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de recursos q e uynQp co_g~ un libro
ni un periódico en sus manos
porque "no tiene tiempo para ·
leer ni le gusta hncerlo " ; y ¡ es
madre de famjlia 1 ·
-No nos canEaremos de repetü·
lo que todos saben y conocen :
que la mujer, más que el hombre,
necesita de vasta i1 ustración, y
que éste no tiene derecho á quejarse
de los vicios y defectos que
en .ella se encuentren, si no propende
por todos los medios posibles
. á educada é ilustrarla.
No concluíremos estas líneas
sin dedicar nn v.oto de apluuso al
señor D. Aristidef:l Medina, quien
fue el prin1ero que inició en esta
eiudad la idea de ocupar e.n la implenta
ú a gunas mujeres, y feli citamos
al mismo tiempo á quien
hoy se propone seguir adelante en
ese propósito.
Por n u e tra parte, como ya lo
hemos dicho en otra ocasión, coadyuvaremos
en esa empresa en
cuanto nos sea posible, y solicitamos
pata ello el apoyo de nuestras
lectoras.
LA LENGUA Y LA ESPADA
(F.A.:eULA)
Una Lengua y una Espada
Oay~ron un día presas;
Aquella, por viper.ina,
Estotra por pen:lenciera.
Y al verse en la cá!cel jun tu~,
Formando otros presos rueda,
Después da amables salnd.os
Se hablaron de esta manera:
-d Q~té ibas hecho tú, peleona?
Dijo á la Espada la Lengua. -He dado unas cuchilladas,
Repuso vibrando aquélla.
Además, en guerra injusta
He fulminado sangrienta;
Y al cabo, como soy Jfuerte,
Re ~metido . violencias.
-¿Y por ~as niA~rí?of',
Res pon de la otra, te pc~cirector de La Miscelánea.
Le debo á usted la distinción de habenno
invitado para co1a.vorar en su
periórl ico, y al corresponder á esa deuda
de cortesía, deseo aprovechar la ocasión
para trutar un· asunto importantísimo,
secularmente olvidado aquí y en otros
pueblos similares, acaso porque nos falte
el tiemP,o que dedicamos á contradecirnos
unos á otros sobre puntos contenciosos
de ni ngun~ utilidad práctica.
Aunque La Miscelánea sea publicación
principalmente literaria, ¿cómo ha de
f11ltarle un rincón donde poner algunas
observaciones dictadas por sana intención,
re la ti vas al eterno tema de todas
las literathrns y de todas la poesías ?
La mujer .... mas no se alarme, senor
Molina~ con el temor de que yá
to~6 una vez más con el eterno suj to
humano que perennemonte empl~a el
tiempo, verbalmente ó por escrito, en
inventariar 6 describir menudamente
)u mujer, en cantarle alabanzas, y en
compararla con sustancias de todos los
reinos de }a naturaleza. Nó, senor : mi
tema es xrlás grave, y principalmente
más triste.
Las pon:ieracioncs que et1 todo el
mundo r.ivilizndo pregonan constantemente
predicaciones y prensa religios
s y profanns, sobre la redención que
tal época, ttll institución ó tal doctrina
le ' han t'rAíJo á la m jer, me han parecido
siempre (Dios me lo perdone) más
hiperbólica~, rimbombásticas y cargadas
de ficción, que exactas y ~inceras.
Quienrs tales platonismos profieren,
parece que no con?cieran más. mujeres
qne las- relativamente escasasarruURdt\
s por suerto próspera, cuando
en ellas existen á un mismo tiempo inteligoncia,
esmerada educación~ buen
carácter, caudal y .••• qué sé yo cuánto
más que es necesario para que posea la
feliéidad que cabe en las esclavitudes
que la naturaleza les impone á todas,
desde la infeliz mendiga ~asta la empe·
ratriz más poderosa; eselavitudes irremediabletl,
con las cualeg cualquier hijo
de Adán ae creeria el sér más desgraciado.
¿Cuándo tiene la mujer, aun la más
pr1vilcgiarla, tranquilidad cumplida y
completo biene~tar? Si soltera, la acuita
el anhelo de novio; si novia, b marchita
y atormenta el "tánto no dor-rnir'';
sí casada, lo más que puede eF.·
perar es tener un senor benévolo ; si
madre, ¡ cuán tos dolores y peligros pretéritos,
cnánta incansable faena prea n
tE', cuántas preocupaciones sobre ]o
fnturo! Y si ni novia ni casRda; si su
destino la ha obligado á no esttw en el
laicismo de casta soltería ú honesto matrimonio
ni en religioso enclaustramiento;
ai se ha hecho beato. ¡Jesús mil
veces! · qué sér tan infeliz ése, que constantemente
mortifica y e& mortificado,
que fastidia á los Eacerdotes mit:cmoa,
que por todas partes provoca irónicas
sonrisas, y A qnien aquejn. y avasalla
perenne mal humor!
Abandonando consideraciones generalos,
y concretando la atención á lag
clases inferiorea y principalmente á la
claae · media de nuestra sociedad y de
sus similares-que no son pocas-tiene
que conturbarse el ánimo al ver 1a con~
dición desgraci~tla de las mujeres de
esa clase, y al pensar que sólo por desidia
no ae mejor~ esa condición.
Las ricas, bien que estén como está~
entre nosbtros, á !o menos mientras permanezcamos
en la escala nctu11l de oivilizaci6n:
sus comodidades materiales
les propo1;cionan distracciones y entre·
tenimientos que aminoran sus desven~
tajas naturales ree~ecto del hombre, y
en los días ordinarios de la vida les'
quedan descansadas faenas domésticas
y las fruslerías y perifollos d'e su sexo,
fáciles de satisfacer con dinero. Pero·
las de clase intermedia antre las acomodadas,
y las qne por ignorancia y mi·
seria están fatalmente condenadas á
rudas y serviles tareas ; las gue tienen
todas las desventajas y ninguna de las
ventajas de láa que' están arriba y de las
que están abajo de ellas en la escala so·
cial ; aquellas á quienes lás f)roocnpacionea
del bien parecer imponen atavíos
de ricas, y á quienei la suerte condena
á privaciones rle pobre; aquellas
que en la calle tienen que gastar exterioridades
do verdaderas damas, y q'\e
en el hogar tienen frecuentemente que
ser amas y criadas á la vez ; aquellas,
en fin, de quienes la clase, la educación,
ó ambas cosas conjuntamente, nacen
geres superiores·al vulgo femenino; esas
sí que no están donde deben ni como
deben estar. Tienen aptitudes, conocimientos
y habilidades para ganar honestamente
la vida en ocupaciones que
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292 LA MUJER
podrían desempefiar á mara villa; mas
no lo hacen porque la rutina y la tradición
las mantienen recluidas en la
casa, y porque destinos y Jabores que
ellas podrian servir satiefat; toriameu te,
están ocupados por hombres. ¡ Por
hombres, que en vez de entregarse á
esos asuntos sedentarios y que requieren
poca ó ninguna fuerza intelectual
ni físics, deberían acometer empreeas
que necesiten vigor, energía y resistencia
varoniles I
Para las mujeres deberían ser todos
los empleos de oficinas postales, telegrá·
ficas y telefónicas; todo el comercio al
por menor y principalmente el de frivolidades
y objetos cle moda; toda la
ensenanza de primeras letras á. ni nas y
á ninos ; las porterías y de1nandaderías
de oficinas públicas y particulares ; la
música vocal, religiosa y profana, en lo
que corresponde á Ja voz :femenina ; las
artes menudas que se <:jercen á la sombra,
en que hay poco que hacer de pies
6 andando, y en que no se necesita
fuerzl\, ei no const ncia, etc.
Todo eso po d rítl ser desempefiado por
la mujer, con provecho especial pat·a
ella y ventaja general para la especie,
de quien es vaso sacratísimo y providencia
terrestre.
La tendencin. á co.g{fioa1' la mujer ha.
sido universal y de todo tiempo, generalmente
hablando. Sólo el movimieuto
aoci.1l moderno se verifica en el sentido
de elevarla y dignificarla. Nnestra
ley civil, que es copia de otras legislaciones,
le da un papel tan secundario
en la vida social, que al leer uno lo que
dice de la mnjer, tiene que admirarse
de qne no le haga la galantería de clasificarla
entre los animales domésticos :
tal es la absoluta dependencia en que
la CQloca. Según ese sabio Código, si
cualquier pedazo de alcornoque logra casarse
con una mujer acaudalada y bella,
inteligente y discreta por afladidura,
él viene á ser inmediatamente duef1o y
sefior-á las veces ridícula y ruinosamente
fachendoso-de la hacienda, y
ella-la verdadera propietaria-simple
amn de llaves, obligada á seguir humildemente
á. su amo donde á él se le a.utoje
ir (¡con tal, eso sí, que no sea á
punto malsano, 6 á lugar donde haya
fieras, 6 á país de antrop6fagoa, 6 á si~
tio alguno donde peligre la vida ue
ella! ..•. ) Confesemos que tan hum~ni-taria
previsión de los legisladores merEcería
patente de invención y medalla
honorífica si C:lla no ae les hubiera ocurrido
antes á los duefios de toda clase
de rebanoa ó manadas. El ~abio Código
le hace su pequena corrección á Ja
Naturaleza. Esta le dice iaexorub1emente
al perro : "feguirás á tu amo
adondequiera que él vaya"; y el Código
á la mujrr : "en esto de andar tú
serás como el perro : si la N aturalez~
no te lo n1anda, yo te Jo impongo."
Pero las tendencias moderna~, gracias
á Dio~. toman otro rumbo. En
nnest.ro continente vemos el ejemplo,
si bien no en la raza ibérica, la más
conservadora de tradjciona]cs preocupaciones
en el asunto. Después de 1nrga
1 ucha intelectual en !n JWelHHl y en
los parlamentos, algunos E st .H1os ile la
Confederación norteamericana han estatuido
el derecho legal de sufragio político
para la mujer, y el estreno eJe esa
función no ha podido ser más fatiafac torio.
El voto de la mujer ha venido á
servir allí de contrapeso al relajamiento
electoral, porque ella, que tiene goneralmente
meno3 ambición y menos codicia
que el hombre, vota por con vi e
ción, 6 si se quiere por sentimieu to,
pero no por cálculo mezquino ni por
ruin cohecho. Y en lu. sesud11 Iuglaterra,
en esa Nación qne medita y pesa tánto
cualquier re:formll en sus in~tituciones,
en la tierra á quien Byron llamaba "célebre
por su noble bizanía, grande por
su arrogancia y su vt~lor," acaba de ser
sancionado el derecho de la mujer de
ciertas condiciones para intervenir con
su voto en la elección de Ayuntamientos.
Esos dos grandes pueblos, habitados
por gente de las razas más peusadoraa
y reflexivas, han sacudido yá la aneja
iden, basta hace poco tiempo universal,
de que ea más acertado el voto do un
sér ignorante ó torpe, 6 ambas cosas á
la vez, sólo por ser varón, que el de
otro sér inteligente 6 ilustrado, 6 poseedor
de ambas cualidades, sólo por
pertenecer al sexo femenino.
De unos veinte afios pnra a~á ae eataba
observando en Antíoquia un hecho
desconsolador, y algo subsiste de
él todavía, consistente en cambiar las
faenas rudas por las seclentarias, y la
vida rural, sana y libre, por la enervante
de las poblaciones. Los campesinos
estaban dando en la flor di 1;11eterse en
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LA MUJER ~93
los caaeríos á poner tienda 6 á ejercer
la ugura, para lnégo, cuando allegaran
algún caudal, venuse á b'Iedellín. Más
afortunndamente yá empieza á efectuarse
un fenómeno contrario y digno
de los mayores encomios. La juventud
medellinenso, que antes no aspiraba á
otros cetros simbólicos de felicidad que
la vara de medir y lns tijeras, ni concebía
otro templo de honorabilidud que
un almacén de mercaderjas extranjerus,
empieza-acaso estimulada con el ejem~
plo do la bogotana-á cambiar de 1 rá ctica~.
Y á ea frecuente ver salir de Medellín
jóvenes ricos que no ao conforman
con lt~ poltronería asiática de loa
mostradores, y prefieren buscar ca m pos
distantes para acometer empres as agrícolas,
6 ríos ó queb1·adas lejanos dónde
emplear su energía en arrancar! al
agua ó á la roca e) rey rle los metales.
Esa reacción Perá red en torn. Las tierras
do Antioqnia, que como fértiles uo
están en primer lugar en Colombia, EÍ
valen mueho por la su Jerior e· lidnd
del cnfé que producf·n, y por la abundancia
y quilates de su oro. Cuando Ja
mayoría de la juventud siga el fjemplo
que le están dando algunos de sus
miembros, 14 éra de verdadero auge
habrá llegado para esta tierra. Los bra·
zoa y cerebns de una gfmcración freacD,
varonil é inteligente, harán brotar al
lado de la opu iencia particular la coledivn,
d~11Hcándose á extr.~er oro y al
cultivo d~l café y el cacao, que son oro
también, 6 á. otr~s e m presas mase u linaP,
y dejando para las I obres hembras
los oficios femeniles que se hacen á la
sombra y en que no ee requiere gran
vigor intelectual ni músculos ru:!ios.
Por algo se ha de empezar, y si se em.
ieza por rato, yá Jlf'gará el día en que
a mujer sea entre nosotros lo que debe '
er en toda sociedacl cristiana y civiliada:
verdadera mit~::d y no parte in:.
ignificante de la especie humana; dul-
. e campanera, consciente amiga y raional
cooperadora del hombre. L·,
ampana del tiempo toca á agonías de
: a época larguísima en que la mujer ha
ido sierva, dije, juguete, animal doéstico:
todo, meuos tl real comp'e
ento del género humano.
Senor Director.
LEOCADIO LOTERO.
Junio 8 de 1985.
(De La Miacelárua de Medellío).
A LA ORILLA DE UNA FtJENTB
Así ni más ni weno3,
Como esa mansa fu en tu
Que arrastra su corriente
Uou dirección al mar,
Así esta triste vida
Que luégo se derrumba,
Derecho hacla la tumba
Camina sin cesar.
Así ni más ni mcnot:~,
Oual corre entre las bretlas
Por s obre grandes penas
De forma desigual,
Así eu la triste ·vida
Son las dificnltudea
Que encuentra en ans edades
El mísero mortal.
Así ni más ni meno!,
Cu~l BtlaVe 80 desliza
Oon célica sonrisa
Por un ancho arenal,
Aai eu in triste idt\
A veces de las florea
Respira sus olores
El m1sero mortal.
Así ni más ni menos,
Como esas erizadas
Aguas quo agitndas
Van por el vcndavttl,
Así en la triste Tidn
Dehrios en el almn
Sufr ienflo va sin cal m a
El mísero mortal.
Así como loa !Íos
{Dir6 hoy ~n mis cantares)
Que á los Ealados marca
V ~n con velocidad,
Así esta triste vjda
Al fin tarda 6 temprano,
Al insondable Oceano
Va de la e:ternidad.
ISAAC A. ESQUlV:iL.
Nejapa, Enero de 1896.
LECTURA DE MARIA
~ISABEL
Sentados bajo la sombra de un hermoso
cámbulo leíamos ]as últimas páginas
del enhlimc idilio, canto dulce
de amor brotado del corazón del bardo
cancano, qne hace, como el Genio
del Cristianismo "llorar sobre sns páginas
al mundo .. "
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LA Ml!JJ ER
La tarde moría. Los postrimeros rayos
del sol esmaltaban de oro, púrpura
y azul el lejano horizonte. La brioa,
satun~da de aromas, arrullaba los caTíaveL
·ales vecinos.
El rumor del Bogotá. unido á las
múltiples voces de la 11atnraleza for·
maban admirable concierto. Pareee
que en el día la actividad uuiversal se
calma, para revivir en las noches con
lujo de manif.cstaciones. Como que el
alma, desprendida de los mundanos in tereses,
se abisma en los insondabl es
misterios de la creación, y escucha, traí
dos en , las de los vientos, los l'nidos
mistel'iosoa de las seh·as, los arrn llos
dolcísimGs del nido en qut) reposa cna·
m.orada pareja, las voces vaga .. , pero
expresivas, de los iguotüs habitan tes de
loe bo~q ncs.
Nunea había vieto tan bella como
en aquella inolvidable tarde á la mu jer
amada.
Con infinita dull;ura y voz m&l< ,d jo.
ea había leído ]as tristísimas e cenas
de la separación de Maria y Efrain.
Det;pnéa, como para apurar,, utid r adoR,
}o crueles dolores dn la soparaciÓJI,
leyó la ru ncrto de la virgen tr.á : tir y
el amal'go n •gre so de ~u prometid o.
Por sm~ mejillae de nieve y gr~na
ví caer copioso ral dal de lágrimas. Mi
corazón estaba profnndamcnte emo
ci11nado, y mi alma ponetrada de aflicción
snp ·ema. Como el alma. de la le~
yLnda oriental, hubiera querido recognr
esas divinas lágrimas en copa de
diamante, no para ofrecerla9, como
aquella, al Eterno, sino para conservar]
as como riquísimo tesoro. Las lágrimas
tienen para mí Íl resistible elocuencia,
y las miro como delicadas estrofas
del eterno eanto del dolor.
* * * Era necesario que nos soparáramos.
Habíamos pasado muchos días felices,
pero mi pe~manencia en sn casa
tocaba á su término. -
Bien comprendía que esa eeparación
que comenzaba al día signiente, sería 1
larga! t!ll vez eterna ; y q ne el olvid.o,
fantasma aterrador de los que aman,
helaría el corazón de mi amada.
Re~resámos á la casa en compafiía
de sns hermanos. N os dirigimos al sa·
lóu tr·istcs y pensativo~. Presentí amos
los sufrimientos qnc en los días subsiguientes
nos atormentarían.
A mi mente se presenta.ban con encendidos
colores la agonía, los eufri·
mientas y Ja tumha de María en cuya
cruz se había poeado el ave negra ...•
del desengano. Recordaba á Efraín
desesperado paseando la solitaria casa,
en donde había sido tan feliz en un
tiempo, después tan desgraciado. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .... . .... .
--t Me amas, A nra 1 Le dije á mi
amada.
-Te amo, te adoro Juan. Nuest.ra
se pa1·ación, afladió, t será para ~iempre
como la de Eft aín y :María ¡ Si es así
y m nero de aflicción, visita alguna vez
mi copulcro. ·
Vol vi6 á n osotros el recuerdo de la
6eparac ión e n eu cortPjo de arnargt ·
ras y tri ~ tez a ....
Como tcmiend ·1 sepa rarnos t n eso
instant , 110 confundimos en un estrecho
abrazo, y mis h~gl'imas se mezclaron
c (l n ¡:;ns lÁgrima .
J Eeús OaoÓÑRz SuÁREz.
EL CANASTO DEL SASTRE
LA. P AIJA DRA.
I
Los filólogos se han desbautizado po.r
adivinar cómo y cuándo se formó la pn ·
mera pal!lbra. El mundo es muy viejo
y hast!l hoy no sabe todavía cómo hicieron
para hahl&r Jos primeros liom·
bres. La ciencia es curiosa, y á veces e
figuro que á la naturaleza le sucede con
ella ]o que noa pa3a á. todos con loa que
adolecen de ese vicio: que se nos antoja
dejarlos con la curiosidad dentro del
cuerpo.
Creo que desde el momento en que
esa máquina animada que se llama hombre
tenía entre los aparatos de su com •
plicudo me0aniamo uno destinado á formar
palabras, estas habían de brotar de
un modo 6 de otro, mas tar¡le 6 má3
temprano, disparadas hacia otro apa·
rato destinado á recogerlas, que se llama
oído. El hombre habla' porque hay
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296 JAMUJER
valen oro y otras qu{' nadie querria por
un real. La que llamau de honor tiene
poca demanda, sin duda porque han
dado en falsificarla.
La pall\bra, hablada 6 escrita, ea un
artículo de comercio como tantos otroa.
El abogado, el profesor, el e3C'ri tor público,
¿qué otra cosa hacrmoa sino ven·
der paitlbras?
Y no sólo se compra y se vende, sino
que suele pedirse y darse de balde. En
las asambleas y congresos hay siempre
un sefior á quien se pide la palabra, y
que la da 6 la niega, según lo cree conveniente.
N o por eso ha de crerse que aquel caballero
sea dueflo de palabras, y que
tenga un acopio de ellas para darlas á
qui&n las solicite. Esta es una de tantas
anomalías del lenguaje. El que pide la
palabra ya la tiene lista, y lo que hace
ea pedir permiso para darle puerta. En
buena lógica no rlebería decirse en los
congresos "pido la palabra," sino preguntar
al presidente: "¿Suelto 1~ pala·
bra?" y él contestaría: "auéltcla usted
ó no ltl suelte," según el ca!o.
IV
Se 3tribuye á TaJleyrand esta descon·
soladora sentencin: "la pnlabrafuo dada
al hon1bre para que diBfrazara 8Tl.S penQ
l!amientos." Si se consider 1 lo de m~m ·
tiras que corren por el mundo, inocen·
tes unas, perjudiciales otra&, casi, casi
estaria uno tentado de tomar al pie de
la letra la paradoja del célebro díplo·
m ático.
Prescindamos do las me11tiras mali·
ciosaa, y fijémonos únicamente en Jas
inofensivas, en las convencionaleP, en
esas de que todos hacemos uso á cada
rato. Si contáramos solamente las veces
que empl~amos eatus fraties: ~'á los piE>a
de usted," '"beso á usted la mauo," "á
la disposición de usted," "su atento
servidor," "'que usted lo pase bien,"
"me alegro de verlo," y otras semejantea,
veríamos qué cantidad de palabras
inútiles y de mentirillcs inocentes sol tamos
en el espacio de tiempo qne permanecemos
despiertos.
Pero, en fin, esas son de aquellas que
si no hacen bien, tampoco hacen mal;
pero hay otras que han ven ido á ser
verdaderamente funestas. Entre estas
ninguna lo es tanto como las "dos palabras."
Va usted, lector, tragándose los vien-tos,
porque se le pasa la hora de acudir
á una cita, 6 porque van á cerrar el correo,
y escucha al paso este apóstrofe
disparado desde la acera del frente:
-Senor Fulano, dos palabras.
Vuelve usted la cabeza alarmado. ¿No
es aquella la voz del licenciado Matraca?
Dicho y hecho. Llega, so apodera de
usted, suelta la lengua, y las dos pala·
bras se vuelTen dos mil, y le caen á usted
encima como descargas cerradas.
Habla de coaaa muy interesantes para él,
pero que á usted le importan un higo.
La hora se pasa, usted falta á la cita, ó
se queda con su ca1·ta en la faltriquera
para mejor oportunidad.
Ayer recibí la visita del litigante D.
Casi miro.
-En dos palabr~s, me dijo, voy á informar
á usted del estado de mi pleito.
Las dos palabras se llevan dos horas
de mi tiempo, y al cabo de ellas estoy
tnn enterado como antes de oue comen-zara
el cuento. ..
-'l'omo mi mnl cortnda p1nmu,
(decía una carta de cuatro pliegos qu e
recibí hace pocos días), p ara imponei·
á usted en dos palabras de loa tristes
acontecimientos ocurridoa on esta su
caen.
He leido artículos de diarios que tenían
per titu1o: Dos pnlab~ra3.; ocupa·
han do3 plant\8 del número, y al píe
decía: .~e continua1·ti.
¿ Se1 á que de lll~ Hclos palabras" la
uua E·s hembr:l y h~ otra es macho, y del
conuorcio brctan esos millares de palabritas
que siguen siempre de corcu á su
padre y á su madre? Algún sabio en tomologista
debería examinar á fondo
esta curiosa cuestión.
S.ALOl!É J lL.
Irregularidad.
Ha habido alguna en la salida de los
últimos números de LA. MuJEU, <·on
motivo de la notable escasez de papel de
imprenta que hay en la ciudad.
DEORETO NUMERO 161 de 1888
(17 DE FEBRERO),
sobre prenaa.
III.-DE LOS P~RIODISTA8
Art. 12. Son periodi~tas el propietario,
el director, los redactores y colaboradores
de una Jmblicación periódica.
(Continuará.).
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
Citación recomendada (normas APA)
"La Mujer - N. 37", -:-, 1896. Consultado en línea en la Biblioteca Digital de Bogotá (https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/3687042/), el día 2026-03-25.
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