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REPÚBLICA DE COLOMBIA
CRÓNICA, CIENCIAS, ARTES, LITERATURA, HISTORIA
Dh•ector, PEDRO CARL0S MANRJ.QUE
FOTOGRABADOR, SATURNO ZAPATA. A.DMI. 1ISTRADOR, Rus~~ T J. MOSQUERA,.
NÚM .. 13-VÓL. 1
Precio de sus.cripción á la " Bevlata Ilustrada"
Serie de 24 números, $ ro. Serie de 12 números,$ 5·
Númere suelto, so centavos. Avisos: ·palabra un centavo;
en tipo .especial, precio convencional.
La correspondencia debe di.rigirse al número 59 de
la calle 16 (Calle Paláu). Apartaao número 182. Direc-i
~ tel g á e, : US RA: ' •
Se vende este número el día de su aparición en la
Papelería de Samper Matiz y en la Agencia del periódico,
número 59, Calle Paláu.
Agentes de la ~EVIST) lLUSTJtADA.
Bn la Provineia de Chiquiuquirá, el señor Arturo Se~ora.
En Zipaqoirá, loa señores Carvajal & la~oerra.
En Garzón, el r;eñor Rafael Tobar Calder6a.
En Santa Rosa de VUerbo, el señor D. 01f11 S. Rabio.
En Boearaman«a, el señor D. Bnrlqoe loreno.
IMPORTANTE
Están en prensa los números
1.0 y 3.0
. que se habían agotado. · ~as~ personas que ·so:Qciten colec-
ciones·ae la .1·.~ serie pueden hacerlo
en la ~eguridad de que dichos
números les serán remitidos inme
·diatamen.te que termine su nueva
~dición, lo cual .se avisará oportu•
~amente. ·
RUBÉN J. MOSQUERA.
BOGOTÁ, JUNIO 7 DE 1899 PRECIO so CVOS-SUMARIO
DEL NÚMERO 13
Páct. J J>W.
1. Panamá . . . . . • • . • . . • . . . . . . . l96 de las exel\vaolones en.
11. Recuerdos de viRjA. Im· lA Oor-orita. • • ...... • • ·.. 1118
presiones del funeral del IV. VIsta deL Canal en EJw..
J~la, po rre J_I(pJaatcr lAardioa &e uA r8geáYelz- 199 V. ~~éiOa~~¡~·~Íoomo" JD6
III. Autoblografia. por ~úr apareae i& 52 k lómeUO.
Al rg . • .. . . . . • .. del Atlánt .. óiii. ·¿. 1
• El a~tmo de SloUla, por del Canal
1
en e el kll6me- .
Eduardo FoNda·... . . . • . . 204 tro "o 1~
V. La CapUla de San José, VII. Exo;:;,~óü'én'oükbñi:: 10'1
par J. R. G ................ 005 VIII. Corte de Culebra en el
VI. Necrologia. · · · • · · · · • · · • · • 201 punto mAs ele-vado de
VII. llemorlá8 sobre el origen. las mareas entre el At-oausas
y progreso de las 98
desavenencias entrer el lintl~ Y el. Paoffico .... 1
Presidente de la Repúbll· 1~ VIsta del extremo ocol-ca
de ColomblR. Simón dental del gran oort.e de
Bolivar. y el Vloepresl- Culdwa. • • • ·• • • • • • • • •• • • 188
dente de 1a mlsma,Fran- X. Vista del Canal A lasa-l
d P S d Jtda dd corte de Ouübra 0 800 e • antan er, u- del lado del Pacffico... Ul8
crttaa por uu oolo.mbtano XI. Vista del muelle de bte-en
1829. (Conclúsion), .... 209 = VIII. D. Ksteban Serrador .•.• 209 !'ro .................... ..
IX. Dofta Je~sefioa Mari .• . ••. 210 XU. Peter A1tenberg ..•..••.
XIII. El Pasmo de Stoilta •.•.. 2«H
ILUSTR1CIO!fES . P.., XIV. VIsta del tntedol' de la .CRpnta de San José ..... U
•-- d , la XV. Cdpula y freseoá latera-
L FrancQKlo e Pan San- les de la Capilla de San
t.aDder .. :· ..... . · ......... 195 ¡ J"'s" .....,.
11. VIsta det Canal de Pa- "'o •••••• ••••••• • ••••••• ""'' namá ·ya. exe&Tado 196 XVI. D. Esteban Serrador ..• O
111. Vista del estado aotÚ~l XVII. Dofta Joeeftna Mari .••.. 210
. - ~
INSEil_ ClONES
LEY 51 DE 1898
, (15 de Diciem.bre)
SOBRE PRENSA
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Carrera 6.a, número 322. Dirección telegr~fi~a:
t JI.MENEZOO. . ' ·
SEÑORES A VISADO RES
Garantizamos á ustedes que la REVISTA ILUSTRADA
es el perinalidades
y formas, con sus banderas á media asta sobre
cuyos puentes hormigueaba curiosa muchedumbre.
El canee del río estaba colMado por lanchas, · barcas y
faluchos con hermosa carga de sevillanas que lucían las
clá icas negras mantillas de encajes y de madroño .
El aviso Giralda estaba anclado frente á la primera
escalinata ispos destinado á guardar provisionalmente
Jos restos. Desaparecieron por las rampas de la
cripta, primero la Cruz, luégo el Deán y su regia capa negra,
el Arzobi. po, los tricornios de los comisionados y
los bonetes de los oficiant s.
Corno E . paña es y será siempr Ja lierra del ceremonial,
de las tradiciones y de la etiqueta, una vez en la
cripta el Alcalde de evilla hizo entrega al Arzobispo de
la llave de oro de la urna que en la cámara del Gi1alda
le entregó el descendiente ele Colón, el cual, á su turno,
hizo traslado de la caja con Jos restos al Cabildo Catedral.
n último responso pro anima de Colón salió fúnebre
de las entrañas de la tierra; la ceremonia había concluído.
Con aquel acto se ponía el epitafio á la dominación
material de España en América: la bandera roja y
gualda no flotaría más en aquellas tierras por lo~ hispanos
descubiertas! No pude menos que expenmentar
una honda, verdadera tristeza: yo amo á España! Los
vínculos de sangre y la verdadera amistad que á estos
hidalgos ~ristalizados en remotas épocas. me unen, ha~en
que sus penas sean mías, como lo han s1do sus alegnas.
Un nuevo capítulo de la historia ele España se abría en
aquel momento; y á nosotros, indignos representantes de
las hispano-americanas ciudades de Valdivia, de Mendoza
y de Jiménez de Quesada, nos cabrá el honor de
empezarlo, entonando, para los que nos dieron vida, glorias,
idioma y religión, un himno de gratitud!
La secular Catedral había quedado casi desierta.
¡Singular semejanza la del templo hispalense y la ma.lre
patria! El soberbio mo_numento, asombro, de tant~s. generaciones,
amenaza ruma: aquellas alta; bovedas gohca~,
cuyos sostenes han principiado á cetler y á derruírse,
producen, á pe~ar del :Vflliente andamiaje .que las ~ost~en~,
la inquietante tmpreswn del derrumbam1ento; el edtficto
de los Reyes Católicos tiende á disgregarse agrietado por
el desastre y socavado por la imprevisión. ¿Podrán los
arquitectos sostener las columnas y afianzar b.s bases de
ambos?
Así lo esperan todos los que se interesan por esta
N ación enferma, no muerta. España es tierra de grandes
energías; su pueblo es abnegado y valiente, y lo abona
su glorioso pasado. "Españole5, mirad por encima de los
Pirineos· despertad al espectáculo de los pueblos extranjero~
que progresan," ha dicho el poeta Darío recientemente.
Siguiendo ese consejo; desechando viejos sistemas;
haciendo auto de fe con los olvidados pergaminos
NC.U DE L PUS 1
tt TICA
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202 REVISTA ILUSTRADA
que yacen apolillados; armonizando lo ideal con lo real,
y sobre todo aprovechando las duras lecciones de la experiencia,
puede repetirse para este país el caso del ave
fénix!
Los americanos de origen español somos los más
interesados en esta resurrección. España debe ser en
adelante la Meca de los hispano-americanos. Liquidadas
las cuentas materiales de este país con sus antiguas colonias,
todos debemos aproximarnos como miembros de la
misma gran familia. Desde México hasta el Cabo de Hornos
empieza ya á germinar un movimiento de concentración
que acabará por brotar y florecer para imperece-dera
gloria de. nuestra raza! ·
Cuando salí m os del templo á la calle se efectuaba
el desfile de la guarnición que había asistido al ceremonial,
y al són alegre de las marchas militares desfilaban
por ]a calle de Génova las fuerzas de Sm ia y de Granada,
las de artillería por la de García de Vinuesa, las
de caballería por la calle de Alemanes y las de cazadores
de Segorbe é ingenieros por la de Colón.
El hermoso sol de Andalucía y su cielo azul y puro
seguían alegrando con sus esplendores la clásica tierra
de María Santísima!
1 .AAC ARIAS ARGAEZ.
Málaga, 1.0 ele Febrero de 1899.
--~~0)~--
Peter .Altenbe1·q, literato atlttriaco.
A UTOBJOGRA FIA
Seftora lfadele!ne Calemard du Genestoux.
M u y apreciada señora:
Esta es mi pequeña biografía:
Nací en 1862, en Viena. Mi padre es comerciante.
Tiene una peculiaridad: no lee sino libros franceses, desde
hace cuarenta años. Sobre su cama está colgado un
maravilloso retrato de su dios, Víctor H ugo . . Se sienta
por ]as noches en una silJa de color rojo oscuro, lee la
Revue des deux ll1ondes, cuhicrto con una bata azul, de
anchos puños de terciopelo, á la "Víctor H ugo." No1 un
idealista como éste ya no lo hay en el mundo. Le preguntaron
una vez:
-¿No está u~ted orgulloso de su hijo?
Respondió:
-No me molestó mucho el \'er que durante treinta
años fue un azotacalles: ahora no me siento muy honrado
porque haya resultado poeta. Le di libertad. Sabía
que era un juego de va-bmzque. Contaba con su alma.
Sí, erctad. De la libertad que me diste tú, el más
noble y más raro de los padres, de esa dádiva divina he
hecho mal uso durante mucho tiempo. He amado ardientemente
nobles mujeres é innobles; n1e he paseado
por los bosques sin objeto; fui jurista sin estudiar derecho;
fui médico, sin estudiar medicina; librero, sin tener
libros que w~ nder; amante que no se ha casado, y,
al fin de cuentas, poeta que no ha dado poesías. Porque,
¿son poesías estas cosillas? No, de ningún modo.
Son extractos. Extractos de la vida. La vida del alma y
del día fortuito dise~ada, purgada de lo superfluo, como
la carne cte vaca en las latas de Liehig. Pertenece al
lector la tarea de disolver esto. extractos con su propia
fuerza, convertirlo en caldos sabrosos, hacerlos hervir
de nuevo en su propio espíritu, en una palabra, hacerlos
digestivos y fluidos. Pero hay estómagos espirituales
que no toleran el extracto. Se les hace pesado y corrosivo.
Necesitan noventa por ciento de caldo, de materia
fluida. ¿Con qué habían de disolver estos extractos?
¿Con sus propias fuerzas, acaso?
Tengo, pues, muchos contradictores. Disp~pticos del
alma, sencillamente. Malas digestiones. Acabar es todo
para el a1tislaj acaba1, i es posible, co nsigo mismo. Tengo
para mí que es más artístico lo que uno calla sabiamente
que lo que expresa con intemperancia. No? Me
gusta el procedimiento abreviado, el estilo telegráfico
del alma.
Quisiera pintar un hombre en una fra e, un suceso
del alma en una página, un paisaje en una palabra.
Tiénde el arma, artista, apúnta, tíra al negro. Basta.
Y ante todo, escúchate á tí mismo. Da oídos en tí á tu
propia voz. N o tengas vergüenza de tí mismo. N o te
dejes asl:lstar por tus mismos sonidos, aunque sean desacostumbrados,
con tal que sean tuyos. Ten valor para
tus desnudeces.
No fui nada, nada soy, nada seré. Pero vivo en
libertad y hago que las naturalezas nobles é indulgentes
participe11 de los sucesos de esta vida interior poniéndolos
sobre el papel en la forma más concentrada.
Soy pobre, pero soy yo mismo. Eso, y solamente
eso, yo mismo. El hombre sin concesiones .. De lo cual
resultan cien florines al mes y algunos adnuradores vehementes.
Porque los tengo.
Su muy humilde,
PETER AL TEN BE RG.
-~(0)~--
N o hay que agregar palabra ninguna á las anteriores
para caracterizar el arte sencillo y raro ele Peter
Altenberg. El ha dicho en ésta y en otras páginas en
que pormenoriza sus buenas partes intelectuales, sin
afectar modestias, de dónde proviene que algunas almas
perciban el eco de emociones propias leyendo á Ashantee
ó Como yo lo veo. ''Tengo la fortuna-dice el señor Pefer
en el primero de los libros nombrados-de no ser ni
poeta lírico, ni novelista, ni filósofo. De allí proviene
esta mezcla literaria y única de tres talentos que me hacen
falta ."
En Bogotá los esfuerzos de algunos comentadores
han causado viva contrariedad á inteligencias privil~giadas
y;castizas. No lo esperaban ellos, pero ya hemos vis-
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REVISTA ILUSTRADA 203
to cómo lo sospechaba Peter Altenberg. Es muy posible
que la REVISTA ILUSTRADA se exponga á ser la fábula
del Adversario hoy que publica el retrato del joven austriaco
y algunas noticias sobre su vida y us Qbras. Sin
duela no lo teme la REVISTA. Hay un gran servicio que
hacerles ' las letras americanas y es infundirles sangre
nueva que venga de otros pueblos diferentes del español
y el francés. No hay que amenguar los méritos de estas
dos literaturas; pero es evidente que conocer éstas y aberse
otras de adehala, no perjudica á nadie. Para conocer
uno bien su lengua, decía Gcethe, no hay como aprenderse
las otras. Para gustar uno las obras de los ingenios caseros,
antes aprovecha que dañar el estudio de las literaturas
extranjeras. Mientras más diverso del nuéstro es el
punto de vista en que se coloca un autor, m á se aumenta
nuestra alma si tratamos de hacer nuéstro su modo de
sentir. Esto no lo entiende el Adver::.ario, ese tipo normal
é indestructible que-se produce en todas las latitudes.
Los que tengan la costumbre de leer las gacetas
de diferentes países leerán con la sonrisa en los labios,
con e a buena sonrisa de Ernesto Renan ó de Anatole
France, los artículos en que la crítica de cada paí ejecuta
á los autores del país vecino. Por un mismo correo
le llegan á uno el periódico francés en que hay dos columnas
de jeremiadas porque están repre entando á
Hauptmann ó á Max Halbe, y el semanario alemán en
donde dice que ya no se dan en los teatro má que obras
francesas ó imitaciones de lo francé . El talento \ erdadero
no se cuida de estas explo iones sinceras del dolor
humano en pre encía de la de. nacionalización del ~rte .
Ante que oponerse á ese movimiento, las inteligencias
que ven en lo futuro tratan de acelerarlo.
Con todo, la REVISTA ILUSTRADA no pretende venir
á enseñarno una novedad. Hace año que en Bogotá
era conocido el joven á quien hoy vcmo en efigie. u
retrato aparece ahora porque e ha muerto. orlas mismas
razones hemos visto aquí la semblanza del Presidente
Faure. Solamente que el caso de Peter Altenberg es
doblemente doloroso: se ha muerto dos vece . Ante. de
la carta en que nos demostraron laramente cómo su
obra y su persona eran leyenda infundada, Peter Altenberg
era un nombre que servía de estandarte. La constitución
espiritual de algunos individuos no se determina
por us preferencias, sino por sus enemistarle . Necesitan
ésos odiar toda una escuela, negar toda una época
literaria, furjarse la ilusión ele que contribuyen á la extirpación
de ciertas formas ele arte. Sus odios forman la
parte mejor determinada de su vida psíquica. A e ta
clase de individuos es á quienes ha dañado primeramente
la destrucción de esa leyenda que se llama ''la
vida y las obras ele Peter Altenberg." Les han quitado
un punto de partida para la investigación y descubrimiento
de la personalidad. Hay peligro de que pierdan
esa noción ó de que se les bifurque, si no dan pronto con
otra viva antipatía intelectuaL
La señora Calemard de Genestoux y la Revue des
Revues han hecho daño á otro género de lectores, á los
que amaban silenciosamente á Peter Altenberg porque
es bueno y sencillo, y porque era conocido de pocos.
Escribía allá lejos, en nna capital incierta, á igual distancia
de las brumas del N e va y de las luces del Bósforo
en uno como palacio de hadas, de donde iban sali~
ndo aquellos libros que, como dice Hermann Bahr,
te hacían odioso á los burgueses y afianzaban entre los
artistas' la admiracion y el cariño por el autor.
El Peter Altenberg que leíamos en la Revista de Viena,
un periódico que es un mal negocio porque lo leen sólo
cuatro ó cinco personas en Viena y poca menos gente en
el resto del mundo, ése ya no existe. De la Revista de
Viena, una publicación aristocrática y selecta, ha pasa-do
á la Revue des Revues, donde la señora Calemard de
Genestoux ha hecho conocer algunos estudios de este
poeta en prosa. Como la Revue des. Revues fue crea?a
con el objeto de extender y vulganzar todas las nocwnes
vulgarizables, Peter Altenberg pertenece hoy al tu-multo.
Antes era un caso raro. Hoy tiene cualquiera el
privilegio de leer sus adorables bocetos. Pasarán al escritorio
de un ganadero australiano, á la pieza de estudio
de un repórter de Calcuta, á ]as bibliotecas de
los trasatlánticos, á los clubs políticos ó sportivos, acaso
á las haciendas de tierra caliente. Es como si la obra
de ·Burne Jones la reprodujeran en estampas de á tres
centavos y la distribuyeran adjunta á cada ejemplar que
le diera Rudyard Kipling al comercio de libros. A este
punto hemos llegado. Desde 9ue lo tradujo ]a Revue
des Revues :e nos ha disminmdo; ha adquirido las dimensiones
de un Palacio Valdés cualquiera y estamos
por darle!'J la razón á sus enemigos de los primeros días.
Peter Altenberg no existe. Sus paisajes sugeridos mágicamente
con el prestigio de un adjetivv ó el giro de
una frase, ya no tienen el encanto de antes. El poder
que tuvo para hacernos imaginar un ambiente, al modo
en que suelen hacerlo Jos pintores impresionistas, sorprendiendo
la línea y el color fugitivos, pero esenciales,
y excusando las miserias de la descripción prolija, ya
no volveremos á gustarlo. ¡ Peter Altenberg ha muerto,
viva Peter Altenberg!
La mitad del encanto que hallamos en sus libros
depende de que es el menos literato ele los autores
contemporáneos. Fatigado uno de darle con los modernos
caza al adjetivo inesperado ó extravagante, incapaz
de sentir emoción viva con las vbras clá icas
descoL.>ridas y abstractas, se llega á leer la obra de este
joven, para quien no existen las escuela. literarias, ni
los compromisos, ni lo ~ preceptos de retórica alguna y
aspira el lector ráfagas de aire fresco. En estos libros
hay un talento que reproduce las sensaciones de un
modo inmediato, sin auxilio de procedimientos literario
. .
Se cuenta en la hi toria de las literatura , ontancto
despacio, una media docena ele libros que tienen el mérito
de la obras literarias y, bien visto, no merecen ec:e
dictado, porque sus autores ignoraron el arte de es ribir.
La Vida de Benvenuto Cellini es trabajo de este género.
Transcribió el gran Aorentino sus recuerdos ó sns impresiones
sin recurrir a las cuadrículas de la elocuencia.
Leemo ese libro y nos queda la impre ión de haber vivido
los acontecimientos, no la re que nos los hu ieran
referido. Sobre esas páginas se inclina con grande atención
el que desea conocer la vida en tiempo del Renacimiento.
El caso de Altenberg es todavía más extraño,
porque no es hombre de pocas letras, porque ha devorado
toda la literatura moderna de imaginación y no
esconde sus preferencias# por Maupassant, por Daudet
por su imitadora austriaca la señora Ehner E~chenbach:
Pero con todo el hartazgo de modernismo, con haber
sido uno de los asiduos del Café G1 iensteidl (valga el
decir de su biógrafo), el arte viene siendo para él lo
secundario, y todas las cosas pierden ele mérito ante la
vida, que es su mayor entusiasmo. Usabd. de su \ 'OZ
atronadora en Jos salones de aquel Café para destruír
las teorías de los que eran partidarios del arte por
el arte. La vida es todo para él. Vivir con plenitud y
elegancia es la más bella de las funciones huma:1as. El
erudito de las épocas futuras tomará un libro de Peter
Altenberg parJ estudiar las últimas horas del siglo XJX,
con la mis1 a devoción de que hicieron gala Taine y
Burckhardt al estudiar en Cellini la cnltura italiana del
Renacimiento. De Altenberg y Cellini diría Zarathustra
que han escrito con sangre, cada cual á su modo¡ el
uno para describir la vida animal desbordante del siglo
xv y el otro para reproducir del modo más eficaz y directo
los refinamientos y anhelos del alma moderna ..
B. S. C.
~(0)~--
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204 REVISTA ILUSTRADA
EL PASMO DE SICILIA
Mis de una v~z noté que las lágrimas
se me saltaban de los ojos ante aquel
lienzo; mi corazón se ennoblecía y rol
esptritu se elevaba á un nuevo cielo de
Ideas.
.AMtCI8, España.
N o todos los visitantes del M u seo del Prado desfilaron
hacia la gran puerta, cuando Jos guardianes
anunciaron, á las cuatro de la tarde, que iban á
cerrar. Un joven de figura hermosa y correcto vestido
se dirigió hacia una de las salas interiores ya desierta, y
se ocultó en un rincón tras un caballete que sostenía el
esbozo de un cuadro de Juan de J uanes.
EL PA' 10 DE SICILJA
\
Cuadro de Rafael, perteneriente al Museo clt l Prado de Jlfad7'id.
Concurrido había estado el Museo en aquel día.
Era la época del nuevo centenario colombino, y Madrid
celebraba grandes fieo:;tas. La joven América cumplía
entonces cuatro siglos, y la madre patria, la vieja
Iberia, festejaba su natalicio. Extranjeros y provincianos
'isitaban con frecuencia el valioso santuario del arte,
y sus salas estaban llenas durante el día con gentes de
todas las naciones.
Poco á poco fue qued~ndo vacío. Los artistas enjugaron
sus pinceles, guardaron sus colores y colocaron
cuidadosamente sus copias. Cuando salieron los últimos
curiosos (do alemanes que se detuvieron un rato en el
vestíbulo á contemplar el cuadro de Goya: La lucha del
pueblo de Madrid conüa los rnamelucos de Napoleón I, un
americano del Sur que lanzó una última mirada al retrato
de Felipe n, y una rubia inglesa que se había demorado
cerrando su caja de pintura), el real Museo quedó
desierto.
Los celo~os guardianes dieron un paseo por. todas
las salas, y recogieron algunos objetos caídos: un pincel,
una cinta, papeles sin valor; y convencidos de que allí
no quedaba encerrada con las esculturas inmóviles y los
lienzos mudos sino la gloria, que, impalpable, no puede
arrojarse fácilmente á la calle, cerraron tranquilamente
las enormes puertas.
En su escondrijo oyó el joven el rechinar de las hojas
al rodar sobre sus goznes, el ruido que hacen al besarse
tras de un día de divorcio, y los golpes metálicos
de las llaves al voltear en las cerraduras. Pensó entonces
en salir de su rincón; pero los haces de luz de un
día de otoño que filtraban por las amplias claraboyas, y
lo~ alegres ruidos de las calles que se entraban por las
ventana~, le infundieron pavor: podría ser visto de alguna
parte, quizás quedara aún alguna persona en el M useo.
Resolvió permanecer oculto algunas horas más.
Había entrado á las doc;, cuando las salas estaban llenas
de curiosos; y en tanto que todos contemplaban con
éxtasis las obras maestras, él había buscado el lugar
donde podría ocultarse á la hora de salida, y el cuadro
que fuera objeto de su crimen. El sitio escogido no podía
ser mejor: un salón pequeño, el menos frecuentado,
y tras un caballete que no había tenido ese día la visita
de su dueño.
En cuanto ál cuadro, la resolución también estaba
bien tomada. Ya que iba á cometer una falta enorme,
á correr peligros, á sufrir una noche de privaciones y
angustias, había que buscar algo muy bueno, algo superior
en medio de aquellos millares de obras maestras.
Pensó primero en las Tres Gtacias, de Rubens; luégo en
la Escala de Jacob, de Rivera; después en la Victotia de
Lepanto, del Ticiano. Allí estaban todas las escuelas y
todas las épocas del arte: temas sagrados y profanos, la
guerra y el campo, la historia y la fábula, los reyes y los
sabios, la fauna y la flora, la naturaleza, los dioses, los
niños, las ciudades, los monstruos, el mar, la muerte, el
amor y lo5 toros. El quería algo valioso, muy valicso.
Estaba arruinado. Heredero de cómoda fortuna y de
ilustre nombre, todo lo había derrochado; y esa mañana,
almorzando en Forrios, dejó sus últimos dineros. Tan sólo
conservaba unas alhajas que fueron de su buena madre.
Su plán era sencillo: arrancar del marco un cuadro,
salir esa noche misma, si encontraba modo, por alguna
ventana, ó al siguiente día cuando abrieran las puertas,
ocultándose á los guardianes.
Cuatro de sus amigos, compañeros de placeres y
aventuras, partían pronto á ultramar, al universal certamen
de Chicago. El partiría con ellos. Allá vendería, en
tierra extraña y á gentes desconocidas, el gran cuadro.
Su fortuna mejoraría entonces; regresaría á España y
se uniría ccn Carmen, la esposa que soñaba tras las vaqidades
y orgías de su juventud. Carmen, con quien ya
no podría unirse, por hallarse arruinado y acosado ele
deudas.
La luz de aquel día cristaJino se empezó á amortiguar.
Las sombras tueron llegando, tiznaron el aire y se
amontonaron en los rincones. El joven salió entonces
de su hueco. Al levantarse tumbó una paleta, y el ruido
le hizo estremecer. Dirigió sus pasos hacia el gran salón
donde estaba el cuadro que buscaba: El Pasmo de
Sicilia.
¡El Pasmo de Sicilia! El cuadro sobrenatural, el
cuadro milagroso. Aquel que representa los dolores y
la agonía de un Dios, y que fue pintado por un hombre
á quien llamaron el Divino, nacido y muerto en viernes
santo; aquel cuadro que se salvó intacto en un naufragio
en que perecieron hombres y equipajes, y que fue
llevado· por Napoleón como su mejor botín, y luégo rescatado
por España como su mejor tesoro.
Oyó ruido de pasos y se detuvo un instante. El ruido
cesó: era el eco de sus pisadas. Siguió, y entró á otra
sala alumbrada por débil crepúsculo.
Un hombre alto, envuelto en una capa, de sombre-
. ro chambergo, de cara cínica y burlona, se le presentó
delante. Iba á retroceder, cuando comprendió que era
un lienzo clavado en la pared: Menipo, el filósofo avariento
pintado por Velázquez.
Siguió á otra sala, resuelto, audaz, dominando sus
nervios. Perdido anduvo gran rato, hasta que al fin llegó
á la enorme galería donde está el cuadro de Rafael
de Urbino, el Homero de la Pintura,
•
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REVISTA ILUSTRADA 205
La oscuridad era completa, pero el joven había tomado
sus precauciones. Sacó del bolsillo fósforos y el
cabo de una bujía. Los cuadros se animaron. Dioses,
hombres, animales y monstruos despertaron al reflejo
de esa luz, y lo miraban con asombro unos, con burla
otros, varios con cólera. Se sentó frente al Pasmo, en el
rojo diván, y empezó á contemplarlo.
Era el momento t;n que el Señor caía nuevamente
bajo el peso de la cruz, en la puerta Judiciaria. El Cireneo
le ayudaba con su robusto brazo, que había derribado
aJlá en Libia cedros más grandes que aquel madero;
María, la madre virgen; Juan, el discípulo amado;
la bella pecadora de Magdala; y Salomé, madre de
apóstoles, lloraban con intenso dolor; el centurión brutal
é imperioso ordenaba seguir la marcha. Allá á lo lejos
estaban las otras cruce en la cima del Gólgota.
Un recuerdo de la infancia tuvo entonces el joven.
Empezó á ver Jos vía crucis que al lado de su buena
madre visitó muchas veces, siendo niño, en la iglesia de
Nuestra Señora de Atocha. ¿ Qu' se hi ieron aquello
tiempos? ¿Aquella madre tan cariño a, aquella infancia
tan pura? Una y otra habían muerto. La madre triste,
muy triste, al ver al hijo amado olvidando u fe y sus
deberes, y entregado á placeres vedados. La infancia,
reemplazada por una adolescencia rebelde y por una juventud
loca. Sintió un momento saltar en el corazón la
antigua fe, lo borrados af ctos, los deberes olvidados.
Pero volvió á tener valor. Atrás el miedo y las preocupacione
, dijo, y avanzó hacia el cuadro. Vio entonces
nuevos detallec;: J esú tenía la b ca entre'tbierta; en
ella había á un ·mismo tiempo amargura y bondad; el
dolor agudo y la doctrina evanaélica salían juntos de los
labios cárdenos; no lloréis por mí, llorad por vosolta y
por vu.e ltos hijos, habí dicho el eñor á la benditas
mujeres, y ahora parecía lanzar un gemido; nimbos de
gloria rodeaban la cabeza del al ador y de las santas.
Sacó entonce. el joven un hermoso cuchillo forjado en
los yunques de Toledo. 1 abrir la hoja, guardada en
ricas ca~has de hierro, vio la in cripción : o me saques
sin razón, ni me gua1des sin honor. Era un adorno aquel
instrumento de la panoplia de su padre. Sólo eso quedaba
de aquella rica colección de flechas y jabalinas,
de partesanas y alfanjes, de arcabuces y mosquetes. Pensó
entonces que oía la voz del viejo castellano; y al mirar
en el cuadro el casco del abanderado romano, recordó
también los blasones del escudo de armas de su
familia, que el autor de sus día~ guardaba con tanta veneración.
La bujía chisporroteaba lúgubremente. Ei Señor
miraba con tristeza divina, y de su frente caían gotas de
sangre; se oía el estertor que salía de su boca. Pero no
era el lazo del sayón, ni la lanza del pretoriano, ni la
corona de espinas lo que le hacía sufrir; ni el peso del
madero, ni el golpe con las piedras, ni el llanto de las
mujeres, ni los gritos del judío, ni las amenazas del romano.
Era aquella hoja toledana. Jesús la miraba fijamente;
parecía pedirle misericordia. intió el joven escalofrío
y temblor, y al sentir en Jos dedos unas gotas
de esteárica que derramó la bujía, creyó que era la sangre
del rostro de Cristo que le caía en las manos.
No, él no podía robar aquel cuadro. Pensó en llevarse
otro. ¿Pero cuál? Volvió á mirar hacia atrás y vio
una oscuridad medrosa. A los lados, sumidos en misteriosa
penumbra, vio reyes, héroes, santos, mendigos y
dioses paganos, 9ue al reflejo moribundo de la bujía lo
miraban, se movtan y lo llamaban. Los nervios acabaron
de irritarse; sintió la necesidad de andar. Hubiera
salido corriendo, á estar franca la puerta. Empezó á recorrer
las salas y galerías, como perseguido por un fantasma.
La bujía se Pl.lSO á parpadear, arrojando á intervalos
llamas rojizas sobre los lienzos de colores; y
todas las figuras se movían. Las Concepciones de Murillo
subían al cielo, rodeadas de ángeles que volaban en
torno de su manto azul; los santos del Españoleta, anémicos,
medio desnudos martirizados, mostraban su::;
huesos sin carnes, las llagas de sus suplicios, los harapos
de sus vestidos; las meninas y los bufones de Velázquez
lo miraban con risa burlona; las manolas y los chulos de
Goya le volvían altaneros la espalda; Vulcano golpeaba
el yunque al reflejo de luz infernal; an Jerónimo escribía
en P.} desierto; los pastores adoraban al niño; Prometeo
gritaba con las entrañas desgarradas· lo borrachos
miraban la sala con su~ copas de rojo \'ino en la
mano; y todo aquel mundo de santos del Cri tianismo,
de creaciones mitológicas, ele ángeles y endriago , de
enanos y ninfas, de caballero y animales, ele . olclados y
cenobitas, de mujeres y demonio., empezó á moverse
á llamarlo. Las andaluzas hermosa , la. copa. de manzanilla,
el oporto de púrpura, los toros m tisonomJas sonnen, los
brazo y las pupilas e alzan con amor hacia las esferas
azule ,
Donde su carga depondrá por siempre
Quien ce n ánimo noble y fe sincera
Sediento de erdad y de justicia,
De amor en vano se abrasó en el mundo.
Los elegidos ya parecen iluminarse con la dicha
prometida: la luz que ca
Citación recomendada (normas APA)
"Revista Ilustrada: crónica, ciencias, artes, literatura, historia - N. 13", -:-, 1899. Consultado en línea en la Biblioteca Digital de Bogotá (https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/3686817/), el día 2026-04-08.
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