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REPÚBLICA DE COLOMBIA
REVISTA ILUSTRADA 1
CRÓNICA, CIENCIAS, ARTES, LITERATURA, HISTORIA
DIRECTOR, PEDRO CARLOS MANRIQUE
FOTOGf{ABADOR, SATURNO ZAPATA- ADMINISTRADOR, RUBÉN J. MOSQUERA
NÚ:\1ERO n - VOL. I BOGOTÁ, MARZO 27 DE 1899 PRECIO so CENTAVOS
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f~l Administrador de la REvis-
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á los señores Agentes y suscriptores,
que estando para fe ·
nar la primera serie de I 2 números
que corresponde á un semes-tre,
se strvan ren1itir á la mayor
brevedad posible los valores recaudados,
e.n atenci6n á los cuant1osos
gastos
presa.
que den1anda la . E m-
RUBÉN ]. MOSQUERA
AVISOS
CARVAJAL & ESGUERRA
U nicos agentes de la REVISTA ILusTRADA
en Zipaquirá, continúan en el
ejercicio de la profesión de Abogados.
Su oficina está situada en la plaza principal,
acera Sur, nútnero 74· Dirección
telegráfica: "VocERO."
Sumario del número 11
Págs.
·l. En d escenario ele
'• :\f aria." LuciantJ
r Rivna y Garrido . . I6I
II. Memorias sobre el
origen, causa y progreso
rl<.! las des a venencias
entre el Presidcntf:
de 1n. Hepública
de Colombia,
\ Simón Bolívar, y el
Vicepresidente de la
misma, Francisco de
P .. antander ...... _ 165
Iti. l\l i :; s a Solemnis.
( Novela corta,.
Adoiffl Ribau\· ... ·- 167
IV. l ~u c i n n o Hivera y
Garri1lo. Jor,~t' Roa. 175
v. Miguel Samp~.:r . .P.
C. n1 . - ..• -• . - - . - . I 76
VI. José J oaquin ar-g
·. 'Ji " O J llendo~a J 7
1 WSTRACION ES
P:\gs.
J. Es e en ario de ia
"María." Diez Y.
sc1s fotografías, por
Luciano Riv ra y
Garrido. r61, 162,
163, 164, 165, 166 y t67
n. Missa Solemnis. Tres
ilustraciones. 1 6 g,
173 Y· · --····----· 175
JII. p. 1 iguel Samper,
r tlcado de siete de
sus treinta nietos.
Fotografía por Villa-veces
.. _ ....... _ • _ 169
IV. Lnciano Rivera y
Garrido . . . ___ . . _. . 76
v. José Joaquín Var-gas
.• • . _. ~ - .. _ .. _. 178
INSERCIONES
LEY 157 DE 1896
(12 de Diciembre)
SOIIRE PRENSA
( Cnntinunció1t)
(
Art. 59· En ningún caso la Comisión del Tribunal
dejará tra<;currir más de· sesenta y dos horas después de
repartido el negocio, sin haber comunicado al Gobernador
la decisión acordarla, copia de la cuai se facilitad., además,
al, interesado, eu ca~o de · ·er solicitada.
( Gmtilmard)
Se::iore$. avisadores
Garantizamos á ustedes que la REVISTA ILUSTRADA es
el periódi'--:o que mayor circulación titne hoy dentro y fuera
del país; cuenta con abonados y colaboradores en todos
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Poner quince 6 veinte veces consecutivas un aviso en
un diarip, equivale á ponerlo una sola vez en una Revista
que se publica cada quince ó Yeinte· días, con esta diferencia:
en la Revista se paga una sola vez lo que en el diario
debe pagarse quince ó veinte veces. No queremos con esto
decir que no se debe avi:.,ar en los diarios; sería tanto como
una puerilidad, entre otras razones, porque no siempre puede
esperar el avisador urgido la tardía aparición de la Revista.
N os proponem s solamente Uamar la atención de los
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K~ V l!:iTA lL USTRADA
A LEJ At 1DRO RODRÍGUEZ F. -Abogado. Carrera 10~,
numero 305. Horas de despacho de 7 a. m. á 12 m. Dirección
y fitma telegráfica : I,Ruez.
JIL 1.ÉNJ•.Z & e :! ( A .t;lls/{u A . .Jim/nez-.lunn B. lhrn·iciS). Abogados,
Agentes y Comisionistas. Hogot
s caballos para visitar otros lugares relacionados
con hechos notables que se refieren en
MarEa, los cuales se hallan situados á alguna
distancia de la casa de la hacienda, fJOr lo que
e hacía difícil la excursión á pie. ·
"Fue el primer lugar á dende nos dirigímos,
la casa solariega de D. Ignacio, el padre del inolvidable
Emigdio, Emigdio el amartelado galán
de Zoila, la 1iapanga de San Pedro ... . Zoila,
'la de ojos capaces de hacer ver á un ciego; de
ri a más ladina, , pies más lindos y una cintura
que . . . '
" .. . . l .a asa, gtancle y antigu::t , rodeada de
co oteros y mang<:?s, destacaba su techumbre
enicienta y alicaída sobre el alto y tupido bosque
del cacaotal .. . . " ( 1)
• No muy distante de la hacienda de D. Igna
io, se encuentra la pintoresca pose ión d l
cornpa<.lre u todio, á quien ninguno de lo in -
contables lectores de María babrá olvidado, y
mucho menos á Salomé, la seductora mulata, hija del buen
labriego, tan celoso guardador de los fueros y honra de su
prog ni e, como cuidadoso administrador de su reducido
pre io.
' .. .. Era la ca ita de la chagra pajiza y de suelo apionado
-dice Efraím-pero muy limpia y recién enjalbegada.
A í, rodeada de cafés, amones, papayuelos y otros
árboles frutales .... " ( 2)
"Tiene la vida horas inolvidables en que la emoción
del sentimiento se adueña del espíritu con tal intensidad,
que por instantes parece confundirse con algo in explicable,
que es, como si dijéramos, la melancolía del deleite supremo.
Semejante estado de ánimo es de tal manera penoso
y placentero al mismo tiempo, que casi se hace insoportable
para ciertas organizaciones en un extremo sensibles.
Uno de esos lapsos singulares fue para mí el espacio
( 1) María, pág. 75
(2) Maria, pág. 294·
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de las rápidas horas de mi visita al escenario
de María, mezcla de placer y tristeza,
en que la novedad se confundía con el recuerdo,
y éste me llevaba hasta el espasmo
del dolor. Po eída por tales emociones, decidí
separarme sin demora ele esos sitios qt:e
colma extraño y misterio ·o en anto: no
quería que se evaporara de mi espíritu el
perfume de aquellos momentos, inolvidables
para mí. Viva, pues, ese aroma suave y d Jicado
en la redoma sagrada del rect:erdo; y
envuelto en las páginas tiernas de María,
perdure aquí como tributo de mi afecto al
amable compañero y á los queridos angelito
·, nunca lejos de mi mente ni de mi corazón,
durante las tristts horas de la auscr.cia
.... r895."
Cerró Miss N elly el elega te y perfumado
álbum; y después de corresponder con
una amable sonrisa á la expresión de mi reconocimiento
por las gratas emociones que
REVISTA ILUSTRADA
acal>aba de procurarme, la distinguida dama permanec.ió algunos
momentos silenciosa y pensativa, como absorta en la dulce y melancólica
reminiscencia que aquella lectura había traído i su alma.
LUCIA NO RIVERA y G \. RRIDO
Buga ( auca), En ro 5 de r899·
-~-
MEMORIAS
sobre el origen, causas y progreso de las desa~· enencias ent1·c el Presiden&e de la
República de Colombia, Simón Bolívar, y el Vicepresidente de la misma, Francisco
de P. Santander, escritas por un colombiano en 1829
E
(Continuación)
Bo achi a está la ví tima del espíritu de partido y de la
mala fe del gobierno. ( r)
(I) Los primeros nueve día · de prisión en Bocacbica fue tratado ·antander
con miramiento y consideraciones. Despué se le encerró en un uarto excesi-amenle
húmedo dentro del castillo de an José, donde no había ni aun un mal
taburete, ni una mala me a; e rodeó de centinela e ta habitación, además de
las que tenía Ja fortaleza; e Je prohibió á él y á su criado hablar con persona
alguna de las de la guarnición; quedó con tunicado . olamente con el eneral
.Hriceño, su her111ano político, que cada ocho días iba á 'artag na á llevarle
socorros; pero el omandante de la fortaleza debía pr enciar la vi. ita. Le quitaron
sus baúle. , su dinero, su baj11la, sus papeles, u r loj ·u caja de polvo, de
manera que los primero. día no tuvo otra co a qu la ropa que tenía puesta.
Pocos días después, á solicitud del dicho General Briceño, le volvieron u ropa,
el reloj y la piezas de bajilla absolutamente indispen ables para el servicio, y
nada más. Se le permitió escribir á su familia entregando abierta las cartas al
Comandante y que a ociado preci amente de éste, die e algún pa ·eo en lo más
elevad:> de la fortale !a, en beneficio de u salud . .Repre entó que estaba enfermo,
y que la humedad le perjudicaba; un médico lo reconoció
y expuso que no podía habitar dicha pieza in riesgo
de su vida; mas ninguna providencia se tomó para evitarlo.
Hemos visto una carta de fecha 23 de oviembre,
escrita por persona de la confianza de Bolívar, en que
dice, que habiendo progre ado la revolución de Obando
en Popayán, se había u. pendido el destierro de antan<
ier, y e le mantendría en Bocachi a para revocar absolutamente
la providencia conmutativa del Libertador i
por vl!ntu ra encallaban su preyecto , pue no era regular
que, antander e riera fuera le! pai:, del mal éxito de
ello . ¡Qué moral! Qué fe! E ta ha ·ido la verdadera
e au a de 1· ulteriores proce limi ntos con est de grac
a lo colombiano.
Júzguese por el iguiente hecho, de la ju ticia é impar
ialidacl del Dictador. Lu go que fueren aprehendí los
al~uno: de ks conjurados, nombró Bolívar una comisión
militar para juzgarlos : . e reunieron lo miembros, y condenaron
á presidio al oronel .ruerra, absolviendo al jov
n zuero. Bolívar e irritó, di~ h'iÓ la comi ión, y
no: b ú al eneral U:daneta de juez único en la causa de
la con piración. Este General · 11po hacer! e digno de tamaña
confianza, condenando á muerte á Guerra y á zuero,
que fueron ejecutados.
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REVISTA ILUSTRADA
Tal ha ido el fin de la contienda suscitada en r 826
entre Bolívar y Santander. Comenzó por la oposición de
éste á que se aboliese la Constitución colombiana, y se ri-giese
un 1 ocler trem ndo y de tru tor de las libertade
que los colombianos habían querido
asegurar en aquel ódigo, y terminó on la elevación
de e ·e mismo poder sobre lo e· o m bros
de la Con ti tu ión ele I 82 r y las ruina de la
moral pública, de la santidad de los juramentos
y ele la obediencia. pa iva del ejército. A lo ·
tres año de recíproco. esfuerzos y de un combate
continuo entre la libertad y el despoti mo
entre lo amigo.· de las leyes y lo partidarios
del poder absoluto, entre el Presidente y el icepre
idente de una naciente Repúbli a, BoHvar
está apoderado del mando supremo de ella sin
ugeción á ley alguna, árbitro de la vida y de
lo dere .hos de tre · millones de habitantes, y
antander sufre lo rigore. de una prL ión, después
de habérsele reducido á la condición de
extranjero en u propio paí .
El año de r8z8 ha pre entado al mundo
culto do espectáculo· que deplorarán icmpre
la filosofía y la humanidad. En Europa un portugué
infringiendo us juramentos, despedaza
la carta con ·titucional de un país, ocupa la autoridad suprema,
y persigue á todos lo amigo de las libertade
pública . En mérica un colombiano prevalido del favor
de la fortuna, y profanando el glorioso título de Liberta-dor,
destruye por medios sórdidos la Constitución de su
patria, se hace conferir la suprema autoridad absoluta, y
manda y dispone de los colombianos como si dispusiera
de su propio patrimonio. Lo decimos con el
más acerbo pesar, el actual régimen político
de Colombia es la ignominia del siglo XIX, y
la deshonra de la República. Un Presidente
investido de todos los poderes, tiene en sus
manos la suerte de un pueblo digno por sus
sacrificios y por su docilidad de un gobierno
paternal fundado sobre las sabias máximas del
derecho político j un Consejo de Estado compuesto
de un número excedente rle partidarios
del poder absoluto, hace las veces rlel Divan
en Constantinopla; los Tribunales y los jueces
deudores al gobierno de sus de tinos, que algunos
ocupan por sus esfuerzos antiliberales,
deben estar prontos á co~placer las voluntades
del dictador j la fuerza armada favorecida
y protegida con profusión, afila sus bayonetas
para clavarlas en cualquiera que hable de derechos
y garantías: los patriotas virtuosos, que
tántos s ~ rvicios han prestado á su patria, gimen
n prisiones ó destierros á que se les ha condenado
sin precedente juicio en odio de sus opiniones
política5. Sus familias abandonadas á la
indigencia lloran y claman por su libertad sin
ser atendidas. Los conventos y los mon~sterios
vuelven á poblarse de frailes y monjas, en virtud
de haberse abolido las benéficas leyes que
limitaban su admisión. Los indígenas están nuevamente
reducidos al gravamen del ignominioso
tributo que les impusieron sus desapiadados
conquistadores. La educación é instrucción
pública ha retrocedido á los tenebrosos tiempos
de la dominación española, mediante las reformas
q~e se han dictado r.ontra el liberal y vasto
plan de estudios, que tánto honraba á Colombia.
Los colegios y la universidad de Bogotá
se han convertido en cuarteles. Los estancos,
las alcabalas, las leyes prohibitivas y los privilegios,
han renacido. I ,as leyes que recordaban
al ejército su condición de soldados de una
República, están abolidas. Las ~ortes de justi.
cia establecidas en varios departamentos, y que
tánto facilitaban su administración y ahorraban
tiempo y gastos á los litigantes, se han refundido
en un tribunal superior. residente en la ca pi·
tal, cuyas funciones y autoridad despiertan la memoria de
la a~ti!?iua audiencia española. Los departa~entos y las
provmc1as gobernadas con facultades extraordmarias por
los saté}jtes del poder absoluto, sufren las vejaciones de
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REVISTA ILUSTRADA 167
l<:>s procónsules romanos. La imprenta condenada al silenCIO,
no puede denunciar los errores de la adminisiración,
ni hacer públicos los sentimientos del pueblo: apenas sirve
para publicar periódicos consagrados al dictador, en los
cuales se encuentran larga columnas repletas de adulaciones
á su ídolo y de denuestos contra el i ·tema constitucional.
U na po11da severa, cuyos desaciertos y arbitrariedades
se tuleran y aun se aplauden, ha aniquilado los
placeres de la sociedad, descargando todo u
peso obre lo pilares ínfimos de las poblaciones.
Lo caudales destinado al crédito público,
se invierten en tropas, y en la guerra del Perú.
Los denuncios y el e pionaje convertido en
acciones meritorias de patriotismo, derraman
por dondequiera la desconfianza y el sobresalto,
Al noble sentimiento del patrioti mo e ha
sustituído el deseo de la gloria militar. A los
dulces nombres de libertad y derechos del ciuda.
dano, se han ·ubrogado el de independencia,
honor nacional, gloria de la patóa, con los uales
se mantiene á la nación aletrugada. La saludables
agitaciones de un gobierno repre entativo,
cuya· bas · . on una libertad ra ional y
un interés il u. trado en lo negocios comun ,
han ido r emplazada por aquella calma epulcral
que s di fruta bajo del poder d spótico.
Nada se hace ya por olombia, y menos por
la libertad: todo se refiere á Bolívar .. marlo
obedecerle in examen, apoyar sus ideas, abra-us
opinion ·, contribuír á sus proy ctos,
e a son a cione elevada· á la dignidad de __
ju ta , patrió icas, loables y meritorias. olombü en r829
pre. enta el e pectáculo de un pueblo humillado bajo un
gobierno de terror y de arbitrariedad, en que uno pocos,
á título de amig de Bolívar, e creen autorizado para
abatir v tiranizar al rest de la N ación.
Este incompleto y débil cuadro de lo escándalo que
han man illado la hi 'toria colombiana, parece justificar la
conducta de antander, y la de los patriota qu han hecho
frente al pocler ab. oluto. Ellos presentían los males que
hoy aquejan á su patria, deseaban evitár elo , y con un de-nuedo
digno de los mejores tiempos de las antiguas repúblicas,
hicieron legalmente la guerra á los ambiciosos proyectos
del despotismo. Nada han logrado en bien del pueblo.
La República ha ido uncida al yugo del poder ilimitado
y ellos arra tran una existencia digna de compasión en los
pon tone , en lo calabozos y los destierros. Los países extranjeros
en que la ho pitalidad ejerce plenamente sus onsoladores
derecho , acogen á un tiempo á los proscritos por
el Rey ab oluto de España, por el usurpador de la corona
de Portugal, y por el Libertadcr de Colombia, elevado á la
Dictadura. ( r) Todos ellos son reos del amor á las libertades
de su patria. Si nos fuera concedido e.l poder animar
las frías cenizas de los Toríces, Gutiérrez, Lozano , Camaches,
Barayas, Roviras, Pombos, Girardots, Ricaurtes, Vicarías,
Rivas, Tebanes, Freytes, Morales, Ascásubis, Cabales,
Quirogas, y de tántos millares de patriotas ilustres,
que han derramado su sangre por la libertad de la patria,
y presentarles á Colombia, ¿es e ta, les preguntaríamos,
aquella tierra de promi ión donde vo otro.· e ·tablecísteis
leyes filantrópi a protectora de lo der eh o: del i udadano?
¿E e ta la libertad que prometí. tei á vue tro compatriota
cuan lo los encaminá tei á la independencia, y
les exig1 tei u · e fuerzo , su fortuna y u angre para ·o -
tenerla como un medio de adquirir us libertades? ¿ Fue
para dejarnos en herencia ignominia y servidumbre, que
ofrecí tei vuestras vidas en aras de la patria? ¿Es éste
aquel mi mo Bolívar, que nos recom,endá tei como la egida
de la libertad, el patriarca de los dere hos lel pueblo?
Volved á vuestras tumba , les diría m o al fin;
retiráos á esa man iones d 1 ju to á gozar ele la
paz, que no otros no di frutamos, y de la inmortal
memoria de vuestras virtudes. ejadno sufrir
el ca tigo de nuestra inexperien ia, de nuestra
confianza y de nuestra e red ulidad.
( Continuard).
---)~-
MISSA SOLEMNIS
LAS sombras invadían la vieja Catedral gótica,
obra maestra de ignorado arquitecto, é iban
fundiendo poco á poco lo deli ·ado detalles arquitectónicos
en la austeridad de imponente conjunto.
En lo:; fiamígeros reflejos de los grandes
ventanales multicolores, donde Cri ·to, la Virgen
y los Santos, se desta aban entre azucenas simbólicas;
en el reverbereo del magnífico rosetón
de oro, escarlata, rubíes y crisólito que se empotra
en el centro del grande Organo, e adivinaba la puesta
del sol y la llegada del crepúsculo. Ya toda la parte inferior
de un lado del templo quedaba sumida en la tiniebla
y la obscuridad subía, se difundía con cierta humedad se~
pulcra], en el resto de la inmen a nave filigranada de piedra.
( 1) Entre los romanos, donde tuvo origen la Dictadura, había
tiempo prefijado para ejercerla, y objetos determinado á los cuales
debía contraerse. La Dictadura de Bolívar no tiene límites ni en duración,
ni en objetos. Ella es tál, cual se necesitaba para aciar el ansia
de mando absoluto, que es la pasión preponderante del Libertador.
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t68 REVISTA ILUSTRADA
En la galería del órgano había dos personas.
La una, sentada en un escabel, en un rincón, apoyada
de espaldas contra el calado balaústre, era un anciano
enjuto de carnes y cascado. Innumerables arrugas surcaban
su rostro, que habría parecido feo, á no ser por el simpático
candor de los ojos, ojos de niño que desconocen
las fealdadeti de la vida, ó de verdadero poeta que no ha
visto otra cosa sino ensueños, y á no ser, además, por la
majestad de su frente, muy ancha y despejada, en la que
se revelaba la ge ·tación de elevados pensamientos, frente
marcada con el sello del genio y rodeada de una magnífica
cabellera enteramente blanca, blanca como la nieve, que
caía sobre la nuca en mechones sedosos. Su atavío era muy
sencillo, casi pobre; un traje de paño recio, de color de castaña,
pasado de moda, y zapatos gruesos: ninguna alhaja,
y por todo lujo, una camisa de inmaculada al~a. Este
viejo se llamaba Conrado Waldmann, y por espacto de más
de medio siglo había ido organista y profesor de música en
aquella pequeña capital de un minúsculo principado de Alemania.
La sonata, una de las más grandiosas de Juan Sebastián
Bach, terminaba con un maestoso solemne, un mugido
formidable, en el que parecían resonar las trompetas del
juicio final. Luégo el huracán cesaba bruscamente, desaparecía,
al mismo tiempo que en las ventanas ojivales comenzaban
á palidecer las flores del jardín místico.
-¿Que tal? ¿Está usted contento, maestro?
Al decir esto, Cristián se volvía ansioso hacia su juez.
E;:,te clejó pasar un rato antes de contestar, y luégo,
subrayando las palabras para dar á cada una su valor, dijo:
-Estoy más que contento, muchacho. No tienes ya
nada que aprend~r en lo que concierne á la profesión. Tu
intepretación es excelente: no has desperdiciado los dos
años de Conservatorio, y veo que aun bajo la dirección de
las celebridades de Leipzig te has acordado de los consejos
de este pobre viejo. Eres más que un músico: un artista,
y puedo confiarte sin temor este venerable y querido
ó~gano. Amale como yo le he amado y jamás le pongas
smo al servicio de inspiraciones elevadas. Me han contado
que en muchas iglesias de España y de Italia, ciertos
El adolescente l flcn.bn cmt fflda su alma ....
organistas que no merecen este nombre, tocan
piezas de ópera y hasta bailes. ¡Profanación,
vergonzosa profanación! El órgano es el rey
de los instrumentos. Hacerle desempeñar ese
papel es lo mi mo que utilizar en una orgía los
vosos sagrado del altar. El órgano es también
sagrado; t'S el eco de la voz de Dio . Por eso
no se le debe tocar sino con re ·peto y hasta con
temblor. Este se encu ntra como yo, an ·ado y
caduco; pero un fi 1 ervidor, digno ele que
~e le honre. Te lo do con toda confianza, hijo
mío. A 1 conversar n él, pi n a alguna ez en
tu primer maestro. Sobre tod , a ·uérdat de que,
al pa ar asua1ment por e ta iudad al vi itar
la atedral-así lo at tiguan lo archi osnue
tro modelo, 1 modelo ele tod s los organi
ta Juan eba tián Bach, ha tocado esa mi -
ma sonata que acaba de ha erme oír.
-Lo recordar , ontestó el joven on
acento de profunda piedad.
I ,a sombra y d frío aumentaban. ri tián
dio el brazo al an iano; amb s bajaron la e -
tre ha e calera de caracol y salieron al atrio,
La otra persona, ristián del mismo e ·tilo que la igle ia, ine timalJl es-
Hofer, tenía al parecer de tu he en el que cada detalle era una perla fina.
veinte á veintidó año·. Era El cielo pre. en taba n el cenit un color de
alto, esbelto, de distinción e meralda; en la zona media era de amatista, y
nada afectada: también iba carmesí en el horizonte porque el sol iba á des-mode
tamente ve ·tido. S.1 aparecer.
perfil recordaba el de ier- -¡Qué hermo a tarde!, dijo \Valdmann.
tos retratos de chíller ¿Quiére que paseemos un poco?
cuando joven. El cnrte de Entre lo efluvios de las últimas rosas, sa-la
boca era perfecto; la lieron á los arrabales y luégo al campo. En lo
nariz escultural con la alas jardine , los árboles de rojizas hojas presenta-palpitantes,
indicio alar- ban el aspecto de cardenales reunidos para un
mante de sensualidad, n u- conclave. Algunas acas de manchada piel pa-tralizada
por la transparen- cían el corto césped, salpicado de escabiosa ,
cía de unas pupilas ambari- de cólchicos y de parna. ias. El ambiente esta-nas,
y por la nobleza de la ta impregnado de ese encanto nostálgico del
frente, muy parecida á la otoño.
del anc:iano, pero ter~a o- Pasito á paso caminaban el maestro y el
mo pétalos de camelia. us discípulo, entre vides recién vendimiadas, lú-
. cabellos ca taños forma han pul os medio marchitos, y á trechos, rústicos
espesos bucles, de reflejos huertos por los que asomaban planteles de da-
Ji geramente bronceados. lias y capuchinas.
Estaba sentado delante del -Nuestro órgano es como yo, decía Wald-órgano,
y sus manos, largas y delgadas, recorrían con rapi- mann, cansado y saduco: necesita importantes composturas.
dez y precisión pasmosas las amarillentas teclas, abrían y ¡Oh! N o faltará dinero; el Consejo de burgueses en su secerraban
los registros sin perder un segundo, en tanto que sión de ayer ha votado Io,ooo francos y la princesa ha añalos
pies, no meno ágiles, hacían funcionar los pedales, unas dido una cantidad regular, sacada de su bolsillo particular.
y otros dóciles esclavos de un talento en plena posesión de Ya sabes que está ajustado el arreglo con Ni eh, el célebre
sí mismo. fabricante de uremberg: ha firmado un contrato con el
El adolescente tocaba con toda el alma, y con toda la u- burgomaestre y llegará dentro de poco, trayendo material
ya le escuchaba el octogenario. Un fraternal aleteo lo trans- y per onal. Nisch cree que nece itará eis semanas ó dos
portaba á elevadas regiones: comulgaban juntos en el Ideal. meses para dejar bit:n terminado su trabajo. A mediados
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D. MIGUEL SAMPER, RODEADO DE SIETE DE SUS TREINTA NIETOS + 16 DE MARZO DE 1899
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de Diciembre, 6 quizás antes, podrás estrenarte. Mi tarea
ha concluído; la tuya empieza: ¡ánimo, Cristián!
El sol parecía retardar su curso: el paisaje estaba bañado
de vivo esplendor, y el olor de las rosas era más penetrante.
-¡Qué hermosa tarde para dar el adiós á la vida activa
y comenzar el aprendizaje de la muerte!, añadió
Waldmann. Obsérva qué suavidad y cuánta pa~. La naturaleza,
que va á vestirse de luto en invierno, nada echa
de menos, habiendo cumplido su misión y sabiendo que
volverá la primavera. ¡Ojalá me sea ciado seguir su ejemplo
y dormirme tranquilo, en la esperanza de una eterna
primavera!
Y prosiguió con voz extraña, en la que pareda vibrar
algo del mi terioso más allá.
-Pue·to que amas el arte sinceramente, él será tu
egida contra todos los insabores de la existencia. Por grandes
que sean las decepciones, los ufrimientos que te abrumen,
él te con olará. En él, solamente en él, tendrás la
primicias de lo infinito, un presentimiento de lo divino.
¡Qué hermo a tarde, ristián, qué hermosa tarde! Míra
esa nubecill encarnada. ¿N o parece la barca de un ensueño
que va á llevarnos á un mundo perfecto, donde no
será menester dar lec. ione para vivir, ni no preo upará
otra cosa sino tocar órganos sublimes, á no er que nos
arrodillemos para oír á Palestrina, Bach, Hrendel ó Mozart?
En tanto el sol e había ocultado y apar ió la primera
e trella. En la torre de la Catedral resonó un poético repique
de ampanas.
-¡ J ,a oración!, dijo Conrado, descubriendo devotamente
su admirable cabeza nevada. Voh·amos á ca. a, hijo
mío, que Odilia estará con cuidado.
Regresaron á la ciudad, y un cuarto de hora despué
llegaban á la morada del anciano, ca ·ita que o ulta a §U
vetustez entre tupidas parras.
dilia, la criada de Conrado, casi tan vieja e mo él,
pero li ta todavía, e taba en la ventana, mirando á toda
partes visiblemente alarmada.
-¡Aquí estoy, Odilia, aquí estoy! He querid char
un trago de aire antes de encerrarme en mi celda. Tran.
quilízate, que no me he resfriado.
Y alargando las manos á Cristián le dijo:
-Vendrás á verme, ¿verdad? Vendrás pronto, y de
nuevo te repito que tengas ánimo.
A causa de la muerte del organista de la pequeña
ciudad, ocurrida cinc:uenta años antes, se anunció un e ncurso
para reemplazarle. Se publicaron las condi ione á
grandes distancias lo más posibl ; cada uno de lo candidatos
debía tocar dos vece , una pieza clásica y una improvisación
sobre un tema dado. En la fecha prefijadll, se
presentaron cuatro aspirantes. Tre::, de ellos eran de edad
madura, é iban provistos de importantes recomenda iones.
El otro era un joven á quien nadie conocía. Hubiera parecido
natural que se retirara, pues no e le con ideraba
con aptitud para entrar en liza, y hasta hubo quien se
permitiera hacérselo entender así; en fin, como se obstinara,
se le asignó el último turno, por descarg de conciencia,
pero no sin que se censurara su singulár pretensión
de atreverse á luchar con organistas de talento y
experiencia. Estos, muy seguros de sí mismos, hab-ían
ejecutado las piezas escogidas. Dificil sería elegir entre
ellos, porque casi competían en mérito.
En el coro, en medio de un grupo lleno de animación,
lo. jueces discutían; eran diez individuos del Consejo
de c;iudadanos. Apenas se había echado de ver que el
extranjero acababa de sentarse al órgano; pero de repente,
los jueces dejaron de hablar y miráronse estupefactos. El
joven tocaba un fragmento de H rendel con incomparable
maestría, con tecnicismo tan acabado y expresión á la vez
tan sencilla y penetrante, que los oyentes no podían menos
de sentir e conmovidos. Los jueces quedaron con la
boca abierta, y el aire desdeñoso de los tres opositores
convirtióse en una especie de asombro· cómi·có. Térininado
el fragmento de Hrendel, el desconocido fue considerado
ya como un personaje; los temas sobre los cuales se debía
improvi ar se habían sacado por uerte, y al joven le tocó
un lied popular, muy antiguo, de la má tierna melancolía.
Lo que bordó en esta composición era admirable-era
todo un poema tan claro y de tal intensidad, que llevó á
su colmo la sorpresa del Jurado, desvaneciendo las e peranza
de los tres opositores.- Durante media hora, su
fanta ía e desarrolló infinitamente variada, ·iempre en el
más elevado estilo; y cuando el joven bajó de la galería,
us rivale se habían eclipsado. Le fehcitaron, le estrecharon
las mano , y fue elegido por unanimidad, sin
que se pen ase siquiera en preguntarle clónde había hecho
su e tudios, ni si po ·eía algún diploma; bastaha haberle
oído, y solamente dijo su nombre y el lugar de su nacimiento-
un rincón perdido tle la Pomerania,-añadiendo
que e taba olo en el mundo.
Aquel mismo día hahía alquilado una casita en una
callejuela retirada, y en ella se instaló brevemente, con su
balija y algunos mueble. comprado de lance. Ourant
treinta año· había vivido in riado; á medio día le llevaban
su desayuno tle la ho teda má próxima, y de pué no
se alimentaba más que de pan y leche.
La diferen ia era grande entre la árida y tri te .Pomerania
y aquel gracio:o paL el agua corrí ntes, d fértiles
campiñas y de sombrío bosque . Conrad Waldmann se
había en ariñaclo desde luego con él, y al cabo de eis
m se de permanencia, le amaba como el hijo ama á su
madre, a í por us encanto. naturale , como por lo que los
libros le n eñaban a erca de u hi toria.
¡ Había tenido un perío o brillante y :;u p qu ño
rincipado! En l ti mpo f liz de los múmesúzgtr se vivía
allí en medio de la · fie ta ; á 1 s torneos guían e las
justas poéticas, y despué un oncur o entre pintores y joyero
. orte, nohleza y )ase m dia rivalizaban en buen
gusto para las art , y 1 . arti<;tas lo sa ían tan bien, que
lle -raban de los últimos Hnd s de lemania, de Flandes y
ha ta d Italia. T d ran re ibidos on honore , ve(anse
ac sados de p capa e ninguna
de la inten cione del autor. La orque t1 lo oros y los
solistas rivalizaban en celo para interpretar su pensamiento
íntegro. La parte de órgano era uperior: al melodioso
Sa11ctus y al Agmts Dei siguió un trío de una expresión
extática, un , uave Benedictus acompañado de lo instrument
s de cuerd:.t; y en la Elevacióll, sobre todo, cuando
el in trumento rey cantó solo un himno en que se desbord~
ba la cán ida alegría, el infinit:) amor, los acentos
mismos de la 1 eatitud de un corazón pro ternado ante la
divina cuna, donde la agreste fb.nta y la gaita pastoril se
conte.5taban con la violas de los querubines, no había un
solo ojo sin lágrima en aquella inmen a multitud subyugada.
En cuanto al anciano, lloraba siempre; y las lágrimas
corrían poco á poco por sus mejillas demacradas,
entre sus dedos nudosos por efecto del reumatismo. ¡Pero
el rocío de Mayo sobre el cáliz de las frescas rosas no es
tan dulce como eran sus lágrimas, sin las cuales se hubiera
roto el corazón de Conrado ! Su sueño más secreto y más
querido, cuya realización no pensaba ver nunca, realizábase
por milagro. Aquella misa, la gran angustia y la mayor
delicia de su vida, érale dado oírla ejecutar de una
manera magnífica. Y por modesto que fuese, comprendió
que su trabajo no había sido inútil y que la obra era hermosa.
Más feliz que su maestro Bach, entraba vivo en la
tierra prometida.
"¡Ah, buen muchacho l, exclamaba pensando en
Cristián. Fue él quien tuvo la idea de esto, quien lo ha
combinado todo, llevándolo á buen término. ¡Y yo que le
acusaba de olvidarme, cuando no tenía un pensamiento
que no fuese para mí ! "
La misa terminaba con un Aleluya, casi comparable
con el del Mesías. En una fuga colosal, el órgano, la
orquesta y los coros ascendía o y descendían las escala· de
los sonidos; saltando como un torrente, retumbando
como el trueno. El prodigioso edificio de aquella misa tenía
un coronamiento digno de ella, y en aquel laberinto de
notas, reguladas con orden supremo, un soplo de los enormes
tubos lanzado en su plenitud hacia las do~cientas
voces y los sesenta instrumentos, comunicaba el summum:
la catedral vibraba toda y había un estremecimiento en la
multitud.
Después reinó el silencio, y durante algunos minutos
se hubiera podido oír el vuelo de una mosca.
-¡ Ah, maestro, maestro, no puedo esperar para
abrazaros!
Era Cristián, que había bajado presuroso de la galería,
conmovido hasta el fondo del alma.
Incapaz de articular una sílaba, Waldmann abrió los
brazo , atrayendo al joven obre su pecho.
-¡ Venid, maestro, dijo Cristián, la princesa desea
veros!
A través de la multitud, que se apartaba respetuosamente,
pa aron poco á poco. La joven se adelantó hacia
Conrado, radiante como la primavera.
-Esta hora es hermo:a para todo nosotros, dijo. En
nombre de nuestra ciudad o doy las gracias.
Y con voz más baja añadió :
-¿ E cierto que habéi conocido :í. mi madre?
¿ Había llegado hasta la princesa un eco de lo que se
contaba? Era poco probable; pero á Conrado le pareció
que en aquellas palabras se encerraba una intención, y que
deseaba a. ociar á la difunta el triunfo de aquella noche.
onrado qui o contestar, sin que le fuese po ible;
pero como la princesa le pre enta e u fina mano, inclinó
e para besarla, y obre los d do patricio. , adornados
de joyas, sus luengo me h n s blancos e deslizar n
com un arroyo de plata.
-Ma : ro dij ri tián, ele Leipzig, de Munich, de
Weimar y de Dre d han venido mú ico , crítico y aficionado.
Y ri ·tiin pronunciaba nombre y títulos, á cada uno
de lo cuales se pintaba un a ombro creciente en las facci
nes de onrado. ¡ ómo ! ¡ Habían venido p r él, pobre
compositor, todo aquellos personaje célebres y querían
que se les presentara para saludarle y felicitarle! El viejo
no podía dar crédito á su ojos, y dirigía miradas atónitas
hacia la prince a, radiante de alegría, y hacia Cristián.
¡ Ah, cómo había trabajado el joven para obtener aquel
resultado! Ha ía dado pasos, sirviéndo e de sus amigos,
de sus conocidos, escribiendo, olicitando, aprovechándose
de todas us influencia , despertando en los más
fríos el entusiasmo, ostenic~o además por el director de
orquesta, apasionado por la M_issa Solemnis, y por la prince
a, á quien todas las semana daba cuenta ele los ensayos.
El éxito, por lo menos, correspondía á sus esperanzas.
-Maestro, dijo, me he permitido conduír un contrato
con la ca a Holler é hijo, de Munich, para la edición de
vuestra obra, y el señor Holler quiere venir personalmente
á ofreceros el primer ejemplar.
Un hom recillo repleto y risueño se adelantó hacia
Conrado, inclinóse para hacer una reverencia automática
y presentó al anciano un magnífico volumen en 8°, encuadernado
en amarillento pergamino, con estas palabras:
Missa Solemnis, y el nombre de Conrado Waldmann, que
brillaba en letras de oro entre los broches góticos.
Los cirios comeazaban á extinguirse, y á una señal
del maestro de ceremonias, los ujieres de la corte alinearon
á los concurrentes para la salida de la princesa.
Esta última, con una gracia exquisita, ofreció entonces
su brazo al anciano, que temblaba corno la hoja en el
árbol, y le condujo hasta el pórtico, siguiendo los dignatarios
de la corona, los extranjeros que habían .ac-udido
para ver la fiesta, y Cristián, llevando ·el precioso volumen.
Por las puertas laterales se había deslizado el pueblo,
y ahora había en la plaza como una oleada humana. En
el centro, con hachas encendidas y banderas, los estudiantes
de la univer idad formaban una doble fila, y cuando el
viejo arti ta se pre entó, iempre cogido del brazo de la
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REVISTA ILUSTRADA 1 75
adorable princesa, los aplausos contenidos tan á duras
penas en la catedral, estallaron al aire libre como una
tempestad.
-¿Qué ocurre ahora?, pen ó Waldmann. ¡Sin duda
sueño!
Pero alguno· brazo robu tos le habían cogido y á, y
Conrado, á pesar de sus ademanes y protestas, se vio llevado
en triunfo, bajo el cielo tachonado de estrellas, singularmente
ereno en medio de las hacha y de los estandartes,
entre los cantos y los viva de aquella hermo a
juventud y de la ciudad entera. Miraba las ventanas, iluminadas
en todas partes por el resplandor de las hachas en
las fachada , y la compacta multitud seguía siempre. Oyó
los cantares, los bravos veía las manos extenderse hacia él
y los sombreros agitarse; y cada vez todo e to le
parecía un sueño.
excepcional, millares de astros deslumbradores parecían
mostrar el camino á los serafines portadores de la Buena
Nueva.
-·Vais á pasar buena mañana!, había ~ich.o Odilia á
Conrado al separarse de él.
-¡ Creo que no cerraré los ojos, porque me siento
demasiado feliz, !
A eso de las diez, no habiendo oído ruido en la habitación
de su amo, Odila entró. Estaba sentado á su
mesa, con las manos extendidas y la cabeza apoyada en el
volumen de broches de oro.
-¿'Si no se habrá acostado?, murmuró Odilia.
Le llamó, mas no obtuvo contestación; acercóse y le
tocó en el hombro, sin que hiciera ningún movimiento;
tenía los párpado.s caídos y sonreía, corno el viejo Simeón
cantando su ttunc dimittis.
Aquella inmovilidad espantó á Odilia; le
tocó las mano_, y las halló fría y rígida . La
muerte clemente no había querido que Conrado
, obreviviese. á la apoteosis; corno el segador
se d~:.:errne ·obre . u haz de espiga , había
quedado dormido en pleno triunfo, pasando sin
transición desde la música inmortal de su Missa
Solem11is á bs inefable onci rto d los ángeles.
AD LFO RIBA ux.
NECROLOGIA
LUCIANO RIVERA Y GARRIDO
1E46-1899
Significaba este nombre el de un ciudadano
notable, obrero de la civilización, cultivador asiduo
de las letras y artista por temperamento. A sus
méritos de prosador galano y colorista, unía una
gran bondad de a'ma, distintivo de su carácter.
Cada página de su último libro, Impresiones y Recuerdos,
respira una ternura infinita. Aun Jos paisajes
splend ntes de luz y de color, que él evoca
con el vigor y la sobriedad que demanda el arte,
aparecen envueltos como en un velo de suave melancolía,
con la tristeza de un adiós á los sitios
queridos que no se olverán á contemplar.
Eslab1t se11tado á su mua, con la cabeza apoyadn. Ol d 7•olrtmeu dt• broches de 01·0.
Y así sccedió. Hace apenas un año que la
prensa hablal a con merecidos elogios de la última
obra de RJVEYA Y GARRIDO, cuando ya hoy pone
su nombre er tre líneas negras para deplorar su
muerte. Debonos ver, pues, en esas páginas la
despedida de un sér intelectual que, momentos
antes de su d~saparición, lega á sus conciudadanos
cuadros lujosos, pinturas excelentes, memorias interesantes
sobre personas y cosas que se relacionan
con la historia literaria y aun política de su patria.
Llegaron á la casita en cuyo umbral, con una lárnpq.ra
en la mano, estaba Odilia henchida de orgullo.
-¡ Vamu.;, maestro, dijo Cristián, no se dirá que no
hay llama en los corazones jóvenes!
-¡Hijo mío querido!.. . Les darás gracias de mt
parte, ¿ no e erdad ? ¡ Yo no puedo, no puedo ! ....
Vacilante como un hombre ebrio, onrado penetró en
su casa, precedido de Odilia, que repetía : " ¡Jesús, Jesús,
qué noche! " La puerta se cerró; pero durante un momento
los estudiantes permanecieron bajo las ventana del
anciano, cantando en su honor. Después, habiendo dado las
dos en la catedral, la multitud, profiriendo el último hurra,
se dispersó.
¡ Oh, qué hermosa noche, qué hermosa noche de N a-
. vidad l En los árboles y en los matorrales la escarcha brillaba:
eran fantásticas girándulas, collares de perlas y ríos
de diamantes prendidos en cada rama. Hasta la nieve
parecía luminosa; y en el cielo, de una transparencia
!
Prescindiendo de las notas personales, tinosamente
esfumadas en bnjJresz'ones y Recuerdos, y que son, hoy
más que ayer, de inestimable precio, se encuentran allLdescripciones
magistrales como el asalto á un cuartel y la batalla del
Derrumbado .. ; preciosos datos sobre Bogotá en 186o, sobre el
Colegio de D. Santiago Pérez, de inestimable recordación, y
sobre muchos otros personajes notables en la política y en las
letras. ¿Y qué decir del capítulo referente á Jorge Isaacs? RIVERA
Y GARRIDO vivía enamorado del mejor diamante de la
corona literaria de Colombia : de ahí el estudio concienzudo,
rico en apreciaciones artísticas, ql.le hizo de María y de su inmortal
autor, á quien profesó gran cariño en vida y á quien honró
después de muerto con singular lealtad.
Porque para RIVERA Y GARRIDO la amistad no era cosa de
poco momento, sino como un lazo de la sangre. ¡Qué corazón
el suyo! Ninguno como él para comprender el ajeno pensamiento
para apreciar la labor de los demás, para enaltecer la
pincelada el rasgo la nota que le satisfacía; y extraño á toda
pequeñez de espíritu, nadie más listo en el apresurarse á dirigir
la frase amable que conforta y estimula.
Desde su apartado hogar, seguía paso á paso el movi-
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17 REVI T ILU T .\D.\
se matan los vencidos deponiendo la conciencia á los pies del
vencedor. Una muerte por otra, valdría más la primera si no
hubiera una virtud digna de la moral y el cristianismo.
jo. Jc AQ L VAR ~ .
Jefe del partido liberal de Boyaca
+ Tunja, Marzo 5 de 1899
Valor raro en todos lo tiempos. Era magistrado del Tribunal
de Tunja, cuando el Jefe de la Regeneración hizo rumbo
al absolutismo. Fue engañado como tántos otros, por una reforma
que no tiene en quién encarnar para hacerse sistema político
decoroso y doctrina aceptable para los republicanos. Entonces,
sin vacilación, entregó á su sucesor la garnacha de la
magistratura y se refugió en la erizada soledad de una quinta,
en los tristes alrededores de su querida ciudad. Toda la amargura
de esta derrota la guardó en la urna de su propio corazón,
y como no tuvo á quién quejarse de las desilusiones de su fe,
guardó prolongado silencio. Comprendió que su deber era separarse,
y consumó lo que para ' 1, pobre aunque estoico, era verdadero
sacrificio. La última joya de la familia era él mismo
pero era un diamante que brillaba entre escombros.
Hizo esto porque su ambición no era ca1culadora ni intrigante.
Los honores que le llegaban no eran solicitados por él;
tomaba, eso sí, con plena conciencia de su propio valer, posesión
moral de ellos. Lo cual le hacía aparecer como hombre
dominante; seguramente que lo era, y por ello tuvo tántas vicisitudes
en su carrera. Es que la democracia celosa y susceptible,
y no quiere amos sino servidores. u alma era independiente
y altiva, y no se plegaba al despotismo, viniese de
un hombre ó de la multitud.
Su arte político contaba con una sola regla: la probidad
personal. Por esta dote, y por su ilustración y talento, ocupó
uno de los primeros puestos entr .... los hombres de su generación.
N o así por el acierto político. in pretender censurar á
ninguno de los hombres que han figurado en los acontecimientosde
los últimos cuarenta años, de él como de otros nos atreveríamos
á decir que su temperamento no era el de un auténtico
conductor político.
N o permiten las necesidades de la lucha política la sinceridad
completa ó el acuerdo absoluto entre las ideas y la acción
si, por medio de la política, uno quiere que prevalezcan las opiniones
que se haya formado sobre la manera de dirigir las
sociedades. Aspiró él á esa sinceridad. Sin hacer traición á las
ideas liberales-que eran la savia de su vida moral-llegó á
creer que sus \'erdaderos ad ersario la er\'irían mejor·
no hubiera sido por su grande y buena fe y por su desinterés al
pelear las batallas de sus propias convicciones bajo 1 pendón
de bandos que no eran los suyos. habría sacrificado su reputación.
Aceptó, empero, la doble derrota que los acontecimientos
le impusieron.
La flexibilidad de carácter no era cuerda que ibrara en su
constitución espiritual. Quiso ser fiel á la causa republicana
aferrándose á sus opiniones personales, y no quiso ó no pudo
comprend r la eficacia del aplazamiento. o transigía con las
ideas contrarias, y por ello, cuando el triunfo de las ideas propias
era simplem nte imposibl , se abstenía, se retiraba del
combate. Mucho debió de sufrir durante las pnt bas á que lo
sometía la hada negra de su temperamento, pero ni se doblegaba
ni se mentía á sí mismo. Iás tarde clvía á surgir como
se había eclipsado.
Se equivo ría, con todo, según lo dicho, quien le tuviera
por áspero. La se eridad la de; aba para él sólo; la ua idad y
la cortesanía espontáneas en '1, eran el esmalte de su amistad,
que dispensaba á muy pocos. Casi siempre se le veía s lo, serio
pero afable con los que se le acercaban. i espina había en su
corazón solo lo punzatan á él. Era, en suma, un sol:t::trio en
medio de la sociedad.
Los que sean como él, no son en man ra alguna hombres
mediocres. El sentimiento de 1 propia uperiorid1.d pue:ie llevarlos
mu lejos; y si su influencia, empero, s restringida, se
siente, por lo mismo, más int nsamente obr el medio social
n que viven. El hombre de qui n hablamo , si no era querido
por todos, por todos sí era r petado. Inspiraba resp to especialmente
porque su vida era de perfecta sobriedad , sus costumbres
de una pureza au tera.
Un hombre de su temple ,·ivi' más largo ticmp del que
era de spcrarse de tan constante d rroche de encrpía. En la
última época de su ida nuevo lebere le llam'lron ; la actividad
p lítica. Halló en justa comp n aci6n de todas las desventuras
que le agobiaron, u entro natural en el hogar de
u copartidarios oprimidos.
omprcndiendo la acción peligro a y disolvent del pod •r
per onal obre las buf'na co tumbr s ptlblicas, se con agró ~' n
Jos do último año de u ida á un obra el pa iente <1SÍI1lil -
ción, de patriótica re i t ncia y á imprimir] á la labor del
partido liberal 1 carácter de una de~ n a ocia!. omo Jefe el
se partido en Boyacá propendió por aumentar su fu 1 zas y
por vigorizar la fe en el alma de Jos luchadores, convencido ele
que las discu iones inútiles, la cuc tion s prematura y los
problemas cuya solución, si no imposible puede no er pró ·ima,
dividen y di uel en.
Su va ta experiencia le había dado continenci moral ; y
como no trabajaba para sati facer ambiciones personales, su
autoridad no era discutible ni era discutida.
En su amor puro y desinteresado por la libertad hallaría
JosÉ JoAQUÍ VARGA. , al morir, un alegre consuelo y b mejor
recompensa.
Bogotá, 24 de Marzo de 1899.
DIEGO 1E DOZA
El próximo número es el último de los doce que
forman h. primera serie de e ·ta REVISTA y contendrá
cinco retratos de Jorge Isaacs, correspondientes á diferente.
períodos de la vida del autor de María, varias
vistas del estado actual de las obra del Canal de
Panamá, una preciosa novela corta de Miguel Triana,
ilustrada por Acebedo Berna!. Juicio Crítico de las
poesías de ~iego U ribe, por Antonio María Gómez
Restrepo, acompañado del retrato de Uribe y de algunas
de sus mejores composiciones; una bella traducción
de D. Alfonso Delgado, etc. etc., fuera de los
asuntos importantes que el curso de los acontecimientos
imponga.
Sampa /1/atiz- Bogotá.
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
RE\ 1 1A ILU TRADA 1 77
dos cuando triunfan y la vara con que miden es la misma con
que son med:dos."
"Entre los partidos hay unos di z ó doce mil mamelucos
de sable ó de pluma, que son los que en realidad gobiernan,
nuestros verdaderos y únicos explotadores. Ellos se sobreponen
á sus copartidarios con la funesta máxima de: "Con nuestro
partido con razón y sin ella;" desterrando así la noción de la
patria ____ .. "
Hemos es:ogido estos pensamientos, al acaso, en los dos
volúmenes que forman la colección de algunos de sus a1tículos;
justo s agregar á ellos el siguiente que acentúa más el perfil
que apenas alcanz:1mo á esbozar por el corto esp,.cio de que
podemos dispon:.:r: 'Si tal vez nadie ha flagelado, al igual de
nosotros la conducta de nuestros partidos como entidades colectivas,
no reconocemos superioridad en cuanto á respeto por Jos
indi iduos. Explícase esto por la s:!renidad d _ 'nimo que ciertas
circunstancias p:ntir.ulares nos han permití o conservar al
travez de nuestras contiendas, merced á la cual las hemos visto,
más como efecto de leyes particulares, que como accidentes debidos
á la acción inmediata de lo individuos."
Toserá inoportuno hacer notar que lo que el Dr. S~mper
combatb con t:mto ahinco ra la intolerancia banderiza y no la
exi tencia d los partido políticos. A e te respecto s~ expresah.
así:
' Si la guerra ha sido obra d _ los partidos, preciso es procurar
que ellos se organicen y obren para producir la paz. Los
partidos son nece. arios, naturales en la vida d12 las sociedade.5,
y cuando s:1ben des _mpeñar su legítima misi · n, evitan que los
ínter ses oprimidos estallen produciendo revoluciones. Mas
¡cuán lejo están nuestros partidos d desempeñar las funciones
de válvulas en estas grande máquinas productoras de s""guridad
que se llaman gobiernos!
A pesar de las elevadas regiones en que se cerní su espíritu,
d ... su a anzada edad y ape arde las oluptuosidades que podía
brindar! una fortuna ganada honradamente con su esfuerzo y
con su talento de hacendista de alto vu lo, no se denegó jamás á
pr star 1 concur o de us luces y de su prestigio al partido político
uyos principios coincidían má con sus ideales.
Parece que hubiera contradicción en nuestras afirmacion s.
como t mbién en los pensamientos que hemos transcrito del
ilustre finado.
o era hombre el partido, dijimos, y sinembargo desemp
.... ñó elevados cargos conferidos por el Jiber lismo; ac ptó 1
puestos que aquel partido le brindó y sinembargo era un hombre
profundamente religioso. Era un creyente convencido, no
obstant lo avanz d de sus principios sociológicos.
La aceptación de la caudid tura para la Presidencia de la
República no caracteriza al Doctor Samper como hombre de
partido, sino má bien caracteriza á los hombres d partido que
lanzaron aquella candidatura y marca con sello imborrable esa
hora ele nue tra historia en que se verificó aquel acto. Ello dijeron:
queremos la paz de las conciencias, qu remos la paz po~ítica,
y por eso levantamos como bandera blanca, n medio del
n'ci baullar de las pasion s antisociales que aniquilan la patria
esa ab<.:za encanccida n incuenta años d lucha por todo
aqu ello que e nstituye lo má levados ideal de la humanidad
. in qu le hici rdn des\ iar de su objeti\ las mezquinas pasiones
el~ partido que c:.ullaban á. su alrrededor.
i tampoco había contradicción ntre s;.: fe sincera y los
a anzados principio conómicos y sociales que profesaba: unos
y otros staban inspirados en el Sermón de la Montaña, y por
so al le r sus scritos, se ama más á los que lloran y e exalta
uno más con los que padecen p;..rsecuciones por la justicia.
Los ra gos salientes de su ida pública nos recuerdan la de
los grandes estadistas ingleses, iempre dotados de cualidades
mis s6lid1s que brillantes, y entre ellos la d Sir Robert Pcel.
Como él, nun::a temió ser impopular ;i tnt"'que de decir lo qt:e
creía la verdad, como él, era enemigo del progreso político
por medio de la sangre y del fuego, como él, desdeñaba la pomposa
frase vacía y el g !:ltode rlequín, quetánto impresionan á las multitudes
y, finalmente, pudo como aquel hombre ilustr , que supo
s:.~straer á su patriad 1 contagio revolucionario europeo en 1848,
aceptando las reformas popular s contra la oposición de la aristocracia,
pudo, decimos, como Peel, haber exclamado al soltar la
pluma costreñido solaot nte por la muerte: ' Dejaré lo sé un
nombre execrado entre los monopolistas qui nes so pretexto de
interés público, no buscan sino su ganancia particular; pero
quizá ese nombre será algunas vece pronunciado con gratitud
en la morada de aquellos cuyo destino es el de ganar el pan
cuotidiano con el sudor de su frente."
Fueron, sinembargo, más expresivas las últimas palabras
del Doctor amper y le dan al conjunto de su obra la belleza ab.
olut, qu produce la unirlad
Citación recomendada (normas APA)
"Revista Ilustrada: crónica, ciencias, artes, literatura, historia - N. 11", -:-, 1899. Consultado en línea en la Biblioteca Digital de Bogotá (https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/3686815/), el día 2026-04-06.
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