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REPúBLICA DE·.COLOMBIA
REVISTA ILUSTRADA: ' ~
CRÓNICA, CIENCIAS, ARTES, LITERATURA, HISTORIA
DIRECTOR, PEDRO CARLOS ~ANRIQUE
FOTOG~ABADO~, SATUR.NO ZAPATA- ADMINIST~ADO~, R.UBÉN J. MOSQUER.A
·"
NÚ::\1ERO 8 -VOL. BOGOTÁ, DICIEMBRE 24 DE 1898 PRECIO so CENTAVOS
Precio de suscripción. á la "Revista Ilustrada.··
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$ Io columna. Remitidos, $ 10 columna. A'·isos: palabra, un centavo; en tipo especial,
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~oldán & 1.'amayo, en In Librería Torres Caycedo, en la Papelet·ía de Samper
MatlZ y en la Ltbrería Nueva del señor Jorge Roa.
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1:~1 Administrador de la REvisTA
ILUSTRADA suplica encarecida ..
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brevedad posible los valores
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sos ~as
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s que deman a la m-
RUBÉN J. MOSQUERA
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Garantizamos á ustedes que la REVISTA ILUSTRADA es
el periódi.:o que mayor circulacióu tiene)10y dentro y fuera
del' país; cuenta con abonados y colaboradores en todos
los partidos y círculos políticos.
Poner quince ó veinte veces consecutivas un aviso en
un diario, equivale á ponerlo una sola vez en una Revista
que se publica cada quince ó veinte días, con esta diferen- .
cia: en la Revista se paga una sola vez lo que en el diario
debe pagarse quince ó veinte veces. N o queremos con esto
decir que no se debe avisar en los diarios; sería tanto como
una puerilidad, entre otras razones, porque no siempre puede
esperar el avisador urgido la tardía aparición de la Revista.
N os proponemos solamente llamar la atención de los
señores avisadores á las ventajas que les brinda nuestra publicación
para hacer conocer extensamente y ú reducidísimo
precio sus ofertas y demandas.
Sumario del nú~ro 8
Pág. 1 ILUS'l'RACIONI •
1 1 1 1
) ¡· pode Representantes del
e re t< en tt> < t: a '-e , Partirlo Conservador Ha-pública
res
ó degeneradas, que se refunden en el crisol purificador de la
conciencia humana. Porque el Trabajo, el Amor, la Religión,
la Moral, la Política, la Competencia, el Patriotismo, la Palabra
escrita ó hablada y la Enseñanza como fuerzas social s primarias,
inherentes á la existencia individual y colectiva, elabora¡l el progr
so dentro de la esfera social en que se producen y funcionan.
La especie humana tiene, pues, en sí misma, gérmenes poderosos
de redención. Desarrollar aquellas fuerzas sociales y
aplicarlas en el sentido del bi n, mediante la cooperación de los
Gobiernos en el ejercicio de sus funciones, es hacer la grandeza
r cultura de las aciones en el estado presente de la vida, es
Con sus leyes divinas guía el destino
de los pueblos sin estorbar el
libre albedrío de los hombres. Las
grandes fuerzas sociales que impul¡¡
an la vida colectiva, que establecen
esa lucha de idea.s y de sentimientos
al conmover las almas y las conciencias
para producir el progreso, son
manifestaciones claras de la Providencia.
Esas que parecen catástrofes
sociales, destrucciones impías, fata-
LA ADORACIÓN DI!: LO PASTORES. (Museo de Madrid).-BARTOLOMÉ EST}!:BAN MURILLO
lidad.es crueles, son apenas disonancias pasajeras en el gran concierto
de la ida social, trasformaciones que preparan, si nó impulsan,
el progreso humano. Sólo el egoísmo produce decadencias
deplorables y el reposo indolente, degradaciones serviles!
cultivar los espíritus y robustecer las conciencias para un estado
futuro inevitable, al cual debamos llegar con los atavíos de la
virtud. Y tales son, en resumen, los•fines esenciales de la instrucción
y de la educación· fines ~que,· en lo que atañen al estado
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presente de la vida son incontrovertibles; pero no sucede lo
mismo, lo digo con pena, respecto al estado futuro, del cual
5uele dudarse. Permitidme, por tanto, una digresión, aunque
ligera, respecto á la creencia en la inmortalidad del alma, tan
fecunda en estímulos, en esperanzas y consuelos, ante la cual,
eliminados los temores de perder el caudal de conocimientos y
cer el alma, cuyo poder psíquico y subjetivo realiza las maravi.
llas de la vida?. . . . ,
Aquellos fines esenciales de la instrucción y educación tienen,
además, urgencias que impone la marcha acelerada del mundo
moderno. Pueblos ignorantes serán pueblos pobres y tiranizados,
y siempre pueblos débiles ante la competencia que
habrá de tocar á sus puertas
y explotar su ignorancia
y atraso industrial.
Desde que la Libertad y
la Democracia han multiplicado
las energías sociales,
el industrialismo,
con creciente poder, y
aquel amor propio de las
naciones, que se llama
patriotismo, han v~nido
á situar en el campo de
temibles competencias y
r ... presalias el comercio del
mundo, lo cual ha producido
un deseq'Jilibrio ~cenómico
que cc.usa trastornos
po íticos. incesan:.
tes inc¡ui tud':'s á las naci
rmes :1trasadc:s y débil~s,
y ·í las veces esos conflictos
q·tc las ~vergüenzan y
dc primr n, los cuales, por
error 0 por disculpa, se
at rihnycn á la arrogancia
de la fu crza deo las naciow
·s adcl :1 ntadrs y po:lerosCts.
sin que esto s r·a
parte á producirlos, sino
m;1s bi"n la i g norCtnci~ y
f~lt~ de c1: 1 h•ra de los
puebl s y 1" falta de justicia
ele us gvbiern s.
Porque allí donde la instru
cción y educación h ?.n
form ..,dn ·lm est;"tdn s0 ~ inl
WATER PÍA.-GREGORIO VÁSQUEZ ARCE Y CEBALLOS, pintor bogotano (1638-I?II).-Perteneció
este cuadro á la colección del finado doctor Teodoro Valenzuela.
en qu - impera la ley,
don rle hav equidad y g ? nnths.
donde la autoridad
reside en manos honradas
y exrertas, allí no
ocurren :1qudlos conflictos,
aun r•u la N::!ción no
tenga podcroséls escuadras
ni numercsos cjé,citos, f'n
orden á que, no es por la
fucrz:1 s!no nor la cultura,
por el espíritu de justicia,
por sus bt1enos gobiernos,
co:no lns naciones se mantienen
f'n paz, despiertan
simp;"ttÍas, arreglan sus
relaciones y defienden sus
intereses; que si llega el
caso, raro por cierto, de
agresión infundada, el
conflicto no sería vergonzoso,
ni faltarían medios
ele h::~cer defensa gloriosa.
El peligro amenazante no
es, pues, el de la fuerza
sino el de la competencia
industrial, mediante la
cual las naciones civilizadas
absorben las riquezas
por el conducto de los
cambios, como hecho natural
y corriente, aunque
virtudes, y existente la confianza en la Justicia divina, "la muerte
no viene á ser sino el acto más poderoso de la vida."
La razón no concibe la coexistencia del ser y del no ser de
las cosas creadas, existentes en el universo; menos concibe la
destrucción absoluta de la materia; y si ésta no perece, ¿por
qué ha de perecer la atracción que liga sus átomos, que determina
sus movimientos, sus formas y modos de existencia ? si la
carn~, l.os huesos y la sangre no perecen, ¿por qué ha de pere-con
detrimento del ahorro
nacional de los demás paises. Para evitar la ruina, como crónica
dolencia social, hay que buscar en las fuentes de la competencia
el remedio del desequilibrio económico que aumenta
con la c~~ización, es decir, hay gue hace~ de la enseñanza y de
1~ educac10n del pue~lo una n~cestdad soctal palpitante, impenosa,
que debe satisfacerse a todo gusto, como si el país fuese
á defenderse en guerra internacional; y hay que llevar el empeño
á todos los medios de la defensa, haciendo efectivamente .. ·-
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REVISTA ILUSTRADA
oblig~toria la enseñanza pública elemental, como se hace obligatorio
el servicio de las armas. Más todavía: hay que establecer
la siguiente proposición fundamental en los programas de
todos los partidos: La enseñanza primaria es tmo de los jints
pri11cipa!cs que debe realizar todo gobierno en d e.feret"cio de sus
funciotus, gastatldo de las n ·ntas públicas la suma necesan·a á .
su completo desarrollo y sostenimimto.
generaciones ilustradas que establezcan corrientes de produc.
ción con el cultivo de las ciencias, artes é industrias.
En este noble y generoso país se comprende y se practica
cuanto dejo dicho, pues hay aquí verdadero anhelo de enseñar
y educar las nuevas generaciones, sin que sean parte á impedirlo
las facciones políticas que en otras naciones suelen extremar su¡
odios hasta con detrimento de la patria. A un puedo decir que
LA NAVIOAD.-F. BRUTT
Porque en la moderna sociedad han venido á ser armas de
defensa en la lucha por la vida, la lectura, la escritura y ciertas
nociones científicas que al menos permitan á los pueblos mejorar
sus cultivos, efectuar sus cambios, aprovechar las peculiaridades
de la zona en que viven, y que al propio tiempo sean la
base para .que se formen, con la ley del tiempo y la virtud
de la constancia~ que hacen todas las grandes cosas humanas,
tomo del cuadro que el país exhibe las ideas que forman mis conceptos,
y que, ante el empeño liberal de su ~obierno, ante las
opiniones de sus hijos, ante el hermoso espectáculo de reuniones
como la presente, el porvenir se anuncia lisonjero, nueva~
auroras con mejores días, actos de clemencia y reflexiones patrióticas
habrán de asegurar la paz deseada y todos los benefi ..
cios de la instrucción y de la educación,
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p:.1és recitaba en oz.
baja el mon 'logo de
.Eiamlet. Aquel temperamento
meridional
había reaccionado
enérgicamente y criado músculos en el estudio ele Bacon
y Macaulay. Además, ·egún decía él mismo en su lenguaje
pintores o y algo extra vagn.n tc, "había descubierto
la gigante ca floresta de Shakespe.ue, se había internado
por sus profundidades y ob ervaba con amor y pasmo sus
grandezas ombría·."
Pero estudiaba á Shakespeare por su propia cuerjta y
para sí mismo: tomaba notas solo, en el fondo del parque;
y siempre llevaba consigo un tomito de Hamlet) gastado
yá por el forro y plagado de notas y borrones marginales.
En cam~io, nunca le vimos hacer un apuntamiento en las
conferencias mensuales que, con relación á Shakespeare,
d"ctaba en el colegio el erudito Mr. Nonsense. A dichas
conferencias, muy nombradas y anunciadas con anticipación
en las revistas inglesas, asistían muchos literatos de campanillas,
los reporfers de los principales diarios, y aun damas
J~;:; alta posició11, que iban por seguir la corriente.
Era, de ver cómo el crítico inglés discriminaba :1. Shakespeare
con una erudición tan profunda que causaba vértigo:
llevaba anotado, en grandes cuadernos que ponía
con grave ademán sobre la tribuna, todo lo que había cnco:
ltrado en las excavaciones practicadas por él en la obra
de Shakespeare; nos enseña~a cuántas líneas de prosa y
cuántas de verso tenían la obras del gran dram·tturgo; no
decía con toda precisión cuántas veces ocurría el ,·erbo
amar en Romeo y Julieta, y cuántas el verbo odiar en el
Otelo J. sabía cuántos miles de palabras componían el vocabulario
de Shakespeare; tenía la lista completa, con fechas
y lugares, de todas las ediciones shakespirianas que se
nabían hecho en el mundo; y aun nos refería con cierto aire
de mist~rio, y merced á l:trgas investigacione:; que él mismo
había efectuado en Stafford-upon-Avon, qué había
comido el poeta en sus últimos años y de qué color era el
ve tido que usara en sus últimos días. Entretanto los discípulos
tomábamos notas, llenos de pasmo; los reporters
esperaban el momento de correr á disputarse los manuscri-o
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f21 REVISTA ILUSTRADA
tos; y las damas abrían, asombradas, sus grandes ojos
azules, si bien es cierto que á veces di imulaban algunos
bostezos mordiéndose la punta de los guantes.
Un día llegó Mr. Nonsen e má erudito que nunca.
Colocó á Shakespeare sobre la plancha anatómica, sacó el
escalpelo, y empezó el estudio· de ·cuartizaba miembro por
miembro, cortaba aquí, ob e'rvaba allá disecaba el corazón,
contaba lo nervio uno á uno. Jamás le habíamos
visto tan implacablemente . abio. Hizo un estudio sobre los
animales de los dramas de lzakespeare. Todos los animales
que el poeta cita en su obra pa:aron por la tribuna del
orador, clasificados y ordenados omo en otra arca. Mr.
Non en e nos enseñó que ha k e. pea re en los epítetos y expresiones
sobre cierto ammal s no había hecho ino plagiar
á otros poeta ingle . ·á Gower. á Chau er, á Spencer,.
á. Marlow. Demostró que también había plagiado, para
el mismo fin, á Virgilio, Plinio 0\·idio y aun mucha frases
de la Biblia. La famo~a de. ~ripci6n del león, que hay en
uno de los dramas re ultó s r de llinio; uno onreptos
sobre el buitre, eran del Prometeo de E.·quilo; lo. élebrcs
párrafos sobre el caballo, en Ven11s y Adonis, eran copia·
dos de Du Bartas y el conocido trozo d 1 Enrique V obre
las abejas, era del Euplzurs de Lyly quien á su ve·z lo había
tomado de un h rrnoso pasaje de Virgilio, 5E'gun lo prnbó
el profesor leyéndono. el libro '" de las Geórgicas. ¿Y
por qué alabar la nomenclatura de los p~rro . . que hallamos
en Macbeth y en el R ey Lear? ada de original tiene,
pues está tomada de la Vuelta al Par11aso. Una imagen
sobre los abejones que hay n el drama Peric/t's le pertenecía
á Suffolk, y otra !:lohre lar ina de las al> ja~, que trae
el Timón de Atenas, era de La Fttrias de Du Bartas. Lo
epíteto::; que Shakespeare les aplica á ciertas ave. tampoco
son suyos, s gún lo probó nue tro pr f<-' or amontonando
citas sobre citas y c:o iendo lihro: tras de libro : la e ·presión
de ''la alondra matinal," resultó ser d Lyly · ' la atrevida
alondra," de WII!iam Brownf' · ]a gozo. a alondra,"
de Spencer· la alondra "men. aj ra del día." de Chaucer ·
y la alondra "que saca al día d ·u 1 targo," ele he ter.-Y
así seguía y seguía Mr. on.'en e aglom rando anotaciones,
sacando tomo d , u faltriq uera m~nean o al au litorio
con sus oleadas de pa ·aje. que e sucedían con monotonía
implacable.
Todos, llen os de admira i6n bostez:í.bam
Sólo había allí un indivi luo c¡u no admiraba á Mr.
Noñsense: era ermán 11 ornoz que entre diente- deda
lleno de cólera mal reprimida: '' · Profana ión. profan3-
ción! ,"; y ponía la cara de un bonzo que vi ra profanada
la pagoda y pisoteado el ídolo.
Para desquitarnos de aquella projanart'ó11, resolvimo~
Germán y yo ir aquella noche al teatro de DntJ')"-Laue,
donde daban á Romeo y Julieta. Llamaba allf la at .... nción
de todo Londres la actriz mi Ethel Fox que había hc~ho
iU estreno en e a temporada. Por 1 . peri 'dicos ahí ol110S
que era hija de un irlandé. ca n.do con LP.a htrmosa n:1p -
litana. Su padre era harto acomodado pero ella, por \'OCé:'.ción:
Hresistible, se había on. ataba en el tsc:enario.
Cuando se pre entó, una alva de aplausos atronó el
teatro.
El escenario repre en taba el cuarto de J ulieta. Por un
capricho de la actriz, en el mobiliario no resaltaba ningún
color vivaz, ninguna tinta fuerte; no ólo había suprimido
los colores hirientes el rojo, el azul el amarillo, sino hasta
los matices sonrosados que el e cenógrafo había deseado
dejar en algunas cortinas.
El tono general del aposento, en las telas que cubrían
los muros y el suelo, era de un gris ·uavemente opaco;
sobre esa opacidad de los tapices se destacaban en tinta
más clara, los muebles venecianos fcrraclo en ra o lechoso
y bordados con escudos y cifra el plata oxidada. A un
lado se abría un balcón con rica balaustrada de mármol
blanco, y por ese ancho espacio entraba el fulgor de la
luna, que dibujaba sobre la alfombra gris un cuadro luminoso.
J ulieta, vestida de raso aperlado, se colocó al rayo
de la luna y, con su
blancura de azucena,
formó como el centro
radiante, como la
nota principal en medio
de aquellos tonos
pálidos que, desde la
claridad del balcón
ha talasúltimassombra
del fondo, iban
decreciendo poco á
poco en una escala
melodiosa que·se extinguía
suavemente
en las tinieblas.
El spectador experimentaba
cierto
deleite visual al recorrer
ron vaga vol
uptt:osidad aquellas
gradaciones de luz y
0rnbra que produían
en la retina vibraciones
tenues y
corno aterciopeladas.
Y se adivinaba que
en aquel retrete aleteaba
l)n alma. llena de blandura, liena de languideces enfermizas,
de cariño ·as melancolías.
Y c menz' luégo el diilogo de los amantes:
J I.IE'L \.-· Cómo! ¿Yá quiere irte? Aún tarda el día.
Fue 1 rui ·eñ ·r; no fue no fue la alondra
ui n alarmó tu recelo o oído;
Toda. las no h · en aquel granado
u anto en ·aya: él er?.: ·oh dueño amado!
'rédito dame: d rui eñor ha sido.
'' Ro:\11.!:0.- Fue la alondra del alba men. ajera,
o el ruiseñor. ¿ o ves hacia el riente
uál de la· rota nubes orla el borde
Yá la envidio~a laridad? nfrfa
De la estrella las pálidas vi lumbres:
De la montaña en las brumo as curr.bres
Ra a risueño y s levanta el día.
Si parto, vivo· si le aguardo, muero . .. . "
El apo nto mpezaba á iluminar e tenuamente con la
luz del alba. Romeo estreché'tha por última vez la mano de
J ulieta y e acercaba á la bala u 'trada de mármol. En las
pupila de la amada se dibujaba ia agonía de los supremos
adio;;e ; el pecho y el cuello se le henchían con la oleada
de un sollozo. Pendiente del balcón temLlaba la escala de
seda.
'}ULTETA.- Bien sé que matutina luz no es ésa,
Quédate aquí conmigo todavía .... "
Germán, al verla se sacudió en la butaca, herido por
la emoción, y se pu o súbitamente pálido. Nada me dijo,
pero le temblaban los labios.
La belleza de aquella Julieta, mezcla de tipo inglés y
de hermo ura romana, era en verdad una belleza extraña,
exótica; obre la palidez transparente del cutis, á la luz de
la luna, e destacaban sus ojos de italiana, unos ojos grandes,
invadidos por cierta languidez soñolienta. Fuese ó nó '
sugestión la joven los volvió hacia el lugar donde estábamos,
y los detuvo en Germán, que la mir-aba como un alucinado.
Al cruzarse las miradas, Germán sufrió una nueva
conmoción. Pasó una hora sin que hablara una palabra.
Temí que aquella conmoción extraña pudiera hacerle
daño, pues con frecuencia sufría de fiebres nerviosas; y logré
que al concluír el segundo acto saliéramos del teatro.
-Lo comprendo-me dijo después de que anduvimos
largo rato al aire fresco,-te estarás riendo de mí. Estoy
hecho un enamorado de novela, ¿no es verdad? Yo, que
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REVISTA ILUSTRADA 12j
me burlo de todo romanticismo .... Pero estas cosas pasan
.... N o hablemos del asunto.
Caminaba él cabi~bajo, con las manos hundidas en los
bolsillos del sobretodo. U na oleada de luz y de ruido nos
inundó de repente. Para distraer á Germán le propuse que
entráramos al Café Ruso. N os sentámos. Mientras yo le
hablaba largamente, el sevillano, sin apurar la media pinta
de cerveza que tenía delante, clavaba los ojos, viendo sin
mirar. en las venas azules del mármol de la mesa. De pronto
se levantó dando un rec;oplido.
-N o resisto más .... ¿ Me acompañas?
Caminámos precipitadamente, para alcanzar al final
del drarna. Cuando ocupámos nuestras butacas, conduía
yá el último acto. Hechos nuestros ojos al resplandor de
los mecheros que ardían á la entrada del teatro, nada distinguíamos
al principio entre la oscuridad del escenario.
Poco á poco, de entre la sombra fueron surgiendo algunos
perfiles vagos: de la cripta col~aba una lámpara de bronce,
en que agonizaba una h:1.z funeral; en el centro, lamasa
de una tu'mba de mármol negro; en los pliegues ele un
ancho mant0 de terciopelo, que se bebía la luz, se retorcían,
en confusos bordados, los dragones de lo Capuletos; sobre
aquel manto, un féretro; en el fér etro. cadavérica y rígida,
Julieta.
El escenario está lleno de angu tioso silencio. Luégo
resuenan pasos en el panteón. Después de la escena con París,
entra Romeo embozado en su capa, anhelante, desgreñado,
con la fatiga del viaje en el semblante, se arroja hacia
la tumba y se arrodilla al pie del féretro.
-"¡Ah, Julieta, mi amada! ¡Julieta! ¡Todavía tan
hermosa: ... ¡Julieta! ¿Me atreveré á creer que la muerte
misma te ama y te respeta?" Y el amante, con la fieb!'e
de la angustia, le alza la cabeza, que cae descoyuntada sobre
el hombro de Romeo.
-" .... ¡Julieta! Los gusanos de la tumba son tus
camareras .... ! "
Y vuelve á alzarle la cabeza, que de nuevo se descoyunta
y golpea el lecho mortuorio.
•• •
En los días siguientes Germán no obtuvo permiso del
dir.ector para salir del colegio; nada me decía, pero se paseaba
por su cuarto, por el jardín, por las aulas, con la inqujetud
febril de un tigre enjaulado. Una mañana le
encontré pálido; estaba leyendo el Grapltic.; el periódico
anunciaba que la admirable Ethel Fox-la célebre Julidapor
indicación de los médicos cortaba la temporad.a de
Drury-Lane, y pronto saldría para Niza en busca de clima
abrigado. Germán tiró á un lado el periódico, se puso el
gabán, y sin temer la violación de la disciplina, salió del colegio.
Tomó un coche y llegó precipitadamente á DruryLane.
El teatro esta ha desierto; los pasillos sombríos;
el esr.enario devolvía la voz de un modo cavernoso. Un
viento mudo hacía tiritar los lienzos de las decoraciones.
Un·a vieja, que se arrastraba por aquellas sombras tomo
una lechuza, le dio á Germán las señas de la casa de Julieta.
Acudió allí. Ella había salido, y no pudo verla, aunque
aguardó una hora. Germán pidió papel y le escribió cuatro
líneas torcidas y temblorosas, en que le decía que la amaba;
luégo pensó que aquello era ridículo, bueno sólo para
novelas románticas, pero no para la vida real, y rompió la
carta. Dejó su tarjeta con la dirección, y volvió al Colegio.
Al día siguiente recibió otra tarjeta, de Ethel Fox, en
que se despedía para N iza, donde, decía," esperaba verlo."
Germán le escribió á su padre manifestándole el deseo
ele descansar un poco en una vuelta por el Continente. N o
sé si le hablaba de enfermedad, pero si Jo h~cía no se' alejaba
de la verdad, pues una fiebre nerviosa lo estaba minando
sordamente. Dos semanas tardó la respuesta. "Si es
para viaje de provecho, viája, hijo, y gástate medio olivar,"
deda el sevillano viejo. Germán me dio un abrazo y se
marchó.
Un mes estuvo ausente. Cuando regresó, estaba aún
más pálido; pero y á no tenía aquella inquietud nerviosa.
Le embargaba una melancolía profunda y serena. Me abrazó
en silen_cio. N a da me dijo: nada quise preguntarle. Estuvo
taciturno; es~ribió, retira o al fondo del parque, algunas
e:;tr üs; p~ro re :uudó con roda formalidad sus
estudios. ¿ Q 1é le había sucedido durante el viaje?
•• •
En la mismas mana de u llegada nos citaron para la
conferencia de 1 r. onsense. El salón e llenó, más que
nu ·1ca, de sekcto pú~>lico, l!ntre el cual se destacaban alguno
ilustrados re}olfers numerosas damas y los dos directores
cte la I(ensington Rn.,iew y del Marlowe Magazine.
Los estudiantes, lápiz en mano, estaban afanusos por
llenar de notas sus uéJdernos. El estudio del sabio profesor
iba á versar, según lo apuntaban los iniciados eu tan
altos secretos, sobre "las onomatopeyas que se hallan en
Romeo y Jitlieta."
De pronto se presentó el Rector e 1 el salón, y algo
confuso anunció que Mr. N onsense, con su acostumbrada
puntualidad, había llegado á la hora exacta, pero que no
podía dictar la conferencia por habérsele extraviado en el
camino sus cartapacios, donde venían encerradas las esperadas
onomatopeyas. Añadió que para suplir, y como un
estímulo para los estudiantes, alguno de los discípulos dd
colegio, sirviéndose de notas tomadas ante1 iorrnente, diría
algo sobre el mismo drama de Shakespeare. Y al efecto, el
Rector nos invitó uno por uno, pero todos nos fuimos excusando,
te.merosos de salir á la tribuna delante de aquel
imponente auditorio. Cuando se llegó á Germán, éste
aceptó, y modestamente atravesó aquella concurrencia
que, entre chasqueada y curiosa, le apuntaba con todbs los
binóculos. Yo me estremecí al verlo yá en la tribuna, aislado
en aquel puesto de honor, en med10 de una multitud
dispuesta más á la burla que al aplauso. Aunque él conocía
perfectamente el idioma, ¿cómo iba á desarrollar su
asunto, sin prepararse debidamente? ¿Cómo reemplazaría
á Mr. N onsense sin llevar un arsenal de anotaciones?
¿Qué iba á agregar sobre Shakespeare después de que el
profesor yá había escrutado, analizado, desmigajado todos
los asuntos? ¿Qué sabía él sobre las onomatopeyas l Y todo
aquello me lo preguntaba yo mientras veía, alarmado, á los
reporters y eruditos codearse y enarcar las cejas con cierto
aire de desprecio perfectamente británico. Las damas, sinembargo,
habían simpatizado con el joven: la fisonomía
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
124 REVISTA ILUSTRADA
interesante, el aspecto meridional, hasta cierto desorden
artístico del cabello, la expresión de soñador intenso que
revelaban los ojos, todo era para ellas una novedad, y
desde lejos lo saludaban con amables sonrisas, que Germán,
recogido en su interior, como repasando sus sentimientos,
no alcanzaba á notar.
Principió el exordio. Reinaba un silencio de tumba: se
alcanzaba á oír el leve aleteo de un abanico. Anunció Germán
que tomaba por tema, según estaba señalado, el drama
de Romeo y Julieta./ pero agregó, con acento en que
algún reporter creyó encontrar. cierta ironía disimulada,
que no se hallaba dispuesto á hablar sobre las onomatopeyas.
Con cierta veneración religiosa entraba en el asunto.
" ... A Shakespeare deseo estudiarlo recorriendo, por
mi falta de anotaciones, un camino distinto del que transita
el respetable Mr. Nonsense (movimiento de disgusto
entre los reporters ). N o soy capaz de analizarlo en esa forma:
sólo me siento capaz de entirlo, particularmente si
se trata de un drama como Romeo y Julieta, drama que s
todo amor, ternura y agonía" (aprobación entre las damas).
"Es sin duda un atrevimiento el querer explicar lo que
Shakespeare pretendiera simbolizar en algunas de su creaciones,
y aun se llega á creer que él no se propu iera
formar símbolos con ellas, si se atiende á la vida real ue
tienen, hasta en los menor detalles, todos sus per onaje :
Hamlet mismo, entre las vaguedades y niebla!.' de u lo ura
lumino a, camina, hahla, come, bebe: suda, con toda la
realidad de nue ·tra carne. Sinembargo, e a creacione á
vece~ parecen símbolos olo ales: t lo e la pa ión que
mata en el ánimo la reflexión; por el contrario, Hamlet
es la reflexión excesiva que de truye la pasión. El R y
Lear es la genero idad, pagada con la ingratitud; Yago, la
traición; Kent, la ami. tad. Y tal pare e que en e'ste poema-
tragedia de Romeo y Julieta, el genio taciturn de
Shakespeare, di gu tado aca o ante t·ínta pequ ñe es e
la exi tencia; enamorado uizá de la paz de la tumba;
des reciador de e te mal enredo dr. mátJc que . ~:: representa
en l teatro del mundo, y arrobado tal ez nt
las armonías que re. tahlece el epul"ro; tal parece q u
hubiera querido, con u ironía trá~Yica, escarnecer la vanidad
de la V1da y ens1.lzar la grande~ a :o.em11e y re ara lora
de la Muerte.
"Dulce y melancólico argumento aquel en que v<1n
de brazo el Am r y la De gracia. Al canto alegre del idilio
responde allí, á medida que la e cena avan1.a á su final
catástrofe, la voz gemidora de la elegía. Al canto del ruiseñor
que trina al pie de la ventana donde pbtican lo..; dos
en:t.mo:ad . , responJe luégo el chilli o del bulw en el <..cme~
terio d ) ·1 le Rome) va á buscar, dormida t.!:1 e-l fér ~ t :·o,
á la pálida J uli('ta .... "
La voz de (7 rmán t m~)la 'l u poco. y en :u cm1ción
tal parecía que e tuviera tocan Jo una hi ·toria en azada ele
algún molo con su propia vida. u vo?.. m_ridi •)n1 1, a~ ~ rnativamelt~
s n·)ra y amortiguad por la S)rcli:1:t L u ,Ll
or:u ta melancolíél, l:e aba el saló:1 con ton ...,, mu ical ~ s. El
au\iitorio esta· a <~tt>nto y simpatizab t h:1sUl. con esa lfn:- genes,
algo extravagantes á ver.;es, que e. seviilano e 'presaba
con acento conmovido.
"¡Pobres almas-proseguía,- pobres aimas <'~.as de~,
f rm :da aca o de:,de la eternidad para cruzar juntas el
valle de la vida, unidas en un mismo vuelo amoro o, tocándose
las puntas de las alas; y de ·tinad .ts, sinem!>argo,
para agonizar á distancia, revoloteando in' tllmente por
juntarse; y se abaten al cabo, una en pos de otra,-rotas
yá las plumas de las alas cansada -en el pL.tyón solitario
de la muerte!
"f:l tenía el alma de poeta; ella era la inspiración
misma; con poco habrían sido felices; fácilmente habrían
realizado su ensueño; les habrían ba tado unas horas tranquilas
á la sombra de e e árbol del jardín donde cantaba
la alondra; una barca para deslizarse con sus ilusiones por
las aguas tranquilas de algún canal solitario de Venecia.
Ellos tenían el amor, la juventud, la in pirac1ón: la belleza;
y sólo le pedían á la suerte lo que el mundo lt!s concede á
otros con tánta facilidad: el olvido."
Las repeticiones, ciertas antítesis exageradas, el colorido
meridional, algunos brochazos de efecto inesperado,
todo esto, mezclado en la ingenua improvi ación del sevillano,
tenía para aquellos e píritu ingle. es el atractivo de
lo exótico. El hielo de esos temperamentos, que en otras
ocasiones se alumbraba con la fría aurora boreal de Mr.
N onsense, ahora se deshacía al calor de esa imaginación
fervorosa.
La señoras aplaudían. El redactor de la Kensington
Review protestaba contra tales novedades. La opiniones
se dividían, discutían los discípulos y los profesores, los
reporters tomaban notas sobre aquel estado del auditorio.
Albornoz, sordo á ese oleaje que se formaba en torno suyo,
sólo parecía oír los ecos de alguna voz lejana.
"La vida,-continuó-tan serena para otra existencias
menos puras, fue toda de tempestad para ellos; y sólo al
morir se unieron, cuando yá los labios estaban demasiado
fríos para la frase de amor, y las manos, crispadas por la
agonía final, yá habían olvidado la d Ji adeza. de las caricias.
Y a f como á vece. vemos en la playa, tra la borrasca,
á alguna vieja tri te y caritativa que recoge 1 >S re tos de
un naufragio y _aca á la arena, con la mano hueso!,a, los
cadáveres que el mar arroja, a í vemo , era la po trimerías
de e te drama lúgubre, á la Muerte con mano ·ompasiva
recogiendo y abrigando bajo su manto nearo lo o cadávere.
de encajado que le arrojó el ol aje de una existencia
tormentosa. Y tal parece que la Muerte dice: ' omparad
la ac ión d mi ri\·a l, la Vi la á quien todo alaban, con la
acción de la temida M uert , de q ui n tocio· maldi ·en. La
Vida per ·iguió á los amante : i la alondra antaba, era
para turbar su ensueño ; si despuntaba el día, era para
truncar las entr vistas de amor. Yo acojo á lo· amante ;
les doy para sus citas mis sombras eterna ; úno aquí para
siempre sus mano. pálida . Hasta mí no Jlerrarán los enredo
vulgare de la s·.1erte. qt!Í. en mi ótano o curo, yo
junto u cabez:-l para siem, r om(.~ una madr nmoros;~,
echo bre llo mi man Lo. La la 11
1 ~ril.a del panteón
alu:n:)rará la cámnra nupcial ... U rmid ca. to e:po sos...
La vida, con ·-u dí:t · y us noche. con su sol y
·us cielo e ·trellaclo. , on sus granado en fl r y su. rui eñ
re '1tando, no supo brin arl ni una aurora ri ueña,
ni una sombra apacible, ni nna canción al gre. Yo, la t -
mida Muerte, con sólo mi som ra eterna: le brindo aqní
para su unión lapa?, solem'le, el silenci inmutable'."
•• •
P.t> ·t: :1 m:!s~. Germí.n no ha ía quer;do referirme lo
su'':! li t:n s:1 ,-i,lje á Italia; yo re petaba u re·erva, pero
aui-.;inaba Url:l honda triste4!.a1 y que éJ guardaba, COn cierto
\..'goumo amargo, el secreto y el desenlace de aquella pasión
que había principiaclo inesperadamente una noche en el
teatro ticia de que
Julieta. ha muerto. Me estremecí y sentí que la sangre se
me helaba. Aco.-t..lmlmtdo á ver á thel en el papel de J ulieta,
formaban para mí una sola per ona. ¡Qué lenta se me
hizo la escena en que Romeo alquila los caballos y se prepara
á correr al lado de su amada! Yá debía llegar la escena
del panteón, en que Julieta apare1 e en el féretro, con
su ve tido de de pn ada. Temblaba yo, dec;;eo o de verla.
pero á la vez angu-;tiado . juzgando de mal augurio el ve~la,
de pué· de nue ·tra au ·encia hacicD:do de muerta, tend1d:'l
en la caja mortuoria. Y como estaha enferma, ¡qué tern ble
verdad no e vería, al fingirse como muerta, en sus
faeciones adelgazadas por la tisis!
''Pasó luégo la escena de la celda de Fray Lorenzo;
y en seguida vmo el anhelado cambio de decoración. Apareció
el cementerio, oscuro y triste; de la cripta coigaba
una lámpara de bronce, en que agonizaba una luz funeral;
en el centro la masa de una tumba; en los pliegu~ del
manto de terciopelo ·e retorcían lo dragone de lo Capuletos;
sobre aquel manto un féretro, en él mi Julieta, con
una palidez mortal en el semblante y un par de círculos
morados al rededor de los ojo . ¿Eran aquellas ojeras efectos
de la pintura ó de la enfermedad? N o sospechaba ella
que·· ahí mismo, á poco paso , estaba yo observándola,
detenido el aliento y apretándome el corazón con ambas
manos.
"De cuán
Citación recomendada (normas APA)
"Revista Ilustrada: crónica, ciencias, artes, literatura, historia - N. 8", -:-, 1899. Consultado en línea en la Biblioteca Digital de Bogotá (https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/3686812/), el día 2026-03-17.
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