inclinaciones? La jmaginacion se extasía delante del os magníficos cua­dros desarrollados por Harzembusch, pero el corazon no retira de la funcion provecho ninguno. Se han e - cr to muchos dramas para el beneficio de célebres actr;­ceis: pocos, muy pocos, en beneficio del público que es un autor más digno de consideraciones y más desgra­ciado que las mimadas actrices, Entre estos pocos luce como la luna entre las estrellas el "Tanto por cien­to" cuyas tendencias son á sanar la llaga que devora las sociedades actuales, Severo como un predicador, atento sólo á su objeto, como Colon atento sólo á des­cubrir el Nuevo Mundo; y sin embargo, con una ac­cion en que lleva á remolque la imaginacion de los oyentes, y con una versificacion que encanta los oido¡;, y lleno de pensamientos elevados reducidos á una corta fmse que se puede aprender de memoria, ó mejuI' dicho, que no puede lllénos que aprenderse de memoria: tal es el Tanto pO?' ciento! Sus grandes caractéres son el especulador, en pri­mer término, odiosa figura demasiado verdadera, por desgracia! que hace negocio solamente. 1, Qué es para. Roberto la noble pasion de la noble condesa por Pa.- blo? i Qué la felicidad de cste, que es su amigo de infancia? i Qué In cOrI'upcion que inspira á la criada de la condesa y al criado de Pablo, y á don Gas , corazon honrado, y á PetI a corazon vulgar y 0- . o? i Qué la ruina de su amigo, !lU dcsesperacion pro­fllnda? i Qué la el shonra de la conoe a, cUYlI. inocen­cia consta en un papel que él guarda cuidado fllllente y que no muestra porque echaria á perder u plan de ganancias? Qué es todo eso? Lo elemento con lo cua les va á ganar un treinta por uno; las cifras mo­ral es que constituyen lo que él llama un negocto ?'Cdondo. Ya á subir de valor la . de Pablo: pa­ra quitarla, destroza dos corazones, porque i Pablo se casa con la conde a, e rico otra vez y l'e\'Índica su propiedad. Qué Ílupol'ta I Corazoncs'? Patarata! El , negoc1o es negocIO En dCJ'l't'dúr de e te caráter protagonista, que no está olnmp.nte bien ideado sino copiado del natuml, se agrupan los C~l'nctéres principales y lo ubaltcl'Dos. El primero, el de Pablo, jóven, caballero. o y enamo· rado; el segundo, el de la condesa 1 abel, buena como saben serlo las ll1ujeles buenas, en quienes la genero­~ idnd es de 01'1', como lo es de oropel en los hombres. 1. abel cleswfllCt {~ Pablo todo ~tn día, porque los nego­ciantes que la rodean le han in pirado no sólo celos, ino a co por Pablo, suponiéndulo un libertino, que ha abrazndo camareras y enamorado cnsadas de vul­gar condicion ; pero apénas sabe que Pablo es desgra­ciado y pobre, 01 vida sus celo, lo olvida todo, y no tizne sino un pensamiento: <>1 de dar á Pablo su ri­queza y su mano. Siguen don Gaspar, viejo de buena conciencia, débil ante las especiosas exigencias de su e posa, y que por debilidad calla cuando una palabra suya pudiera, alYfII' la bonra de la condesa: Petra, su esposa, mujer odiciosa é infame; la camarera de I a­bel, codiciosa tambien; Andres, que pretende dete­ner su ruina y acial' su pasion, casándose con la con­desa que es bell:t y rica; y Sabino, que tambitm bace cueDtns en los dedos, contando lo que puede ganar, ya ca ándose con la camnrcra de I . abel, ya yendo cou Roberto á la parte sobl'e los de pojo de su noble amo. Todos estt; negociantes giran.en derredor del amor de Isabel y de Pablo; y entre las rninas de e os corazones amante y nobles no buscan sino oro, como lo alquimi ta lo bu. caban entre las cenizas del ho­gar dunde habian encendido fuego para hacer su ma- ~ ligno y codiciado metn1. Todos los caractéres son pin-tados con mano maestl'a: el subl!me poéta, en lugar de soltar su imaginacion á creal' tipos, ó desfigurar tipos bistóricos, los ha tomado del natural entre la sociedad que nos rodea. La intriga, que á cada paso excita una cmocion, se desenlaza de una mnnera en que lo natural y lo romántico se disputan el premio. I abel, que acaba de hacer aparecer 5U inocencia anLe los ejos de Pablo y que ha vuelto á ganar su amor con ganal' su estimacion, ha pngado en secreto la deu­da de Pablo; y cuando él, absorto ante las dos felici­dades que se le vienen encima, la de baIlar inocente á su amada, y la de reconquistar su pmpiedao , pre­gunta á qué mano debe esos beneficios, Isabel le dice: á esta, que te entngo hom'ada; y al oir e, e grito qne le sale del fondo de sus entrañas, una lágrima _sale tambien á los ojos del oyente del lugar de doude sal ió aquella inimitable respuesta. La comedia termina en casamiento, como debe ha­cerlo toda comedia honrada. - "La Flor de un dia" del señor Camprodon es un dra­ma que no resiste juicio crítico severo. Ni el plan es correcto, ni bay cohesion en el desarrollo, ni vivo in­teres ni verosimilitud en las escenas, ni el desenlace trae aliCiente alguno. Casi puede decirse que no hay tal desenlace. Pécase por otra parte en los diálogos interminables y los monólogos sin motivo qne los justifique. Pero en cambio; qué lirismo, qué dulzura, qué novedad de imágenes; qué rima tan suave y tan cadenciosa! Puedo decir esto sin riesgo de equivocar­me: " La Flor de un dia" y "Las Espinas de una • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 83 flor", no se habrian representado segunda vez, si no se llevasen la imaginacion del espectador tras ele una :1\'monía casi celestial. Vaga C01110 el perfume enante del bosql¡e, rU11101'0Sa como la brisa en la en­ramada, juguetona como el arroyo campC' ino, blan­da C01110 la ola, trasparente como la Ilube de verano, rosada corno el celaje de la tarde 6 eomo el carmin de la aurora, eso es, y más, aquella poe in encantadora. POlo centenares podda presentar aquí mue. tras de versos admirables; versos que, justo es decido, han adquirido un gran mérito on lQs labios de los actores. La recitacion fué satisfactoria. De las petipiezas haré excepcion de una para cas­tigarla. ":Ner.esito un hombre" no merece el trabajo del reparto de papeles, del aprendizaje, y mucho mé­nos de la representacion. Adcmas ue escasa de ingé­nio es poco decente. Toda ella está reducida :í. un diá­logo en que una mnje¡' suplica á un hombre que (iba á sentar la fmse de que:allí se valen) le sirva de aman­t e no más que por tres dias. Ya e co'np renderá que el hombre no se hizo de rogar. Me dió pena de , el" á la senara de Ortiz haciendo aquel papel de costu rera que busca y suplica (t un hombre. Debo á la fineza de un amigo el siguiente artículo: LA CAMPANA DE LA ALMUDAINA. , E SPECIE DE Jl:ICIO CRlTI CO. La campana de la Almudaina es un drama de don Juan Paloa y Co11, á. quien Dios conserve 11Iuchos aITos para honra y gloria del teatro y Lien de nuestras almas. El infante don Jaime se halla. preso por órden del rey su tio, y el gobernarlor Centellas qlliere hacerle al infante la volada de matarlo. Doña Cons tanza, S il mn­dre,( no de Oentella ni de usted señor lector, sino del infante,) aparece:delante del Gobernador uplicandole que no baga tal desa fu ero. El Gobernador no da cuar­tel, porque es un h.ombre endemoniado, ap e~a r de que dou,\ Constanza lo babia cur Ido de unas heridas q\le le hicieron unos facin e1'Osos. Don Jaime va á morir, porque Centellas va :i tocar" una campana, y oh ! por­tento! una conspimcion estalla de )'epente por una ventana y la hija de Centellas es entÓ1lees la que vaá motir. Isabel se llama 13. hija y no queda duda q {le es de él, porque el retrato de la madre está colgado so­bre una. puerta.. (Aquí el autor dice que el telon de­be correrse rápidamente j. En fin, sigue el t ercer acto y con ésto acaba el drama. Creemos que nuestros lectores se habrán formado una idea completa del drama, con lo que dejamos ex­puesto, réstanos solo dar una idea del verso, para lo cual, copiamos el siguiente "y aunque os pese, porque os prive En mi ese azar, de reboso, No sé reprimir mi gozo Que siento al pensar que vive! " Es de advertir que en el drama figuran primero Ca­sador, segundo Casador y tercer Casador. He dicho. La Compañía ha continuado llamando la atencioD del públ ico por sus esfu erzos en la rep¡'eseutacion. Cada dia se nota el adelanto de los que al lado del se­ñor Ortiz, su señora y el señor Sigan'oa hacen esfuer-zos por agradar al espectador, EL FISGON. EN UN LIBRO. Para adornar las hojas de tu libro Le pides á mi lira una cancion : A ve de paso en cxtranjero suelo No tengo cantos que ofrecerte hoy. Como la planta que atrevida mano De su suelo nativo la arrancó, y á otra tierra, otro clima y otro cielo El capricho del hombre la llevó i y nunca más la primitiva sávia Vol vió á sus tallos á prestar verdor y débil, triste, pálida y marchita Ya nunca más á florecer volvió. Así yo siento léjos de mi patria M6nos vida en mi pobre coraílon, y las flor es del alma ... mis cantares .. : Se agostaron al soplo del dolor I Paris, Julio de 1866. HORTENSIA ANTOMMARCHI DE V ASQUEZ. • CARTA A UN AMIGO. Vaya, Cár los, que has sido cruel, muy cruel conmigo, al escribir la carta que se reg istra en uno de los números de "La Tarde" j esta ho­rrible decepcion me aguardaba. al declinar la carrera de mi vida. Tli me has h erido á man salva, y poniendo por mampuesto á David, me has lanzado á quema­ropa un tiro alevoso, que me ha d esgarrado el alma, porque con él se han marchitado mis ilu­siones, mi más ardiente aspiracion ha volado, y nada, nada queda ya en el horizonte de mi existencia, de esa luz viva y radiante que ilu­mina e l albor de la juvent,ud, cuando el alIlla animada por las mis dulces emociones, por la fogosidad y la alegría, por sensaciones inten· sas, se halla en la plenitud de la vida, se mue­ve, se eleva y se agita, con la fuerza con que la lava inflamada y los gafOes encendidos de un vol"au, sacuden y conmueven las gigantescas moles de granito que los encierran y aprisio­nan. Prevalido del seudónimo y de la distancia qua nos separa creiste que en la ceguedad que me atribuyes, no alcanzaría á divisar la mano qua me ha asestado tan tremendo golpe; ah! no caiste en la cuenta de que el estilo te habria da vender, y que cualquiera al leer tu carta, podia ver en ella la misma pluma, que para houor de la literatura nacional, trazó el magnifico cua­dro, titulado « Misterios del corazon " Confiesa, CárIos, que si no te ha guiado un::t torcida intencion, al ménos has pro cedido con manifiesta imprudencia al llamarme viejo, al pregonar á són de trompeta mi d ecaden te edad, y exhibirme así en plena tanle a chacos o y va­letudinario, indigno por consiguiente, de entrar triunfante al templo d el Himeneo. Inútiles han venido á ser mis r epetidos viajes á las peluquerías de Saunie;', Gilede y Ferdi­nand, estimubles sujetos, á cuya incontestable habilidad, tantos hemos podido pasar como jó· venes rosagantes, ocultando las arrugas y el plateado brillo de nuestro cabello. Ah! si estos tres maestros del divino arte de las tij eras y dol cosm6tico, llegaran::í. hablar, como tú lo has he­cho, qué trastorno socialllegaria á veríficarse; cuántas caretas eaidas al suelo, cuintas esperan­zas perdidas, y cuántos desengaños más; p ero no, ellos no lo harán, ello::3 continuarán guardando el secreto de las debilidades humanas, que allí lleva en trofeo la vanidad del hombre. Tú mismo no sabes todo el mal que me has ca.usado, yel terrible ostrasismo á que me con~ Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 84 LA TARDE uena tu in consulta Egereza; y todo esto Pl'eci­samente cn el momento más ério de mi vida, cuando pensa ba __ -sí, pensaba en abandoll'u ste ostado que ya comienza a lllal'tiz.lrllle e l alma, qu e me alarma, me abruma y desespera; porque en los celajes do la tarde á que he llega­do, veo el oca&o oscuro y pavoroso, á donde ir é á ocultarme, solo, sin un rayo do luz que ilumi­ne 1 veloz descenso de mi vicIa. y no hay r emedio, im posible es detener 01 tiempo! que inexorable é impa sible en su carre­l'a no se detiene un momento, ni pál'a sus alas de r ápido v<>lar. El tiempo qu e se complace en a grupar l a nieve sobre nuestra cabeza, que en­juta nuestras carn es quitándoles su frescura y morbidez, marchita l os colores, r oua 1 brillo á los ojos, entorpece l os sentidos, d e~t ruye la fuer­za vital, y se lleva el fuego, el vi gor, la anima­cion, todo, todo, hasta l a i noeenci ¡¡ de .n u estros primor os años. Mar insondablo donde la felici­dad esquiva y caprichosa, escapándoso ele nues­tras manos, va á s ume rgirse para n o volver á a so mar su faz e n el horiz onte ele nuestrc\ vida. R e loj d e l infinito, cuyo horario va marcando amarguras y decepciones, y que á cada momen­to nos señala un nuevo escollo, una contrarie­dad m ás qu e vencer. No, Cárlos, yo no querría ser inmortal, como lo has ll egado a juzgar; p e ro si me par ece ~lue ayer no más vine al mundo, si tengo tau fresco el re c u e rdo de m is primeros años, si aún no se ha secado el árbol á cuya sombra jugaba con l os co~pañCl'os de mi i nfanc;ia, que no puedo convencerme, se hayan aglomerado tantos años, y que la v ej ez haya v enido á sorprenderm e á n­tes de estrechar esa mag'a que se llama la For­tuna, qne sonrie y se aleja, y cuya rue da no he polido hacer parar jamas. Pero tú 10 has dicho, lo ha s pregonado, y co n tu denuncio has pronunciado u n fa llo, una sen­tencia inapelable, que las muj e r es se encarga­l'{ m de ejecutar, entregándome ::í. la desob cjo n. Si síquiera me acompañara un fuerte capital, con l o cual ningun hombre es mal recibido, ni carece de cualidades inapreciables, y á l os cua­renta es todavía jóven y hasta inteligente, la cosa vari aria d e aspecto; pero ni e l r ec urso de este infalible ta1isman mc ha quedado. Alucinado con la idea d e que mi vej ez era desconocida, iba i empreuder mi vuelo, y tú mal amigo, m e has cortado las ala ; hoy ya las ma­dres e n contrarán en mí un obj eto co n que asus­tar á. los niños; no faltará quien venga á pedir­me consejos como á hombre experimentado, no podré librarme de los cargos onerosos; e n hs bai­les á fu er de mas anciano, me tocará. poner la contradanza con aIgun v estiglo ; pues por l o que hace á las muchachas, ellas sc darán sus trall9.S por evitar mí compañia; son tan hábiles l as mu­j e r es en esto de esqu ivar e l bail:u con una pa­r eja madura, ó r epelente, que cuando se hallan as e diada s por un mal partido se les disloca ua pié ............ ó resultan comprometidas de a nte-mano con algun primo, que á guisa de calan- , chin ha ocurrido á esa lotería llamada baile , d on­de muchos juegan á fi cha vista, pero donde no á todos le es dado gritar ambo ni ganar partida. Penosa situacion por cierto, para quien son negadas l as son risa para quien toda r eunio n donde la juventud exhibe sus gracias y bello­za, se convierte en un suplicio de Tántalo; quien al fin de tanto fiasco, de tan t,) lance ridículo, comienza por fa. tidia r se de todo, por protestar contra el mundo que lo mira con desden, y con ­cl uye por retirar e doi trato social y por dudar hu ta de sí mismo. Un sér sin afectos íntimos, contrariado, descreído, inuolento, gastado y has­ta caprichoso y malgeniado, éste es amigo mi() el solteron . Quie'!.'es conocer el e sta do de su alma? Visita una de esas casas abandonadas y derruidas por el tiempo, allí donde no se enciende 01 fu ego, ni se levanta el humo en forma d e espirales sobre su techumbre, donde no hay una flor, una fuente que corra murll1urando, una mujel' que la anime con su presencia, niños que salten, jue­guon y griten, lli perro qua salga al encu e ntro del amo. Observa en el desierto el árbo l sin loza­nía., cubier to de musgo, sin bojas, sin fl ores y sin frulo, que en busca de la brisa vivificantA ex­tiende a l espacio sus ramas desprovistas de sá­via y de vera.ura, como brazos entecos, r ígidos y descarnados. Tal es s u estado de desolacion, y al cual ha podido lanza rm e tu imprudencia. Pero llO, yo no viviré solo: Hay en el mun­do un 561' que m e ama á p esa r da mi decad ente edad, que me mira con cariño y con ternura~ que me sonríe :i cada rato, cuyo corazon es mio; mujer llena de bondad y de dulzura, cuyo amor no me adandonará nun ca, y que como un ángel de conf'uelo me acompañará en todas las sitU!l.4 ciones de mi vida: Yo tengo mi madre. Tu amigo, - EL SOLTB:B.Olli'. --==><><:;>0-0= -- ELLA DUERME! "No duermas," suplicante me decia. ; " E scúcha me, despierta" ..... . Cuando haciendo cojín dA su regazo Soñándome besarla me dormia_ Más tarde ... Horror ~ en convulsivo abraz() L e oprimí el COl'azon ... Rígida y yerta : En vano la b esé; no sonreia . En vano la llamab a ; no me oia : La llamo en su sepulcro y no despierta! JORGE ISAAcs. --oo:O«o-o~- FLORES DE MUERTO. A 'í pued en llamar'e las que han quedado presentes siempre en mis sombrías l'I::mini cencia~, al hielo de mi nocbes sin sueño, y sin embargo iuextin­"" uibles en el triste desencanto de mi vida. o Es una honda mem oria, cruel y pers eg uidora, que en vano quiel'o desterra r del alma. Sombra que fi ota sus alas de vampiro sobre el tris­te vacío de mi juventud. Extinta primavera de mis soles, recuerdos de una, hermosa pe"adilla. - Era el año de 1860, frescos están en mi oorazon sus • • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 68 acontecimientos, como el remedo de una incesante , ngoma. Yo era jóven alegro y bullicio o, bijo único de una familia acomodada, y con alguna educacion, recibIda en la bancas de un colegio de provincia, mi vitla sé de Iizaba como la' aren'\ de mis nativas fuente . Era una e pecie de Byron, sin su talento y in su belleza, pero i con algo de su' inmen a tempe tades. En toda la plenitud de mI Incido años, y tra los tibio arrebole de mi primera estrella, amé con e e amor qne abre su alas de inquieto colibrí sobl'e interminables mundos do la fanta ía. Idca única rccluida iempre á u primera fe. A í oñaba bnjo el poder de una evocacion divina, y sentía en mi corazon algo emejante al de'peñado Tequendama, y mi cabeza hcn"ia como la lava en in­fusíon. Oh! In. amaba tanto! oh i, .... tanto, que boy ues de 14 años .... boy de!;pues de que por mí han pasado tan duras y tcrribles pruebas, aún me pa-rece verla todavía! Era mi que mi vida, y la amaba tanto, como el antiguo caballero de la Oruz, el in eparabJe recuerdo de su patria riberas y el honor de u amada. Pero ay! la noche llegó tri te y helada sobre los limpios paisajes donde soñaba mi alma. Las olas de los acontecimientos políticos me pros­cribían do mi pais. Era preci o decirle adios! ... Con l:lo Uluerte en el almn, y CO!l la triste esperan­za dQ mi ituaeiou me encaminé á su casa. E taba ola, dulce y hermo a como siempre, no sé lo que le dije; pero su mano calenturienta y t.cmblo­rosa oprimió la mia vacilante, helada. u dorada ca­bez::. cayó sohre u pecho, y sus ojo dulcemellte in o clinados, me dijeron muelos toda la solemne tristeza de u corazon. Así lo creí, y el infinito peso de mi dolor no tuvo límites . Nos dijimos adios! último y tri te adios! que aún hoy des pues de tanto tiempo .... vibra en mis oidos, como el eco da una maldicion, corno el hirviente plo­mo sobre las olas de un lago. Ingrato! por ella me habia olvidado de mi pobre madre. Oorrí á abraznrla por la última vez I Hacia tres meses que me aturdia al agrio són de los clarines guerreros, en los campamentos del general París, cuando la carta enlutada de un amigo mio, me llevó la nueva do su tri te fallecimiento. j Pobro ma­dre mia! j cuánto debió sufrir! Santa y dnlce com­pañera de mis año, la muerte selló sus amar­guras con el último sucño. Y mis labios y mi alma no recojieron ni su última plegaria, ni su postrera ca- • • rICIa. Huérfano desde la cuna, de un padl'e am~nte y ca­riños, o , tampoco cerré u ojos, ni velé sus postreras agoma. La muerte de mi madre extendió sobre mi frente una visible sombra de profundo malestar, que casi ahogaba la locds emocione tic mi cO¡'azon, imponién­les un olemne y silencioso recojlmiento. Mi alud declinabn, y úl timaOlente tomó caractéres tan sé1'Íos que mi amigo e alarmaron profundamente. Mi razon se extraviaba. i Quién lo creyera! Mi jóven organizacion ardirn­te y vigoro a, al fin e dió por vcncida: 1 me e sin conocer á nadie, y en una sitllacion de espíl"itu ti Docida, reducido al lecbo, sin conciencia de mi propio destino, pa é mi vida sin que á mis oído llegara nil:l. más vaga noticia de mi encantndora amiga. Nunca supe sí me habia escrito siquiera dos líneas, acompañándome en el duelo de mi madre. Un poco débil, pero ya mejor de salud, de espera­do por la ince¡·tidumbl'e, y un tanto desprjado el ho-rizonte político de mi me Ivi á marchar. Dije adios á mis queridos go , lleno de pena y de agradecimiento, y cada cual al abrazarme me miraba triste y pensativo; tornando yo este sentimiento por efusion de cariño, se los ngradecl en el alma, y em­prendí mi viaje. Diez días despues piso.ba el suelo querido que me vió nacer; mi corazon latia ansioso y delirante; en e e suelo habia d ejado la infinita ventura de mis pri­meros ueños; de nuevo sentí desbordar e mis ojos cuando mi pi ada re onaron huecas y silenciosas en el fl'io y de ierto hogar de mi padre. na antigua criada de la ca a me recibió llorando, y alJondando lí. cada palabra las herida de mi cora­zon. '.l'rabajo le co. tó reconocerme. i Ouánto habia cambiatlo! ii vida habia sido un cementerio en sus do últimos anos y en él ardia una lámpara, única, so­litaria, inextinguible .... TO hacia du. horas que habia llegado cuando mi ca a se llenó de amigo que venian lí. darme la bien­venida, enlutados y cabizbajo. Despues de un rato, la com'er acion se animó Ull poco, y uno de ellos me dijo, con tOllO entre alarmante y di imulado: i La familia de .... no te ha escrito? Nada, ni ella siquie­ra, le contesté; quizá por mi locura me habrá olvida­do ..... a. í P. este mundo. Oiertamente, r eplicó mi amigo, con airo incierto y meditabundo, mil'lllldo á sus compañeros con ojo interrogadorcs y tri tes; al­guno se me acercó en este momento y poniéndome familiarmente la mano en el hombro, me dijo: si ctla te olvidó, Dios se encargó de !Su castigo .... ya duer­me el l.u'go ueño de la tum ba .... Herido Lomo por una detonacioll, mi cabeza empe­z6 á dar vueltas, y sen tia que mi corazon habia cesa­do de latir. Empezaba otra vez el delirio de la locura, mi o amigo me rotlearon, y des pues de agotar los re­cur os de la ciencia y ele la ternura, logró rehacerse mi eSl?íritu dcspues de la madrugada. Do dias de pues, recoo tado en mi lecho, como una sombra obre unas ruinas, apuraba gota :í. gota toda la inmeusa amargura del incurable mal de que me muero. Ella, perjura y vil, se habia casado, cuando yo ago­nizaba casi al duelo de mi madre y al luto de su au­senC'Ía; Pero Dios se habia encargado de mi fe bur­lada. Poco del'pues tle casad", en una noche de tempes­tad, un rayo descendió sobre su hermosa frente; que­dando así recolllpenFada su felicidad de la tiorra y el hondo desconsuelo de mi vida! Pobre do mí ! Mi cabeza jamas babia probado el vértigo de la cai· da, balanceándose sobre ese abismo que acaba á nue.­tro piés el desengaño. Mi cornzon habia muerto á la primera impresioIl del mundo; dije adios á la tumba de mi padres; be­sé reverente todo lo que les habia pertenecido en el hogar; y errante y :!in objeto me bice viajero; pel'O lo lluevos soles de otro o pai"rs y el aire de us clímas deliciosos, no le han devuelto la salud á mi espíritu enfermo. No dllé que roe he abandonado á la. dese peracion, porqu esto no es cieloto; pero i ver:1ad, que el recuenlo de esa mujer prsa como el Tolima obre mis hom bro . En vano cierro mi COloaZOll y m is ojos: ella y iempre ella, entre mi destino y yÓo Ella .... que embr6 de Itlgrimas y abrOJOS el endero do mi vida, y alTazó con el cier7.0 de su ingratitud, las primeras florrs que brotaron en mi alegres mañana o Tal es la l.Jistoria que nuestru amigo Enrique nos contaba hace algun tiompl'>, tratando de dominar sus tri ' tes impreiones. La que tra cribiruos íntegra á l1ue tro lectores sin pretensiones de ningun género. Octubre 13 de 1874. AGRIPINA MONTES DeL VALU:. • : • • A DOS AMIGOS el dia. de sus boda.s. Fundir dos almas en la misma vida. I En solo un vuelo remontarse dos! Doble mirada, en lo infinito unida, Alzal' al tl'ono en que bendice Dio~ ! Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 86 LA T A R D E j Esa es la iniciacion, dulce y sublime De que hoy partis al porvenir ideal I . Por hase, amor, que encanta y que redIme, Virtud que inmortaliza por fanal! ¡ Seguid, amigos, la envidiada vía De sombras y de espinas sin temor! j Pueda, por siempre, ser vuestra alegría. I Ouaoto hoy promete la esperanza en flor. y siga, siga vuestro amor creciente Para libraros del humano mal! El alma. embota del dolor el diente! El amor, como el alma, es inmortal! Ambalama, Octubre, 9 1874. Pr~zON RICO. • LAS HOJAS SECAS· El sol' se habia puesto: las nubes, que cruzaban he­chas girones sobre mi cabeza, i~an á am?ntonar~e unas sobre otras en el horizonte lepno. El VIento fno de las tardes de otoño arremolinaba las hojas secas á o o , mIs pIes. Yo estaha sentado al borde de un camino, por don­de siempre vuelven ménos de los que van. No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entón­ces eu alguna cosa. l\Ií alma temblaba á punto d~ lanzarse al espacio, como el pájaro iembla y aglt:l. li­geramente las alas ántes de levant~r el v~e!o. Hay momento en que, merced a una sene de abs­traccione , el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en si mismo, analiz~ y ~omprende todos Jos misteriosos fenómenos de la VIda mterna del hom­bre lÍay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde COIl 103 elementos de la naturaleza se relaciona con su modo de ser, y tradu- , o ce su incompren5ible lenguaje. Yo me hall!lba en uno de estos últimos momentos cuando solo en medio de la escueta llanura oí hablar cerca de mí. Eran dos hojas secas las que bablaban, y éste, poco más ó ménos, su extraño diálogo: -¿ De dónde vienes, hermana? -Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas nuestras compañe­ras, á lo largo de la interminable llanur~. ¿ Y tú ? -Yo he seguido algun tiempo la corriente del r10, hasta que el vendaval me arrancó de entre el légamo y los juncos de la orilla. -y á dónde vas? -No lo sé: i lo sabe acaso el viento que me em-puja? , ., d" h b' d bar ama -i Ay. i qUien Ir,la que a lamos. e aca - rilIas y secas arrastran nonos por la tierra, .~osotras que vivimos vestidas de color y de luz meClendonos en el aire? -¿ Te acuerdas de los hermosos dias en que bro~a­mos' de aquella apacible mañana en que, roto el hm­chado boton que nos servia de cuna, nos desplega.mos al templado beso del sol, como un abanico de esme­raldas? -i Oh! i qué dulce era sentirse balanceada por la brisa á aquella. altura, bebiendo por todos los poros ~l aire y la 1 uzo . Oh! qué hermoso era ver correr el agua. del riC: que lamia las retorcidas raícés del añoso tronco que nos sustentaba, aque~ agua limpia. "5; trasparente que copiaba como un espejo el azul del C1el~, de modo que cI'eiamos vivil' suspendidas entre dos abISmos azu­les ! -j Con qué placer nos asomábamos por cima. dE; las verdes frondas para vernos retratadas en la tem­blorosa corriente 1 o -j Cómo cantábamos juntas imitando el rumor do la brisa y siguiendo el r ¡tmo de las ondas! -Los insectos brillantes revoloteaban dpsplegando sus ala de gasa á nuestro R lrededor. -y las mariposas blanc \8 y las libelulas nules, que giran por el aire en extraños círculos, se paraban un monumento en nuestros dentellados bordes :i con­tarse los secretos de ese misteri030 amor que dura un instante y les consume la vida. -Cada cual de nosotras era una nota en el con­cierto de los bosque3. ~Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de su color. -En las noches de luna, cuando su plateada lu;¿ resbalaba sobre la cima de los montes, i te acuerdas cómo charlábamos en voz baja entre las diáfanas som­bras? -y referiamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de oro, que cuelgan las arañas entre los árboles . -Hasta que uspendiamos nuestra mon6tona char­la para Oil' embebidas las quejas del ruiseñor, que ha­bi~ escogido nuestro tronco por escabel. -y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos que, aunque llenas de gozo al oirle, nos amanecia llorando. -' Ob ! i qué dulces eran aquellas lágrimlls que nos prest'aba el rocío de la noche, que resplandecian con todos lo~ colores del íris á la primera luz de la au-rora ! - De>:pues vino la alegre banda de gilgueros á lle­nar de vida y de ruidos el bosque con la alborazada y confmm algarabía de sus cantos. --y una enamorada pareja eolgó junto á nosotras su redondo nido de ari~tas y de plumas. -Nm¡otras fiervíamos de abrigo á los pequeñuelos contra las molestas gútas c!e la lluvia en las tompes­tades de verano. -N osotra les sel"oíamos de dosel y los defendía­mos de los importunos rayos del sol. --Nuestra vida pasaba como un "meño de oro, del que no sospeehábamo~ que se podía despert~r. . --Una hermosa tarde en que todo parecla sonrelr á nuestro alredeuor, en que el sol poniente encendia el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligera­mente húmeda su levantaban efluvios de vida y per­fumes de flores, dos amantes se detuvieron á la orilla del agua y al pié del tronco que nos soste~ia. . -i Nunca se borrará ese recuerdo de mi ~~morla t Ella era jóven, easi una nii'ía: hermosa y pahda. El le decia con ternura :-i Por qué lloras 1-Perdona eate involuntario sentimiento de egoismo, le respon­dió ella enjugándose una lágrima; lloro por mí. Lloro la vida que me huye: cuando el cielo se corona de ra­yos de luz, v la tíerra se viste de ver¡]u~ y de flores, y el viento trae perfumes y can~os de paJaros y armo­nías distantes, y se ama y ~e siente un~ ~ma~a,. i!a vida es buena !-¿ Y por que no has doe VIVIr? mSlstló él e5treebándole las manos conmovldo.-Porque es imposible. Cuando eaigan secas esas hojas que m~r; muran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo monre tambien, y el viento llevará algun día su polvo y el mio i quién sabe ~ dón.de ? . -yo lo oi Y tu lo Olste, y nos ~stremeclI~os y. ca­llamos. i Debíamos secarnos! i deblamos morir y gIrar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y 1 lenas de terror permanecíamos aún cuando llegó la noche. j Oh! i qué noche tan horrible! -Por la primera vez falt6 á su cit~ el enamorado ruiseñor que la encantaba con sus queJ88 • -A poco Vvlaron los pájaros, y con e~los s~s peque­ñuelos ya vestidos de plumas: y quedo el melo sólo, columpiándose lentamente y triste, como la CUDa va­cía de un niño muerto. _y huyeron las mariposas blancas y las libe]u]as azules dejando su lugar á los insectos oscurO!! que venia~ á roer nuestras fibras y á depositar en nuestros senos sus asquerosas la.rvas. • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE , 81 -j Oh! j Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche! -Perdimos el color y la frescura. -Perdimo la suavidad y .la, forma~, y lo que án-tes al tocarnos era como rumor de como mUl', mullo de palabras de enamorados, luégo se convirtió en á pero ruido, seco, desagradable y triste. i y al fin volamos desprendida ! -Hollada bnjo el pié del indiferente pa ajero, sin cesar arrastrada de un punto á otro entre el polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podia repo ar un instante en el profundo surco de un camino. -Yo he dado vueltas sin cesar arra trada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinacion ví. solo, enlutado y ~ombrío, contemplando con una mirada di traida las aguas que pa aban y la Iloja secas que marcaban u movimiento, á uno de lo do amantes cuyas palabras nos hicieron prc rntir la muerto. -j Ella tambien se de prendió de la vida y acaso dormirá rn una fosa reciente, obre la que yo me de­tuve un momento! -i Ay 1 Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras ¿ cuándo acabaremos este largo .iaje l .. _j Junca ! •. Ya el viento que no dejó reposar un punto vuelve á soplar, y ya me siento estremecida para levantarme de la tierra y seguir con él. i Adios, hermana! -,. Aj'l OS ., ................................................................... .. ......................................... lO .............................. ~ .............. .. Silbó el aire que habia permanecido IIn 1Il0mento callado, y las hojas se levantaron en confuso remoli- 110, perdiéndose á lo léjos entre las tinieblas de la noche. Y yo pensé entónces algo que no puedo recordar, y que, aunque lo recordase, no en contraria palabras para decirlo. G. A. BECQUER. EL POETA Y EL VULGO. Al altanero y encumbrado pino Díjole un dia la rastrera grama: -" ¿ Porqué tan orgulloso alzas tu rama Cnando no alfombras como yo el camino? y él respondió: -yo doy al peregrino Sombra, cuando BU luz el sol derrama, y cobijo tus flores cuando brama El ronco y desatado torbellino." Así el vulgo al poeta gritó un día: _" Porqué mirais indiferente el suele, ? , ¿ Qué hacei ? Quién sois 1" y el bardo re!'pondia : -Soy más que vos, porque tal yez recelo Que Bolo de mi canto á la armonía Comprendeis que bay U11 Dios y que hay un ciclo.' EUSEBIO LILLO. (Chileno) LA VIDA DE DOS MUJERES· (CUADRO iNTIMO) Por Aldebaran. ( Continuacion.) _Quiero estar sola, uijo tia Juana interrumpién­dola con brusquedad é incorporándose y mirándola de hito en bita, añadió: -l Porqué se te figura que he de sufrir hoy más que ayer? -No só , ••• pensé ..•• -Pues no pienses nada, volvi6 á decirme durante la enferma; hasta mañana, añadió volviéndose hácia el rincon. lI. Yo tenia mi cama en el cuarto de tía Andrea di­. idido del de tia Juana por la snla. La noche estabp calmosa y 1'0 tenia sueño, a í fué que en lugar d acercarme á mi cama, me senté en una tarima que t hallaba al lado de la ventana enrejada que daba sobre el corredor. La ventana estaba abierta y levantando la vista al cielo le ví nublado, y la luna no daba sino una luz tri te y de igual. - Jo piensa acostarte 1 tia. Andrea. - o tengo sueño, con -Mucha impresion te ha hecho ]0 que vimos esta noche 1 me preguntó. ;-Talvez sí, contesté .... era el primer muerto que ve!a. -Hice mal, re el1a,lo con en llevarte á la Iglesia .. " pero no pude vencer el de verle por última vez, despues de tantos años de extraña.­miento y fingida indiferencia. _ Y ~ la miré sorprendida, y notando ella mi sorpresa anad,ó: - o sabias acaso, Pepita, que yo debia de haber sido la esposa de don R~mon ? -Nunca 10 habia oido, contesté ¿ y porqué pues no se llevó á cabo ese matrimonio? -Quiéres que te cuente lo que pasó ahora veinte años '1 -M ucbo se lo agradeceria, tia, exclamé, pues esta propuesta me fOl'prendia mu~hisimo, siendo tÍ<\ Andrea tan reservada, que rara vez hablaba de su persona. -Pero, dijo ella con embarazo y como arrepentida ya de lo ~ue habia dic1;o, pero será mejor dejarlo pa­ra otro dla •.•. te clara sueño .... -No, no, contesté, no tengo sueño y es preci o que cumpla lo que ofrece, anadí tomándole la mano, mién­tras que ella se sentaba á mi lado y envolvia mi cín­tnra con su brazo y apoyaba su cabeza sobre mi hombro. -Yo, jamas, dijo, he tenido confiall7;a en Iladie y tú s0la al hacerte mujer me lo in piras... . ' -Yo tambien, contesté, la quiero á usted más que á tia Juana, quees tan séria. -Lo sé, repuso, y por eso deseo hablar contigo de m i pasado .... -y con tia Juana no lo recuerda? --:-i o sabes que es tan rígida y poco comuni-catlva? --y con mi abuela? -~féno !. ... cuando te refi era la bictoria de mi tri te \"ida encontrnr::ís que con ella me eria imposi­ble h~blar del pasado •... En cuanto á mi hermana, ella sIempre me ba mimdo como á infel'iol' V pien a que mi entendimiento no está :i la altura del suyo .. Pero en e to es cierto que no se eq 11I YOC,I; yo no ten­go talento, ni he leido, ni he e ~ tudiad o en esos libro­te que:i elln le han gu, tado ..• , in c:mbargo si á veces es brava y me ofende, tengo de perdonarla al ver que sufre tanto y es tan enferma. l!:n ca 1\ todos la preferian por ser la ~a,):ol' y la más inteligente. Tú sabes que mI padre reclbw en us primeros años muy poca educacion, y como el único bija hombl'e tu pa­dre) que le ayudaba en sus negocio se de do muchacbo y se fué á establecer á 01 ra parte mi her­man~ l~ ofreció ayudar en sus cuentas, y en 'breve se convIrtió en su mano derecba; nose cansaba mi padre de elogiarla pOI' lo juiciosa y reservada que era desde niña. Le llevaba los libros y con ella consultaba cuán­to hacia, sirviéndole muchísimo. Ouando Juana cum­plió veinte años yo tenia trece, y era una niña aficio­nada á jugar á las muñecas y divertirme en la huerta con ob'as compañeras de mi edad; no se habin logrado que me aficionase al estudio, sufriendo ca tigos en la escuela, lo que me causaba mucha afiixioD, volviendo á casa bañada. en lágrimas, pero sin intencion de en­mendarme. Por ac¡uella. época llegó á N*** don Ra- Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 88 LA TARDE mon, quien despues ¡Je haber vivido siempre en TIogo­tá, qui o venir á ra(1:ca l';;(' en sus tielTas y velar de cerca RUS interese-o Aunque teni,\ m,í.'l de 30 añ01;, Don Ramon era hombre elegante y se manife taba siempre amable con la' mujeres, aunque le tachaban de altanero y orgullo o con las gentes del pueblo. A poco de haber ll rogado aquí empecé á verle con fre­cuencia en casa, y supe que le habia llamado mucho la atencion el inculto talento de mi I¡ermana, á quien empezó á pre~tar libros, dade consejo en estu­dios, enseñad e fr:mees, acabando como era natural por prendar'e de ella. Juana no era hermosa, pel'o tenia ojo muy vivo~, dientes blanqui ímos, boca agrnciaua y sobre torIo, mucho jllicio y buena con­versacion . Don R'lmon, que deseaba tener un hogar arreglado, en breve concertó matrimonio con mi h ermana, cosa qnc llenó de orgullo y alegl"Ía á. mi­padres que creian establecerla muy bien con el hom­bre de más con'litlel"llcion de ~stas comarcas. Aunque al principio yo le tenia recelo y no me atrevia á acer­catrme al novio de Juana, él me trataba con tanto cariño y me regabba con fre0uencia dulces y manza­nas d~ las que le traian de Bogotá , que al fin fui ad­quiriendo confian:r.a y hnci éndome muy amiga. uya, y le aguantaba sin alterarme sus chanzas acerca de mis estadios y percances y afanes ell la escuela. Aunque el matrimonio con Juana e"taba entE'ra­mente arreglrlllo, no se habia fijado más fecha "ino para cuando e acabara de edificar III casa de don Ramon, qua es la que conoce", yen donde IllnriÓ. En el entretanto. ufrió Juana una enf~ rm edrtd muy gra­ve que le duró mucho meses, y ¡Je el la digeron lo médicos que jamás volvería. á recuperar su salud por completo, y efecth'amen te, desde entónces padece ataques que la postran en la cama dumnte scmanas y hasta mese;; como 11[\ vi"to. El fallo de los mé !icos con trarió sobre manera á Don Ramon, qu::: tenia por máxillla, que la cualidad más ap"eciable en una esposa era. la buena !.'alud, sin la. cual no pod ia haber, decia él, ni sombra de felicidad en el matrimonio. A la verdad, don Ramon no estaba enamorado de mi her­mana y lo que habia buscado en ella en su inteligen­cia, buen sentido y honradez de su familia, cualidades que creia I{' formaran un hogar tranquilo y una vi(la honorable. Artnclla malhadada Enfermedad produjo en él suma de,'azon é intranquilidad de espil"Ítu, yen­dose al fin para Bogotá á pasar una tempOl'ada con un hermano casado que vivia en la. ~apitnl. Aunque todos habiall notado el re friamiento de don Ramon, nadie se atrivia á decirlo y ménos que todo, mi her­mana, que no llegó á manifestar el menor disgusto ni queja. A pesar de mi poca inteligenci.l y corta. edad, nada. de esto se me habin. escapado, y un dia me con vencí de lo mucbo que sufria. la pobre Juana con la cruel indiferencia de don Ramon, porque me encon­tré un papel que ella habia e~crito, en el que se la­mentaba con sentidLimas palabras del abandono del hombre á quién ella amaba, y por quien tenia una ndmiracion sin límites. En tanto que sucedian estas cosas, se habian pa, ado los año, y yo habia. crecido haciéndome mujer, aunqne!lo utjaba de ser bastante juguetona y poco estu1iosa. Cuando cumplí quince años empezé á oir decir que era bonita, cosa que me repetía el e pejo cuando le conslutaba. _. esto lo digo, Pepita, no por pre uncion, sino porque han de­saparecido de mi fisouomÍa ajada basta las huella de una. belleza que se marcbi tó pronto, merced á la tris­te y monótona vida que he lle'!ado desde entúnces. - Tia. Andrea guardó silencio por algunos momentos é iba. á continuar bablando, cu.ando de repente entró por la ventana abierta un murciélago, el que, despue de dar dos ó tres vuelta,> volando en torno del apo­sento fué a. golpear contra la vela que babiamos pues­to sobre la mesa. Yo me puse de pié para alir á en­cenderla, pero mi tin. me detuvo dlciéndome: _ T o te vaya!', Pepi ta, prefiero 1:1, oscuridad pnra se61lirto refiriendo 10 que tengo de decirte •• dcspues iré yo mi ... ma á encenderla al aposento do Juana, quo , i mpre c!<'ja luz. y en ¡;egnida continu6 . u relaciono -Tc dcela, qucrida Pepitn, que yo era. bonita, y así era la verdacl : mucho mús blanca que mi hermana, tenia lo ~jos m¡Í" grandcs J' 111 boca pequeiia, el pelo rubio, ondeado y .. ,'..:" ."ro .), ademas tenia buen cuerpo y a¡;pecto sielT,¡l,-e ao imado y alegre. lIabia permanecido don Ramon en Bogotá mucbos me es, y el dia en que volviü ;í X*** haLia yo e tro­nado un Ü"aje de III uselina blanca y como. e usaba entóncc~, lle\'aba los brazos descubiertos y cubríame el pecho un paiiuelo blanco tambien, entre b parte supt'rior de la - tl·en:r.as habia p un rami to de jazmines estrellade s, y a. í vt'stida salí á la sala en el momento en que entraba á 1Ia don Ramon y se es­tuvo de pié :i la puerta mirándome sin hablarme; yo me sOllrojé y bajé lo. ojo. an te lo suyo.. . -Andreita, me dijo al fin alarg;índome la mano, ha crecido u, ted t..'l.nto y embellecido que casi no la co­nocí. i Y hasta bonitas mano~ y ari stocráticas tiene I añadió guard¡índo una de las mia entre las dos suyas. Yo permanecia canada y sumamente turbada y él añadió: -Ouántos años tiene usted, pues '1 -Pronto cumpliré diez y seis, contesté arrancando con dificultad mi mnno que aún tenia en las uyas y no queria altar, y bajo pretexto de avisar su llegada. :i mi madre y hcrmana, salí corrienrlo dc la sala. Sin embargo, yo no me cuide de llamarlas sino que me senté de tras de unos granados, b¡0o un emparra­do de jazmines que habia en el primer patio, y llena de o¡'gnllo con los elegios <1e don Ramon, me puso á mirarme las mano", como sino las hubL' e vi tojamns. -y , i Juana ]0 ha oido, pensaba, pues e taba en la alcoba, se disgu'tará .... i Pero no será mi ber­mano 1 ..•. Qné voz tan dulce tenia y que mirada ! .• " ! Y hasta bouitns manos y aristocráticas tiene! " decia yo en voz bnjn, repitiendo sus palabras á mcdia vo:r. .... segura mente don Ramon se acordó de las de J nana, que son negras y fla(;as ! No qui e vol,er á la sala, pero 10 estuve oyendo ha­blnr por la rendija de In puerta de mi cuarto, y desde e¡;e (jin cuidaba mUf'hi ilUo mis manos y pensaba sin ceoar en el novio de mi hermana; aunque me iba. cuando oia q\le se acercaba á la casa, y i acaso per­manecia en la ala, Juana buscaba siempre algun pre­texto para alejarme. Yo salia, pero me situaba en al­glln lugar de donr:le le pudiera ver y oir sin ser vista, notando que cuando yo 10 estaba presente conversaba con distraccion y C011 los ojos parecia bu car alguna cosa que le faltaba, manifestándose animado y satis­fecho si por ca ualidad me presentaba. .4 La pobre de mi hermana en breve descubrió lo qua pasaba en su corazon y en el mío y cada dia se mani­festaba más tri te é impaciente. Habia momentos en que fijaba en mi los ·os con indecible pena. Al fin era preciso que e ta fa situacion tuviera. término .• Un dia, estando yo en la. alcoba escuchando la con­versacion de Juana con don Ramon, que estaban so­los, oi que ella le decia con voz un tanto turbaba: -namon i no es cierto que soy una mujer muy inutil y enferma? -y no recuperará de vél"as su salud? preguntó él. -Tal,ez no. -Qué desgracia! exclamó él suspirando con desa-liento. -Lo siente u'lted por mí ? pregunt6 ella con ironía. El no contestó. -A usted no le conviene una mujer como yo, repuso ella con acento ronco por las contenidas lá- • grimas. Sin decir una palabra él se puso á dar golpecítos con su baston contra la mesa.. Oomprendí que ella se babia puesto de pié al decir: -Ramon .••• le devuelvo su palabra y su liber­tad •... No crea, añadió, que pretenda. obligarle á cumplir un compromiso hecho en otro tiempo y en otras circlll1Stanci:lS. . • • (Continullrá.) •

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 11

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 1

Por: | Fecha: 08/09/1874

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. ____- -c;¿,~ c: :>< 2 2~...---:'>::;-- -___- - - PERIODIOO DEDICADO A LA LITERATURA Serie 1. Bogotá, 8 de Setiembre de 1874. Número l. . ... • Af\ DE. , Excitados por varios amigos y deseosos de contribuir por nuestra parte en algo al sosteni­miento de la literatura nacional, h emos deter­minado fundal' lln periódico, qlle sirva de órga­no á la juventud estudiosa 6 inteligente del pais, y á los escritores que por la pureza de su estilo y producciones de indisp utable mérito han alcanzado r enombre y fuma, y contribuido con su pluma al brill o y prestigio O~C><>>---- ESPERESE A TOMAR CHOCOLATE. En ac¡nel dia, mi almuerzo fué sumamentc parco; pudiera decir que no habia hecho sino de aj'unarmc, puc-to que no habia tomado ma que una taza de café con leche en una fondn, gracias á que un amigo me tenia inví tado á ello. Las doce erian cuando can"ado de tener hambre, (pue e advertir que soy empleado cesante con olor de oposicioni ta) mo fuí á la casa de correo y por entretener la vi ta, la imaginacion y el estómago, me pu e á leer las listas de cartas atrazadas. Mi nombre en una de ellas! Pues á In. "entanilla ,1 pedil' la cal'ta, Efectivamente habia una para mí y deuia de venir de muy léjos, porque tenia má sellos y lIl11illas que una puerta de fragua ó las ancas dc un toro llanero. Letra e-paüola, Escrita en Valparaisu! Firmada por. ' .. por ..•. Antonio Palencia!! Qué sorpresa! Mi tio, que partió de aquí hace tl'cinta año, cm quien me escribia! De,"oré aquella carta cuya letra era clam como el agua de la fuente para auer qué cla e de legurl0, reO'alo 6 comodidad me brindaba; cuando ménos, me diTe, me propone que me vaya á manejarle us c~la~­tia os intere~e~ . Pue nada de eso: la carta se Imu­taLa á preguntarme por mi madre (ojalá hubiera. podido contestarle que vivia) á enc-argarme buen cri tiano ; que no fuera á malbarat.ar lano,b~um de mi nombre y por último, me encarecia que hlclCra una visita á Dona Cármen ...,ánchez, u antigua amiga y mad1'Ína de confirma~ion y ... , nada. más. Y ho aquí uu hombre dispue to á continuar con su ham-bre, con su mal humor y con u mala uerte. , Salia con mi carta en la mano lleno de decepcwnes, cuando de manos á boca me encuentro con ~\.n­tonio Bermúdez, Qué abrazo aquel tan a pretaclo! Qué cara aquella tan verdaderamente alegro por • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 3 haberme hallado! Qué de preguntas repetidas! Y qué de hanza tan finas! El hombre debia de con­tinuar rico como lo dejé en Ct'tcuta bará cuatro años, pue, e taba nuevo de punta á punta y olía á pura flor'eR; tal como huelen 1o que a.len de la. peluquel'ía, Hacienuo de tripa corazon y procurando olvidar el hambre; hice cara alegre y lo recibí como bien lo merece un hombre tino, constante y sobre todo, ami­go verdadero. -Qué haces ahora? Me preguntó echándome el brazo por sobre el hombro y Ilevá.ndome en direccion de la plazn, - ada, llntonio, toy in oeupaeion. - No te han dado deRti no ahora? - .L'IO; debí contestarle con un je to en los labios y con un movimiento Je cabeza, pues me replicó: -y e o por qué serio , -Pue hombre, no acier'to á deci rlo, -Qué diablura! Pero no se te dé nada que se me oellrre llna co. a, Ven nos tornamos uu trago.\' te diré lo que píen o , Si ~iquie¡'a fuera algo sólido, decin. para mí, vaya. ; pero metel'le abora bl'anuy al e t6mugo, ca i á la raiz de la;; pura., carnes, como dt:cimos por acá, e una barbaridad; pero qué e ha de bacer ! Cuando estnvirno sentado junto á la me-a en un re taurante, me propuso que me fUCl'a par¡l U ílcuta con él á asi ' tirle un almacen de merca,ncía , Ofreció me cien PPS05 de su lelo mensuale" una parte en las utilidadcs y hacerme lo gasto, del viaj e , Yo me he derlicarlo á los añiles y á la siembra del café, me deeia y necesito de una persona como tú en quicn depositar' mi confi,lnza, Qué ft!liz fuera yo" me repetia poniénd me la mano en el bombro con cariño, si pudiese irme contigo! Qué dices? -Pues no es po"ible decidir en el momento, déjame pen aro -Bien: vas á. darme el gusto de comer conmigo esta tarde; á las cuatro te espero donde :l\I. Viollet y allí me darús la. razon; no e así? -Convenido, le contesté dándole la. mano para desped il'l1o , Vaya que no está Dio tan enojado, exclamé en mis adentro; y animado por el brandy y por la esperanza de una vida mejor, empecé á ver el mundo pequeño y á los que pasaban por junto á mí como indignos de mi atencion, Con lo que se cont~ntan estos b árbaros, pen aba al ver los almacenes, Tendré á mis órdenes dosci entos mil pesos y ent6nces .. . • yo veré si nece­sito de sus destinos. Por cierto sí. " Oh loca fanta5ía Que palacios faUrica en los vientos Modera tu a legl'Ía .. .• " , E ,to . pasó recitnnuo un niño qne iba con un libro en la mano y que probablemente r epasaba su fábuht de la Lechera pal'a recitarla. en el colejio, y confleso que la tal casualidad me llamó al ó I'ueu y me hizo m editar, Pero de un modo ú otro, lo que importaba era, come!' aq .¡ella tard e . Dicho y hecho, al 5crutadora y aquel con ladddos roncos y destem­plados, -Mi eñora Doiln. C'trmen; m uy buenas tardes, dije al ver á la ancian,'1, -Oa ballero, b uc'1as tarde' , Si;;:\ u ,teJo Si én t e, me con te ,tó señalándome un c ~ul'1p é cercano ,í. un s ill on forrado en baqueta, cn el !lue se arrellenó la • eño¡'a, -Vengo á cum pHr con una r ecomendacio)) de un tio mio, - ' Í, seño!', manlle ust d, -Mi tio Antonio PaleneLt me recomi enda la su-luue en s u nombre y que le haga una vi itn, -Oiga ! cout"jue usted es su sobrino '1 dijo mi¡'án­dome con euriusidad, Y en dónde e"tá ahol'a .:~n tonio ~ :l\Ie babian dicho qUEl ya em mue¡'to, - 0, mi sciíora, vive en Valparaiso y segun noti- , , eras, 511 uy neo, -Qué le parece! Quién creyera; cuando se fue de , Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • • LA TARDE • aquí tan pobre! Es decir que ustcd e3 el bijo de. Decia esto con tal gravedad, con tal uncion, que MarIa del Rlsario 1,1 hel mlna '? me p'lraliz6. La cuchara que iria ya pOI' la mitad del -f:ií, mi señora, para senil' u"ted. ca\1Jino del pocillo bácin la. hoca, !'e quedó en el cami- -Yo lo ,í n ~\ce r á u. tcd, cI'ia tu\'a, así como á Au- no. ]~l hocudo t¡ue ya uajaua Ibtu, dduvo taUluicn tonio. Oómo crecen ahol'a las jente5 ! Ayer gateaba. fiU viaje y touo quedó en ¡;nspen:,o al oir aquello. L!l usted y hoy ya cs nn bizarro muzo. ¡;cñora ]lUI' su parte, tamulcn u-pendió opcra('iolles. - G I'acia. , n. i . eDora. Van- Die se hauria dado tre tn'pezones, pOI' <:lIl'UlI- -Pues Clllí.nto me alegro de verlo otra vez, y ya irar para, un cuudro, tal asunto. Ella, con su plato llOlllul'e hecho y del' cho. voh' iendo á Antonio; sobre las J'odilas, inc1illadll. luicia mí y con la boca qué nnis le dice? abierta al prollunciar la última palubm de aumiracion; -Xatla particular. excepto Jo currplimielltos de yo, COIl 106 ojos fijos, el lJOcado )' cllch:l.Ia en uspen o familia. r lleno )1robaulemellte tle una ano iedad indagadora, L:l seríora tenia de,cuuiel'ta la cabeza blanca como no eran ji gul'as mur despreciaulcs, atenditlosla hora, un copo de al godon. La cara y u_anos aunque r s lo ' perl'>ollajes, el itio, la ocUP¡OCiOll y demas circuus-con~ e rvaban e~a blancura rOf'ada hijas de uuena CUI'- tancí-as agravantes. lIia, costumbre.'; sanas y l\lejor sal ud. Fisonomía -Pues mire: Dios ha querido que yo descargue tmnqllila: e ' llI'csiva y ulll:'no:< J11 oc1aleE', eran l'a. gos mi conciencia ántes de morirme y qllé sea u:sted el cal'a(;terí"ticos en Doiia C~írmen. La edad no le habia depositano y disfrutador de una fortuna, amortiguado su trato bené, 0 10 y conver:sacion agl'ada- -De una fortuna! esclamé CUHbi atracado con el bl e ; en ella 110 l.!abia de viejo sino las arruga::;, las pan y chocolate que habian empezado á bajal al es-callas y la jibo~idad de sus e<']laldas. tómago. A poco de l.!aber gastado algo más de conversacion, -De una fortuna, sí seíier. Y ha (le saber uua llegó la criada, mocetona que me abrió la puerta y cosa: que ésa cal·ta de su tio ha bido la que 10110. baludandome me prco:entó un az~lfate COll cigarro y p to en el camino.' El era el destinado para ello, y un bl'acel'illo dC' plata. Hoy e mala crianza que un como siempre llauia ofrecido venir, se fucron pa.hndo criado su1ude. Ha ta en esto se conocían las rancia, años y añus, ha ~ ta que aLora ,eo que yo pronto mo­costumbres de la senora. riré. Quiéu mejor que mi ahijauo podia l.!abel' di fru- Los tules cip.arro~, hechos en la casrl, pues la forma tado de aquello? Pero ya que él c"tá millonario por revelaba á gritos la fábrica, olian á ninil!a y P. hojas allá y que una per ona de la familia como usted lo de higuera que daba gusto. Encendimos puc;;, cada necesita más bien'Í por qué no diofrutal'lo? Yo soy 11no el nuestro y entre humo y humo so pasó la tarde sola en el mundo, no tengo herederos y por lo dias como se pasa siempre la vida. Al sentíl las seis, me que me fal·tan tengo lo necesario. Así pue, está puse de pié para despedirme. resuelto que usted disfrute de aquello, cumpliendo -No se vaya todavía, me dijo con cariño la. señora. eso sí, con algunas obligaciones. Espérese á tomar chocolate: qué se "á á hacer ahora? En e tas íuamos cuando 110 ca muió la criada los u jicarazo para quien se hallaba literalmente platos por otr con dulce de br'evas y arepa y luego vacío era \.:n reourso 110 despreciable. Oierto es que nos dió en jarros de plata, agua delgada, suave, fresca iba á jugársela al estómago, cojiéndolo entre dos y cristalina. n cigarro hizo punto y yo continué desayunos, pero cuáutas veces se habrá pasado sin iendo solo oido . Jamas he puesto tanta atencion. ninguno? -Pues ha de saber, continuó la señora, que yo Ilacíamo aun el resistído cuando me dijo: mírelo tuve un hermano sacm dote que fué cura del Socorre ya está aquí. Siéntese y haga la penitencia. en la época' de la Independencia. OOlDprometimientos Servilletas blancas como el armiño; platos de tras- polílicos lo l.!icieron ,cnir intenpestivamente, y vivia. parente tf.lavera ; ya oye señor lector? de talavera. aquí conmigo cuando lo sorprendió la enfermedad tle Ya muchos de los que boy me leen no entienden foi- la muerte. El dia. en que recibió los Santos Sacra­quier ·a la palabra, mucho ménos conocerán aquella mentos, que fué la víspera de su muerte, me llamó y loza con figuras chinescas y relieves dorado!'. Hey en . me dijo <¡ne en el oratorio, entre el forro de la piedra la Ohina illisma ya ni el Emper. trajo la criada. la otra vela que habia dei ado en el apo. ento. Oontiuucmo • .Aquello estaba escrito en un estilo particular como para que no fuera Lo rec'lerdo todo como i lo leyera ahora mI mo. "De los tl'e clavo sólo hay uno." (Ahora que es­cribo e' to me da tentacion de ri'ia). " Tras de la está el sepulcro." " . n fonclo cubre otrO fondo. Mas el verdadero fon­do e"tá entre dos fondos." 'El arca e tá en el centro y el bien la rodea." Instintivamente no alzamo á mirar, ella con ex· tl'añeza y yo con tupor. _Comprende? -Cómo no! n clavo .... _Espél'e e, me dijo, como 'queriendo atajarme la palabra con la mano. n cla\·o. _ .. porque hay que advertir que yo he e tudiado e to mucho. Un clavo está primero. - 'í, señora. --Pa ado este clavo .• _ . -Bien, pa ado e clavo? - igue una piedra ó lo a detras de la cual y entre dos fondo!;, uno tapado con otro, están las onzas. -Bueno las onzas e tán ahí, pero qué es eso del arca? -E o es lo siguiente: en un cofre que está en el centro de las onza', están la joya y alhajas. -Ciel'to! exclamé dejando conocer demasiado mi am bicion, mi avaricia, mi ...• La señora, Ql'prendia, me miró con fijeza. Viendo aquello, pen é: qué aca ahora la abuela con arre­pentir e ? Para alTancarme cl secreto nece ita de matarme y yo mañana mismo marcharé para el So­corro. -Pero bueno, mo dijo como si hubiera adivinado lo que yo pen aba; lo importante de esto está en este otro papel, pues es el que tiene la direccion de la casa. -A vel'! exclamé. a 19o. La 1 uz de la vela y el estar de pié me han fatigado. Encendamos un tabaco y 1 uego concluiremo!>. Qué tabaco ni qué demonios! decia yo entre mí, de haciéndome de avaricia y dese pera0ioll. Pujaba como un iracundo y mis ojos probablemente que se saldrian de las órbita. Jama me habia senti­do, yo que he sido tan poco ambicioso, tan tentado por el demonio de la avaricia' os sentamos. JjJlta fumaba con una pacieneia envi­diable, yo no al'rojaba humo sino vapores de cráter de infierno! Durante aquel cigarro que fué ma largo que la. etel'l1idad dc los réprobo, me dabr¡ con' ejos acerca de lo que habia de hacel' con lo que á mí me tocara. Sea caritativo con los pobres, me decía con acento mater­ual, que esa riqueza no vaya á servir pUI'a su conde­nacíon. (Condenada habrá de , vieja pachorru­da, decia yo). o tiene hermanos á. quién protejer 1 -I o tengo nada, le contesté y seguí echando humo por boca, narice, ojos y oidos. Yo era solo humo en aq uel in tanteo Por fin nos volvimo al papel. Los mi mas enigma. " Plaza conduce ú García." " l\Iedia calte da la izquierda." "El que esto vea tendrá pri 'ion cerca." Lo hallé! lo hallé! grité como Arquímides. Acr¡babr¡ de alumbrarme algun C~píritll de avarien-to ; todo lo vi claro. o pudiendo re i tir tanta emocion, me senté. Cómo guardo tanto dinero? Cómo lo traigo? Cómo salgo del que me ayude, para que no divulgue el secreto? Quién me cambia tantas onzas? Qué hago pam engañar á e ta vieja? Y si me hace daño el vapor de la plata? i me tullo? Qué hago para irme á Europa sin que nadie lo sepa? era lo que bullia en el cerebro. Fijé los codos sobre las rodillas, metí la cabeza entre las maDOS y medité todo, todo en un instante Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 6 LA TARDE La señora se cruzó de brazos y se puso á contcm-plarme. , I . 1 . La luz se fué amortiguando poco a poco, e, SI enclO se hizo general la sala tomó un aspecto lugubl'e y Rolo de' pues de algun rato volvió á roncar el pelTo. Maldito animal! Qué poder t enia para hacorme torcer todas mis ilusiones? Recorrí de nuevo la rutr. enigmática y me dije. De la plaza se"Vá á la quebrada llamada G arcía. Cami­nada media calle pOI' esta ruta se entra en la casa que está á la mano izquierda. El que entra en esa ~m;a tendrá la cárcel contigua, pues la dicha casa esta en seguida. Un grito de horror, de desesperacion, de despecho; es dl'ci!', el berrido más e panto o y el salto mas ~l to hicieron caer á la eñora de espalda, y al perl'O saltar de su a iento á moderme. . Siu atender á nada tomé mi sombrero y lI evan do­me casi por delante á la criada que ac~~ia , me alí a la. calle á llorar. Sí, á llorar como un 111 no. Cómo no, si caí en la cuenta, despues de tan~a emosiún de que e. a casa fué a rr a~ada hasta us CI ­mientos' pat'a h~cer allí un idlflcio público que ahora estará n levantando. Esa es la suerte de un pobre! Que no huuo viaje á Cneuta, bien ,lo e;;~0.f pr ob a~­do con el hecho de hnllarme ~qUl e:scl'l blendo mIs pobres y desmedrados artículos. DAVID. G 60 !I REMINISCENCIAS. A MI QUERIDO A:.I1IGO ALEJO POSSE URTINEZ. Como en el yermo al límite distante, Tras nocbe de bor arsca asoladora, E l risueño celaje de la aurora Sale á orien tal' al triste caminante i Así, cuando en un tiempo, Apagado tu hogar al soplo aleve Del cierzo de la tumba, Sentiste el alma en lobreguez sumida, Súbito un ánO'el con su faz de nieve Iluminó el ca~ino de tu vida. Era ángel 6 mujer? Miéntras viviera, Fué preciso dudarlo, amigo amado! Sólo al tocar ayer su cuerpo h elado La encontraste mujer por vez primera! J 6ven aún , empero, En aquel tiempo, al con templar la imagen E n ella vió tu abso rta fantasía De tus en sueños la h echicera virgen, L'l. que tu mente a di vin ado había. y al célico fulgor de su mirada DiJat6se á tus ojGS El h orizonte d el amor primero, Bajo su etérea cúpula encantada, Donde viste flotar tus ilusiones En fila vagarosa Cual nubecillas de j azmin y rosa! Sin que de esas visiones Por el sereno campo sombra alguna FuO'a~ crmmra en el instante mismo; :ttfaoi::>' , ay! sobre 1a b. erra I"a codiciada flor de la fortuna Nace siempre en el borde de un abismo! Fuó tuya al fin, su mano entre tu mano, Rica la. sien con el olor süave , Que exhala de azahar os la corona, La vior on tus amigos Dcl tomplo r ecorror la aug usta nave. Mas, oh! cuán bella en el altar postrada! Iluminado el rosüo Del pudor por las tintas virginales Incierto se divisa Tras los velos de la alba vestidura, Cual rayo do la aurora que fulgura A traves de las nieblas matinales! En ese fausto dia Aquella tierna y cándida paloma Llevó de sus virtudes el aroma Al nuevo h ogar que para tí se abria. . y en él entraste. El ti empo su carrera Sig uió veloz, y veuturoso fuiste. y al lado de tu dulce' con.pañera Te ví mil veces de tu dicha ufano Cuando al hundirse el sol en occidente Tu f atigada frente Ella enjug aba con su blanca mano; y te ví enmedio á tu inocente prole, D e rostros infan tiles y rubios rizos en alegre. nido E chando tus afanes en olvido! . . . . . . .. . ....................... , .......... , ., . . . . . . . . .. . ..... . i Cuando entre el hombre y su futura suede Cuelga la dicha el deslumbrante velo No se escClcha del Tiempo el raudo vuelo, No se oyen las pisadas de la Muerte! • ••• o. ...................................... • ................. .. ... En apacible sitio .. Hácia el conEn de calle solItarIa, L ejano del tumulto . Atudidor de muchedumbre vána, Risueño se alza d elicioso albergue Del vano mundo á la mirada oculto. En tan feliz morada De rosas y azucenas Por sus nevadas manos adornada, Empezaban tus horas de ventura A deslizarse apénas ; y súbito, oh dolor! ante tu esposa Su seno abrió la Eternidad inmensa, Del Sumo Tribunal en los umbrales Sonó la voz de justa recompensa! Un toque de llamada ... ! un nombre ... ! el suyo r y en pos dejandp lágrimas y duelo y el yerto polvo sobre el pecho tuyo A la órden del Eterno tendió el vuelo loo .... Al pavoroso estrago . Que hace en tü alma tan ternble golpe, En tinieblas envuelta Un instante vacila, y entónces la E speranza, La cI'istiana virtud, veloz avanza y allá. en tu corazon cubre la fila ! Ella era del Señor! Silencio I Espera! u amor de esposa y madre Cual un suspiro al viento, Oual gota al oceano Se unió al Amor del Ente soberano, y por arcanas sen.das • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 7 Hoy vivifica, mas que ayer fecundo, El corazon de las amadas prendas Que :.í tan excelso fin le guarda el mundo! Así del sol al rayo poderoso El cristal de la fuente que murmura En cauce estrecho por el valle umbrío Al éter sube en vuelo vaporoso Para verter mejor desde la altura Su fecundante rieg:) en el plantío! Valor! Dos campos hay, amigo caro! Que en este triste valle á un tiempo mismo Su fruto ostentan á la luz del dia ; El campo del placer: la cobardía I El campo del dolor: el heroismo ! DmGo FALLaN. ORFANDAD DEL ALMA. 1. (A la señora Concepcion P. de M endo za. l Es de mañana. A las primeras luces del dia dos amantes arrodillados reciben en la capilla la bendi­cion del sacerdote. En nombre de la religion unen sus corazones, unidos de_antemano por el amor. Amigos, parientes y conviJados, con semblantes alegres conducen los nuevos esposos al hogar. Por la noche hay músicas y danzas, bríndis de en­tusiasmo entre multitud de luces, y sobre la esceDa del placer se alza la luna con silenciosa faz. ...................................................................................... -Dueño mio, dice Ella: mi pl'ÍllIer sueño de espo­sa ha sido un sueño penoso. Siento pasar por mi men­te un presentimiento fúnebre, y en el alma tengo la tristeza de los huérfanos. El cubre de besos los ojos húmedos y las LIt: trenzas de la esposa y guarda silGncio. II Ha pasado un tiempo. Nace el niño, primer fruto del amor de los esposo .. Los abuelos, anciano y car­gados con las fatigas de la existencia, van á sa.ludar al reciennacido, que está, como los polluelos de las aves bajo el ala materna y pendiente del cariño o seno donde la naturaleza. ha puesto para. las generacio­nes la fuente de la vida. Las manos descarnadas y trémulas de los viejos se alzan, sus labios se mueven y al punto caen votos y bendiciones sobre la. frente del niño. A la alcoba del alumbramiento penetra. un rayo de la luna que se levanta en el horizonte con silenciosa faz. .................................... r .. " ....................................... .. -Esposo mio, mi primer sueño de madre ha sido - un sueDO penoso. Ella toma en sus brazos, la cubre de besos y gua.r­da silencio. III Está. la noche callada y oscura: sin ruidos en la tierra, sin estrellas en el cielo. El viento húmedo y frio sopla por intervalos. Del cementerio vecino salen quejidos largos y tris­tes entrecortados por sollozos .... Y á la. luz de los relámpagos que rasgan el aire negro se ve una mujer que lleva, un niño de le mano y caminan hácia una tumb~ Sale la luna y alumbm con luz amarillenta y ilen ­cio~ a lo s árbol es y las losas de l os s e pulcro . . ....................... , . . . . .. . ............................. . La cs posa está de rodillas ante un monumento fú­n e bre. E s p os o mio, dice: s iento el frio y la tris teza de los hu é rfanos en el alma ..•. y el s ilencio de las tum­ba res pond e tan s ó lo á su quejas. -Cuando la tielTa no habia caido sobre tu pecho, é l me daba calor; hoy que e t á n inmóviles tus bra­z o , no me es trechan ni lnbi os acarician mis ojos ni las tre nzas de mis cabellos. El ilenc io d e las tumbas r e sponde á su,> lamentos, y el niño inocente juega, sondendo, con los cabellos de su madre muerta. .................. -_ .............. .............. ~ ........ . IV Años despues un deudo visita el cementerio. Bajo un sauce hay tres tumbas; son de un hombre, una mujer y un niño. Junto á la del es pos o la de la espo s a y el hijo se un e n s in una flor y sin una cruz. De e s te modo, cuando cn el bos que se derriba un árbol, junto al tronco muerto:;:e vcn secos y sin vida los renuevos que protegia su sombra. DIÓGENES A. ARRIETA. SANTA ELENA. 1 En el año del 836, en un dia de Febrero, no recuer­do cuál, pus e el pié en el bergantin ingles Jhon8on, que se mecia en la bahi<1. de Cá.diz haciaalgunas sema­nas haciendo cargamento para las Indias Orientales. Era mi objeto vi itar en él á un amigo mio proceden­te de Lóndres que marchaba á Bombay. Yo sicmpre habia tenido deseo de viajar por Asia, capricho que podia satisfacer en aquella ocasion, y qui e acompañar a mi amigo. El me ayudó cuanto pudo por aferrarme á esta idea, y como el Jf¿onson se iba á dar á la vela á los dos dias, hice trasladar mi equíp~je á bordo sin pérdida de tiempo, y cuando pensaba arrepentirme de aquella ligereza, iba el ber-gantín á la altura del estrecho de Gibraltar. Fué ya irremediable la expedicion, de la que me ofreció mí amigo volveriamos á los dos años, luégo que él cobrase en el Indostan una pingüe herencia que le pertenecia; y yo uspirando por España, á la que siempre he querido como á una madre, hice de tri pas y corazon, y conocí que lo mejor era confor­mar e. La navegacion se presentó feliz; hicimos agua en TenerlÍe y volvimos á cm prender nuestro derrotero. Un dia navegábamos por los 8. o de latitud Sur á eso de las dos de la tarde, cuando nos sorprendió una calma tan chicha, como e llama técnicamente que ni un soplo de viento hinchaba las velas. El capitan, que conocia el funesto presagio de aque­lla calma, ordenó cuantas maniobras juzgó oportunas, diciendo con una completa seguridad: -E un huracan de Jos tl'ópicos, y de los buenos .. Preparáoi', que se nos echa encima. . Poco tí, poco se cubrió el cielo de rojizos vapores; perdieron las olas su trasparencia; oyó e al Norf:e un ruido prolongado, y vióse por último avanzar una ola gigantesca preccdiua de cien torbellinos de espuma .. No tl"Utaré de de cubriros los pormenores de aquel humcan, y sólo os diré que alTastrado por las desen­cadenadas olas, bogamos durante el resto del dia sin direccion fija, aunque siempre impelidos al Sur, per­diendo dos hombres:y casi toda la arboladul"l~. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE E t:íbamo en un inminente peligro si el humean no calmaba. Al'Í lo dijo el piloto al capitan. -Tierra á estribor! grító pOI' último el vigía del tope mayor. En efecto, á nuestra derecha se dC'scubrifl. en la ago­niznnte luz de la tarde una isla negra de colosale di­men iones qlle salia, como {\ una. milla. d\'l di tancia, de entre la ola e pumante , Procuramos acercamo á elia, pero fuó en vano. A las do de la. noche calmó el viento, pero signió una fuerte marejada que nos impedia aproximarnos á los difícile surgidores de aquella. tierra.. Todo el re. to de h nor.lle lo pasampl' al derredor de aquel gigante de los m3re~1 hidra. colosal que al­zaba. al cielo cien deformes cabeza. ¿, Cuál era el nombre de aquella. tierra donde nos echaba la tempe tad? Los marineros se lo decian unos á otros COIl re pe­to y espan too ; Era la isla de Santa Elena! JI Al amanecer cesó la marejada; las aguas recobra­ron su ter ura y refll'jaron los re plandol'es de las úl· timas estrellas y el primer albor de la mañana. Rasgóse el velo de la noche, y la. isIn. apareció á ¡;uestra. vista como un panorama melancólico, á la. par que ['isueño y tríste. El pico de Diana, el más elevado de los de Sa.nta Ele'la, aún envolvia su cúspide en la niebla; debajo de él se descubria la. ciudad de James Town, en me­dio de un pintoresco valle, y acariciada por las on-as de plata de un rio que bajaba á morir al océnno. Inmediatamente ~altamos á tieI'l'a clm el objeto de salvar algun cargamento, pues el bergantín hacia agua por varias partes; pero sólo se libró una peque· ña parte de él, y el bergantin Jhonson se hundió en­tre los mal'es. Mi primer pensamiento al hallarme por tan fun.es­ta casualidad en la isln. que habia. ocupa.do por seis años la atencion de Europa, y que era hacia tres lus­tros objeto de los su-piro de muchas naciones, mi primera. idea, digo, fué pedir permiso al Gobernador para tal' el sepulcro de Napoleon . • Obtenida la licencia, que pedí para, mí sólo. pues queria darle nueva tristeza á mi excur-io,n no llevan· do compañín. alguna, esperé al dia siguiente para ir á saludar las cenizas del Capitan del siglo XIX. nI Monté á caballo al amanecer y, de pues de tomar las señas del camino, me dirigí al centro de la isla y al cabo de una hora me encontré en la llanura de Longwod, al pié ¡lel pico de Diana. Entónccs distinguí á lo léjos una calle de árboles, l\li corazon tembló de entusiasmo ó ele respeto. .Me apeé del caballo, lo até á un arbl,lsto y pro"eguí IDI cammo. Penetré en una larga alameda de ger:íneos en flor, cuyo aroma perfuma la entrada de aquel reci.nto. Al fin de aquella calle habin una vClja de madera pintada de ,erde que encerraba un e¡;:pncio como de media fanegada de tierra toda cubierta de cé pec1. En el centro de aquella elipse babia otra verja de yerro de tres varas de largo pOI' dos de anchura.. En pequeño espacio estaban plantados cinco florones y dos albérchigos chinos que cubriml con sus ramas la losa funeral, compuesta de trc trozo de mármol. • ~nci.ma de ella habia un nombre sólo, nombro glo- • rio o, apotcó~i' de I:'t glolÍ[\ de aquel héroe que rcsq­m ia el mús elocuen te epi tafio j i~APOLEO , • Rajé ,i la bóveda de múrmol qne encerraba el ataud de Bonaparte. uatro caballetes elevaban el feretro, que era de caoba. Yo no tenia n.ntoril'iacion para que ¡;:e ahriese aque 1 féretro, pel'O el con"('je ro del epnlcro me dijo que de­bajo de aquella caja habia. otra de plomo, luégo una de hoja. de lata, y por último otrn. de caoba; que el cad,í ver e tabt\ vestido de uniforme, t enia el ombre, ro al un lado y á otro la e pada que llevó en Auster­Ií tz. Yo permanecí largo tiempo en aquella mansio¡;:¡, Todn la historiá de los imperio::;, el destino de la humanidad, el humo de la gloria, todo pasó por mí frente en tumultuoso remolino. Pen.é en aquellos dia de embriagadol' triunfo que habia hecho latÍ!' da esperanza, de orgullo y :tlegría aquel corazon muer­te>. Recordé, al jóq!D hél'oe de la" Pil'ámide ,al cau­dillo de la campaña de Itnlia, al hombre extraordina­rio que habitó las Tullerías, al soUaao que estrechó la mano de los soldados y de lo emperadores ... Me­dí con a"ombl'O la altura de aquellas idea!;, de aque­llo proyeotos colo ale que tenían por teatro á todo el uní.verso, y luégo miré alredeclor de mí. XJ,1. soledad, el sílenci9'1 el abandono. A miles de le­guas de u patria, desterrado de Europa; PI') cripto, injuriado por la ('stupi,lez de un infa.me carcelero; luégo e pirnnte, lloro-o, abandonado; de~pues muer­to; encadenado en un peñon soli tario, rodeado por el mar encerrado en un~ bla volcánica. Así consitleré á rTapo]('on, Lloré y maldije L1S ilusiones de esta vitla; sentí un de precio profundo háci:1 la gloria popular, esa aurá. pasHjern, ver atil que tantas ingratitudes comete. blor~, be 'é la tumba del grande hombre y abandoné aquel sitio con el corazon despedazado. Cerca del m nument.o murmuraba una fuentecill a de cl'istal,ina corriellt~, donde iba todos lo dias el pri.i >ionero á nlltigar la sed y la fiebre q,u e le eOllSl\- mut- El eligió aqnel lugar para su descanse. Desahogué allí mi alma y volví á la ciudad á la caida. de la tarde. IV El capitan del Jhonson se volvió á Europa desde Santa Elena, en un buque holandé. ; yo lo acompañé, asi como mi amigo, ellos á rehacer su cargamento y á fl etar otro buque; yo arrepentido de ir á la India. Llegamos á Europa felÍ'Zmento y en pocos dias. . ..... .... .. ........ ... .. ...... .. ..... .... .. .. ............ .. .... ...................... Cuatro año despues, el de 1840, reclamó la Fran­cia las ceniza de Napoleon y la5 hizo tra portar á los Inválido!', donu.: descansa en un suntuoso maul'oleo. i Ovacion tardía! Su lecho eterno em aquella. roo.'\ solí tarin. i Por q.ué no l~ deilbteis eo él ? Aquel peñon que domina las mal'e: era el único pe­destal digno del hombre que dominará en la memo-ria de los sigles. '. e M.\XHIAS. La iTonía es oomo la venganza saboreada á. cortos tragos. El hombre que aplasta á. su ene­migo con su cÓJera., es el leon que destroza vio· lentamente á su pI' : el que le píca con las mil punzadas de su ironía, es el gato que araña poco á. poco al ratol?- yue ha cogido. -. •

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 1

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Por: | Fecha: 12/11/1874

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. - ~·------zclal' la de su cOl'nzon. u atónita mirada, que la' lágrima, enturbian y el dolor extmvía, no bu ca sino las idolatmda cabezas de su hijo. , y no puede imprimir iquiera el último bc o obl'e su frente, porque u mano e. t:ín cnl'­gada de cadenas, y su piés de grillo. Pronto no podrá veda :;iquienl .... Cruel ! n nue\' o crimen os faltaba y lo habeis con umado ya ...• Lo habei arrancado los ojo ; y, para completar vue tra crueldad, habe querido que la última imágen que en ellos se refiejara, fuera la de soJ mutilados hijo", haciendo así del último do sus recuerdo el má desgarratlor de sus dolores. No COI1- tentos todavía, lo cncerrais en una pl'Ísion, donde no haya iquiera quien desvie sus pen amientos do tan ¡pan tosas visiones! - Nabucodonosor: todo se ha cumplido á la madida de vuestlos deseo. o hay ya quien se oponga á tros ambiCIO os designios ...• Jerusalem es solo es­combro. obre su ruinas no se vó sino un monton de cenizas. Los tesoro del rey y de su pueblo han enriquecido vuestras arcas. Lo prílici y lo gran­de de J ud:i on Vlle tros siervo'i. En cam bio de los t qu<:> llevado á Babilonia, habeis dejado en J eru alem desolacion y ruinas, lágrima y sangl'e. Pero esa sangre y l:í.gl·imas no la habrán vertido en yano vuc tras víctimas; porque ellas claman al cielo ca tigo para el tirano. Nabllcodono-;;or, abucodonosor, temblad! lIabeis sido cruel como una feroz, y como á talos mi­rará el eño .. , haciéndoo descende¡' al nivel de los bruto ; yaprenderéi con tan tellrible castigo á res­petar la desgracia en el hombre, y á humillar vuestra orgullosa cerviz ante el Dios y Señor de los reyes, EUFE)lIA C. DE BORDA. • ::. 4 ADIOS A MI PATRIA. :F.N EL ALBU~ DE LA. SE~ORITA c. P. Débil el cuerpo, entristecida el alma, Hoy ablndono mi nnJ;ivo hogar; y :í. buscar voy en extranjero suelo Salud y paz, tal vez felicidad. Mis dulces sueños de ventura acaso Pueda un instante reempl zar allí: Quizá temprana y olvidada tumba Ponga á mi vida y á mi angustia fin. Máe, qué importa? Sigamos la eorriente Que á un mismo puorto á todos llevará; y cuando llege la terrible hora, El más tranquilo más feliz será. Adios j oh patria! hermosa y adorada De esta alma amante que á deJarte va: Tu Bol espléndido y tu hermoso cielo Ninguna otra region me ofrecerá.. y acaso nunca encontraré en njngun~ El tesoro de amor que dejo aquí: Ardientes y profundas simpatías,. Oásis del d9~il>rt1 r!c-l ,¡"í:', • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 79 Adios, adios! Quisiera en esta hora. Del ciego Homero la potente voz, Pllra d jar en tus inmensos Andes El eco eterno de mi fl'iste Adios ! Cúcuta, Abril de 1866. HORTENSIA ANTOllIMARCRI DE V ASQUEZ. 111 A MARIA VICTORIA. (EN su NATALICIO.) Bien venida á la tierra María Victoria. ! Te veniste soñando Dichas y gloria; Dichas y g'loria Que acaso se habrán ido De tu memoria. Inocente y preciosa Vienes del cielo, Dejando tu morada Por este suelo; Por este suelo D o nde solo te aguarda. Pesar y duelo. Pobre niña, tú)gnoras Lo que es la vida, Pues de ella solo sabes Que eres querida; Que eres querida y adorada de todos y bendecida. Ojalá que conserves En tu pupila, Esa luz que trajiste Dulce y tranquila; Dulce y tranquila. Cual lampo que en el lago Tiembla. y vacila. Que el Dios bueno y amante De la inocencia, Te proteja y ampare Con su clemencia; Con su clemencia Que en el mundo se esparce - Como la esencia. Que la virgen te guarde, Niña preciosa, y que ponga en tu frente Guirnalda hermosa; Guirnalda hermosa. De azucena. y jazmines Clavel y l'osa. Quiera. el cielo que 01 ángel Que él te destina, Cuidadoso te a parte La aguda espina; La aguda espina. Con que Ell pesar nos punza, Niña divina.. Que venturosa, humilde Siempre te vean Tus amorosos padres, Que hoy se l' eerean ; Que hoy se re crean Al mirarte, y amantes Siempre te sean. Es tos mis votos oye, María Victoria; Que ellos nunca se borren De tu memoria; De tu memol'Ía? Tú no recuerdas nada. Más que la gloria. Voy á dejar muy pronto Mi hogar querido, D onde pasó mi infan cia, Dond e he vivido, Donde he vivido Con mis padres y hermanos .... .. A dios mi nido! Adios niña, te d ejo Con mi., adioses, Con mi ardoroso llanto l\I is tri tes vares ...... ; Mis tri, tes voces Aun no pueden herirte, ..... . No l as conoces . ERlIILtA DE G. LA VIDA DE DOS MUJERES· (CUADRO iNTIMO) l. Acababa yo de cumplir diez y seis aií os; era huél'­fana de padre y madre, y hacia do aüo~ qu e vivia con mi abuela paterna; señora anciana, "iud:" y ciega ha­cia mucho año. Esta eñora, que jamas babia sal ido del pueblo de *** en J ueva Granada, con c. rvaba á su lado á dos hijas, ,iejas ya, soltera y retraidas de toda ociedad. E taba yo una tarde al lado del lecbo de tia. Juana, que vivia siempre achaco a, y ti la azon esta­ba en cama, cuando oímo tanir tristemente las cam­pana" de la Iglesia del pueblo. dobl e anuncian la muerte de un hombro, dijo tia Juana. -A í parece, contestó con su suave y armonioso acento tia Andrea, que e taba sentada labrando de­tras de las cortinas de la cama, y cerca de una ventana. -Quién será? repuso la tia Juana, dirigiéndose á mi; i por ventura habriaen el pueblo algun enfermo de gravedad '1 - o sé, contesté, sólo que fuera Don llaman •... -Don Ramon ! exclamó la enferma, dejándose caer sobre las almohadas. Tia Andrea suspiró, y entónces su hermana levant6 la cortina para mirarla; pero no se dijeron, palabra ni se habló cosa alguna durante un largo rato. Nnseñada á la monótona vida en casa de mis tias, y conociendo sus modales poco comunicativos y su scrie­dad natural, yo tampoco seguí adelante la conversa­cion. En ese intervalo se pre cntó en el apo ento una criada y me entregó un caldo para que se )0 ofreciera. á tia Juana. Me acerqué á la cama, y miéntras que - Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. , , 80 LA TARDE mi tia lo recibia de mis manos, se dirigió á la criada diciéndole: -¿ 'fú sabes por quién doblaron? -Por el difunto Don Ramon, contestó, que pasque 6e murió endenántes. -Toma la taza, Pepita, dijo tia Juana; y me de· volvió el alimento sin haberlo probado. -No le gusta? pregunté ;-tome un poquito, aña-dí con instancia. ' -No, dijo ella perentoriamente, ahora no quiero nada. Enseñada á obedecerla sin replicar no insistí, al recibj¡· la taza me pareció que la flaca y pálida nomía de mi tia estaba aún más ajada, aunque séria é impasible como 8iempre. Al pasar al lado de tia Andren noté que habia de­jado caer las mallos sobre las rodillas, y con los ojos fijos en un lejano cerro que se veia por la ventana abierta, no se cuidaba de limpiarse val"Ías lágrimas que humedecian sus mejillas y que parecian rocío so­bre una flur m!!['chita. -Es tan buena tia Andrea, pensé, que aunque no tenia casi amistad con Don R:lmon, que era tan orgu­Iluso, no por eso deja de llorarle. Don Ramon era un caballero de más de cincuenta años, soltero y dueño de muchas tierras en los contol'­DOS de ***. Decian que era hombre muy ilustrado y que habia recibido en su juventud una educacion muy esmemda, aumentaudo su ciencia con la lectura a la cual era muy aficionado, Los que entraban á su casa se hacian lenguas alabando la hermosa libreria que poseia y en cuya compañía se encerraba largas horas e&tudiando, 10 que no le impedia hacer buenos nego­cios, administrar las haciendas que le habian dejado 8US abuelos, y ,atesorar, segun decian, muchas onzas de oro en la mejor casa del pueulo que era suya tam­bien. Hombre pacífico, afable, de costumbres severas, aunque chancero y algo despreocupado, era genel'al­mente querido por las gentes del pueblo, y temido de los que querian darse ínfulas, En casa se le veía por una rareza, yeso cuando teniamos algun huésped que el visitara, ó para arreglar algun asunto de linde­ros entre sus tierl'as y las nuestras. Hacia muchos meses que Don Rlmon estaba enfermo de gravedad, y esa mañana por casualidad me dijeron que habia mandado llamar al cura de la aldea para que le ad­ministrase los últimos sacramentos, porque se habi3 empeorado, Cuando salí del aposento de tia Juana fuí á buscar á mi abuela, la que, aunque habia tenido reputacion de persona. muy severa en su juventud, era entónees más alegre y comunicativa que SIL'; hijas y me con­sentia muchísimo. Deseaba hablarle de la muerte de Don Ramon y hacerla varias preguntas que se me ocurrieron acerca de ese caballero. La encontré en una. pequeña est.ancia contigua á un patio interior,! pareda tambien haberse afectado mucho con la n.Otl­cia que le habian dado, No me quiso hacer ningun caso, pero la oi diciendo para sí : _ Pobre Don Ramon! Quién hubiera creido que muriera ántes que yo ! Viendo aquella preocupacionjeneral f con motivo de la. muerte de un hO'llbre que para mi era casi desco­nocido, y no pudiendo simpatizar con nq uel senti­miento, me salí al corredor exterior y accdándome en el barandnl permanecí largo rato quieta y medita· bunda. Comenzaba á oscurecer, y un ambiente suave y perfumado me envolvia en una atmó'Sfera de aromas y de vida. Olvidando las penas y tristezas ajenas, es-, cuchaba cantar en mi cora7.on el gran poema de la juventud que despierta, y bullir la vida y la e3pera~­za en mi sangl e y en mi espíritu; á pesar de Ins rUi­nas humanas qu(' me rodeaban en aquella casa. en que todo era ajado, tl'Íste, y monótono. No sé cuanto tiem?O pasaría alli mirandor sin ver, la plaza. del pueblo, y escuchando col1lo arrobada las Duevas armonías que cantaban en mi alma mil dulces ensueños con una voz extraña y deliciosa. Cerró ente­ramente la noche al fin, y empezaba á salir la luna : d'.)tras del ceno á espaldas de la Iglesia, cuando sa­liendo al correder tia Audrea se fué á situar á mí lado, Noté qlle llevaba en la mano un ramo de jaz­mines blancos, flor que siempre preferia, y única quo cultivaba. Ella no habló ni yo tampoco; 0.1 cabo do un rato vimos salir de la casa que habia habitado Don Ramon en la plaza á una multitud de gente llevando el féretro, y en Eeguida dos hileras de luces que se di­rigiel'OI1 á la Iglesia. -Pobre Ramon ! murmuró suspirando tia Andrea. Alli lu llevan y yo no 10 ví por la última vez, Yo la miré sorprendida, y entónces ella añadió, con cierta cxaltaclOU que yo jamas habia notado en ella: -Hija mia i quieres acompañarme á la Iglesia.? -A estas horas! exclamé. -Si, dijo, no puedo resistir al deseo de volverlo 6 ver. ' •• y no me atrevo á ir sola. --Haré lo que usted quiera, tia, contesté, pero per4 mítame ir á traerle algul1 abrigo, ... Un momento despues salimos á la plaza, y siguien­do las sombras de las ca as y bien embozada!', pocos instantes de _pues llegamos sin que nadie nos viera á la Pne1'la falsa de la Iglesia, y aguardando á que sa­lieran todos los que habian acompañado al cadáver por la puerta principal, entramos al templo. La Iglesia estaba pcrfcctatnente oscura, ménos el ataud iluminado por cuatro cirios que ard'an en tor­no suyo. Ninguno de los acompañantes habia perma­necido al lado del féretro, excepto el cura que estaba hincado, rezando al pié del altar mayor. Paso entre paso, mi tia Andrea se fué acercando al ataúd que es­taba destapado; yo la seguí, y entónces ví por la pri­mera vez la muerte cara á cara, y aunque aquello me hizo mucha impresion, no fué tanta como aguardaba. Don Ramon no estaba desfigurado y parecia dor­mir. Era un hombre de 55 anos y sin que so fisonomía fuera lrermosa, debia de baber sido en su juventud bastante expre. iva é interesante: la freDte era al ta y despC'jada; y aunque las facciones no eran finas,tampo­co parecian "ulgares y revelaban bondad unida á ulla voluntad de hierro. Le habian ataviado con su!> me­jores vestidos, y bnjo la incierta luz de las ceras par~­cia más jóven de lo qlleera en realidad cuando murió. Tia Andrea le contempló par el espacio de algunos momento,,; y en !'eguida, incHnánrlose, púsole sobre el pecho el ramito de jazmines que llevaba en la m:l.no t y al mismo tiempo una lluvia de lágrim!ls cayó do sus ojos sobre el impasible cadáver •••• y alejándose des pues de hllberle mirado una vez más, se fué á pos­tral' delante de un oscuro altar orando con fervor y llorando por lo Lajo. Aquella muda pero tiemll. escena. me tocó hondamente, y arrodilIándome al lado de mi tia, la acompañé en sus oraciones, llorando tambien con ella, En la. primera juventud, cuando no se tienen penas propias, se llora por las de los demas, pero á medida que se avanza en la vida y se tienen afliciones propias las agenas nos son ménos sensibles. Rato despues estábamos nuevamente en casa, sin que nadie hubiese notado Duestra ausencia. CuandO' llegó la hora de retirarme á dormir me acerqué á la cama de tia Juana par.a darla las buenas noches: la ví acostada largo á largo entre las blaucas sábana;¡ con los ojos cerrados, }>ero al acercarme Tos abrió y creí que parecian más húmedos que de costumbre. -Buenas noches, hija, me dijo con más suavidad que otras veces .••• - no me olvides esta noche en tus oraciones, añadió. .. En ese momento se acercó tia Andrea y le dIJO á su hermana con acento cariñoso. -Hermana i quiere usteJ que me quede esta no­che acompañándola? -No, contestó la otra secamente·; pero en seguida . , suspIro. -iSufre usted más que ayer? preguntó tia. Andrea. -N0 •••• estoy lo mismo. -Pero •••• repuso IiU hermana. ' (Continuárá.) •

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 10

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 29

Por: | Fecha: 27/03/1897

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • _. ------¡:,:--¡~~ s: ~ 2 ? V311 ni anto Sepulcro e.lrgad08 con los pesares y tormen tos q uo r ecogen ell e l 11l ulldo ; y aquella amarguras .o cOI1\'i rt o n sobre la I:ípitla sagrada en no sé qué suavidad, que 1)ar­ticip' tic las inefab,es dulwras de la vi da et r­n ' . Despues do Ul i breva mcion al Sa II to 'e­pulcro, p1sé:"L be3ll" la columna on que azot:l­rOIl al Señor, y lile pu o do rodillas en 111 capi­lb ele la Virgen Dolorosa, con ánimo ele ha cer m éd ia hora de meclitaciol1, :í,lltes de eolebrar la S'lnta misa; pero confieso dolores de Jesus; ninguno presenci ó sus mortales agonías, ni sin­lió su roca bañada con la. sangro divina. del Redentor. En los decretos del l~terno estaba ordenado, que la vida del horr.Lre dependiese de la muorto elel Criador; y por eso fué para la humanidad como un cántico de alegría y de felieidatl el último gemido de su Dios. Al ba­jar al sepulcro el sacro ncelltos de tristeza que parecian los queji(lo" lejanos de un cora~on at,ríbulado, on­tóaces si Ilor.! ; lloré mucho; dulces lágl'im:ls de compasiony de tJrnur:l, que consrgró á los dolo­res de Maria, que hubiera quel'ido enjugar en su maternal y amoro"o llIanto; y le roguó que no las olvidara en la aflicciones de mi muerto; y que me diera un consuelo de madre, en cam· bio de aquellas lágt·ima de mi filial amor. El domingo de ramos me levanté muy tom­prano, y dije mi8:l en 01 altat· de Santa Maria Magdalona; y salí á tomar el dcsayuno para volver :í. los oficios de aquel memorable dia. llenuijo las palmas el patriarca y pontificó en meuio de Ha gran conCUt"ilO cn que eshlban presentes tod,ls la' nacionea del mundo, ropre­sent- tuas pOI' algun indiviu.uo. Despues dc la bendicion solemne, se hizo la m:\. augu~ta y tierna procesion con los ramos ell torno do la c 1 pilla; y se pusieron todas las palmas sobre el Sa.uto Sepulcro, donde per..¡¡auecieron durante la funciono No es posible comunicar las impresiúnes que se experimentan al Oil' cantar la Pasion junto al Calyario y el Sepulcro; es decir, en los mismos lugares donde se verificaron las es~enas doloro­sas de la. muerte y sepultura del Redentor. 'fer­minada la funcion, el patriarca. reparti6 los l'amos; y yo Ncibí una palma, que traje á mi país con dificultad; pero con interes y afecto, como un precio o y etorno recuerdo de aquella fiesta que no olvidaré jamas. El lúnes santo entré tí ejercicios en el conven­to que está contiguo :1. la iglesia, para dispoDer­me al cumplimiento del precepto auual!de la con­fesion y para decir lUim en el Santo Sepulc:·o. Dos dias de retiro tuye en aquel sitio donde pa­s6 las dos noches en vela, y visito,ndo los nrios lugares sagrados que encierran aquel templo. Al :l.lÍlanecer el mtlrtes santo dije la misa de • • resurt'eecion, porque el Santo sepulcro tiene ese privilegio, que en cualquier dia que se celebre en él, la misa os la del domingo de Pascua. Qué impresicn tan profunda siente el alma, al pro­nunciar la3 primeras palabras del introito: " Resucitó como lo habict dic!t? !" Le parece al celebrante que siente mover la losa que le sirve de altar, y qua vé los resplandares de Jesucristo, que se levanta glorioso del sepulcro. El miércoles se dió principio á la. funeíon con la misa. solemne por la lOañfl.na, y con las tinie­blas, que se cantaron ántes de anocheoer. Cuando el pntriarca ooupó una silla forrada do tt-reiopelo negro, revestido de alba, capa y mitra, pero .in solio, q1l0 no 10 hay en la. iglesia, todo el clero del país y el extranjero ó innume­rables peregl'in03 do todas las naciones, ¡;e colo­caron en derredor del venerablo pontifice. Des­lJues do haber cJntau.o los snlmos del primer noctul no, hubo unos momento de suspensioll en que no se oia 1lI:.l'! ruido quo el canto de las golondrinas que revolotoaban bajo la cúpula i \lO se veian mis que semblantes meclitabundos, que dabau bion :í. cnl10cer la tristeza que enlu­taba intorinamonte los espíritus. Un religioso español de nrlmirnble voz, pero ciego, porque habia perdido complotamente la vista en la pOI'secucion qut: sufrieron los frailes en E paña, rompió el silencio, entonando las meditacionos do Jet'amias, con un:t voz tan me­lancólica, que produjo un s (!ntillliento uuánime en aquella COllculToncia úlenciosa. Aquel pa­dre, á quien la carencia !lb oluta de la luz hacia concebir las ideas uuís tri ' tes, y recoger en su corazon los sentimientos mi lúgubres, arranca­ba :í. su pecho acentos tan (1:>1010S0S, que vcrda­uel'amente parecía la voz del profeta que atra­vesab: l la nocho (¡terna de los siglos, y resonan' uo por entre las tumbas de mil y mil genera­ciones, venia á espirar con agonía en los oídos de J erusalen dusgraciada y de la humanidad afligida al pió del Oal\':1rio. BI juéves santo pertenece oxclusivamente ti, los católicos; y se hace el depó i to sirvibndo de monumento el Santo Sepulcro. Eu aquel dia no funcionan alli las sectas, y yo ví muchas veces hs fuerzas del Sultan colocallas en la¡,; puertas del templo, con el fin, no solo de mantener el órden, sino de dar proteccion á los eat6licos contra toda agresíon que pudieran hacer los otros individuos de diferentes religiones. Si, yo fuí testigo presencial de los hechos que refiero; yo "í durante la Semana Santa y particular­mente el ju6ves, ir el Bajá de Jerusalen al San­to Sepulcro, para ver que no so inquietnra á los católicos en el ejercicio de su culto. Oonfieso, sin embargo, que me dlbo. un pesar profundo ver aquella conducto. de parte de los gobiernos desp6ticos y no católiccs, y compannla eon la de otros quo se llaman republicanos, liberales, civilizados, progresistils y tolerantes. Si, yo pen­só quo son Dlás libros y felices los que viven ba­jo cl resplandor de la Media.-Luna y con la ca­beza inclinada bajo el cetro de la sublime puer­ta, que los que viven en modio d? las farsas despreciables quo se llamau repúLltcas. Bl juéves pOi' la tarde, estando yo en la sa­cristía, revistiéndome para asistir á la funcíon del lavatorio, me llamó el maestro de ceremo­nias, de parte dcl Patr~arca, que ~st:\bu y.a en la iglesia. Fuí con prontttud, pero sllllmagmar­mo el objeto de aquella órden: lleguó y me colocó en m(~dio de once sacerdotos que estaban ya preparados paro. representar á los apóstoles, en aquella funeion lo. más tierna. sin d.uda de la pasion, por encenar el mis subltme ejemplo de hu mildad, de amor y de fraternidad, que nos dejara 61 divino maestro á sus discípulos en el mundo. Nuevas impresiones de gratitud y de ternura para mí, que llegaba de las remotas regiones de América á. representar el clero de mi pa.ís en el Apostolado de J erusalan. Concluida la. funcion, el Patriarca me dió una hermosa cruz Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • • 228 LA TARDE quo contenía muchas reliquias de la pasion ; y ]0 mismo hi7.o con los otros, que eran todos sa­ccrdotes de difel'enbs naciones, que habian ido, como yo. en pel'egrinaeion :i J el' u 'alen, Aqnolla cruz recibiJa en 01 Calvario, r etooa ­da e11 el Santo, epulero, llena de reliquias de los Santo" Lugaros y tl'aicla por mí mi mo do Jerusnlen, os UI1 objeto muy caro 6 inte r esa nte tí mi corazon. Ella 010 a compañad, todos los dias de mi vida i en olla fijarán mis (¡jos 11I01'i­bundf\ s sus última' miradas; reooger.í. el pos­trer suspiro de mi corazon; d c¡:¡eans al'ü .. obre mi pecho despues de mi Muerte y bajará con , migo al se pulcro para Cll>t ldiar mis cen~zas y reanimarlas, cnando resuene la v o z de DIOS, en cl último gran dia de la resmeccion. Despues hubo el canto ue tinieblas como 01 dia antorior, y la funoion tel'mir.ó á Id ' siete de la noche, hora ell que todos los UI'i s tolltes \Jos retiramo"', quedando los religio sos sola melJ te on· cargados de la custodia y adol'aciou del Santí· simo Sacramento, á puerta cerrada. El vi6rnes se col ocó al fren te del Sepulcro 01 altar portátil, donde cclobró el Patriarca y se hizo la procesío n solemne con la SJgraua Hos· tia, para poner fin á los oficios de la mañana, A péllas puedo dar una idea muy imperfeota dc las sensaciones experimentadas p or mi alma durnnte dt:l la Semana Santa 0n Jerusalen, El pensamiento de qua está uno en la ciudad santa, sobrc el monte Uulvflrio, entre el suplicio y la sepultura del Rodentor, en los mi, mos dias y lugares dc su pasion; el aspecto ruinoso del templo y sus galerías oscuras; 01 I' uido le· jano y confuso de los tambores de los soldados otomanos, que se relevan en guardia, y que pa, rece que vicnen con Jesus por la calle de la Amargura; los arrullos de las palomas que ani· dan en ellel>ho ; la voz de los cantores repitien· do los lamentos de los profetas, y 01 órgano exhalando acentos d9 dolor y de agonía; los vestidos extrai'!os y tantas caras diferentes, pero todas silenciosas y tristes, y los sollozos y gemidos que se oyen por todas partes; sí, todo se reune para forDlar un concierto doloroso de indefinibles y misteriosas memorias. Por la tarde se cantó el oficio de tinieblas, como los dias anteriores, y ya entrada la nuche se dió principio ti. la procesion más imponente, solemne y aterradora que pueda imaginarse: el vía Crucis, para llevar al Señor al monte . Calvario y lcvantade 'en la cruz. En seguida la ceremonia del descendimiento y conduccion del Sagrado Cuerpo al lugar de la uncion, y pasar de allí á encerrado en la sepultura. El patriarca dirigía la procesion y rezaba las estaciones, y el coro respondia con melodías lúgubres. '1.'odo el clero, formado eu dos fihs, llevaba antorohas encendidas, y soguia. el in­menso concurso en profundo silencio. Al frente iba un religioso, vestido de luto, que conducía <'n nlto un gran crucifijo, cuyo aspecto inspira­ba compasion y terro\'. Comenzó la procesion en 1'1 capilla donde el Señor apareció á. su santa madre, ya resucitado; y allí tuvo lugar el primer sermon en italiano, de los siete que se predicaron en diferentes len· guas aquella noche ... "" .............................. . MANl1BL C. RESTREPO. LA ENVIDIA. ITay pasionos terribl es quo 1I0van en sí cl gél'lllon do cierta grandeza que las hnco digllas de admir:1cion. Ellos habitan por lo COlllnll on alm'lS do elevndo tomple, Como el t'll'1'euto des· bordado, que an eg'a los campos, r¡uc :n'rnstra en sus nguas h omb re , y brutos, nrboles y cho· zas, que a so rda los ecos de la montaña con sus muO'idos de fier:\ cólora y d~ja sus e ' pumas cn b , las cimas do la arbuleda , e, as pll 11111es, una vez deslJ ordaJas, todo lo atl'OpelInll, todo lo devas­tan, y dej'¡n las huella d e sus pasos on lus l'ui­na s que nglumel'an. Al jandro, po eido de una ambicion insaciable, sombró el A!>ia do cadáve­r es, y habria inundado en sangl e el 0 1 be todo, si la muerte no lo hubiese contenido en su carre­ra de destruccion. Q'lé impollentese !lOS repre· senta c~o hOIll bro en la valien te ex presion bíblica: d · . I"} " y la tierra on01U OCIÓ en 5U presencia, ~a alll bicion de Alejandro i nspi ra idea s sublimes, como las que brobn de una nln11. poéti ca, uando se holla en preseneia de un ... ·olca n mugidor, de un abismo sin fond , de una gigantesca. catarata ó del inconmensurable océallo," cerco fo l'aS quo lo e nvenc­nau, como guarda la. flor en I'U c;,iliz gusanos r oe dores: que la ei enci't lo habrá d escubierto todo, ménos el problema de la folicidad : que los apbu!'os arrancad os pór In gl oria no p agan los afan es que e lla cuesta: si su piera todo estu, cn ven'ad que no se atormentnria túnto á sí mismo rabiando por las agenas dichas, gimiendo cuan~ do los demu$ ri en, ren egando cuando los demas cantan. ¡Hay tautas sonri , as que no son ino la careta que sirve de disfraz en lo~ festines so­ci¡~ l es! j Hay tántos cantos que no son sino el gnto de corazon es que pretenden aturdir SH dolor !. ..... Qué Lay e nvitliable sobre la tiel'l'a ? No sabe el envidioso que :í. las yeces el duoño de un palacio suspira por una 'hosa? que el potentado tiene nocLes de in omnio que no co­D? re el humildc labrador? qlle un hombre sa­CI. ido por la gula envidia al hambriento que le pide un mendrugo do pan? Dóude está, pues, esa felicidad que tanto lo desazona? El envidioso no deja de comprender EU im­potencia. para llevar :í cima sus proyectos de d~struwlOn, y acaba por morderse :í sí mismo, Clego en su loco furOI·. Quioro reducir á p olvo la fe l ic~d.ad que cree poseen los d ema ; p ero a y! e:a feh cIClad va tomalldo progresi vamen te, ÍL sus OJos, pl'opol:cioncs colosales, sin que él pueda poner térmlOO :í ese gigantesco crecimiento. L o que entónces suÍl'e el infeliz, no lo puede com­PI'ender sino el diablo, su maestro. Su\.:ede :í las veces que los planes y mrLl]uinn­ciones del envidioso, elaborados con el fin de aniq uilar una reputaeion, prod ucen todo lo cont~ario de lo que él se propone. Aquel que ha .sldo el b.lanco de sus tiros, gana más repu­taClOo, debido á tales calumnias, porC).ue, por una parte, él se cuida con mayor solicitud de no caer en algo realmente indigno, y por ot!'a, sus h?c~os, ql.le de otra manera pasarian des· aperCIbidos, fijan la atencion general, excitadas por las habladul'ías del envidioso. Muchas re­putaciones ruidosas se deben ála envidia. Har­zentbusch exprimió atinadamente esta idea en la siguiente fábula: " Magnífico manzano En el corral de un clérigo crecía, Un vecino de envidia se maria, Viéndolo tan feeundo y tan lozano; Él ni ma.nzano ni corral tenia. y ya. C). uo uo otro mouo No supo de, fog , l' su en cono fi er o, Al'r j aba a l corra l d esdo un gran ero El de p ordicio de Sil casa t lJd o, IIaciendo d el conal esterculero. B ien en uci6 el ramaj e ; Mas la 1 'uvia:í su t iempo lo limpi tlba ; La tierra con la 1.)1'0 7.:1. se abon ab a, y e l r esultado f ué del yil ultrajo Que mÍls fruto y mejol' el ár b ol daba. lllás {(,tU r¡ue n ociva J.!/s la {/eilt~ m ordaz que tanto aúunrla, I)u es hace c",n S il rabia fur iúunda Que el íntegro L'u r O¡¿ m.ás cauto vwa - y más pronto á sus él/Ht!OS confunda." COJ/c/ttÚ'á. ----c~o=---- LOS GUANTE S . Conclusion. Otros nnales ménos t ri st t.!s y de fecha más racie d e, n os han d ej ad o ese r ecued o. D espucs de un bri ' la n te t rnoo en que se distinguió la n obleza fran co a, se r e'ohió ter­minal' las fiestas, que so dieron en ¡¡cluella na­cion, con una lucha de fi eras á l a. manera anti­gua. Ya en el circo un a ltivo lean, r ey de la arena , h auia desganado á touos los a n imales que acababa'} de lanzar sob:'e él, y h a bia pues­to fu era. de combate á dos céle bres gla diadores: en todas las miradas so pintaba el espanto, los corazones eran presa d e : terr0r. Bajo el régio dosel donde estaba colocada b corte, se veía tí la noble señora de Chalys, la flor de las hermosas. En medio del te rror gene­ral, una sóla idea ocupaba bU a !llla, un pensa­mien to de org ul lo. E l i nstante en 'lun todos se e~ tr e m ec ian fué precioso pa ra mostrar el poder de su bell ez'\ soberan a . J u u to tí !la estaba el vali e nte de Long e, ca ba lloro fran co. De pronto la seiiora do Chal j's tI ja caor su guaTJ te en la arena, y con la c ll cantad ora. mano que ha pues­to al descubierto, señalando : --Id á cogerle! me caso con vos, dice á de Long. Con p eligro de su vida se lanzó. Un estremo­cimi ento d i) muerte pareció circular por la mul-ti tlld. . Hubo un ¡'udo combate en cl circo; hiciéronse ardie n tes votos estre los espectadores. Ligero y valiente, de Longe excita á su aclvcr s81·io. con­sigue cansarle, y al fin sc ve caer al lean dando el último y honoroso rugido : habia sido h erido en el corazon. Asi d guante fué conqui t auo valerosamcnte, pero el noble soñar DO se casó. Acaso temía comprometerso con un casamiento que oomen­zaba con tal capricho de muje l·. En el siglo XVI fué sobre todo cuando en las clases nristocrliticas llegó :í ha0erse indispensa­ble el guante, y en la clase media comenzó el modestG miton á suplir ese adorno. Ni un no­ble, ni una señorita. de alto linoje hubiera de­jado de ruborizarse viendo sus manos sin guan- Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. , 230 LA TARDE tes, El buen t o no de l os caballeros do la corte ' diatos i In. cal'l'utera ¡\ fin d e preservarse del calor y y de lo s cJ b al lero ,:; del camp , pres c:'ibin.n el del p olvo, , guau t e c o m parte os e oci ,tI dol t r aj e , En tre los ,En llnfl de e 'os , c nel e ros b O I'l]~,l.os ele encma y ta" - ' ¿ 1 d I IJlzado,;; ,10 corto ce, pcu, e p e rclllHl1I, eparado como s e n o r es ora una e s p c c,o , e (c s nu ez no tener os, :\ llll O ~ cin c u c nta pa s o s r~, ea dos so lUCI e ron c é !ebre~, y el de bellota de :í q u ienes on e e momento Re podia comparar 1\ dos 01' 0, que so escopa y juega e n t re l os d e d o R de las cUC' l'p OS cele" tes atr aitlo~ fat:thnente p or un:l fuerza má s li ndas, pl'u eb:l la rara imaginucion dc esos in vi s ible ~ e ntr ec ho ca~'se, Asi, ucedió: 1:1 fu e~7;a d e l genios de la. eleganGia 'obe rana. clHlr¡uc fLlt: tal que el hbro volo pOl'...un la celes t e ~ se pusieron :í mer1ir ,~e con h ,i5t:\.; ta~l.Jl e n cuando se qu e l'l!l. adornar eompasama- luego, desplles de un mom : llto de s¡ l~n cio consagrad() n,erltl, de elegantos arabeseos do guantcs de 50- por amba~ parte!> al asombl'o, el hom~r e de In s?tana cleclad. iba á abrir la. boca cuando su antogo fil o; ta, estl'uJnndo En nuestros dias, si el guante no pertenece su", pape les con c ó le ra, le lanzó brutalmente este ya á las Illagnificencias de la vida historica per- ap ost ro~e : - 1 t' t t d t' é d t dI' - ' 010":\ u ste d senor abate; ustec es muy 01 pe • enece, P?r e~ mos ~ nos mo e s os e o, que -bab~dl ero, l~e plic6 esto con muctH~ dulzura, creo S6 ?ree, a I~ Vida ,pl:lv~da, Eotl'O las n,aclOnes qu e la falta es recíproca, Sin embargo, m e di s ponia á. vecluas, ~s SIgno distintivo de la eleganclD. y del h'\cel' á usted mi:; eSCllS:l - por la parte que me con­buen gu s to, En Ing l a t e rra, la ari stocracia d e cie l'J1 e, y tengo el mayor gu to en J\en~l' este ueber, perga min os y In. de fortuna, s~ ha aficionado al aunque, en ¡'i go r, pu eda. dispensarrue de eno el len-inevitable guante alll l~ rillo , y al blanco pal'a so- guajc de \l ,ted , " '. cibdad; c o n más i ndepen dencia e n los colores Poco s.ntls,recho de ~3ta r espues ta tan corte::., el Jo- 1" ,'t ' ' 1 'd bl 'vcn contmuo en el lUlSrnQ t o n o , e .. ans oc ra eta a ema na gasta conSl o ra emcn- C d t' , ted di stracciones ver- t t ' 1 I - uan o \l1l0 ltn E:', como , e e n es ~ artlCU o e eg;a n~e , , ,daderas ó fal;;a s , (hlbie ra ¡'guardar ú catar en su casa H o y ,e ,t~ a~orno prlDCl pal d e l CUl to exterIOr p ara leer su brc\'in ri o , en 1 ugal' de poner~e de ,espec­de la clv!lIZI1CIOn mod e r o a, ha iDvadido todo , tácul0 á fin de edificar ú l os transeuntes o dernbarlos I? esdc el salon, el guante ha penetrado hasta la 'Jor tierra, tienda; 01 talle r hace sus ensayos sobre ellos: ' Estas gl'Oseras palabras hicieron encendcr la ?ar:" cl guante está. por todas partes. del eclesiástico; p e ro léjos d e do'concertase, prlllCl-pió pOI' examinar d e pié:; :í cab<:> za nI que ,de esa suer­te acababa de injurial'le, y acabó por d ec irle: -Amigo mio, i pretcnde usted nrmarme Ulla camo­rra, ó bien me ha pre pamdo usted un lazo? JosÉ l\fuÑoz y GAVIRIA.. EL DUELO DEL CURA. A fines de Agosto de 1849 y en una de sus más her~osns mañana s, e l sol lanza ba SUR rayos sobre los admm\bles arbolados ,del bosque de Fontainebleau, y los ocultaba. altel'l1atlvam e nte ti'as <.le d~nsas nubes blancas que la brisa parecia. amontonar expresamente bajo la bó'i'eda celeste. La ca 7retera que atraviesa el bosque para. ir á Mo­ret y Vllleneuve,la-Guyard estab,a casi desierta ca-d ' " mo suco e en muchos puntos desde ]a existencia de los ferro-carriles. Los raros transeuntes atraidos hácia ese lado por su') negocios 6 c')n objeto ile p!\searse, tenian cuidado de elegir los senderos c\lbiertos inme- A csta pregunta fOl 'mulada n etament~, ~I descopo­cido se enderezó cuan alto era, y le r epltco : _' A quién llama u.~t ed ain igo? Primeramente sepa ~Jsted que yo Il? so~ amigo de un ~l.el'Ízonto, Lue­"' o acaba u sted de I11sul tarme, supon¡endome capaz b" , d' h de tenuer lazos, Lo pruDero que u." te va a acer, es recojer este paqu e te; despues yerem,os , , . A esta órden intimada con alTogonclU, el cl,}rtgo dió un paso, se baj ó y recogió Sil breviario diciendo con un tono entre severo y burlan: --Si no es Ul,ted un malhechor, tí 10 ménos me pa­rece un jóven muy mal criado, Vamos: haga usted 10 que yo: recoja!iu paquete, y soparómon?s. -Le repito; i qui«:re ,u,sted l:ecoger mI paquete gritó el extranjero prmClplando a enfurecerse? Por toda. respuesta, el eclesiástico se encogió de • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 231 llOmbros ligcI'nmente, y ¡:;e d ponia á nlejarsr, cuan- pIe ob'erncion ncnbaba de producir t'1 rfcc to de un do,lI advrrsario se plnntó de un nIto delante de él calmnnte. Pero, aiiadió al punto, er:í fácil pror; urÍl r­y levantó la mano como para darle un . opapo; p ro n05las. Yo soy extrnnjno n este p'-'I ~ , y u5trd debe no hnbia hecLo m:í. que In !11itnd del ndeman, cuan· ~(>I' conocido, y c o n ~u medi:!ciLln prCt nto , e nllnnnd la do se, intió agill'l'ntlo por cl brazo, hi7.o una doble pi- diliclIltad, V~lnlOsjuntos .-í Fontainebl ea u, d on de hay rueta y fué á caer ~entado:í clIatro pn:o elu allí. Con arll1n~, y .... no Illéno prontitud, e halló en pit" jadeante de ra- -j 'ingular comí. ion Yil usted á tl a rmr, pllrn un hin, y con YOZ olocad:\ y solemne a¡ ' ticuló estas pa- min: · tro de paz'y l'l'ligion; intelnnnl'i lí el nlwte lien-labra': do ¡o,in qU<>fer, sted no lo rejj(' xio1la bicn. -j U , ted acabn. de hacerme \lll doble insulto que · te¡} trarn 'mn de c s c:lp:ír eme, pero en vano; 110 puede invar ~e sino con ngre! A m~ll os que ,e n le he de segu ir ha tn. las entriliias de la tierra. ted el m:1 cobarde de 105 hombrl's, no podria usted - o tendr:í u s ted ese trab:ljo, nrti c uló el eclesiás-rehu. nrme la nti. f.lccioll que le piJo ! tico con un ncento de re. olucion iITl·VllC:ll;!t,. Primo- -C()mo! ¿ Q".t: ted proponermo un duelo l in- ramente, arreglcmo, In s condiciOIlt'. el!'1 cumb: tp, y terrumpió el ecle~iá tico. i onquo no ye u."tcd mi en eguida ya vcremos ¡J e hnllar nrlnas. En efl!l'to, tal unje? \'('7. podró yo encargnrmo rle (' s e cuidado; pero ya ve -Su traje no debe sen'ide de salngnardia para wted que con el cadeter de que <' toy r e \ e t idu, nos ofender á 10 - dema : j e , o l>eria cómoc!o :i fe mi:l ! I ,PI' ia impo"iule t ene r padrino, porque nadie querl'Ía -Pero, caballero, objetó el ecle - U. tico con dul7.u- pres t:lr;;c á e so . De co 1,iguiente \lOS lJatirt'mus in ra u;:tcd pretende sel' el ofendido, y me p a rece que padrino. us'ted trueca lo pnpeles. De to cIos Uiodos yo perdo- I -ne acu('nlo, ml1rt:1uró so rclr.m en to Hl nd\·crs :;rio. no á usted de todo COI'nZOI1; le ruego que me imit<" I -Queda entendido, seiio r Yal ent ill Dubre uil, que y continuemos cada uno nue tro camino. I u, t <>d va á for7.ar,ne: :t cometer UIl doble crimen .... -j _ ada de e_o nada de ei'o! gritó el desconocido. i Plegue nI cirio quo el castigo no caiga sobre I} s ted i Es I~ccesario que yo le arranque á tI ted la vida, ó solo! Ahora ocupémoncs de las armas: Yoy yo sólo :í. que u ted 1I1e arl'nnque la mia! voy á seguir á usted uu carlas, sus pa o~, y ya sabré forzarle, .. , -Si, pero estnré yo nI larlo de u s ted como su som- -i Decitlidamcnte, querido, está Ilsted loco! ex- bra, niiadió I'esueltilmente 1)1 extranjero. clamó el a~nte impaciento ya. En fin, déjeme usted -En cuanto á 0.0, es usted duoiio de hacer lo quo el1 pn, pue' me están nguardanclo. lo cOlwenga. Sin embnrgu, no es á Fontainebleilu -Ah! no crea usted escapárseme! vocifl'ró el des- donde Yanto!>: porque, como usted dice mur bien, to­conocido exasperado. Dell1e usted una satisfaccion, 6 dos me cOllocen alli, y nuestro paso excitaria o!' pochas de lo contrario .... Y miéntl'as esto decia teltÍ:l el y nos seguirian, Yo tengo un medio de ulln <'jccucion aire de un presi,lario capaz de lI<.'gar á todos lo mñs f:lcil, que es e"te. cxce. o , Yo soy cllra de un puublo iluadn á tres cuartos do -Pel'o á lo ménos, caballero, dijo el abate, me pa - lC:'gua de nquí; nlli .Ile será f:icil prop o rci o I~ a rmc los rece que me ruiste el derecho de sabor con quién ten- in, trumentos de que deberemos ¡;:cnil noi', sin que na­go que hauél'melas. die tenga que snbtrlo. De consiguiente, vengn u ted -Nada má justo: prevengo:í. usteu que yo no conmigo ha, ta mi casa rectoral, y luego Yolrerem o~ soy un noule, al sitio del bosque que más agrade á u ted, Acepta -Ya lo creo, ob rrvó el abate sonriendo; bien sa- u tt'd? be u ted que hoy no hny ya nobles. Aquel á quíen se diligia esta preguntn, reflexionó -COIl gran pe¡;:ar de usted, no es ,-erdad? roco un momento; luego, rompiendo de súbito el ilencio importa, soy aun de ba tante buen linaje )la rn tencr y rnt'11:Inndo la cabeza, dijo: la preten ion de medir mis fuerzas con un CUl'a de -Señor cnr:t, ,u plOp sicion seria en efecto acepta­: t1dea. E t:í u t.ed viendo nI hijo de un nntigllo oflcial ble, si la. cosas debie en pasar et'ruo usted lo anun­de dragone!', aposentildor cuando dejó el servicio, cin. Sin ombargo hL rechazo, 110m bratlo má¡:; ta rde reca udador de con tri buciones -POI' qué? del di. trito de Auri!lac, cuyo empleo t'jt:;rcin aun cuan- -l)or~ué! porque una ,ez hubiese llegado á su do tuve la desgraci.\ de perderle. LlanHíba e Jorge, pueblo, haria Il ted que me prendiesen como á un y yo me llamo Vnlrntin Dubreuil. En 10 qlle mc con· tnnjaclero, y nuestro negec io se hallaria terminado cierne periwnalUlente, soy licenciado en leyes, ex-pa- con gran sati faccion ele usted. sante de notario, luego hombre de letra5 y pel'iodistn. -Cabnllero! exclamó vivamente ",1 eclesiástico: A e tas huras, viajo, y no :lcecho :í lo transeunte;; ¿puede u ted sospechnr do mi lealtad brl ta e e puno en el bo. que. A mf.yor abundamiento, aquí tiene to? Yo le prompto á u!'ted á fu de sacerdote ... usted mi tmjcta. Está usted at.i.feeho} -A fe de saCCl'dote! repiti<Í el jÓ\'en con irOnJa, Miéntl'as exponia su jenenlojía y .u po ' icion social, -Prometo:í u , ted:i fe de hombre honrndo, á fe de el hijo del drn.;on recnudadOl', el ex-p,l':;:lnte de nota- ciucl:1d:1I10, si u¡:;tecl lo prefierr, que se gunrdal'á el rio, palccia dOlllinatlo de Ulla \'Íolenta excitacion fe- secret0 má invio1:lble, y quo mi influencia en mi co­hril ; su decir ern breve y su actitud mngnífica, muna 5010 se rmplcnd ell proteger:l ustl·d, si fuese Su interlocutor le cOllternplabrl con plll ticlllal' aten- llece ario. ¿ ~le cree usted nhol'n. ? cion, cual i procurnse defini¡' al extr pel'"ol1aje (; na declara e illll tan enél'glca hizo en su novel' ario que tonia dl'lante, ciertn impre, ion, alll1i)ue trató de disimularla con Estas palabras: "está usted snti. fecho?)) sacaron (!sta. cJe s ueiiosa re: (lispllne : un negocio inpredsto me llama ,í Ini en a. Lo iellto pOI' mi pobre compaiíero el cura que me nguardnba :í come1", y toy seguro de que me reconvendrá por J.abl' l' raltado á mi pala­bra. Bien hubiera querido avi(ial'lc ..... --Nu quede por eso, dijo el alcaidl', voy á mandar á mi muchacbo que monte á caballo, y estad encan­tado de desempciíar la comision de u ted, qu:! le ser­virá de pa eo. .-Es. uema iada atencion, 'i,e üol' al calde; la acept.o . In ceremonia, y ya que cs a l, ru<'gue u!>ted á Sil hi-jo oe mi par tevq ue (liga :i mi cofrade que ya trataré de desquitarme m~:iana. - ::\le guardar¿ bien de hacerlo, re pI icó el [,leal de, puesto que mañana retengo :i usted tí. comer conmigo. Tengo Uil:\S pit'za- de caz;, primorosas que exigen su pre. encia, de otro modo la CMla eria dI:' graciaua to­do el res to de la <' tacion. P ~ ro se puede conciliar todo: mandaré decir al cura que cuento tambien con é l. Así, pue , quedo entendido, tengo la promesa de usted. -y la cumphré ciertamente, añadió el cura, si soy aun de este mundo. -Ya estamos allá, diju para sí Valentin Dubreuil j mantengámonos firme. Su pensamiento fué interrumpido por la ,oz sonora del alcalde que gri taba dejando c capar una risotada: -Si es usted de este mundo! Pardiez! espero que lo sed y tod;, la comuna tambit·ll. -Hasta otro rato, señor alcalde. -H~ ta la vista, mi maestro, respondió este con una e pecie de atect;lcion que n ', dejó de fier notada pUl' el j úycn ~in comprender su importancia. Esa segunda prueba habia rehabilitado en parte al cum en la estimacion del ex-pasante de notario, quien se p regu ntó Jlor la primera ver. si no haLia andado algu imprudc:nte; pero ya no babia medio de retro­ced .. r. Esas nuev,~s impre~ ione5 fueron de corta duraci. n, porq "e casi en el mismo momentu llegaron delante de la puersa de la casa rectoral. Era una casa muy asenda y elegnnte, situada en el tondo de un patio sepa rado de la calle por Ul\a velja. No hubo necesidad de tirar de la enmpanilla, por­que al punto acu(li6 una j6vell de notable hermosura, vestida con ulla sencillez del mejol· gusto. Su cara expresaba la alegria. y la solicitud. . -Dios miu! De vuelta tan pronto, señor tlO! ~ Qué le ha sucedido !Í.usted? éxclamó uproximánuose. -Señor tio! dijo pura sí el extranjero. Una sobri­na h ech icera; <,s la. compnñem obligada de todos 103 • curns . y sal ió ue su retlexion por la respuesta del pastor que dijo: -Nada me ha sucedido, tr!lllquilízate, querida mia! pero he encontrado á este señor con quien tengu quo tratal' sobre ciertos negocios. Durante esto, se habia abierto la verj ¡', y Jos tres personajes haLian ntravesado el patio y se hallaban en la snla de entl'ada. L~ jÓl'en examinaba furtivamente al desconocido, cuvas trazas no le inspiraban grande conHanza, con tañta más raZO\1 cuanto que habia notado el aire gra­ye de su tic. o obstante ese exámen rúpido, que es uno de los in tintos de la mujer, baj .. ba los ojos y parecia. agunrrlar una órden. Casi al mismo tiempo, exclamó con amabilidad co­mo es cost.umbre en la aldea: -Ustedes van i refrescar. -No ahora, bija mia, respendi6 el cura. Dame la llnve cel pabellon: r al mismo tiempo hacia seña al extranjero para que se sentara. (Cuntinu ará.) •

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 29

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 8

Por: | Fecha: 29/10/1874

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • • -' ___- ---c-(;-.~ S p 2 9/?JI;>;)- --.-___- PERIODICO DEDICADO A LA LITERATURA • Serie 1. Bogotá, 29 de Octubre de 1874. Número 8. , _A , CAPITULOS DE UN LIBRO, AL SEÑOR D. AURELlANO GONZALEZ y TOLEDO. Secretario de la Legacion colombiana en Cru'ácas, &c. &c. &c. Mi querido catire: Por si mis cartas no llegan á tus manos, como las tuyas no han llegado á las mias, encargo á la prensa del cuidado de llevarte este re­cuerdo de amistad. El lJegará hasta tí como memoria de la Patria y del amigo ausentes, y si al venir á tu imaginacion todo lo que en ella amas y en ella dejas­te, quisieras tener alas para volar a l Reno de los tu­yos, confórmate con cumplir tu deber, no olvidar á los que mucho te quieren y te esperan, y decirte u tí mismo .... Firmas Cachirí! Algo más que desafortunado andaria yo si las pa­labras que hoy me dan pié para fOljar un artículo no desper:táran en mis lectores gratísimos recuerdos; si á su memoria no vol viera aquella dichosa edad en que la vida toda se vé al tra.ves de un prisma de co­lores mágicos; en que una inocente travesura es la má¡, árdua de las empresas que uno sueña; y en que la. idea del mañanu no tiene el colorido sombrío que los descnganos van amontonando en la vida hasta el punto de llegar a tenerla miedo. En cuanto a mí sé deci¡' que nunca he oido esta ex­c1amacion sin que todas mis antiguas, y ya casi olvi­dadas alegrías de niño, salten á mi imaginaciou yaho­guen en ella la buena dósis de tristezas que el porve­nir me guardaba. ¿ Recuerdas; lector amado, la tarde que al sa~i1' de paso, como sí dijéramos al alza?' de ob1'(~ , cornamos apresurados al llano, del lado de los cerezos, á pre­seneia¡' la pelea ca,ada ent¡'e J uancbo Peña y Pepe Silva ?-Terrible fué la gresca: t.odos creiamos que J uancho daria á Pepi to una aporreada de las de Dios es Oristo, como que el uno era uu patan hecho y de­recho y el otro el cachifo más cachifo y simpático que baya nacido. Oomo era natural los espectadores nos hallábamos divididos, pero Pepito contaba mayor número de partidarios, así por la natural inclinacion á la parte débil como porque los cachifos éralllos los más y apoyábamos decididamente al nuestro. Oruzados unos cuantos mojiconazos, interrumpi­dos por las observaciones de ordenanza referentes á no tirarse á los ojos por temor al castigo de los pre­ceptores, no asirse de la ropa para evitar novedades en la casa, y no darse en la boca del estómago por miedo al cólico mise1'en, que creiamos era la conse­cuencia inevitable de tal golpe, Pepito empezaba á echar pié atras, pero cobraba brio y coraje cuando tiUS compañeros le gritábamos :-¡ firme, Oachirí ! Ese era el grito obligado en tales conflictos; pala­bra de ánimo en la riña; grito de triunfo despues del combate 1 toque de rebato en las convulsiones estudiantiles; de alegría al castigar al alza fuellesó acertándole un pelotazo en un ojo; que si por esto por aquello sobr cvenía reprimenda ó castigo, ya fue· se individual ó colectivo ..•. pues, firmes Oachirí! Luego que para mi pasaron los felices tiempos eu que aquellas palabras tenian todos los significados imaginables, segun la Eitl!acion en que se aplicáran, más de una vez movió mi curh~sidad el averiguar su orígen; pero como mis compañeros lo ignoraban lo mismo que yo, y como el orgullo propio de la i 'no­rancia me ataba la lengua para consultar á extrafio!', tuve que aplazar la solucion -del problema. A Igunos años tardé en hallarla, no obstante que leía todos los libros que me venian á las manos; pero segun la costumbre le hice siempre el asco á la histo­ria de nuestra propia Patria, no obstantc el no t ener nada que envidiar ui en glorias ni en des¡¡stres á la de ningun pueblo del mundo; y ya me sabia todas las gran:ies palabras, históricas ó no, que j'esúmen un acontecimiento, y todavía ignoraba quién, cuándo y porqué habia pronunciado aquellas que hoy mismo es­cribo con emocion :-firmes, Oachirí! Ahora, lector amado, si tú adoleces de la mismft ignorancia que yo he confesador continua la lect(ul'a del presente relato;. que, cuando ya te canse, los re­cuerdos que su tí tuJo despierte en tu alma serán com­pensacion sobrada del enojo que el mal desarrollo dcl tema pueda c:\Usarte. - Agonizaba la República en 1816. La heroica Oar­tagena habia escrito en los lienzos de sus murallas y con la propia sangre de sus hijos la apoteósis ele sus héroes, que fué al propio tiempo la inscripcion mor­tuoria de la Patria naciente. El pabellon de Oalama!' "ino á ser el sudario de la Nacion : pero para morir no se envolvió en él, sinó que lo alzó en alto, y, al caer á su sombra, quedó en el campo de muerte tan honra­do como" bandera de vencedor clavada sobre los mu-ros enemigos". . Los Padres conscriptos de la Patria, bien intencio­nados todos, pero engauados con la idea de que ra posible el p:anteamiento de las ideas republicanas, eu 1ft mas alta concepcion del sistema, en pueblos educa­dos para la servidumbre y á ella acostumbrados, qui­siel'on hace¡' engrana¡' en la rueda motriz de la }{epú­blica los piñones mobo os de la monarquía; y trnnqui­la y patrióticamcnte discutian sus sueños geneJ'osos sin alcanzar á oir el caño!) que desplomaba las ciuda­des de la Oosta, ni el paso atropellado de lo. batallo­nes que al trasmotar la cordillera traian al interior muerte y dcsolacíon. Oalzada habia conseguido salir bien librado de su expedicion en los llanos ue Oasanare, y elejando á los patriotas adormecidos en el sueño ue gloria que ('n ellos produjo el triunfo ele Oh ire, habia pasado la cor­dillera, rehecho su ejército en Ohita, rechazado á los patriotas en Balágala, y al principiar el año se situaba en Suratá desde donde, haciendo frente á los que le persegui>ln, amenazaba al mismo tiempo los valles de Giron y del Socorro, y aseguraba el camino de Ocaña , que debia seguir para obrar en combinacion con las fuerzas de Morillo. Los patriotas, que habían reunido los restos de las fuerzas dcl General Rafael Urdaneta á las que Garcíl\ Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • 58 LA TARDE Rovil'a habia disciplinado en el Socorro, no vacilaron en de tacar una partida que, á órdenes del capitan José l\Iaría l\Iantilla, marchál'a sobre Oúcuta ti Impe­dir el envío de recursos á Calzada, cuando éste se diri­gió á Ocaña por el páramo de Oachirí, verillcando una operacion uperior á su génio, pero en cumplimiento de us deberes de soldado. Disminuida de esta mane­ra la fuerza de los patriotas, creyeron inembargo que su coraje er:1 ba tante á suplir In. inferioridad que en número y disciplin:1 reconocían, y sin otro pelramien­to que el de alcanzar triunfo de grande trascenden­cia Ó muerte glorio a, marcharon en pE;rsecucion de Calz'ld:1 que, al empreuder el movimiento indicado, quemó las naves. nisoños como eran y tenian que ser los patriotas en materia de guerra, juzgaron decisivo el triunfo con;;e­guido el 8 de febrero sobre la avanzada de 300 húm­bres, que á la elltrn.da del páramo I"-ituó Calza.cla, quien acampó con el grueso del ejército en RamÍrez, :i tre jornadas de Ocaña. García Rovira, Santander y los heroicos campaneros que le ' seguian solo pi(lieron con­scjo á su valor; en con1l1emoracion de la victúri¡, die­ron el nombre de Cnchirí á uno de los batallones vencedore.>, y resueltamente se internaron en la fragosa serranía, estimando que cualquier campo era bueno y sobrado para ,,'encer ó para morir. Entre tanto Calzac1n, sabedor de los triunfos :::on­sl} guidos por el J ~fe expedicionario, refor7.ado por él con 300 veternl1o. é impne to de ql\e los patriotas sc.ilo contaban con mil fu;:i!eros disponible, v(llvió so­bre ellos, y el 11 de FelJrero atacó la avanzauas re­publicana , que ignoraban la aproximacion del enemi­go. Naturalmente se batieron en retirada sobre el campamento, donde el combate se generalizó hasta que la noche le puso término; y ámbos ejércitos que­daron apercibidos para la cita mortal en que uno de lo dos debia desaparecer. Suena el toque de diana! • •. . Toque nunca oido in jmpresion profunda, y queen tan solemn<'l oca.<¡ion de­bió sonar en ámbo cnmpamentos á la manera de la se­ñal que iniciaba la lucha de los antiguos gladiadores. Empeñada In batalla, los repuhlicanos que no babian tenido otra enseñanza militar que la que del estudio de la historia podía deducirse, situaron las tropas por escalones, sin caer en la cuenta de que tal formacion de batalla no el'9. sostenible por fuer7.as poco ó nada 21guerridas. Se batieron más que con con desesperacion: pero pronto fueron pel'diendo u' tr-in­cheras, viendo caer sus hom bre , morir sus jefes, des­plomarse la causa que sostenian, sin que se oyeran queja¡::, ni lamentof', pero ni reniegos, sino la voz es­tentórea de Garcia Rovira que, de pié ::obre una de las trincheras, abiel'tos los vestidos para presentar ele lleno el pecho á las balas enemigas, dominaba el fl'a gor de la batallll. con c.,ta voz que resumia la órden general del dia :-FIR~1ES, CACHlRÍ! - • Contados fueron los patriota que lograron salvar-se en aquel gran desastre, y torIo el Norte de la Re­pública quedó sometido á los peninsnlares. El Con­greso de las Provincias Unidns se di'solvió C'om"enchlo, ya demasiado tarde, de la inoportunidad de liS de" bates; los jefe' militares juzgando infructuo,o el em­peñar una nueva batalla con lr.s tropa.s que babian reu­nido y que> sobre "el' bisoñas, se ballaban completa­mente de,:moralizada.'i por la, delTotas sufridas, ar.or­daron retirarse {¡ Oaf.anare,_ en cuyas pampas la li· bertnd bu ca ba r l1a1l6 asi lo; el Pre;:idente, por ú 1- timo, vista la inutilidad de sus esfuer7.0Q para rev;yir el espíritu público ab¡1tido, tomó el camino de Popa­yan con la esperau7.a de que en el Sur, fue e la su€'rte para la nrmas repnblieanas ménos adyersa qne lo ha­Lía <¡ido en el Norte. Pero, como ya álguien lo ha dicho, no siempre triun­fnn en la tierra lIC]uel1os que defienden la jllf:ticia. Vencido,> los patriota en toda parte~, dcsmoraliza­dos los pueb que hasta entóncE's no hn bi:m sentido ni"Rguno de los anullchdüs beneficios de la Rcpúblicn, e necesitaba la crueldad de Morillo, la fl.:roz dcerepi-tud do ¡imano y el carácter snnguinario de Enrile para damo Patria, para cmbrar n los cora7.0ne8 americanos la imi<,nte del odio, y fecundarla con la gencrosa sangre de nuestro. Padres. lIarto :111mentada ya la li"t'l do los mártires, di uel­tas y nquc:1das la familias de lo. que habian conce­biuo el ,ueno de la emancipacion, y cuando ya apénas si quedaba á qnien dar muerte, re 'olvicron los cxpo­dicionarios orgnnizar un batallon de niño de las fa­milia patriotas ; y niños eran porque los jóvenes ha­bian sucumbido ya en la terrible lucha, ó se ballaban en lo. campamentos. Ese batallan agrado reciLió en són de mofa el nombre ele "batallon Gachí¡-!." Cuántas veces jos heroicos niños, colocados no á ma­nera ele vanguardia ¡no como trinchera de los lidia­dore~, vieron estrechar us filas por la muerte, que los pa triotas, sus hermano:::, arrojaban sobre ellos! Ouán horrorosa situaciOll cnando en las peripecia. del com­bate veian lncl inar el triunfo al lado de los oprE'sores de su Patria; y cuán t victoria la que más do una vez tuvieron que ver celebrar sobre los tercios republicanos, en los cuales formaban sus Padres 6 sos hermanos! Ellos tenian tambien su palabro de órden; y cuan­do por cualquier motivo las filas se conmovian ó la muerte las eRtrecbaba, ."e oia grito q.ue iba á to­dos los corazones :-F¿rmes, Cac-J¿i,d! - La guerra h:1. cambiado de escenario, y los campo~ de Yenezuela blanquean con los huesos de los que su­cumben en la lid: en ueva Granada no hubo ele­mentos sino para morir con gloria; en Venezuela, más afortunada, loa hubo pam luchar. Los patriotas, que comprendian la importancia que para ámbas par­tes tenia la posesion de la Guayana, luchaban sin des­canso por apoderarse de A.ngostura. La ciudad era hostilizada por el ínclito general Piar, y para el 11 de abril el general Latorre sali6 de San Fernando á ata­car por la espalda á los sitiadores. Piar, que nunca se hizo aguardar para combatir, le salió al encuentro á la llanura intermedia entre SAN FELTX y SAN MIGUEL. El jefe realista tenia 1800 veteranos; el patriota. con­taba en sus filas 400 hombres más, pero solo tenia 500 armados de fusil, 400 ginetes, y el resto se componia de indios arm.aduR de flechas ó lanzas. Como eran ya las dos de la tarde cuando los ejéJ"eitos se avistaron, lo compañeros de Piar le observaban que les faltaría luz para decidir la victoria, pues no dudaban de e113; pero el jefe, con el arrojo propio de su C0razon de hé­roe, no vac¡Jó en comprometer la batalh sin pérdida de tiempo. La lucb:1 fué reñIda. Los patriotas no desconocian la superioridad de la infantería la, pero en aque­lla vez el arrojo que rayaba en uror suplió á la dis~i­ciplina r al armamento. Ouando apénas tomaban po-icione_, ya los realista cstaban sobre ellos á tiro de pi<;tola, pero los recibieron valerosamen te Oh ipia y Landaeta; los flecberos rechazaron el primer empuje (le lo' e:Kpedicionarios, que pronto se estrellaron en las bayonetas de los inf¡¡ntes; las alas de republica.­no~ se estrecharon obre ellos, y luego las lanzas de lo;; llaneros pasaron por allí como una inmensa húz de acero <'g'1udo vidas y recogiendo glorias. Al po­nerse el sol un cuerpo re;;i. tia con increible heroismo: formado en cuad ro, al recibir las descargas de la in­fantería. patriota, la scgunda fila reeruplazaba.á la pri~ mera, dIezmada; pero )':1 al oscurecer tema aque­llo un a p<,cto il1f~rnal: el rnido de In fusilería babia cesado, Rolo se oia el choque de la lanzas contra las bayonetas, r en la s(}mhra e entreveian figuras si­niestras quc en "ilenrio daban o recibian la muer.te. Latorrc, gr:tcias á la oscuridad de la noche pudo es­cap~ r con 17 de sus compañeros; los demas murieron en el combate, ó precipitados por el barranco inaccn-ibie qllE' rei"gnardaba uno de los flancos patriotas, 6 bechos prj"ione y pa ado;; al filo de la espada en. cumplimiento del decreto de gnerra á muerte <:>0<=== -- La. ma.soa.rilla. de N a. palean I. A LA. SEÑORITA. ELMIRA A.NTOMA.RCnI. Si me parece mentira! Si lo miro y no lo creo! Si me parece que sufro La alucinacion de un sueño! Estoy viendo con mis ojos, y tocando con mis dedos, Del Gran Capitan del Siglo La fa~ modelada en yeso! y no es copia de otras copias, Remedo de otros remedos; Es la. estampa original Tomada del molde egregio! Aquí están los trasudores Que exprimió el último sueño; Aquí están las quemaduras De los postreros alientos! Aquí están las impresiones De ese combate supremo En que se liberta el alma De las prisiones del cuerpo , Casi columbrarse pueden Los agrios, salados besos, Con que el mar ~~ Sant~ Helena Despidió á su prlslonero . Esta muda mascarilla, MQdel~dtlt en frágil ye~o, Que sobrevive á los años, Que no pulverizll. el tiempo; Que no se altera, ni sufre Al sol, al aire ni al vien to ; Que parece haber robado La dureza del modelo; Tiene en todos sus contornos El más intaahable sello, De ser la primera copia Del que en todo fué el primero. Aquí está la altiva frente Donde entraron y cupieron, De las grandezas más grandes Los más grandes pensamientos. Aquí están aquellos ojos Que al fruncir el entrecejo, Producían tempestades Como Auzterlitz y Marengo. Aquí están aquellos labjos Qne, dando la voz de " fuego! " Cubrieron de plomo al mundo y de asombro al Universo. En fin, aquí está la faz Del moderno Prometeo, Que dió al buitre, con eu sangre, La sonrisa del desprecio. ¿ En esa postrera lucha Quién ganó el mejor trofeo? Si es la víctima inmortal, No fué el verdugo por cie rto! Guarda, muda mascarilla, En tus facciones de yeso, Del que fué rey de los reyes Las glorias y los recuerdos! Octubre, 15 de ] 874. LÁZARO MARÍA P.fiREZ. , OO~()oQ-- EL GRAN SECRETO. • A RICARDO SILVA. JII Nada hay más fácil en el mundo que hacer plata . y me admiro de que, siendo axiomático este princi­pio sencillísimo, haya hombres, como yo, que viven pobres. -Por perezosos! Chupen! dicen los ricos. Lo digo yo-Por perezosos. y en efecto: que los pobres se resuelvan á espere­zarse y trabajar, y los verás ricos en ménos tiem­po del que gasta un cur:l. loco en persignarse. Todo está reducido á una simpleza entre dos pla­tos- Co1np1'a?' ba?'ato y '!lende?' caTO. Este es el miste­rio: en esto consiste El gran seC1'eto. Prescindiendo de lo que han robado (porque qu'¿n tiraria la primera piedra'7 ¿ quién es el que no ha robado alguna vez 7) prescindiendo, digo, de lo que han robado, todo lo que tienen lQs!l~ tf,enen pffit," ha sido adquirido de este modo. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 60 LA TARDE Co mprar á qui e n o fr ece y vend er á quie n so lic ita: c o:np r a r en donde abu nd a y v ende r e n d o nde esc ase a. E - to, que es ta n se n cillo, es lo que ba b ec h o á l os CI'esos, á los Júcar es y á l os R osch il ds . Pero, a.l1 n c u a n do es t oy seg uro de que t odos l os que lean este artí c ul o p a rarán en mill on a ri os s i apre n ­den y a plic :ln la r eceta , c reo, e n co n cie n c ia , qu e d e b o hacel'le- un as p oc a s ad ve rte n cias, y preve nirl os con tra ciCl' t OS casos d e excep cio no VIS prim e ras se r e dn ee n á lo s ig ui l:: nte : 1. o Que s i n o ti ene n din e ro ó c r é dito, no c ompl'en, p orque, m:ís que n egoc ia nte , se rian ladro n es ; 2 . o Que aun q u e t e n g an din ero ó cré dito , n o co m ­pren, n i á prec io vil, lo que n o IJu e d a n v e n der; y 3 . o Que, c uando e n c ue n t r e n co mprado r peten el oj o r -vean á. quié n l e abre n cue n t a ( ocl~li mentis videant), Porque, i d e qu é l e apro vec haria á un tratante el i n t r oduci r á este pa is c uños y patin e ? D e na d a, pu es los p r im e r os supe r ab undau y 10- últim os so n in apli ca­bl es e n nuestro cl im a . i De q u e provecbo se ria ven de r l o qu e cos t ó diez , p OI' ciento q ue u o hub ie ran de pa g a rnos ? D e uinguno, cla r o está, - E n tre m os ahora e n al g unos cas os d e ex ce pci o n qu e p uedan ser vir de r es guardo y de m o d e lo á mi s l ec ­tor es . i. Qni é n n o ha vi s t o y v e , c on pro funda pena, á ian ­tos b omb r es ll e nos de bu e n a v o lun t ad y de ap t itn tl , ata ca r co n bri o , y v e n ce r co n g iorioso lu cim ie nto fu e r tes ebs t ác ul os co ntra l os cuales tropi e zan? Y i q uié n n o l os ha vi -to, y l os ve, d es pu es , t a n a baj o como es t a b :m ( s i n o m ás) y agravad os C0 11 e l esto rb o de l os laurel es marcbi tos y de su obra es t é ril que tie­nen q ne cal' ga r á cu estas? i Qué le va l ie r o u s u c ienc ia y s us t r a b aj os á Ma t i7,? A y! N a rl a. Era pobre y n o en contró mnpa r o! E ra sabio y n o e n co ntró cons¡~mido¡ · es . Eso l e pa s ará. al maest¡'o Pon,c e. E l cantará como el ruise ñ o r: de noche, cuando t o d os duermen; en el b osq u e, donde no hay qui e n oiga, Es que, en ciertas tareas d el in ge nio bumano, no b asta sa ber cuáles son en un n egoc io l::. s condicion es indispens ables de ser para que s e a ln c rativo.-No. Hay inclinaciones irres is tibles,bay t ende n c ias anas ­trado l'as, hay sinos que llevan forzosamente á tal homb r e bác ia t a l parte, aun cuando él vea que eso no le c onviene como elemento de lucro, "Se n ac e marido, como se nace chapin, H dijo Manu e l. E s te afo r ismo, que bien puede pecar de exage rado cuando se aplica á los hecbos comunes y pros ai cos de la vida, es de una verdad universal si se le apli ca á Jos h echos dict a d os (podria d e cirs e exigidos ) p or los ne" vios, por la inspirabio n ó p o r el g enio. Qu é desilusion, qué tormento, qu é place r hubi era sido capaz de apagar la diví nisima MIX que Guti é rre z Gonzalez irradiaba y difundia '? Y, ya lo sabes tú, Vivió tri s te y mu r ió J)ob¡·e . Es que, aun ouando sea. en jaula de oro, el águila muere de d olor al vers e pres a. Cuando A q uíl es vivía a pri s ionado p or el am o r de Didamia y v es tido de mu j er en la co rte d e Li com é d es, e l as tuto Ulísc-"l, que quel'ia sacarlo de alli , hizo chis­pear una e s pada des nuda ante sus oj os. Y el j ó yen h é r oe lo si g uíÓ. E l Tas so cantaba á la edad en que. t Gdo s los mu- 9hacbos llomn. Víctor lIug o era, segun Chatcaubriand, " un enfant s ublime," iFaltaria fu e rza para destripar tenones á Camoe ns, al Al'iosto, á Dryden, á Milton, á Cervántes, á Cor­n e ille? No; pero ning uno de ellos p UM tene¡' valol' para d es cender tant~ d es de el ign orado trono que ocupaba. Vivieron ]?obres y casi murieron de hambre, porque s us obras ( q u e b oy so n la d e li c ia d e l os humanis tas) carec ia n el e co ns um ido re en s us tie mp os . i G r ego ri o bu bie ra p ub li cad o s us poes ías e n una c iu d a d española parecid a á L ó n d r es , ó á rari s, ó á Be l' li n, ó á Nu ev a Yo r k , s u ob ra se habria ve ndido pOI' m ill are e n e l a cto. A qu í se tiraro n tresc ientos ejem pl a r es que es tán a m on to na dos e n los lug ares de espe ll dio . Aí, s i e l ?naestro P o n ce de L eo n hubiera es trena­d o s u Ester e ll u n a ciudad ri ca , p opul os a y cul t a, ha­bri a n sobrado I i hl'eros que pa gase n el o ri g inal a pre­cio de oro, centupl icado y m ás . F irm emente creo , y n ad ie p odrá. n egarme, que si e l j ó vc n é in ¡,pi ra tl o -maest,.o se ntase plaza de altozanero, ó d e m en digo , g anaria, c arg ando fard os ó estafand o, c ien yece m ás de l o qu e ll eg ue á g anar compo ni endo pi ez as musioa les . Pe r o, i co n qué valor iria. é l á des­g arra¡' SI l m a n t o r e al y á. c ambiar su cetro de oro p o r un ba t o n de po r diose ro? El geni o al' tí t ico es tan in ú til aquí, corn o las g ran­d es Virtudes . M ej or es ti e mp os ve ndrá n, sin duda; pero po¡' aho¡'(~ el tal ento es un graváme n. L a ge nte es t á p or l o p os i t i vo , p o r lo só lido. Nada. d a pitos ui fl a utas ; n i d e , er sitos , ni de -vaporosas fanta ía s . Es t e mi s mo p e ri ód ico co rre riesgo de encallar, no t anto pol' los quíni e n to::i e rrores tipográ ficos que lleva cad a n úmeJ' o, cuan to p o rque no pro duce á los l ecto­ · re~ c0 5a SÓL I DA . P cr'o a ~í de b e suceder, y ha suced ido y seguirá su­cedienoo hast a la consumac ion d e los sigl os , á l os pne1.'¡ I)s j ó"cnes, p obres é ig n orantes , en los cual e s 110 hay m áii apoyo, n i m ás a. p iJ' uc ion, ni más que ga­nar, ni m ás noh l e 7,a que e l din e r o . El l'ico au me nta ¡; U capi t al, h ora por bora , con sus r e nta, y n a dn. di s ipa e n cons umo impro du c tivo. El p obre qne n o qu ie r e se r peo n, Ó m e ndi go , ó p~­t a r c1ista , ó l adro n, se m uel-e de h a mbre ó d e hebe ta­m iento, aunquo t e n g a m ás habili da d es que Aris­t ó t e les . En l os pueb l os q u e v i v en c omo e l nu estro, la his­t o ria ele la s ci e n cí as : d e las l e tras , de las artes y del h er o i;;mo, es e l mart irol og io d e l os genios, de las g rand es a l m as y d e l os g l' a nd e;; corazon es. Un b ombre, un a v aro m e t a li z ad o, que d e dica to­dos sus elementos d e a ce ion ( s u alma, su fu e rza, su tiempo su influ en cia) á la tare a de h ace l' plata y de ll enar ~o c hila s , no co mprend e , y oye decir con rabia, que haya hombres que no a~untan ~a ~opa ~ucin., ni pid en cu entas á la plaz ~ ra, m saben a co mo cl.rcula el oro ni cu á ntos granos tie ne nna carg a de malZ. i' Que r e is pasa¡' p OI' bestia ? -O" basta tener talen­to e n la ca s a de Harpa gon, E s verdad que, aun e n los casos p é¡;imos, suele ga­narse a l O' utl n o mbre ; p e r o es ta hourilla es ingrediente po co s u;'tancioso para co nfecc io n a r el puche ro. . D e qué l e s irve un buen n ombre al que, de ham­br ~ , ll e va el estó ma go fruncido y el ombligo pegado al es pinazo? E s tas r e puta.ci on es son capitales á fondo perdido, cuya r enta se pO O" Il ( iPara qu é?) e n ultratumba. H oy qne todo;' s on p o lvo, i qui é n cambial'Ía, qui é n s e atreveria á comparar la fama de Pluto c on la de H ome r o' In d e L úc ulo con la d e Virg ilio; la del m ás opul e nt~ mn.yoraz g o e ¡:p a ~o l c on la de Cervántes ; \.a d e R ostchild con la d e Goe t e; la de Laffite con la da Lam a rtine? H ay en la g ran nacion inglesa muchos hombres centenares d e v eces más ricos que la au- '. . " . g\ls ta, y nohle r e ma; pero, i qUI e n querl'la ser un J o hn Bull d e oro dc 24 q uilates , más bien que 8ha­kesp e are ó Lord Byron? - Volviendo á 10 principal, agrego: que hay otros casos de excepcion que yo apruebo, porque hay razo­nes es pecial eR para des co nocer, en fa-vor de ellos, la omnde regla enun ciada sobre el modo de h a cer plata. '" Así, unas veces Dios , en sus inescrutables designio!', • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 61 suspende o viola las leyes naturales, para poder fa vo­r ecer á un indi,'iduo ó á un pueblo (como sucede con las obras gigantescas con que están pasmando al mun­do los titanes antioqueño ); otras, aunque la empresa principal no sea realizada, todo se compensa, con 1~W­?' a, por los beneficios colaterales y sub iguientes (co­mo sucederá con El f e?'1'oca?'1'il del NO?,te). Veamos esto un poco mas despacio, con ánimo im­parcial y con cuidado. El vuelo que ha tomado Antioquia está á la vista de todos los que leen los papeles de la Imprenta del Estado, y seria inexplicable para quien quiera que lo investigara, si no estuviera demostrado que todo se se hace por favor especial de la Divina Providencia; cosa tan sabida en e a tierra, que todos los años, el primero de enero, hay Te cle1¿m oficial en accion de • gracias. y con razon: porque sólo el poder de Dios ha sido capaz de los milagros cumplidos, Así pues, aun cuando Autioquia es la tierra de los bosques seculares y de las maderas recias, el gobierno importó el otro dia varias toneladas de mangos de ha· chas &c. comprados en el estranjero, que tiene apénas los que necesita. Despues montaron fábrioa de ácido sulfúrico, cuyas cáma1'as condensan y chorrean el precioso líquido á torrentes, aun cnando solo lo aplican, por ahora di­Juido para ensalada, cuando hay algunajoglería; y van derramándolo al rio, miéntras terminan un ferroca­rril, por el cual piensan exportarlo para Europa y Norte América en donde parece que es casi descono­cido el tal licor. El ferrocaril debe de estar casi concluido, y muy pronto oscurecerá, eclipsará, y borrará de la haz de esas comarcas al filmoso carretero abierto en cuatl'O dias y sin costo álguno por una congregacion de sábioE del país: camino que llenó de gloria á ese go1¡iel'l1o, y por el cual iban caballeros y damas tendidos hori­zontal i mll ellemente, arrastrados por bueyes galope­ros, desde :\leclellin hasta puerto BERRW! y viceversa, Pues bien: todo eso era muy bueno; pero no bas­tó á satisfacer la ambician de esos Yankees meriridio­urdes. Entónce3 acometieron la obra del ferrocarril, el cual creo qué estará terminado al mismo tiempo que el del Nú't'te.. Pero estas cosas, como hechas expr€samente por ordenacion de lo alto no están al alcance de un escri­tor profano. Paso á tr:atar del fe?'rocarril del Norte, que es ma­teria tangible y demostrable. Por acá no se hacen las cosas como en Antioquia: por acá se llevan las cuentas en la punta de los dedos y se calcula á que parte es probable que vayan ellas , a parar. Yo que he estudiado la euestion y que me la. sé de memoria, voy á pintarla con tres o cuatro brochazos, para sostenerla; y desafío al testaferro de Salvadol' para que "nos combatamos en lid ferida de palabras." Seré lacónico porque me duele el bl'azo, cansado de escribir, y porque el tiempo es corto, :Mi razonamiento es el siguiente: "O salimos CO?~ el f er1'ocan'U, 6 no salimos". rEsto me parece media­namente claro, mi amigo Camacho), Si salimos con él, salimos con él (:lq uí repi to el IJaréntesis anterior); si no salimos (que tal vez es lo que nos conviene) los 20 millones, ojalá fueran 40, que mandamos á. prestados, nos servirán para lJa/Tandear por algunos año, i para matar el tiempo, ya haciendo y debelan· do revol ucione , ya haciendo sll!l'ag io pop~¡la?', es de­ej¡' presidentes sucesores y sucesivos, ya alimentando en los em aspirantes y e cogidos, los e<:tóma­gas, la digestion, la fé y el entusiasmo. Así correrémos la tuna algunos año:>. Y despues ..... • • . . El que venga atras que arrée. -Pero hombre dirá mi contrincante: E"o no es patriótico. -Qué vienes tu á moler con tu patriotería, respon­c; 10 yo i, Qué significa esa palabra? No ves , Ó j uro al cielo que no seremos dichos ni uno ni otro! -Lo que estás di ciendo, primo, no sale de ti mis­mo, replicó el escultor al go conmovido ; e el uelllonio que te tienta y habla en tu lugar. Deja á Dio que so encargue de t odo; i quién sabe i próximamente no e realizará lo que de ea. ? Ya conoce la condicion para obtener la mano de Fr ncli ; al tratar de ll enar­la cada uno por nuestro lado, ¿ no puede suceder que; le toque la suerte reservada ha ta aqm á t odos los IIauser, de cuya manera cederá el puebto al otro '1 -lIan fijó en Ulrico u ojo ardiente, y exclamó -y otro, ,. serás tú, .. quizás ... Ulrico meneó la cabeza. -Ya , a que la uerte no se mue tra propicia copmigo, repu o con algo de amargura, y tendrla de­r echo para quC'jarme si no contase con el que está arriua. - i Pero cuándo decidirá entre nosotros dos? exclamó lIans con acento exaltado. - A ca o dentro de un in tantc, interrumpió el escultor, que parecia haber e di traldo por los rumo­res y por la o curidad que prineipi~ban á en,olver la montaña; hai>ta e te momento, la Ira te ha hecho ciego y sordo, pero oye y mira lo que tienes delante de los ojos. La mano del jóven señalaba Mcia el Mediodia; el cazador hech6 una mirada, y se estremeció. A l() largo de lo pico mas elevados descendian rápida­mente negros nubarrones como impelidos pOI' un viento furioso' el aire cortante de lo ventisqueros se habia pue to daliente, y unos gruñi~o sordos l:oda­ban en el fondo de lá gargantas cubiertas de Dle'e. De pues de baber e tudiado rápidamente tos sín­tomas, un rayo de alegría feroz pa ó por las faccio­nes del cazador de gamuza. - i Por mi vida, acabas ue hablar como un pro­feta ! le u ijo vol vienuo e hácia su primo; y tu pl'e-dicion e, tá próxima á cumplirse. .. . - e prepara una tenpe tad, diJO Inca. _ Es el f cchn (1) que e adelan.ta, rcpu o U.ans ~.n los ojo fijos en el hOrÍzonte; i lente ese aire call­do? i ves esas nube formando remolinos en los pre­cipicios? Ulrico e acordó al punto de los temores que habia manifestado el ,iejo Job en el momento de su marcha. Como todos los montañeses, conocia e a tromba ardiente que de I de iertos del Africa vieno á caer obre lo A I pe!:', de truyendo cuanto encuen­tra á su paso, Entre el número de los temibles fe~­meno contra los cuales se e trellan el valor y la lD­du tria de los hombre, quizás ninguno puede com­pararse con aquel cuyo nombre acabamo de pronun­cial', Aun en el fondo de los valle, cnanuo so anun-­ciaba el f(chll se encerraban los ganado, be apagaba la lumbre, y 'nadie se atre,ia á pa ar del umural de su puerta. El jóven escultor preguntó á su compañero si esta­ba bien seguro de que era el f<.e/m. _ Muy segu!o estoy, repuso el cazador que habla • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 63 levantado la mano para sentiL' el viento; d entro de sobre el vacío, y que s e meneaba; á la. izquierda uua. II in tantes se hallad, aqui; has querido que g ri eta abi erta de r epente, por todas partes los DIOs pronuncie Dio te ha oido y va á decidir entre clla quidos del hielo que se rompe, los silbidos furiosos los do, El que pueda bajar al Eoge se asará con d el viento, lo rugidos del ngua, y por úl timo, sobre Neli; adio-, cuith\ de ti; yo voy á tl'atar de sal- e3te catacli 100, la noche que bajaba rapidarn eote para varme, quitarle ha ta la última es pcranzn. y in e peral' la re pue ta, IIan conió al sitio in embargo, el jóYen montañes continuaba luchan - méno ancbo de la grieta, apoyó u garrote á la ori- do contra lo pe ligro. En medio de la coufu ion de SU!I lla, pegó un brinco y cayó al otro In.d . En vano 1- ideas mil veces interl'ulllpid:1", parecia sobrenadar 01 rico le llamó; el cazador cOl'l'ió adelante in oir nada, recnerdo de Frene li, el cu:\l lo daba una voluntad y desap'll'eció en la c;;pp-a nube que subia por la vital que sostenia su fu e rzas. Do ~ graciadamente no vertientes. in nin¡!;un medio para seguide, Ulric sabia dénde se encontraba. Aturdido por el ruido, d ebió \'0 1\' 01'" e Il!\cia atd . . Per eguido ya por la cegado por la blancura de lo ue le rodeaha, turbado ráfagas precu\' oras f¡p)m, tomó su camino por el por tanto rodeo, le el'a im ble volver á encontrar venti qnero, yen vez de ganar, como IIans, la altu - su direccion; y in embargo la !loche ~e adelantaba, ras donde la. accion del viento no era tan fuerte, bajó IL'ico sc detuvo de nuevo y trató de darse cuenta de hácia el "\Vellgem-Alpp, lo mas de pri. n. que lo fué la po icion le la cimas que di tinguia alumbrada" posible; pero la nieve. bl:1llda ya, principiaban :í. I por los últimos re p del dia. Ya hauia podido­abrir- e; en el ven ti quero e oían cha quido. mul- reconocer las mils elevadas, y luego 1" que se halla­tiplicadoo; rMagas de un ail'e caliente pa aban por ban má próximas cuando un rumor terriblo resonÓ tan tes é iban á perderse con silbi Jos agudos en de repente en las' profundidades del ventisqucro, y la heladas a"'ua de las cumbrcs. 19un a,es de salió retumbando por toda las hendidura de las ro­rapiña orprendida- en el cielo, vo1a.ban á todl. pri a caso En el mi mo instante Ull'ico vacil ó ; el "enti - ti su retiro, lanzando de di, tancia en di~tancia un quera acababa de temblar uajo suc; pié". Bien lut>go grito lúgubre, y debajo, en la cuestas inferiore e otro sacudimiento e tuvo á punto de baccrle perder oÍ<\ la tromba de lo Alpes, cuyas notas la ti mera y el equilibrio; IUl:'go se sucedieron otros más próximo", prolongada- brincaban de abi mo en abi mo desper- más iguales, y en fin se confundieron todo en un tando lo eco, eentinelas invi ibles de las rOca que movimiento uniforme, pero sensible. No habia lugar parecian COITer al grito de alarma. á más dudas; el ventisquero e taba en marcha y ba- U:rico e.'aminó el horizonte con inquietud. La jaba al valle. nubes e adelantaban con mi I apidez que ántes; ya Comprendiendo que la menor tardanza era unn. las cima;; vecinas habian desaparecido y se hallaba cue tion de vida ó muerte, el j6ven se ,ol,ió hácia envuelto en un manto de bruma que se e tl'echaba atrá, corriendo hácia el pico má cercano. Sin em­por toda pa\'tp~, impeli \lo poi' el fcehn. POI' fin bargo, annqne no era largo, el camino que habia- que llegó este con toda su violencia. El jóven arrebatado andar ofrecia grande dificultade. Ademas de los pOI' su soplo siguió bajando oblicuamente el venti· torrentes que se precipitauan de las altura, los puen­quero teniendo cui¡hdo de evitar las grietas donde de nieve que mediaban entl'e los abi mas se hun­habria podido urnerjir e; a i llegó á un recodo don- dian uno despues de otro, dejando á descubierto mil de el viento detenido por un pico de la montaña, le boca por donde se despeñaban las aguas con estrépito. permiLió detenel' su carrera. Allí e dejó caer sobr- El movimiento del ven ti quero se parecia al de un la peña tan aturdido y falto de respiracion, que pere rio de man a corriente; detenido'de di tancia en diB­maneció inmóvil mucho tiempo. Cuaudo al c:-.bo tancia pOI' las de igualdades del camino, unas vece!! pudo mirar en torno suyo torIo habia ya cambiado de parecia hervÍL', y otras formab:l una ca cada de nieve a pecto. Banida por la violencia deljrohn, las nubes que s8_preeipitaba con más rapidez, Ulrico, tropezan­flotaban á lo léjo, y la montaña, completamente do á cada paso en aquel suelo movedizo, logró sin libl'e, dejaba á de cubierto todos us picos; pero el embargo salir de la coniente principal. Se hallaba ~oplo africano que continu:1ba formando remolinos en próximo á alcanzar lo límites de aquel rio sólido; torno de las rocas, se de-lizaba por la cuesta, en- ya habia atrave ado vari puentes de nieve, y aen­traba furioso en la gargantas, y todo pareeia abbn- baba ele reconocer uno de los contl'afuertes del ven­darse con u abrasado contacto. Biljo las nieves abiel'· ti quera. Reanimado por esta vista, reunió todo su tas, se veían arroyuelos que principiaban á bajar á valor en un po trer esfuerzo, y se lanzó. , De repente los banancos en espumosas ca. eadas. el suelo vaciló; no tuvo má tiempo que para. extender El j6ven se lP'n.·l tÍ, y abrig'\do por loe; altos surcos que entrocortaulln el venti quera, continuó con gran trabajo II e Imino. No habienrlo sentido.nunca el ím­petu del f~hn ino en lo valle- adonde llega ya frio por su paso á través de la mont:\ií '1S, no habia ospe­chado lo que pudia ser obre aque llas altura heladas que á su contacto parecian disolverse súbitamente. A medldt\ que se adelantaba, e dp~h,cian las nieve por toda p"rtes; lo" arroy03 crecido como torrentes, rodaban por 10- do peñaderos de la montaiía en an­ch: indo. e siempre y juntand ) su. ondas; las rocas, arrancallas p l' la ba e, rodaban primero por la cuesta re-baladiz" luego, saltando al primer ob,táculo, se lanzab n en brinco gigante co , y e hundian en los abi mos, donde ]¡ll'gO tiempo de pues de su caida ro· sonaba u l'uiJo sonoro. La capas ele nieve acumula­das súbre las pendiente", se precipitaban con e trépi­to, y recojienJo cuanto encontmban en su carrem iban á lIenal' los barrancos, ele donde sal taban en polvo y en e puma. Por momentos, aqllellos Alpe con tl'uitlos por el il1\'ierno pflrecian caer en ruina, y BU colo-al do "quici:1miento cerraba uno des pues de otro todo" lo caminos En vano bu en.b:\ U}¡'ico una sfllida ; aqui habin una cascada; allá un témpano de nieve que le cen'aba el paso; á la derecha una roca arrojada como un arca los brazo á deJ'echa é izq II iel'd<.L para agarrarse, y permaneció así hundIdo ha ta la cintura en el arca de nieve. Hubo un momento supremo; sen tia ,u~ pié en el vacío y que se le enfriaban con el viento del abismo; inmóvil y conteniencl ha ta el aliento, permaneció alO'unos egundos en la misma actitud, tratando de adivinar la anchura del hueco, y luego extendió len­tamente 1ft mano hácia su peta, que so le habia escapado, con la e peranza de que, atra,esllndola por lo bordes, podria servirle de apoyo; pero en ese movimiento la nieve cedió; un ligero cha quiJo co­rrió 1\ lo largo do la abertura, y el puente se hundIÓ con I en el abIsmo, rn Al dia iguionte, cuando a~aneciú, el faltn habia ce"ado de soplar; pero e podla reconocer su pa~o en lo ángulos cubierto, en las cimas de pCljadas de nieve> y en 10 torrentes que acababan de desencade­narse' por el valla. El cielCl habin recobrado tintn de inviel'llo de un azul p i1ido, in una sola nube>, pa­recido :í. un velo inmell"iO sUc pendido sobre 103 A I pt>!! , • illembal'rTo la tempel'atura se habia. mejorado; ha­bia en el ~i;e no é qué anuncio pl'imaveriles que RO bacian sentir hasta en aqnellas á, peras altura. LOII Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • G4 LA TARDE vestiqueros habian recobrado s u inmovilidad silencio­a, y el silencio principiaba á r eina r de nuevo en aqu e llas salvajes soledade . Refugiado e n uno de los más altos pico~, Job ha­bia dejado pa al' el flXhn en seguritlad ; pero las nieves que continuaban co rriendo sobre las pC'ndiente , l e obligaban á aplazar la. expl ota cion de su milla. de cris­tal. En cuanto a amó e l di a, e l anciano se dirigió tran­quilamente hácia la s r egio n es inferiores donde pen ab a que el de hielo lo facilitaría e l r ecoge r al gunas plan­tas. Bien luego ll egó Mcia el sitio donde el d ui­ci a mi e nto de::! ventisquero habia sorprendido ¡í U I .1: inguno de los a ccidente de aquella ma r helada. con-ccrdaban con los nto que conoci a; Job sentí a r en acer u curi y bajó para ver más de cerca aqu e lla extraña revoluci on. e ndo prudentemente la cumbre, se aventur ó e n fin con precllucion sob re la superficie helada, deteniéndose de distancia e n dis­tan c ia para a~egurarse de la olidez de la r oca; p ero co ntenid o por a lgun obstác ulo interior, e l \'enti que­ra no t e niá ya ningun moviruiento sensible; única­m ente encontraba á cada. paso t estim on ios de su mar­cha de la ví ·pera. Al ll€'gar á un o de l os puentes improvisados por el huraean, sos t enido milngrosamen­te por un arco lij e ro sob re el abi s mo, Job tl esc ubríó medio sumergido e n la ni eve un objeto que llam ó su atencion; era. la carabina de Ulríco ! El anciano so l.tó un g rito y se volvió sobrecogido de espanto há cia la boca d e l precipici o ; en s us blan­cas pared es se podian distInguir todavia las hnellas de los pasos del j ó ven cazador, y el s itio por donde habia desaparecido. El anciano quiso mirar al fond o; pero el abi&mo, des pu es de hundirse entre dos mura­llas de UD verde azulado, se volvia bruscamente, y no dejaba ver sino una profundidad tenebrosa. Job se arrodilló al borde, adelantó su cabeza y lanzó un grito: la voz se prolongó sordamente á lo largo del golfo misterioso ; pero no oyó respuesta. Inclinándose más, lanzó un segundo grito, y luego otro; esta vez le pareció oit' un sonido, pero tan incierto, que se preguntó si era la infiltracion de las aguas subterrá­neas ó el eco de su propia voz. Sin embargo á estas llamadas sucesivas, la respuesta llegó m é nos confusa. Sin distinguir las palabras pronunciadas, el viejo re­conoció una voz humana; se l evantó de prisa, desarro­lló la cuerda que llevaba al cnerpo, y de pues de ha­berla fijado en un garfio de hierro adherido á la peña, la -dejó deslizar hasta el fondo de la grieta por el sitio mismo donde habia oido la voz. La cuerda desapare­ció cuan larg a era, y permaneció flotante algunos momentos ; en Ca l b :ldo sob re el golfo, J ob r enovó sus gritos de advcrtencia; por fin le pareci ó quo la cuerda se agitaba, estiráudose l e ntamente, y principió á rozar l os bordes de la ab ertura. El ,iejo, con una rodilla apoyada en la extremidad, uperio\", y agarrado con la mano d e recha al garfio de hieno, miraba el abismo oscuro; d e r ep ente cesó la oscilacion de la cuerda; el que s ubia se habia d e tenido. -j Valor j gritó Job; i no sueltes ! La cuerda siguió inmo"il. . -Animo; soy y o, Ulrico, el tia J ob; Dios me ha traido en tu socorro; quiere salvarte. Vamos, ayúda­{: t, hijo mio, si eres un hombre, s i quieres ,01' de nue­vo á la Trina y á Frene li. A este último n omb r e, la cu e rda se estrem eció; hubo un instante de incertidumbre, pero al cabo s e en movimiento; l[l. asc e nsion l'ontinuaba como El vi ejo seguia animando ú U1rico con los ojos fijo,> en el derrumbadero; p o r fin vió urgi r de sus tinie­blas una cabeza desnu da y tiesa; de catla mecha de cabe 110s pendia un trozo de }Jielo, y el ro. t ro alum­brado por los r eflejos verdosos del uero pa­recía como petrificado. Al ver la lentitud automática de sus movimientos, se habria dicho un cadún"l' galvanizado p o r alguna mágica evócacion, y que salia de las entrañas de la til~ rra sin voz y sin pensamionto. En el instante en quo aquella cabeza -e alzó sobre el abislllo, Job tir' de la cue r da con un e fuerzo de ' esperado, y Irico cayó teudiuo al borde del abismo. El viejú montaíié;; doj

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 8

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