LA FAMILIA~
LECTURAS PARA EL HOGAR.
Bajo la dirección de la señora Soledad Aoosta de Samper.
E.n...ero de :1..885. } N.o 9.•
BIOGRAFIA CO TEMPORANEAS.
HISTORIA DE OOLOMBIA.
D LE.TANDR
-~•\ 100 l •.,~;~ ?.!Jt~IlELLÍ Y 1~ -T 1764:.-. n RR'l'O EN BOCOT.\ EN 1841. *
I
La fan1ilia élez dcsciend del O pitán don ,J nan V 'lez
de Ri ero, de hidalgo s lar le la n ontaña de antander.
Don José IO'nacio élez (padre de don lejandro) vivia
en Medellín, en donde tenía propiedade , y era ho1nbre culto
y de edncaci'n literaria.
Francisco-Antonio~Marla-Olemente-Alej ndro-V élez nació
en una casa de campo de su familia, en la vecindad de Medellín,
el 23 de Noviembre de 1794:.
Cuando Alejandro élez vió la luz, hacía yá cinco años
qne gobernaba el N u evo Reino de Granada el Conde de,
Ezpeleta. Fué éste nno de los gobernantes más progresistas
ilustrados y simpáticos que vinieron á e te paí , y su recuerdo
está escrito en página de oro en los analc de la Colonia.
Ezpelcta, hombre iln trado repito se ocupó en ordenar
la renta pública , in lo cual no puede haber gobierno respe·
tablc. u sabjas medidas. 1 jniciosa economías pr•>d njeron un
(*) 1 señor don Manuel Vélez. hermano de don Alejandr , nos ha
enviado desde París,-en donde reside,-todos los datos, CJ.Ue no se encuen·
tran en las historias, para escribir esta Biografía.
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514: LA FAMILIA.
bien tan grande, que logró cnbrir las deudas pasad s y aumentar
las rentas venideras. Las misiones dieron un paso adelante,
y hacía mucho tiempo que no se habian visto tan bien se1·vidos
los pueblos indígenas; de manera que durante unos pocos añ.os,
más de veinte mil indios aumentaron el censo de la. población
del Virreinato, y la religión de Cristo conquistó esos centenares
de almas para Dios. Los hospitales, hospicios y casas de
beneficencia estaban organizados como nunca lo habían sido
antes ni lo fueron después, y al menesteroso de las ciudades
no faltó un pan para mitigar su hambre, ni una cama para
reposar en sus dolencias. La Casa de expósitos fué reorganizada;
las escuelas tuvieron incremento; los Colegios y Seminarios
abrie1·on sus puertas á muchos pobres, y pidiéronse maestros
y profesores á España; se fundó en aquel tiempo el
primer plantel de educación para el bello sexo, que se conoció
en Bogotá (el de La Ensetíanza). Entre los progresos materiales
bastal'á. nombrar el Puente del Oomívn, que fué construido en
aquella época; se abrieron caminos nuevos y se 1nejoraron
todos los antiguos ; se fundó el primer periódico · fomentáronse
las industrias; pidió Ezpeleta la abolición de algunm• monopolios
y libertó de gravamen algunos productos naturales ....
¡ Y podrá sorpl'enderse alguien de que invoquemos con entusiasmo
la sombra de este gobe1·nante, q ne debería servir de modelo
á todos los que, olvidando non1bres y doctrina sólo piensen
en el bien de la Patria!
Como deseara la instrucción de la juventud, permití'
aquel Virrey que se reuniesen muchos jóvenes amantes del estudio
y que canjeasen ~ntre sí los pocos libros que llegaban de
España. or lo mismo que los libros eran e casos, los pocos que
llegaban á onseguir las personaE €studiosas eran devorados con
ardor estudiados con toda conciencia, y no los soltaban hasta
ha'bé1·selos aprendido casi de memoria, y hecho copias y tomado
muchas notas de ellos.
En 1794 tuvo lugar la causa ruidosa de don Antonio Na-
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L FAMILIA. 515
r1uo el cual no s 'lo habia leído copiado prestado y e tu diado
1 folleto re olucionnrio de los De1echos d el lwmb1·e, publicados
en los ..A.nale de la ..dsan?.blea Oon tituyente de Francia, sino
que lo habís. traducido 1nandado imprimir y diseminádolo
entre sus amigos y conocidos.
úpo e aquello por el Gobierno, y de resultas de las ind -
aaciones qne se hicieron don ntonio Nariño fué encarcelado
y remitido á Europa con otro hombre notable, tatnbién encausado
~1 antioqueno don Francisco Antonio Zea el cual se
encuentra en la lista de los sabios de aquella época en los anales
de Espana y que hizo notable viso entre los naturalistas
uropeos.
II
Entre tanto Alejandro Vélez ajo los auspiCios de su
padre que era tnuy amante de las luces, creci' en una atmósfera
que le llevó éÍ amar las ciencias y las letras. Al principiar
este iglo tuvo la fortuna de tener por rnaestro al ue después
Iué héroe de la patria y General de la República, don Liborio
1\fcjía, y al sabio anciano doctor Félix Restrepo. Con estos
prof esores Vélez aprendió latín y obtuvo las primeras nociones
de varias ciencias.
Yá de catorce ó quince año.s, fué enviado á Santafó de
ogotá en donde Caldas le totnó bajo su protecci' n y le enseñ'
matemáticas ingetuena.
La capital del Virreinato era un foco de ardoroso patriotismo
unido al deseo más violento de aprender y de eDtudiar
todas las ciencias.
Nariño había echado las raíces del patriotismo, y 1 barón
de Humboldt había abierto nuevos horizontes á los colonos
que ansiaban formar una patria independiente en que no fuese
vedado el saber ; y aquel arbol de la ciencia del bien y del
mal creció, se fortificó en el centro del Virreinato, y :floreció en
los corazones de aquellos hombres que sonaban con un porve-
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516 LA FAMILIA
nir de:hon1·ada dicha. ¡Felices de ellos, que no veían que i sembraron
la semilla del bien, á su lado creció la del mal que hoy
día ahoga á sus descendientes!
¡ Qué hombres tan importantes sirvieron de ejemplo y de
no-rma al joven antioqueno t Los Mutis, tío y sobrino, los Lozano,
Valenzuela, Camacho, Duquesne, Oaycedo, Azuola,
Madrid, su compatriota don José Manuel Res trepo y su maestro
Caldas t En medio de esta sociedad se educó Alejandro Vélez;
su oído escuchaba con atención las lecciones que daban esos
sabios, su mente se elevaba y su co1·azón so fortificaba al lado
de ellos.
La revolución contra los españoles salió de'la mente de esos
~abios, y á su ambiente de fuego se dispersaron aquellos ingenios,
que soltaron la pluma y sus instrn1nentos científicos para
empuñar la espada y el fusil y defender us convicciones.
¿ Qué podía hacer el joven V élez sino seguir á sus maestros
á los campamentos?
ombrado Teniente de ingenieros á pesar de su juventud,-
aunque sí et"a digno de ese puesto por su ciencia,-Alejandro
Vélez fu6 enviado, bajo el mando del Comandante Juan
de la Oruz Contreras, á Honda; después al puerto de N are, en
seguida á fortificar la Angostura de Oarare contra los españoles.
En aquellos lugare9 mortfferos Vélez contrajo una fiebre
maligna que le imposibilit6 para seguir en campafia. Su jefe
le envi' á Bogotá en donde estaba aún moribundo cuando
lleg6 á la capital el General Mot·illo en pos de los ejércitos
espafíoles vencedores.
El desgraciado Oontrera e pi' en uu patíbulo su lealtad
á la patria · el pacificador Morillo le hiz ft1silar por la. e p 1-
<.la, como traidor, el 19 de Junio del aüo de 1816.
Vélez cayó en manos de los españole , pero como era tan
joven, Morillo le perdonó la vida, y le mand' internar en
el famoso batallón de N nmancia, el presidio de los soldados
patriotas.
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L F.t ILI .. "'17
apenas p rm, noci' en aquel pu sto uno
ía"' . u po 1 e un o de orillo . Pase u 1 de En rile
u lejandr r élez era iucronier de mérito y cot necesi-ta
e de un m nuen in ·truído p ra. quo le cop·a e pl nos :y
n1apas l p· ' que deseaba cllvi. r 1 l e · de E p -a, le 11 ú
á 1 despacl o para n , rO'arle de aquella bra.
El carácter atnable ]· finura de n1o l gr nde instrucción
y c1 ro talento del joven patriota llamaron tánto la atencióndel
jefe espafiol que hizo cnanto pudo par atraerle {t la
causa reali t ofr ci ndole toda clase de h la o-os para que se quedase
ásu lado. Pero Vélez, fiel á u patria y á sus convicciones
upo rehusar lo que le pedía Enrile al ismo tiempo o-anar-se
su buena voluntad.
Aunque la p1·otección del segundo de orillo le hizo el
bien de librarle de servir en los ejércitos realistas, no le producía
ninguna ganancia pecuniaria : vivía trabajando sin cesar y se
mantenía difícilmente con los escasos recurso que lograba
enviarle su madre desde Antioquia. Se alojaba en casa
de una buena señora llamada Gertrudis Silvestre, de quien
iempre se manifestó muy agradecido por los cuidados y atenciones
que tuvo con él.
Como no tcní recurso para renovar sus ropas, solía prcentarse
n las oficinas delpacificCldor ve tido con el uniforme
de los patriotas, lo cnal le disimulaba Enrile po1·que sabía que
et·a pobre.
Pero un día en que Morillo estaba de mal humor, se :fijó en
ól, y furioso le preguntó, con coléricas palabras, cómo se atrevía
á insultar á los emisarios del benigno Rey D. Fernando
, vestido con la librea de la robellón.
Contestóle Vélez la verdad; pero aquello no paci:fic' al
paciftcador, que le 11otificó que si volvía á encontrarle así ataviado,
le mandaría fusilar sin ninguna fórmula de juicio.
Fuéle, pues, preciso abandonar su único estido:presentable
y conseguir otro que no ofendiese lo ojos de los buenos
ervidorcs d 1 Rey de E paña.
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518 LA FAMILIA.
Cuando Enrile salió de Bogotá con Morillo, Alejandro
Vélez obtuvo licencia de regresar á Antioquia al lado de su
familia. ( 1 )
II
JJos españoles no cometieron en Antioquialos atropellos que
en otras partes de la República aunque explotaron y abusaron
de las riquezas de aquel país, no fusilaron á nadie, ni han quedado
de ellos los recuerdos de '3angre y matanzas 1ue e,e vieron
en el.Cauca, Cartagena, Cundinamarca &.a
Apenas llegó Morillo :frente á Cartagena resolvió enviar
al interior varias divisiones con el objeto de reconquistar el
país. No hay duda de que la Revolución de la Independencia
se hubiera malogrado por entonces en Colombia si Fernando
VII hubiese tenido tino para enviar pacificadores humanos y
sagaces. El pueblo estaba tan cansado de la guerra y ie las contínnas
disensiones entre los patriotas, que en casi todas partes
los españoles fueron recibjdos con alegría, como á los que les
traían la paz y la tranquilidad. Pero los emisarios del Rey de
España eran por lo general espadachines ignorantes que no
comprendieron su posición ni trataron de entenderla.
Tocó la entrada á Antioquia al Capitán de Húsares de
Fernando VII, don Vicente Sánchez Lema, el cu l á la cabeza.
de ciento cincuenta infantes y cincuenta de á caballo entraron
á echí á fines de Octubre de 1815. Los prisioneros
que Sánchez Lema hizo en N echi fncron enviados al cuartel
general de Morillo, el cual los mandó fusilar.
( 1 ) Morillo y Enrile salieron de Bogotá cargados ñe tesoro
"Enrile se llevó á la Península todo Jo má precioso que pudo haber
á las manos, como los herbarios, pinturas y descripciones de planta del
celebre botánico don José Celestino Mutis, que h i>ía formado quellos trabajos
para el Gobierno español. Llevóse también algunos m p s y observa.
ciones de Caldas, juno con un hermoso grano de platino .... y en fin, una
riquísima custodia que Enrile supuso h bía ido cogida á lo patriotas,
pero que pertenecía á las monjas de Santa-01 :ra de Pamplona; la custodia
fué conducida á la Península con el objeto de colocarla en la capill real
de l1adrid."-Hi8ún·w d~ Oowmbia- ~I. J. Restrepo.-V. 1. 0
, p. 445.
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LA FAMILIA. 519
Tras de Sánchez I.Jema penetró á ntioquia el Coronel
don F,rc ncisco arleta el cual abrió un e 1nino de echí á
Zaragoza por en medí de e cabros ' imas montañas y ocupó á
Remedios· a t acó n lo p a tri ota... :i quiene s venció y aprcs' al
obcrnad r d e la Pr vinci< don ionisio Tejad a n 1 momento
e n ne trc taba <.1 c a pa1· e. En riado al pac (ficador, que
yá había llegado á ogotá ' s te le mandó pasar por las armas
ellO de 'eptiembrc de 1 16.
De pués d Warleta, ntioquia fu allanada por el Teniente
Coronel-Carlos Tolrá, el cual continu ' allí las depredaciones
de sus ante ce ores.
S nchez Letua h bía. establecido un T1•ibunal d e P -u:rificaoi6n
pre idido por algunos españoles que él nombraba. Todo
el que hubiese tenido parte con los patriotas, debería presentar
e ante ese Tribunal, que lo purificaba sacándole una
multa más ' meno cuantiosa, según us recursos. A los que
no pagaban inmediatamente la multa, Warleta inventó ponerles
una cadena al pi' y enviarlos á trabajar á un camino público
ha taque sus familias consignaban el dinero pedido.
Cada dos ó tres meses los expedicionarios ... caban de Antioquia
de cincuenta á setenta mil pesos, lo cual se enviaba á Españ
comu obsequio voluntario que se hacía al amado Rey don
Fernando VII. En cada. pueblo se tenían que reunir los notables
para hacer la distribución á los vecinos de lo que cada cual
debería consignar. La madre de Alejandro Vélez cuya fortuna
hab1a eufrido much en las revueltas públicas tenía que
pagar de cincuenta á cieo pesos todos los mese para que la
uejasen vivir traoqnila con sus hijos.
W arleta no se andaba por las ramas . - la manera de pedir
bagajes ó recursos era con las siguientes palabt·a : ' n *·X·
mandará al cuartel general en * ·:t.··* antes de tres días tal ó
cual suma ó uúmero de bagajes y si no cumpliere: p ana d e
la vida, pérdida de todos su bjencs y degradaci' n de su fami-
1ia ha ta la quinta g eneración.. '
¡Aquellos hombrea se consideraban inmortales !
Tolrá encargó á Alejandro V élez de la construcción de
un puente sobre el río que atraviesa la ciudad de Medellín.
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520 L.A. F .MILI .
quel déspota era muy fanfarrón y por las tardes iba á
conversar y contar sus aventuras á Alejandro Vélez el cual
como hernos dicho, dirigía 1a construcción del puente.
n día refería] e un hecho de annas acaecido cerca de Zaragoza
durante la gnerra de 1a Independencia de España. Refería
con gran calor el suce o, cuando de improviso se olvidó del
nombre de una villa.
-La villa de Borja. le apunt' Alejandro Vélez.
-Cómo ! exclamó el soldado. i Acaso estuvisteis en Espa-ña
alguna vez?
-Nó, contestó el antioqueño · pero he estudiaJo la Geografía,
y por las señas que me dais, ese debe de ser el nombre
del lugar que habíais olvidado.
A mediados de 1819 Tolrá, que yá no sabía qué inventar
para esquilmar á los infelices antioqueños, publicó una lista
de los hijos de las personas de más campanillas de ]a Provincia,
los cuales, dijo, deberían ser quintados, y los que saliesen
se mandarían como soldados á los ejércitos del Rey. Como
odiase particulaJ:mente á un hermano de Alejandro V élez,
Teodomiro, se arregló de manera que saliese con mal número,
y su familia tuvo que pagar 500 pesos para qne no fuese en·
viado á Cartagena. El rescate fué pagado el 7 de gosto de
aquel fausto año de 1819, y á la hora misma en qne tenía
lugar la batalla de Boyacá!
IV
Así como Morillo al llegar frente á Cartagena había enviado
varías xpediciones al interior del país á recon~uistar á
los revolucionados colombianos, los cuales se desvanecieron
como humo ante las tropas realistas, así Bolívar no bien hubo
vencido en Boyacá, cuando mandó ejércitos por todas partes á
desalojar á los españoles reapoderados de la H.epública.
Enviado el Coronel Córdoba á atacar á los españoles duefios
de AJ1tioquia, salió este de Santafé á mediados de Agosto :
el 25 estuvo n N are y el 30, después de derrotar á Tolrá, aquella
Provincia se declaró nuevamente independiente.
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IILIA.
En tnl rnbat po tcri r n no los r alist s tratar n de
\ 1 0h- r ¡Í a.pod rar de .A.ntiocplia, n.n• bat penctr' en el YC -
tido le , lr~1 qni u hnl ier< 1nucrt i no le al\ ara 1 vida
Llm onza le or que ctu o la ba.l· y tornánd In. eón ·ava la
cyuard · de tro.
El Coronel úrdoba n01n r' f milia de 1· ciudad de dellín, el cual, unido al que
levantó Córdoba en Rionegro, marchó 6. combatir costra sus
opresores y contra las fiebres palúdicas de la Costa.
Desgraciadamente aquellos brillantes batallones perecieron
íntegros, y de los dos mil antioquefios sólo vol vieron
á sus hoaarcs diez ' doce personas conocidas y ninguno de
los del pne blo ! (1)
Alejandro V élez había sido llamado á Bogotá y colocado
como Capitán de ingenieros en el Estado Mayar General por
el General Santander, que le apreciaba mucho.
Después de haber servido otra vez como ingeniero en las
trincheras que se levantaron en la Angostura de N are, ha biendo
enferrnado gravemente Vélcz renunció á la carrera militar
y p rtió para Europa á restablecer su salud y emprender negocios
comerciales, para rehacer ]a fortuna perdida por su familia
en la revueltas públicas.
Estando en 1 arí , rico yá, contento, estudiando las ciencias
y la ci vilizaci 'n europea, se encontró un día en las escaleras
de un hotel nada menos que con el antiguo pacificador Morillo,
cabizbajo, mohino, d~sterrado, vi viendo de prestado en la capital
de Francia! N o se habían pasado cinco afios desde aquel
día en que el General de los ejércitos reales había amenazado
con insolencia. de hacerle fusilar si le volvía á ver con un vestido
que no era del gusto del déspota españ0l, y yá Alejandro
Vélez le encontraba pobre y olvidado por su Rey!
(1) "Los dos Córdob s, .José Manuel1riontoya, Duque (de ~Iarinilla),
Isidoro Barrientos, aquín Acosta.
Elegido Diputado por Antioquia n el Congreso de 1830,
llamado Adn¿'Í/rable, permaneció en Bogotá algunos meses. Estando
allí recibió una visita que le hizo el Libertador como lo
hacía. siempre á los Diputados.
Durante aquella visita,-refería don Alejandro V élez,Bo1ívar
se expresó con calor contra el Gener 1 P·ícz, al cual dijo,
nada detenía cuando e espertabnn us pasione .
Concluí das las sesiones del Congreso Alejandro V élez
partió para Antioquia 11 donde. desempeñó el de tin de Prc-
(1) Véase Historza Ecle iá tü:a te. de J. M. Groot, tomo 3. 0
, pág. 677.
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LA F AM.ILIA. 523
fecto, h sta. que lo destituyó 1 obiern dictatorial del Gene ral
Rafael rdaneta. Trittnfante nue amente el obicrno 1 ítimo,
el · d ayo de 1 ol 1 neral oming Caicedo -á
1ui n el Consejo d e E tado h a bí c o nferido el 1 ndo supremo,-
11 1n' á l e j ndr r é l z ~i d escmpe fíar 1 rtcr
elaci o nc ~ .·teriorc .. - pne to q ue oc upó h ta la llcg d a
d e l en r al a n t< n d e r á 1 ccr cn rg d e 1· r e · dencia. ~í
n e d e 32: · que con e r v ó t mbié n dnr n tc una g r an parte
de e ta dn1ini tración.
Desempefí' en egnida con g ra 1 borio idad y consagración
el destino de Cons ejero e E tado el en 1 rigió cotno
Presidente, J en 1 39 fué Director de la Renta de tabaco.
Dur ntc aquellos aftos lejandTo Vélez escribió mucho
en los papele públicos y defendió valientemente, en unión de
don José Vicente Martínez, General Joaquín Acosta, los Gu.
tiérrez etc., el obierno del doctor Márquez, atacado por los
ultra-liberales, que el General Santander presidía entonces.
Presagiábase yá la re olución, y todo el país estaba trabajado
por contrarias opiniones políticas que hervían en ciudades
y pueblos, preparando los estragos que debían de asolar la
República en 1840 y 41.
La prensa esgrimía sus armas morales en pro y en contra
del Gobierno legítimo.
Al fin esta1l' la guerra en el Sur de la República, y como
el General Herrán dejase la ecretaría de Relaciones Exteriores
para ir á combatir contra la insurrección, el Presidente
Márquez nombr' nue amente Secretario de Relaciones Exteriores
á Alejandro élez. Lo mucho que tu o que trabajar
entonces debi1i t' la salud de V élez y le produjo una gra vísima
enfermedad.
Estando esahuci do por los médicos, se reuní' el Con-greso
en ogotá (1841), el cual debería p e rfeccionar el vot
dado por la ma o1ia de la nación al ene1·al errán para Pre~
sidente de 1 epública.
L ucva- ranad estaba ea una situaci' n lamentable, y era
preciso que estu iese á la cabez el Gobierno un hombre
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524 1:1 I .
nérgieo r de prc tigio x iHtar. Los liberales p rtidarios de la
r vol u cié n no habían concurrido ·' las se iones y el Cocgreso
no podía legislar 1 or falta de quO'l'ltJJ~J. i ué hacer en semejante
situación? Alejandro 'lez era Dipu ado por la provi cía de
ntioquia y con 1 v t e podía ·omplet .r el número legal.
Pero no er posible m o erle de su lecho ; así fué que e determin'
que el Oo greso e reuniese en la alcoba del moribundo
ip!ltado.
i' se entonces un singular espectáculo. En torno de
aquel lecho de dolor se instalaron los legislac.lores y oyóse la
desmayada voz del patriota prestar el juramento ue fidelidad
á la Patria, á la cual había servido con ardiente entusiasmo
desde sn más tierna edad.
Inmediatamente se procedió á las otaciones; pero cnando
lleg' el momento de firmar la suya, de21amparáronle las fuerzas,
y su hermano Manuel tuvo que guiarle la mano para que es
tampase su nombre.
-"Muero yá tranquilo, dijo 1 despedirse de los demás
Diputados, puesto que la Pro idenci me ha concedido el placer
e contribuir, aunque moribundo, á la instalación del Congreso
que librará á mi patria de los horrores de Ja anarquía.
¡Este es el último ervicio que puedo prestarle! '
Pocos dí s después, consol do por la religión y rodeado
de su madre, sus hermanas, su hermano Manuel y numerosos
a igos, espiró diciendo:
-Me oy haciendo ardientes votos por la dicha y el prooreso
de mi Patria !
Era el19 de Marzo de 1841; así es que Vélez no alcanzó
á cumplir los 47 afios.
lojandro V élez, pesar de su carácter comnnicati o y
agradable, no se cas' . Vivía en casa de su hermano Manuel,
'1 murió en la misma que hoy ocupa en la carrera del Sur
(calle del Teatro) el señor doctor José María. Rubio Frade.
La vasta erudición le asombro a memoria qu caracterizaban
á lej ndro V '1 z. unidas ' un tino singul r para la cosa
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I.~A i A.MIL . 25
pública u ()'ran jnici y su talento el· r y perspicaz hacían de
él uno de lo hombr que 1ná contribuyeron ' la forntaci' n
del epública d uov ranad .
OLED • DE Alt!PER.
Bogot Octubre de 1 ~ -
En el eterno 1n imiento de 1 cosa de la vida no hacemos
á cada n1omento iuo VÚJÍi' nuestra 1nnertc y matar nues-tra
ida.
lierúclito.
Cuando habléi n sociedad fio-nr o qn jug i ajedrez.
El odi está n1 nos di tanto de la amistad que la antipatí
.
Cuando mi amigoa son tuertos lo miro de perfiL
J . Joubert.
Nada se seca m á pronto que las lágrimas.
Nusset.
Sentir mucho es callarse.
St. Beuve.
La per everancia es como la imagen terrestre de la. eternidad
.
. Be'rnardo.
N nnca somos débiles cnando io nos acompal'ia.
árbol embrado sólo en medio de nn población s seca
pronto y pierde sus hojas· sj el hombre privado de amigos.
0'rácu.lo E. candina vo .
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526 LA FAMILIA.
UNA FAMILIA PATRIOTA.
CONTINUACIÓN DE •• LA FAMILIA DE TÍO ANDRÉS."
C U.ADUOS DE LA ~POCA DE LA INDEPENDENCIA DE 1812 Á 1821
llO ELA HISTÓRICA Y DE COSTUMBRES NACIONALES,
por Soledad Acosta de Samper.
EGUND.A. PARTE.
(Continuación).
CAP!TULO VITI.
O'USTODIO G.A.ROÍA ROVIR.A..
Á García Rovira le habían dicho desde el camino que los
presos que conducían al Colegio del Rosario estaban con ese
mero hecho condenados á muerte pues de allí no salía ninguno
que no fuera para el patíbulo. No fué pues, sino con cierto
estremecimiento que s e vió conducido con dos ó tree coropaneros
rnás ·í aquel local, en donde estaban lo s ?"eos de .E.fJtado.
Durante el trayecto de la plaza al Colegio, se había amont
onado el populacho de la peor clase y algunos muchachos
silbaron á los presos. Rovira se sonrió con amargura, pensando
en el recibüniento que había obtenido come Presidente de
la República cuando llegó triunfante á Santafé al lado del
vencedor Bolí\rar y de tantos hombres que yá habían pagado
su patriotismo con ]a vjda ó con el destierro.
Rovira, como antes hemos dicho, era un hombre de gallarda
presencia y tenia una hermosa y distinguida fisonomía,
que imponía respeto; así fué que la mirada que echó sobre aquella
vil cana11a bastó para hacerla callar, y aunque no faltó quien
azuzara para que siguiera la rechifla, nadie se atrevió á continuar
en ello.
Al llegar á. la puerta del Colegio, convertido en cárcel,
Rovira volvió la mirada hacia el otro lado de la calle y se en-
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LA F A.MILIA. 527
contr' con la de su espo a Pepita., que le decía desde lejos una
palabra. que Gl le ha.bí en cña.do en lo cortos días que habían
permanecido juntos: ,
-1.1facto ánimo!
Á su. lado e ta a otr rnuje1·~ vestíc con1o persona del pueblo,
y sin er ab olutamcnte bella su fi onomía viva y animada
le daba un brillo particular : era la Pola Salabarrieta la cual
había salido Q. encontrar á Pepita ·i an íctorino, pues la
h bía e nocido en casa de los Lucanas, n cuyas tierras en Gnaduas
vivía su familia. De de la auror de la revolución, Pola
fué ardiente patriGta, y en ella encontraba todo l'Gpublicano un
apoyo seguro y ba tab sufrir ó haber sufrido por la Patria,
para. que ella le sir iese con cariño y abnegaci' n.
El día tres de Agosto, á los pocos día de haber llegado
Pepita con Rovira y demás presos á antafé, recibi{ dos letras
de Mariquita ucena, que le anunciaban su llegada á Santafé
esa 1nisma noche~ no habiéndolo podido hacer el día anterior,
por ser indi pen al le que las señora que ocupaban unas piezas
de la casa de la plazuela ]e San Fr ncisc tuvieran tiempo
de pasarse á otra parte.
Cuando Mariquita y sn hennana y F1·oilana su cunada,
lleo-aron á la casa de la difunta do a Irene, yá encontraron allá
á epita que ]as e paraba con ansia grande.
La entrevista entre las dos atnigaR fué en extremo doloro-a
pues les \·ino á ambas á 1 mente el recuerdo de las esperanzas
y las dulces ilusiones de sns primeros afios, tod lo cual
había terminado de una 1nanera tan espantosa para mnbas: l
una, íctima yá del furor do los españoles no abrigaba más
esperanza que en Dios y la otra tenía la certidumbt·e de ver
terminada de la misma maner· la suerte de su esposo.
Cuando se hubieron calmado un tanto,
-¿Dime, dijo 1fariquita, Fernando sigue enfermo 1 i has
podido ver al General Rovira 1
--Á Rovira no lo he visto desde el día en que llegámos. De
Fernando he sabido esta tarde que sigue enfermo. Mariana
puedes tocar con las autoridades para pedir liceneia de verle.
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52 LA FAMILIA.
-iY tú qué has hecho para tratar de sal~ar á Rovira 1
-i Yo~ .... He hablado COB todas las autoridadeé~, y he
n1ovido cielo y tierra, pero todo será en vano, lo sé . ... ~1 morirá
fusilado, y pagaré mi loco amor con esa horrible pena.
No me queda sino un consuelo : que él me ama y me amará
hasta la muerte ....
Ambas confundieron sus lágrimas y pasaron Ja noche
conversando y tratando de idear algún plan para salvar á los
presos. Pero con los primeros albores de ]a 1nafiana aquellas
vanas ilusiones y locos proyectos se pusieron en claro encontrando
á la luz de la razón y del dia que todo era impo ible, y
1ue la presa que caía en manos de lospaaificado1'es era perdida
irremediablemente.
Rovira debería sufrir un intorrogatori al día siguiente,
y estaba incon1uoicado por entero, tánto que ni la comida e
le pudo 1 levar. Aco1npañábale en la pri ifm 1 u1 nlato Castorsu
criado que era tan fi 1, que le habían atnenazad los sp~üoles
que 1noriría con su amo si ovira era cond nado á Jnuerte,
lo cual nadie dudaba.
~ernando continuabaenfermoenlaprisi'n, y al fin, á 1 recio
de oro Mariquita logró que la permitiesen entrar un día á
erle con su hermana, cosa que no se pudo repetir, porque
tan mal se manejaron los oficiales con aquellas dos nifias en el
tránsito hasta la prisi'n á pesar de que las acompalíaba Froilana,
á quien consideraban decidida realista, que el 1nismo
prisio e1·o las suplic' que no vol lesen, si no querían perderle
por entero, pues si les faltaban al respeto otro día tendría que
castigar de cualquier modo á aquellos indignos militares .
.r qnermnos alargarnos demasiado en ref rir las penosas
circuntancias del proces de arcía Rovir . i ué podía decir
él para escapar á. la mu rte con que le amenazaban t ..l ada.
in duda, si él se hubiese hntnj)}ad y pedido perdón
tal vez hubiera conservado le vida. Pero para un hom 1 r
como él la existencia no valía nada en cambi del honor~
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,;. ..~.IILI.~. . 52!>
y cien vitl nc hnl i 1'< tenido b licr·l, i par con er,"arla
fner. preciso retl'actar e u e u hechos . • renegar de la patria
por quien se sacrificaba con gn to.
Renunciamos á pintar Jo sufrilnientos de Pepita á
quien no permitierou d . pedirse de su e po o. o poderno
referir e a escenas de ho1·1·ible sufrimiento para el que iba á
1norir y para la que no podía salv rle .
. . . . Aclar' al :fin el de Agosto día sefialado para que
pereciesen en la nerta de J aiine (hoy Plaza de los ártires)
ermógene Céspedes Capitán do las tropa republicanas~
nn señor ava, cny único criinen había sido el de presenciar
la A ri "Í" n d 1 \TitTey Atn r . de u esposa · el patriota José
Gabriel Pefia y l noble caudillo é ilustrado caballero ustodi
García oYira.
'acáronles á las once del oía <.le la prisión en qne habían
estado en ca pilla desde h víspera, y cnstodiados por dos
filas de soldados precedidos 1 orla lágu re ccunpanilla do los
He'rmano del M01tte de .1 'l'edad, cuyo rezo tri te y el pavoroso
sonido de las caja con ordina llenaron de dolor indecible á
los habitantes de las calles que atrave aron . . ..
Detrái de Garcia Rovira marchaba el mulato Castor, su
criado, que le acompafió hasta el patíbulo, y rindió la vida
ahorcado á pocos pasos de distancia.
Rovira iba pálido pero erguido, y con sereno semblante
escuchaba las palabras de consuelo que le decía el sacerdote
qne le auxiliaba. Llegado á ]a Hnarta de Jaime, recibí' la
muerte sin vana ostentación de arrogancia, pero sin manifestar
tampoco el menor sobresalto .. ..
El cadáver de Rovira fu' después colgado en ]a misma
horca de su humilde criado, con e te letrero sobre la espalda :
¡ García Ro1-•ira, el c .. t,udiarde .f'lisilaclo por i'raidor!
VOL. II. 2
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530 LA FAMlLIA.
O PITULO
EL RETRATO DE OARCÍ ltOTIRA.
Al día igniente del fusila iento de Rovira estaban las
dos viudas sentadas sobre unos cojines en el suelo, entregadas
á sus tétricas meditaciones. El sol brillaba alegremente y cantaban
en su jaula un toche y una mirla, p2jaros 1ue cuidaba
Marianita, y que Mariquita miraba con la mayor ternura, por
haber sido el uno regalo de Clemente á su hermana, y el otro
obsequio de Manuel á su autigua compañera de juegos, y ambos
eran recuerdo vivo de su pasada dicha y muerta alegría.
Pepita estaba mustia, cabizbaja y lánguida: parecía, no
diremos la sombra de ella misma sino otr persona. N o se
quejaba, no prorrumpía en improperios contra los verdugos de
su marido como en los días anteriores · parecía como si Ro vira
se hubiese llevado su espíritu, y estaba entregada á una
sombría desesperación. Mariquita desahog' su dolor y sn
tristeza entregándose á la oración, y art·odillada pedía auxilio
y ampar á Dios .Y á sus Santos ; y con esto obtenía del
cielo una santa resignaci' n tánto, que á todos sorprendía por
su t1·anquila y suave fi ono• ía, sn dulce specto de amable p z
sosiego de ánitno y melancolía serena aunqu I rofnnda.
Una vez 1ue I epita hnbo perdid entera1 ente la e peranz
des lvar al 1ueño de su coraz'u y de n pensamieut , o exalt
' á t 1 punt que se llegó á pen , r en que podría ,·olverse
loca ; su dolor fué e s panto o sus lágrimas corrían cotno de -
bordada fnente "' n::> sollozos rotnpían su pecho . · su garganta:
r cn s i una dCiuentc. ero desde la hor. en qn , ,\ pes 1
d los es ·nerzos qne hicieron su mnigas par . il pedirlo habí
oído desde cerca de la I nerta de Jaitne, á uonde había logra o
sca.par la. d carga que quitó la ida • sn esposo desde e a
hora no había ·ne]to á h< b1ar, ni á. le rant 1' ]o jos Jel nelo,
ni decir un, palabra: par cia en verdad un uerpo sin alma,
nn a11t' mata. qu lla noche bedeció á su atnig s, pues ni ann
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•.A. ILI . 531
tení ánitno de replicar ino que e acost' en silen io y e
le ·ant' al ignien te día de la 1ni tna man ra : callada inclinada
la cabeza sol re 1 pecho al paree r sin oluntad propia.
La itnación de la infeliz era penosí ima y u amigas no S!l·
ían qué hacer par despert rla de aqn l letar o en que ha.bí
C'\Ído · i 1 habJ ban no atendía i la 11 maban no contest
ba un 1ue bedccía como un niño á ene nto le decían que
hiciera.
Aqnell tar e Mariquit en ilencio había sacad su roario
y pué to e á orar á medi voz. Como hcmo dicho las
os viuda e taban ola , ari nita cuid ba de sn p· Jaro
Froilana. atendía los quehaceres de la casa pues habí re-uelto
acompañar á sus protegidas hasta que no necesitasen
más de sus buenos servicios. Froilana á pesar de su aspecto
frío y desapacible era en el fondo una persona excelente y
<'Staba resuelta ' servir á su cutlada y á su amiga con alma.
vida y co1·azón. IIabía dicho á don J et·ónimo que, puesto ma en q ne se reuuía ·l Con ejo de :xuerra y en que habí· n
condenado á todos Jo patriota fu ilados ha ta entonces. ( 1)
(1) Véase Groot, Historia Eclesiástica, II volumen, página 43'v
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l'a at
ita ta a.
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L1 .F IILI.A. 541
J a IniGm~ noch pegaron en la e quina de Ja callo dol
Oo1nerci la 1ni nl< déchn tr ntda e n lo rnisrnos conso11ante
a í:
'' Bendigamo la. gran ley
Que á independenci con ida,
Destroc mos cetro y vida
De Fernando intru o Rey.
Que mu ra nue tro Virrey
Morillo, Enril , Morales,
• o bernador oficial
toda u indigna tr pn.
Ut1 vini ron desde Europ
Para. llenarno d m le . ''
Poco días despué deltnencionado baile, nuestra heroína
tuvieron notici· de qne Fernando había sido condenado no {t
muerte sino á presidio, y además se les notific" que podían irle
á isitar al Hospital de las Agua , en donde estaba ent0nces enfermo.
Encontráronle mej r de salud, pero muy triste y abatido
con la muerte de su hermano Alfonso, á quien habíaa dorado
y de cuya eterna separación no podí conformarse.
- Lo peor es, aiíadió al tiempo de despedirse de sus hermanas,
que un día de éstos n1e verán ustedes trabajando con el
presidio en las calles de San tafé, pues éste es el castigo que se
piensa dar para humillarles á los jóvenes de la capital.
-Ah! exclamó Marianita, con los ojos encendidos en cólera,
si esto lo veo yo ! . ...
-i Qué harás~ preguntó Mariquita, pues bien sabes que
somos esclavos todos.
-.r o sé, no sé, contestó ésta, pero no podré soportar semejante
cosa sin estallar ' Jnorir!
Y con esto se despidieron cabizbajas y tneditabundas, obre
todo Marianita, que se acusaba ~í í misma y le dolía en el
alma el tierno recuerdo que gua1·daba aún al espafiol asilado de
U sme. ( C'ontin1.ta~á).
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542 L FAMILlA .
CONSEJOS A LAS MUJERES.
En eualquicra posici' n social en que se halle la mujer, debe
trabajar algunas horas en el día n1anualmente. Si su trabajo es
in útil para su familia, no lo será así para los pobres y para el
ornato de los templos. Toda madre debe enseñar y obligar á
us hijas t. CJUe trabajen 1nanualmentc. Si la ociosidad es madt•
e de todos ]os vicios, el fastidio es elpacl?·e de la tristeza y
de los ensueños peligrosos, lo cual tiene su origen en la falta
de una ocupación manual tan necesaria para la mujer.
o s'lo se debe trabajar con la aguja, sino que lo que se
hace debe ser útil; no aquellas obras de nn lujo \!aprichoso, que
6lo sirven para halagar el amor propjo.
La 1nadre de familia es omo un navío o-rande y fuerte
<1ae lleva á su bordo pasajeros que ~onducc á las lejanas playas,
en donde nuestro Padre Celestial aguarda. á todos sus hijos.
La 1nadrc debe ejercer sn autoridad ; si manda debe ser
heue6ida. ns ojos deben ser el priu1cr libro en qne leen sus
hij0s . Tal tnadre tal educaci' n ; tal edncaci6n tal hombre y
tal Yi todos los que la veí n.
hstas ali as e 1 cieguecita no ao-radaban 1nncho ~1
la seiiora de rantnor pore no quiso prohil ír ela repugnándola
ejcrc l' su utoridad d sde 1 principi , n una co a qu
seri tar penosa pare u nieta. omo Iné. vol ía ie1npre in
nov dad la efiora. inglesa pnso toda confianza en rlcta
olvid' su aprensi' n. currió, sin ernbargo CJ ovcr un incidente
que ino á recordarle lo q·to parecí h ber o horrado de
sn tncmoria. La sefíora de ran more y u nieta. habían de ·
emb rcado una ·noche en over, y al día siguiente Iné , aunque
enferma y cansada con sn Jarg iaje, no quiso omitir sn
acostnm brada visita á la iglesic : levantóse, pue , temprano y
bajando á la calle llamó á erl ta, diciéndolo corno siempre:
e úsca cn·lota, búsca! Pero, desgraciadatnente, la pobre
perrita acostumbrad á seo-nirse por el repique de las e ropanas
so des ricnt' completauwnte al no oírlas. Lleg ron á la
ptlert de una )glcsia pero est ba cet·rada, y mudas )a camp· -
nas. erleta, pues, no se l tn vo en o] atrio sino que sio-nió
olfateando por toda Jas alles ha taque llco-' á las 1 nert~ d
un te tro por d ndc staba nt1·and 111 n ·lu gente: qni cnt.
rar ahí~ pcr e >noci nd por un 1 untapi 1ne 1 di ron, Jo
que t nía qno nfrir tllí y qu t 1 1 n ra 1 que bu e; a lH
né , iguíó u tnarch~t ha t· llegar ·\ la pnerta de otra igl ia
cerrada. tamhi6n y se entó ·1 ]a ntrada par, dar ¡\ cntcnd r
que no iría yá más lcjo .
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L .B M LIA. ... 5
La ci necita cot p1·endi' lo que quería ccirle u perrita
Y' se ... ent' también en 1· puerta á e perar á que le abrieran
porque oía el sonido de 1 e mpanas que anunciaban algún
oficio fúnebre. Pero aO'nnrd' e vano porque epa aban lo
minutos la hora in qno a ríe en la iglesia ni acudiera
nadie á ella, y la pobrecita It liana, que no entendía lo que
e to significaba, prorrumpí' al fin en amargo llanto. 1 ver
su extrafío vestido, sn desconsolada figura y la perrita que
tenía á n lado, con enzó á ao-rupat·se la gente en sn redc.dor,
haciéndola pregnntas qn , iendo en lengua inglesa acabaron
de de concertar ~1 la pnbre Iné que no la co1nprendía y si-uió
lloran
-Van1o dij · la • z' n un per onaje de imponente a ~
pecto llle vot· allí pa aba dirigiéndo e á la tnuchedumbre ¿no
vei que e tái atolondránd 1 nuis ?-¿ ué te ha sucedid pobre
niña? dijo á Iné , ¿por qué lloras?
L cieguecita no ntondiú n pregunta pero le contestó la
única p 1 bra in o-les a q ne s a bía pronunciar: () /turcll ! cltu?·cn .'
la iglesi la igle ia.
-Debe de ser e. tranjera dijo Uf.l marinero porque en e~ as
ti en· as se acostum br 1 tener la i lesias iem p1·e abiertas.
-Debe de ser · pi t , dijo otro y pertenece seguramente
al navío que lle ó a er.
-Papista. dijo ·on aire duro se ero otro uo pertenecía
á la igle ia evangélica . · Dios nos libre de a plaga. i lo
es, deberíamos llevar] nl IIospital de imbéciles.
-Mejor sería llevarla á su casa, dijo el defen or de Inés
1nirando con indibnaci 'n al hombre evangélico. ])ecidtne, marinero
i có1 10 se llama el bnqno que llegó anoche.
-La l!,strella eflor 1 ero no respondo de que e ta niñ
l u hiera Yen ido eL trc lo pa ajero .
-Sin embargo, (!n .. a. •aretno,.. . 1.~ ton1ando de la mano á
Iné ·, ve oncalnin, al hot J cguido de I>erleta. oc l110lllentos
después entrcg b su nieta á la senora de rautnore, que
estaba alarnlada con su ausencia.
VOL. H. 8
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546 L FA ILIA.
- eñora dijo al e trcgcíl'sela con aire severo, e 'pli ·ad á
vuestra ni ta 1ue nosotros los ingleses somos nn pue lo comercial
que no tiene tictnpo q 1e perder: así pnes, trabaja1 os seis
día en la 01nana y ofrocemo á íos el éptimo : e imposible
consagrarno e ntiuuamentc á lo ficios religiosos. ·Pncsto que
elle es papist agreg', haría bien en rol ver e ·' su tierra, por(
lue allí puedo pertnanecer en 1 s io-lc ias el tie1npo que juzgue
conveniente lo que le sería impo ible quí.
La eflora de ranmore, ofendida con el tono enérgico de
ese hom brc, casi no le contestó. El buen inglés se despidió entoncas,
haciendo una caricia á Perleta, y poniendo 1 mano
cariñosamente sobre la. cabeza de Inés, lo cual impresion' á la
pobre niña, que recordó con ésto "' rancisco y prorrumpió en
llanto.
Apenas hubo salido el inglés, 1 abuela de Iné trat" de
hacer co1n1 render á ésta lo inútil que era en Inglaterra buscar
iglesias abiertas, porque eso no se encontraba sino en domingo;
agregando que para eso había razones suficientes porque era
imposible qu(} tod(t. la gente abandonara el oficio que la hacía
vivir para permanecer ociosa t nto tiempo. Pero no logr' sino
sorprender y atlibir extremadamente á la niña, qne no daba
más contestación á su rgu ento que sus lágrimas y esta
sentidas palabras: ' Oonque aquí lo dejan solo una semana entera,
~in culto ni adoradores! h! ¿e' m o pueden ignorar que
solamente en sus altares le pode1nos encontrar y hablarle á
nuestras anchas~ '
a sefior, de ranmore trat' de con olar á su nieta, ofreciét
dol que uando llegaran al ca tillo la llevaría la i 0 lcsia
del pueblo. ú lonl podría ir to os lo· dotningos .. perm necer
e llí todo 1 día i 1 plcría . pero nÓ" no lnanifesto 1 gu to
1ue spcrah de clh. sn bu la. L. pobr 1111 con1enz b á
abrihar crio .. te1nor res¡ ecto e la ct e de relibión le la e-flora
de ntnt r : reco rdaba L 1 rcdicci{ n de Fran i co
cotnprondiú <¡ne no in n1oti \t 1 h. bía c. ·igido J, pr 1
solmnnc d er fiel ¡t J e ús ha-:;ta la n1ue1te.
né no ter 1í· n vano por u )a ciiora de Oranmore
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L •A iLIA. 547 ~
había. re n lto 1 hacerla e n l>iar le r ligi · n u un JUe aún no
e lo habí, licho p r no afligirla· no ocurriéndo ole siquiera.
qn una niila tan joven pn i r · r i:stit· á su \ olnntad.-" ¿ ué
in: portará e:í una nifía t, n s ncillc la liferencia de religi<'n?'
en ' b, sin e1nbarb de ue un. o~ int rior le decía. p1e había
n realidad nna inn1cns, diferencia y que ella 1nisma lo había
en tido y e m prendido. {.e 1 i ', u e no hacer nada preci-pitad
mente, iuo esper, r á ]Ue el tietnpo hubiera borrado de
l~ memoria de Iné tod lo q ne pudiese rec rda.r1e el cnl to cat'lico
uyas cere~u ni s iad as , contnovedora eran á su
parecer la can a de tan tierna devoción . La señora de Oranmore
no conocía la firtneza de carácter de Inés y la paciencia inquebrantable
de su fe profunda · y la engañó aun más el aire
tranquilo con el cual o ó la cieguecita sus palabras de los domingos
siguientes cnando y á se hallaban en el castillo.
- o podemos ir á la jglesia hoy Inés, porque el tiempo
está demasiado húmedo y frio. Acuérdate de que yá no esta
mos en Italia, hija mía.
Bien lo recordaba la pobre Inés t pero se había resuelto á.
esperar y á observarlo todo. Fuerte en su determinación de l'esistir
á todo lo que pudiera ser ofensa para Dios, ocultaba delante
de su abuela toda la amargura de sus recuerdos, y se
contentaba con orar en el silencio de su cuartito,-situado en
el pabellón del castillo,-unirse espiritualmente á los oficios
de 1 Iglesia católica, y repetir frecuente é interio1·mente su
tierna jaculatoria!
El castillo de Oranmore estaba situado en una magnífica
comar a á orillas del tnar, y la niña se enct minaba todos los
días, aco1npañada de Pel'leta, á un itio pintoresco y bello, á
donde venían á tnorir las olas sobre las rocas de ln. ribera. La
h bía conducido no sé qué instinto secret á ese lugar, 1uc er
el 1nás Lello cotno tan1bién el tnás venerado de lo alrededorc
. Las ruinas de una pequeña i 0 ]esia coronaban un peñón, Y
parecían contemplar con serenid d las olas inmensas del tlá.
ntico : rodeábala un cementerio din1inuto en donde las violetas
y primaveras, las siempre iva y "no me olvides' for-
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548 LA FAMILIA.
maban un verdadero jardín, cuyo perfutne se confundía con el
grato olor de las praderas vecinas.
Inés no podía contemplar estas lindas :flores, pero la brisa.
embalsamada le revelaba su presencia, y la hacía recordar, por
su dulzura, el aroma de los naranjos de Nápoles. Por la noche
su imaginación se transportaba á ese sitio que había l legado á
ser le tan querido, y al cual llamaba el país d8 Je8Ú8 . . . .
La piadosa nifia ignoraba que en ese apacible sitio que le
gustaba. tanto visitar, existíato da vía una iglesia en donde J esú!
había permanecido mucho tiempo, y que ahora estaba cerrada.
Ignoraba también que la piedra sobre la cual se sentaba allí siempre
era una tumba, que encerraba tal vez los restos de un
santo. La tranquilidad de ese rincón solita1io la encantaba, y
venía á visitarlo con tanta frecuencia, que los criados de la seríora
de Orann1ore la buscaban en las ruinas de S. Brida cada. vez
que t ardaba en volver al castillo · y las gentes de los alrededores
llaman e sas rocas el descanso de la oiegueoita de Oranmore.
Inés, sentada obre osas rocas esolitarias, nutría su alma
creyente y fiel con los fervorosos pensamientos que le eran
habituales, y que su abuela había creído yá extinguidos en ella
porque no los manifestaba : estos pensamientos eran tanto tná
profundos cuanta 1nenos libertad tení yá para practicar n religión
; de manera que la vida de esta niña privilegiada e convirti'
en una co tiuua meditación, y la salud de su cuerpo
disminuyó tanto como autnentaba cada día tnás la de sn alma .
A un no hacía tres mese l]_ne residía en el ca tillo, y y!i
esta débil y delicada flor, forzo atnente separada de los altare
de sn bien amado Jes(ts parecía en ries~o de ucun1bir. L , eflora
de ranmorc repar' pronto en el decailniento de la·
fuerzas de sn nieta, y comenzó á temer y <Í intr·lnqnilizar. e
aunque no adivinaba lo qno 1 1notivab~ por nc su poca religiosidad
la hacía incapaz de com 1 rend ,r ha ta qué punto podía
in:fluír súbre el eapíritu de la ci guocita la cotnpleta privaci 'n
de:una felicidad inetalle !-felicidad de la cual había gozado sin
interrupción 1 asta entonces, y que era para su alma lo que cJ
alimento 1naterial es para el cuerpo. Ella ignoraba la incesante
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L ]AMILI . 9
jaculatoria de la nifia: Oh! si la palom pudiera baj r y
traerme al ien A1nad de mi corazón ! Dccí Iné e tas pa-
1~ bra y pensaba n ll. s toda la noche, á veces ]o parecía
ue la pal01n ení á sati f~ cer u do oo . La noble soilora
Ít:>llOl'aba Í5U' lUlCllt } e lllargas hígritnas lllO derr roaba SU
nieta cuando se creía sol sobre las rocas.
Sin cn1bargo, h bía lguien que no ignoraba el dolor de la
pobrecita itali· na, y que la seguí. e i ontinuamente. Inés
sentía á vece el rnído des pisadas sobre el césped, y aun una
vez llegó á. oír que alguien decía: " Inés, Inés 1 en voz baja,
á su 1 do. En semejante ocasi' , l cieguecita se levantó temblando
de u puesto y dirigió tnil preguntas á la persona que
suponía estar junto de ella; pero no recibió otra contestación
que un profundo suspiro, y la pobre niña se sent' otra vez,
porque no podía permanecer en pie ni calmar los acelerados
latidos de su corazón; algunos minutos después oyó que la
llamaban otra vez, pero en esta ocasión no era sino la señora
de Oranmore que venía á anunciarla que al día siguiente-que
era domingo-la llevaría á los oficios di vinos en la iglesia del
pueblo. Inés la escuchó sin la menor satisfacción, aunque nlaquinalmente
le dí' las gracias. Estaba. casi segura yá de que
u abuela no era católica· así fué que se preparó con muclu intranquilidad
á acompafíarla al día siguiente á la iglesia.
Cuando ~ la n1añana siguiente entraron á la iglesia, Inés,
que sentía el corc zón oprinlido por un oculto pres entimiento,
se detuvo en la puerta p a ra saborear esos dulces cánticos 1ue
1 habían ene, nt do de de sn infancia. Los ficio estaban yá
empezados, pero ¡ay! la pobre niiia no reconocí -: las palabras
que le habían sido t n familiares siempre, esas palabras de que
se componen las diversa oraciones de la Misa, y que el católico
oye repetir en las regione lejanas del Asia, del África, de
la An1érica, lo mismo que en su propio país. Las úl tin1as advertencias
de F1·ancisco 1·ecurrieron á la 1nemoria de Inés, que
pensó, como i11spirada por Dios : Nó. :l'tl no está. aquí! Y negándose
á entrar 1 be uco 1·eservado para la fatnilia le l'c ntnore,
dijo :
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550 LA FAMILIA.
-Colocadme debajo de la lámpara, porque ese es el lugar
en donde rezo mejor.
-Aquí no hay lámpara, 1·espondió la señora de Orantnore,
atrayendo á Inés á su lado y cerrando la puerta del comparthniento.
Inés oy' estas palabras y comprendió que allí no
estaba Jesús, y que esa no era una iglesia católica. La pequeña
Esposa del SaNTÍsnro S en 1EN1.'0 no quiso arrodillarse delante
de un altar en donde Él no residía; y haciendo un snpretno
esfuerzo~ enci' el respeto humano, se lcvant' del banco y
antes de qne la sefiora de Orantnore pudiera interponer su autoridad
para detenerla, atravesó la. iglesia-delante de todos los
presentes--y salió de ella con paso vacilante.
Thó entonces la cuerda de Pcrleta y se hizo conducir por
ella á sus rocas predilectas, sobre las cuales se sentó llorando.
Poco á poco se fué serenando y acabó por adormecerse, y como
sus suefios le recordaran las escenas de esa mañana, repitió más
de una vez en alta voz :-Jesús no está aquí! oh tni Dios! ¿en
dónde estará 1
-Jesús residió aquí en otro tiempo, murmuró una voz
tlulce al lado de Inés: ésta se despertó sobresaltada, imaginándose
que soñaba todavía, pero oyó que la misma voz continuaba
diciéndole :-Hubo un tiempo en que Jesús residía en la
iglesia del pueblo; pero manos impías y sacrílegas destruyeron
u altar, y reina ahora un culto helado y erróneo en donde antes
1·einaba el Salvador de los hombres en la Santa Eucaristía.
- i En dónde estoy~ preguntó Inés. Su interlocutora le
hablaba en la dulce lengua italiana y le decía cosas tan gratas
y familiares para ella, que se imaginó estar otra vez en sn querida
Italia.
-Estáis, le respondió la voz misteriosa, en el antiguo
cen1enterio de S. rida, y en el lugar mismo en que edificó el
primer altar y dijo la primera tnisa San Patl icio.
-¡ Oómo t dijo la cieguecita admirada ¡estaba yo tan cerca
de la iglesia de Jesús y no lo sabía! ...
---Sí! en otro tiempo hubo aquí nna capilla que ahora está
arruinada, y un cementerio qnc h( n conYortido en ca1nino real.
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L FAMILIA .. 51
Peto la naturaleza ha sido m~\s fiel á su efíor que los hombres,
y hace crecer aquí-sobre sas tumbas en las cuales esperan e1l
paz nne tros anteces res católico el dí de la resurrección---una
tnultitnd de b llí irntl ores. e formado un ramillete
c01npuesto do una ftor le cada especie para daró lo y que lo
con ervéi cotno reliquia de un lugar tan venerable y tan e nerado.
- Accrcao dijo In ' con indcci le moc1 o n porque oy
ciega 1 no puc v-eros : totnad mio 1nanu entre l a vuéstras
. · dej a drne reclinar 1ni cabeza sobre el coraz' n que. m a á Jesús!
h ~ ¡bendito eái , án 0 el invis ible! porque des de que salí de
rui patria nadie 1ne había vuelto á hablar de ÉL como vo lo
habéis hecho.
Inés sintió que la desconocida se acercaba á ella y que la
tocaban unas manos suave y delicadas qne no podían pertenecer
sino á una pet·sona tnny joven. La misma. oz continuó
hablándola tiernau1ente.
-No soy un ángel le dijo annquo no tne veis; ni una
italiana tampoco aunque tenga costumbre do h~blar vuestro
dulca idioma.
-¿N o sois italiana? repitió tristemente la cieguecita
Entonces no conocéis esas hermosas iglesias en donde reside
continuamente mi Jesús y brilla siempre la lámpara :fiel que
le acom pafia.
-N ó, pero me complazco en oír hablar de esa tierra afortunada,
dijo la peroona invisible, con indecible acento de
tristeza, agregando en seguida: Muchas veces he pen~adoaunqne
no tengo augre italiana en las venas-que si me hu
hieran puesto á escoger entre todos los reinos de la tierra
hubiera preferido el vnéstro, por ser el más hermoso de todos.
-Y el n1ás santo afiadió I1 és.
-De eso no respondo, contest' 1· desconoci la· porque
no sé cuál será n1ayor santidad, si ]a perpetua unión eon J e ús,
unida á ]a facilid. d le estar siempre en t6 presen ·ia, co1no os
sucede á vos otros , ~ el estar siempre perseguidos n .~?.6 n01nbre;
como nos sucede á nosotros.
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552 J.,A FAMlLI .
-Hola . joven, grit' en ese instante otra voz : ¿habéis
visto pasar algún hombre por este catnino, de J odia hor á
esta parte?
El recíén llegado era un hombre de feroz y dura fisonomía,
que e~taba del otro lado de una cerca y un vallado profnndo
que lo separaban del cementerio. Hablaba en inglés,
creyendo ser comprendido por ambas. La joven irlandesa le
t·espondió con tono frío y áespreciativo, muy diferente de la
suma dulzura con la cual había hablado á Inés.
-ITa madrugado hoy el señor de N etterville. ¿Qué caza.
le atrae por estos lados~ ¡un rebelde ó un sacerdote~
-Si fuera un rebelde no tendría que ir tan lejos. Todo
papista, sea hombre ó mujer, pasará por el golpe de la hacha.
-Esa no es cosa rara, sobre todo cuando esa hacha la maneja
un hombre tan experto como el señer de N etterville!
prosiguió la jovon con el n1 ismo tonv sarcásti co. Todos marcharemos
gustosos al suplicio si hetnos de pasar por tales
111anos.
-Contestad á mi pregunta, ó iré á castigaros con1o lo me·
recéis! rugi' el 1 ombre, herid por la atnarga ironía de la
joven hlandesa.
-Eso sería un hecho bien digno de la nombradía de los
etterville . respondió ella, sin alterarse con la amenaza.
·nnrdadme un 1nomento! replicó fnrioso el caballero
dando un paso hacia atrás para saltar 1nejor obre la cerca
Desgraciadatnc;nte para él rcsbal' y cayó entre el vallado de
donde salió cubierto de sang-re y lodo. n intorlocutora le dijo
entonces con una carcajada irónica :
-Habéis manchado vuestros vestidos, caballero de N etterville,
pero--según lo que dicen las gentes-no es ésta la pritnera
vez que arrastráis vuestro escudo entre el lodo, con acciones
indignas de nn caballero.
El caballero irlandés sintió enrojecerse su frente con esta
1 nsión :á su conocida apostasía. Mordióse con ira. los labios y
cogiendo brnsc~unente á Inés por un brazo le dijo :-T<' 1na
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L F MILI .
ta Jnoncda 11 enui~é r 1ítn tú i he. vi. to pa ar {\, algui 1l
por aquí.
- o y cio;a, ofior. o. 1 n1' h niiia, temllando de pies á
cabez bajo la presi' n de es· 1nan de hierro.
-·Mientes rebelde! u1urn1uró ese hombre feroz, y pronunciand
t n horribl jnr mento levant' su látigo contra ella,
y 1 hubiera lastimad con él si la o-enerosa. 1niga de la cieguecita
no e hubiese intorpue to entre lo do y recibido el golpe
en n lugar. Esta jov n tan tierna tan abnegada, no tenía más
de diez y seis años, y, sin embargo, en su noble y erguida fisonomía
no pudo leet· el señor de .r etterville el más ligero temor.
-El señor de Netterville está hoy más valiente que nunca,
observ' tranquilamente, enjugando su rostro cubierto de
sangre. o le hasta perseguir á nn hombr anciano é indefen·
so como i fuer una fiera de ]os bosques, sino que también
quiere 1natar á una nifla inocente.
-¿ Conqu le ha.bóis visto~ Pues me diréis qué camino
ha tomado, si no queréis que el silencio os cueste muy caro.
-Conozco el hombre que buscáis, re pondió altivamente
esta admirable doncella, y sé en qué lugar se ha refugiado.
Pero jamás os lo diré senor-escucbadn1c bien 1-y no lograréis
arrancarme una })alabra.
El señor de Nettcrville, más y más furioso, levantó otra
\~ez el látigo contra Inés · pm o en esta. ocasión q ni en recibió
el golpe fné la pol re Pel'leta que se hab1a arrojado hacía sn
eñora al oír sus gritos de an 0 ustia.
- ¡ '"aldito anitnal. dijo el sal v-aje, aun nuis ca.colerizado,
te haré despedazar por 1ni perro. quí, over, aquí! gritó,
llamando á nn enorme perro dogo que lo acompaiiaba · pero
antes de que éste pudiera abalanzarse sobre la perrita, recibió
en un ojo una pedrada que le tiró la amiga de Inés, con tal
cierto que hubo de retirarse a.hullando y mohíno del campo
de batalla. Su amo profirió una horrible imprecaci' o y sabe
Dios cómo hubier· tratado por fin á las dos niñas, si 011 ese
instante no ]o hubiera Hatnado un hombre que aparecí' del
otro lado de la cerca.
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554 LA FAMILIA.
-Sel:lor de N etterville, le dijo, t qué hacéis aquí~ El sacerdote
que buscáis ha arribado á la playa, y algunos de n u estros
compafieros le están siguiendo la pista. Dejad esas niñas
y venid á ayudarnos á desenmadrigarlo, que otro día podréis
vengaros de ellas.
-Sí, tne vengaré! ijo con risa feroz el caballero, porque
yo jamás olvido. T' ma, niña, esa moneda, dijo á Inés: te le
doy p a r a que hagas curar las las timaduras de tn perro.
- Ella no necesita del dinero de un asesino respondió en
lu g ar snyo la doncella irlandesa. Tomad vuestro oro malvado!
ese oro que habéis quitado á tantas viudas y huérfanos, cuyas
lágrimas e] aman al cielo contra vos: día llegará en que ese
mismo oro os habrá de servir de amargo castigo. Marchaos.
Qué más aguardáis~ Vuestra presa se os escapa 1nientras estáis
aquí.
El caballero, pálido de ira, permanecía inm6 il; pero el
hombre qne le había llamado, iendo su indecisi'n, altó po1·
encima del vallado y tomándole de un brazo le obligó á seguirle.
Un momento después, ambos habían desaparecido en un
recodo d~l camino.
La pobre cieguecita, asustada con lo que acababa de suceder,
lloraba tristemente. Su amiga trató de consolarla con tiernas
caricias, asegurándole que su perrita no estaba grave!Ilen·
te lastimada y podría conducirla al castillo perfectamente.
-Oh t ¡no me abandonéis, os lo suplico! exclamó Inés.
N o me atrevo á volver sola al castillo.
Consintió 1a otra, compadecida: en acompafiar]a hasta allí.
Al llegar al castillo, encontraron á la setlora de Oranmore, que
parecía haber olvidado la reciente fuga de Inés, sobre todo al
notar la palidez de su nieta, y la sangrienta herida que tenía en
la frente la joven desconocida. Esta última respondi6 á sus
preguntaa de sorpresa y compasión:
- o es nada, señora sino una de tantas manifestacione
de cariño del señor de r ettcrvillc on el cnnl nos hetno encontrado.
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LA FAMILIA.
-¿Qué nu va maldad ha cometido ese hombre funesto 1
-Nada nue o, sino continuar su tarea acostumbrada con
mayor encartüzami nto que nunca, persiguiendo á los católicos
-sobre todo á lo s cerdo te -en donde q n iera q ne lo en
cuentr .
La cfiora de ranmore había detestado á lo acerdot s y
cat'lico casi tanto como el cab lle1·o de ettervill pero de
• lgán tiempo ~i a parte habían ca1nbiad en Ha os entimi
nto . í fnó qne ólo conte t' ~1 la palabr s anteriores
con~idando á 1 protectora de su niet ~i que entrara al castillo
para qne descansar allí y pudi ra en dar su herida · . ~
á pe r de su re istencia la hizo entrar y la introdujo en el saloncito
en donde recibía olamentc á sus más íntimos amigos.
La joven que-á pesar de su pobre y remendad ve tido negro-
p rocía tan noble y bien nacid como la sefiora de Oranmore,
miraba en rededor uyo con una extraña expresión en la
cual parecían mezclarse la sati facci' y el dolor.
-Mo parece al miraro le dijo 1 sefiora de Oranmoro,
que os he visto y conocido per d' nde y cómo es lo que
no puedo recordar. i Có1no os 11 m· is 9 agregó, notando que la
joven suspiraba sin responderle.
-Gracia, dijo ésta, haciendo hincapié en el nombre.
-Gracia! tY no tenéis otro?
- ó, señora. i alguna vez lo tu ve, me lo quitaron aque-llos
que nos odian por la religi' !1 que profesamos.
-Según eso, i supongo que sois católica y que habréis
sido perseguida por vuestra religión ~
-Lo he sido en la persona de aquellos á quienes amaba.
Mi padre tenía un hermano que profesaba la reUgión del Gobierno
y que, valiéndose de la inicua ley que le autorizaba pat·a
ello, por cuant que era católico se apoderó sin escrúpulo de
todos sus bienes, reduciéndole la 1nonrlicidad.
- 'anto Dio ! exclam' la señora de ranmore con febril
agitaci' n, ¿de qnién sois hija?
-De la Opresión, señora.
-Co1nprcndo que toméi s o no bre : ·ncstra hi toria
debe de ser muy t1·i te.
-Es 1· hi toria de muchos otros oprimidos pobres
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556 L FAMILIA.
perseguidos en el país que poseyeron sus padres, y obligados á
someterse á. las órdenes del extranjero que disfruta en paz de
los bienes ajenos . e oído decir qne aun las personas de vuestra
familia han sufrido igual desgracia.
-llija mía, le dijo la señora con un profundo suspiro;
BÍ no tenéis alberg~ue ni familia, quedaos conmigo y os serviré
de padre y de madre.
La joven, movida por el impulso de su gratitud, besó la
mano que le e tendía la señora de Oranmore y la humedeció
con sus lágrimas, contestándole en seguida :
-Os agradezco eo el alma, sefiora, vuestra generosa oferta,
pero Dios es tan bueno que no me ha dejado sin protectores.
La casa en que vivo no os parecería, si la vierais, ni có-
moda, ni hermosa; pero mi Divino Salvador no twvo en dónde
reposa?~ su cabeza, y yo gozo de mejor suerte que Aquél á
quien amo, pero ¡ay! á quien no imito.
-¡Cómo podéis decir que no lo imitáis 1 dijo Inés, tomando
por primera vez parte en la conversación. En verdad
que habéis hecho por rní hoy lo que ~1 mismo hubiera hecho
é hizo por todos nosotros !
- ó, no lo imito, respondió Gracia tristemente. ~1 rogaba
por sus verdugos y yo no quiero al hombre qne me hizo
huérfana.
-Quedaos con1nigo insistió la señora de Oranmore,
pl'ofnndamente conmovida.
-N n1e es posible hacerlo, señora, porque en otra paTte
me abnardan: ¡.>onnitidnJe in etnbargo, interceder por V'l.lestra
nieta. Os suplico que le tengáis lástilna y no p1eráis violentar
su conciencia. En el nombre do Dios dejadla en el seno
de la Iglcsi:t católica.
- í, respondió la señora de Oran more, os prometo que
nunca la 1nortificaré en el ejercicio de su religión
--: s doy las gracias, señora, en uombre de Aquél que
amaba tanto á los nifio y que dijo : .Desgraciado del
que esc(J!Jtdaliza're á 'U1no de estos jJequeñuelos que creen en mí;
porque más le aliera er atado á una piedra de molino y
rf'rrojado en el1nar.
( Continuará.)
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L FAMILIA.
UNA LECCION DE BORDADO EN ARGEL.
{RECUERDOS DE VIAJE).
Por la. señora Lee-Child.
I
-t Quieres aprender á tejer ke?·sial (cinturones) y á bordar
1netidos árabes 1 me dijo Kera, la 1nujer de Mahoma el cochero.
Y o no te puedo ensenar porque no sé, pero conozco
' una mujer que te en eñará.
Ella me dijo eso ayer y tne ofreció tene1· en sn ca a la
bordadora para que tnc enseñase, pero en vano la aguardé una
hora sin que llegase.
Entablé amistad con Kera el viernes en el cementerio
..Musulmán de Mu tafá Inferior. Ilí e taba sentada sobre la
tumbas con la cara descu bicrta riendo y con versando con
otras tnujeres. Ese día es una fiesta para las mujere . El herJnoso
jardín les pertenece enteramente, y un centinela rechaz
·in misericordia á cuaRtos hot bres pretendan entrar. Las mujeres
llegan allí en 'm ni bus, en tranvía y llenan los coches de
alquiler corno fantasmas blancos velados. Pero apenas penetran
en el santuario se quitan el Yelo tiran lejos el ha1k blanco
que las tapa y las oculta por completo, y vense entonces chalecos
bordados, patloletas para la cabeza, de seda y oro, y cinturones
bordados, etc.
Instálanse inmediatamente á la sombra de la mezquita,
sobre la \·erde grama y la turnba , y por todas partes circulan
dulces y bizcochos · se ríen, se abrazan, se llaman alegremente
unas á otras y se manifiestan contentísimas. N adit más vistoso
que ese espectáculo · el cementerio está lleno de mujeres Ye -
tidas con celorcs ivos, teniendo por cuadro la verdes colinas
de .Mnstafá, y por horizonte aquella 1naravillosa ciudad de Argel,
que se escalona desde la orilla del Jnat· hasta el fuerte del
Emperador y del Ka~rba. {1)
(1) Palacio del sobar no en las ciudades berbet·isc
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558 . LA FAMILI .
n h01nbro no 1nás so pa eaba en tnedio de aquellos grupos,
seguido y escuchado c..on veneración. ¡ J atnás había visto
un sér más extraño . Era má :fl co qne un esqueleto; vestía un
trajo verde que lo cubría hasta los pi s; llevaba pendientes del
cuello una 1nultitud de idolos de madera . en la cabeza un gorro
cuadrado coronado con un pen cho de flores; era viejo, arrugado
y tenía una cara de cascanuece · sn tnirada era falsa y
sns palabaas burlonas. Comía con voracidad un pedazo do pan
que llevaba en nna tna o y chupaba un caramelo que apretaba
en la otra. Este maniático ara un 8(1/fl,to der~vis, cuyas palabras
o debían de ser 1nny edificantes, porque todas las mujeres
se reían á carcajadas, y las n1ás j' ven es hacían el papel de sonrojarse.
Se detuv-o delante de mí, y se digo' dirigirme nn corto
discurso como á las detnáe, y aun me ofreció un pedazo de su
pan y lo que le quedaba del caramelo.
Entonces fué cuando hice unas preguntas á Ini vecina; ella
me contestó en francés no mal hablado y Ine contó qne el
santo d6rvis habla mucho ahora, porque en el ano pasado hizo
voto de guardar el más completo silencio y quiere desquitarse.
De allí para adelante entablé amistad con Kera. Las mora
son sumamente agraciadas y hablan con mucho desembarazo;
así fué que ésta me convid' á su casa y ofreció ensefiarme á
bordar.
P ... la mariana eigniente héme sentada sobre varios cojines
en un aposento blanqueado, en el primer piso, y al cual se sube
por una escalera de piedra angostísima que n·anca desde el
patiecillo de la casa de Mahoma, el cochero de alquiler. La habitación
de Kera es pequefií ima : se c01nponc de un cuarto
bajo y otro arrib , y 1 e trecho patio con dos arco . Los escalones
son n extr tno desiguales, y ól ]a viveza y agilidad
que posee Kera }, permiten ubir y bajar "CÍnt Yec por
cuarto de hor sin matarse. Apenas la llatna una v cina ~ llor~
un niño se quita prontan1entc us babuchas que 11 a n un
mano, levanta sus anchos pantalone con la otra y baja como
una culebra por la escabrosa escalera.
Kera es mu industriosa. in es, 1· está bordando
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MILI 559
cartcr.\~ e n hilo de 1· ( el in ola .. vi tosas qne vende. Ella conoce~).
fond la pnnt· ch. ár e y rn nsciía á hacer encaje. Al fin
cotnprcn lt la tnaner de h, cct· un nndo 1nuy e mplicad o, y en
~gui a HlC 1 \l,:,e :~ cotn"er~'\r con n1i m:1. tra tlientras t In. ha
nn ca.fé ddici qn ella 1 repara.
n hct·n1· n · Znleyca n s le paruce: indolente bonita
Jnuy pintada y lujosamente vestida, e t [cuyas casas estaban cerradas todas. A penas si se
eía el cielo azul encima:de nuestras e.abezas ' un rayo de sol
que entraba oblicuamente entre dos edificios cortando la oscu
·idad con nna faja de oro brillante .
.A1shonna me dice que la bordadora á cuy casa nos diriaimos,
es la hija de un peluc1uero una costurera de primer
orden á l cual debía do haberse dil'igido desde el principio.
Pero dice filosóficatnente :-una no puede pen s ar en todo.-
:T os detenemos frente á un arco oscuro y mi guía golpe sobre
una puerta casi invi. ihlc. na negra abre, tnás vieja que el
Inundo y mojada de pies cabeza. En el fondo del zagnáa ·
un hennosísimo patio, adornado con azulejos y 1nás lejos otras
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564: LA F ~tiLIA.
negras qne lavaban el pavimento. A1shouna pregunta qué es lo
que queremos.
-¿ Fatma? contesta la negra riendo·-· acaba de irse al bañ.o.
-¿Y cuando volverá ?
-Después de las seis.
N os mirámos A1shouna y yo.
-Pueden vol er mafiana, dice la negra, cerrando la puerta.
- o no quiero abandonar mi propósito! exclamo: todas
las mujeres de Argel no pueden estru: en el bañ.o; es preciso
que me descubras una !
-Tengo una hermana,- contesta A.:ishouua,-qne s be la
puntada· pero estoy peleada con ella y no sé dónde vive.
-¡ o sabes dónde vi ve tu hermana !
-Nó · los árabes cambian de ca a todos los días ; y no sé
á d' nde se ha pasado. Y la pobre mujer, yá enteramente desalentada,
no sabe qué decir. Maquinalmente tomamos por una
calle, cuando de repente da un grito de alegría.
-Mha, exclama, aquella hermosa negra que viene allí·
ella nos podrá decir : la llaman la Reina .
Efectivamente, el nombre le cuadraba perfectamente
N a da más majestuoso que ese gran cuerpo bien formado, derecho,
bien en"nelto entre artísticos pliegues que bajaba hacia
nosotros. Su vestido la cubría de pies ·á cabeza con elegancia
magnífica; su faz bronceada y seria, su andar desde.fioso y
altivo, la daban el a pecto de un sacerdote pagano. A1shonna
tenía razón en llamarla Reina.: Desde la altura de su majestad
contest' á mi vulgarísima compafiera y haciéndome un saludo
se alej' on aire imponente. - e indicó una bordadora muy
buena, dijo mi guía · sólo ne vive lcjo .... allá cerca del
Kasba.
ios santo!¿ olver · ubir 1 Pero mi propósito afirn1ct
con las contradicciones de la suerte. V amo f Tomareinos 1
calle ancha, esa por la cual podría pasar hasta un coche si no
fuera tan pendiente que ni la mula pueden transitada. De
repente mi guía me agarra de u .. brazo :
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LA A ILIA. 56?)
-Míra ara e ~asperar el ca-
1·ácter violento é impetuoso de aquél, insistiendo en el cumplimiento
de órdenes que no tenía el suficiente poder pa1·a hacer
cumplir. Así, aparentando perfecto acuerdo con las miras de
Páez, e litnit" á darle instrucciones sobre su cooperación
ulterior .... ( 2)
.... Educad entre pastores y acostumbrado por afios al
ejercicio de un poder sin límites, el eneral Páez nunca pudo
acomodarse á las usanzas de nna sociedad avanz da en ci iliz -
ción y á las trabas de un Gobierno constitucional. Tod espe-
(1) Véase ol. I, pág. 441.
(~) Véase vol. I, pág. 4153.
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572 L F ""'t\.MILIA.
cie de oposición le irritaba hasta inducirle á cometer tropelías,
que hombres celosos de sus derechos no podían sobrellevar con
paciencia. Sin embargo, bien sea el temor que inspiraba su
carácter indomable ó el convencimiento de que sin su apoyo
ningún proyecto podía ejecutarse en Venezuela, todos los
partidos le cortejaban. ( 1825) ....
En Agosto de 1824 el Gobierno de la República dió un
decreto para el alistamiento general de los iudadanos en la
milicia, desde la edad de diez y seis hasta cincuenta años, con
algunas excepciones de personas que, por sa profesión 6 empleo,
son en general eximidas de este servicio. Este decreto, que
realme11te era chocante y antili beral, se vió en Caracas con
tanta repugnancia y fué censurado con tanta severidad por la
prensa, que el General Páez creyó deber guardar mucha circunspección
en su cumplimiento, é informó al Gobierno del
alarmante estado de la opinión pública con respecto á dicha
disposición. costumbrado el Gobierno á ver casi todas sus
medidas criticadas con acritud por los que se habían apoderado
de la prensa de Venezuela, no juzgó que debía revocar su decreto
.... Mientra tanto, el General Páez desistió de llevar á
efecto el alistamiento, hasta que á fines del afio de 1825, el
Comandante de armas de la provincia de Caracas, alarmado por
los temores de una co"Bspiración q a e, según delaciones, se esta·
ha tramando por los negros, le dió cuenta del suceso y del
estado indefenso de la ciudad; accidente que le decidió á.
arrosttar la oposición manifestada contra el decreto, y llamó
al servicio las milicias, antes que emplear tropas veteranas de
las nu1nerosas que había en el departa1nento, para ocurrir al
peligro caso que resultase cierta la conspiración. Por desgracia,
las autoridades civil y militar no estaban de acuerdo ....
. . . . Se publicó un bando convocando á los ciudadanos
para alistarse en los términos del decreto ; bando que, reiterado,
fné desatendido en ambas ocasiones. Irritado el Comandante
gene1·al, hizo renovar la convocatoria, sena1ando las
nueve de la mañana del día 6 de Enero de 1826 para que se
presentasen los ciudadanos en el cuartel de San Francisco.
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ILf.A.. 5'13
Alcrunos ind~viduo concurrieron; per siendo mayor el número
de los inasi ten tes .... las tropa en cnmplilniento de su deber
intimaron ' los que encontraron sin excepci' n, que fuesen al
cuartel ' los llevarían ellos 1nismos; pero ninguna. casa fné
allanada ningún in di vi duo atropellado ...• ( 1) (El In tendente
y la Municipalidad se quejaron al Congreso y éste le n1andó
acusar y suspender de su destino).
EL DOCT R MIGUEL PEÑA.
Miguel Peña no era un hombre común. Versado en la
letras y en el conocirniento de sus semejantes) tenía talento
para el bien ó para el mal. ¡Feliz si hubiera empleado siempre
los primeros !
Desde la barra del Tl'ibunal á que fué citado <Í respondP.r
de sus faltas ó sus errores, t·ecorri' en espíritu la República y
reconociendo débiles los citnientos sobre que estaba fundada
resolvió desde luégo sacudirla . Él sabía que esos Representantes
y Senad0res que lo habían juzgado y condenado, y que
hacían alarde de firmeza, cuando daban pruebas de debilidad y
criminal condescendencia no eran mejores ni tnás probos que
él, ni capaces de caracterizar con su ejemplo las virtudes de un
Gobierno republicano, ni de formar leyes para su marcha. Insultado,
perseguido y deshonrado, pero llevando en sn corazón
el anhelo de vengarse y en su cabeza planes para satisfacerlo
partió de aquella capital (Bogotá) donde los hombres e
hacían, á poco precio, los instrumentos de un Gobie1·no que
despreciaban (2) ( el de Santander) ....
Hallábase ea Valencia en estos días (en 1825), y gozando
de la confianza de Páez un índi viduo que se creía injuriad
por el Congreso y por el Gobierno; que había recientemente
quebrantado las leyes, y que también había sido llamado á jtúcio
por una causa que no era honrosa á sn reputación y delic -
(1) Véase vol. ll, pág. 604.
(2) Véase vol. 11, pág. 597.
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LA F AlílLIA.
doza : la de habe1· defraudado á la República de una cantidad
de dinero. Era éste el doctor Miguel Pena, qne desde Bogotá
había concebido el antipatriótico proyecto de vengarse de sns
enemigos personales, á costa del bien público. Suave en su
trato plausible en sus argumentos astuto y vivo, Peña no tard'
en dquirir sobre Páez aquel ascendiente que el hombre dotado
de fuerzas intelectuales alcanza generalmente sobre lo&
que deben su elevación al ejercicio de sus ventaja físicas. Propcn
o como todo hombre de su condici' n, á la lisonja, Páez
e entreg' enteratnente á la dirección de Pena, y desde las primm
·as noticias de la acusación lo consultaba con frecuencia·
Este se valí' de su confianza para su p ropias miras de venganza
y con este ímprobo designio, recordando á Páez su antiguo
.. brillantes Aer icios, Ja envidia. que le causaban á antander
los motivos que desde una época distante tenía el Vicepresidente
par no ser u amigo su carácter in idio o y vengativo
los constantes esfuerzos de los Congr esista para deprimir
la c1as militar, y particularmente á los que habí n obtenido
una reputaci' n eminente~ la ninguna justicia que debía. espe
1·ar de hombre r1ue yá le habían manifestado tan declarada
nemi tad y obrando con tanta ligereza en admitir 1 acusación
sin oirle preví 1nente adujo el ejemplo de sn propio proce o
y de la trágica n1ucrte del C6lronel Infante, y por fin poniéndose
de pie delante de Páez qne lo escuchaba en silencio
tomó de la rnesa la nota del obierno la abrí', la leyó y extendiéndol
con ambas mano. :
- or má ucltas dijo que e quier dar l e te papel-no
se encuentra en "1 sino una revolución .
a est re lución estaba. decretada y adoptados lo
1nedios de lle ar]a á fecto. . . . (1)
PI._,D RICE MÉ ~DEZ.
Era Brlcefio hombre le clara int lig neja d e n1 ter
bo dad oso y 1noda.les ulto . aci" n arina de pndr no-
(1) Véase tomo II, p g. 618.
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LA FAMILIA. 575
bles y acaudalados y contaba diez y ochos aflos cuando estaJló
la revolución; aceptando los principios que ella proclamaba,
no hizo má quo seguir el ejempl,, de su familia y sus propias
inclinaciones. Ni los halagos ni la<; amenazas pudieron desviarle
de lo que él consideraba el verdadero interés de la Patria.
El año de 1 13 le conoci' Bolívar quien le nombró su Secretario,
y honrado de de entonces con la amistad del eneral,
iguió su suerte próspera y adversa con una fidelidad tanto
más laudable, cuanto que .fué desinteresada, y sólo después de
participar de los peligros y fatigas de 1 eampaf.ía y de las
penalidades y pobrezas del destierro accpt' el rango de Coronel
en 181 , más que por sati facción personal, por acceder á
los deseos de su jefe y a1 igo. Como Ministro de la uerra,
mostró talento y aplicación y dejó á todos satisfechos ; sus
maneras uaves y modestas hacían gran contraste con el genio
variable é irascible del Libertador. (1)
DE TODO.
Todo el mundo e1·ee haber sentido amor, y casi todos se
equivocan.
Mme. tael.
El corazón tiene u1otivos que la razón no conoce.
Pascal.
El año de 1699 ha ido el único e el mundo en que no
hubo una sola guerra.
\1) Vol. II, pñg. 34
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576 LA FAMILIA.
RECETAS.
SALSA BJJANCA.
Meted en una cazuela, á fuego lento, 125 gramos de mantequilla,
una cucharada de harina, dos ó tres cucharadas de
leche hervida sal y pimienta, según los ~ustos ; rneneadlo todo
continuamente, sin permitir que la 1nczcla éntre en ebullición
' porque entonces la salsa contraería un sabor análogo al del
engrudo. Cuando esta salsa debe com pañ.ar legun1 bres como
espárragos y alcachofas, se le aüaden en el n1omento de er irla,
una ó dos yemas de huevo y un poquito de vinagre · la salsa
es entonces 1nenos blanca pero rnás agradable.
SALSA. DE MANTEQUILLA.
Mezclad exactamente, con nna cucharada de harina, un
poco de sal, pimienta y nuez moscada ; afiadid 30 gramos de
mantequilla y dos clavos de especias. Ponedlo todo á fuego
lento con una cantidad de agna suficiente para formar un3.
papilla clara; meneadla sin cesar y añadid por partes 250 gramos
de mantequilla; conservad esta salsa nn buen cuarto de hora
al fuego sin cesar de menearla y sin dejar] hervir, y pasadla
á través de nn colador en .l momento de servirla.
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Citación recomendada (normas APA)
"La Familia: lecturas para el hogar - N. 9", -:-, 1885. Consultado en línea en la Biblioteca Digital de Bogotá (https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/3686777/), el día 2026-03-24.
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