Por:
Carlos Ernesto Noguera-Ramírez
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Fecha:
2019
Hace cuarenta años la investigación era una actividad marginal en las facultades de educación. Muy pocos profesores universitarios dedicaban tiempo a esa labor y apenas se consolidaban los primeros centros e institutos de investigación educativa (como el Centro de Investigación y Educación Popular, CINEP, y el Centro de Investigaciones de la Universidad Pedagógica, CIUP) y las primeras publicaciones seriadas dedicadas a difundir resultados investigativos en el campo (como la Revista Colombiana de Educación). A partir de la década de 1980 y como resultado de la organización del llamado sistema de educación post-secundaria (Decreto Ley 080 de 1980), la investigación comenzó a formar parte de las actividades académicas de las instituciones de educación superior y, poco a poco, lo enunciado en el Decreto-Ley 080 se pudo evidenciar de diversas maneras en la vida cotidiana de las universidades. Según el mencionado decreto, la investigación se entendía como el principio del conocimiento y de la praxis y, por tanto, era una actividad fundamental de la educación superior y el supuesto del espíritu científico (artículo 8). Su papel dentro de la educación superior era fundamentar, reorientar y facilitar los procesos de enseñanza y aprendizaje y promover el desarrollo de las ciencias, artes y técnicas (artículo 9). Aunque hoy estas ideas nos parecen obvias, no hay que olvidar que se trata de un asunto novedoso, pues la investigación no siempre fue una actividad central para la universidad, cuyo fin principal era la formación profesional.