Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
- ~·------zclal' la de su cOl'nzon.
u atónita mirada, que la' lágrima, enturbian y el
dolor extmvía, no bu ca sino las idolatmda cabezas
de su hijo. , y no puede imprimir iquiera el último
bc o obl'e su frente, porque u mano e. t:ín cnl'gada
de cadenas, y su piés de grillo. Pronto no
podrá veda :;iquienl ....
Cruel ! n nue\' o crimen os faltaba y lo habeis
con umado ya ...• Lo habei arrancado los ojo ; y,
para completar vue tra crueldad, habe querido que
la última imágen que en ellos se refiejara, fuera la de
soJ mutilados hijo", haciendo así del último do sus
recuerdo el má desgarratlor de sus dolores. No COI1-
tentos todavía, lo cncerrais en una pl'Ísion, donde no
haya iquiera quien desvie sus pen amientos do tan
¡pan tosas visiones!
-
Nabucodonosor: todo se ha cumplido á la madida
de vuestlos deseo. o hay ya quien se oponga á
tros ambiCIO os designios ...• Jerusalem es solo escombro.
obre su ruinas no se vó sino un monton
de cenizas. Los tesoro del rey y de su pueblo han
enriquecido vuestras arcas. Lo prílici y lo grande
de J ud:i on Vlle tros siervo'i. En cam bio de los
t qu<:> llevado á Babilonia, habeis dejado
en J eru alem desolacion y ruinas, lágrima y sangl'e.
Pero esa sangre y l:í.gl·imas no la habrán vertido
en yano vuc tras víctimas; porque ellas claman al
cielo ca tigo para el tirano.
Nabllcodono-;;or, abucodonosor, temblad! lIabeis
sido cruel como una feroz, y como á talos mirará
el eño .. , haciéndoo descende¡' al nivel de los
bruto ; yaprenderéi con tan tellrible castigo á respetar
la desgracia en el hombre, y á humillar vuestra
orgullosa cerviz ante el Dios y Señor de los reyes,
EUFE)lIA C. DE BORDA.
• ::. 4
ADIOS A MI PATRIA.
:F.N EL ALBU~ DE LA. SE~ORITA c. P.
Débil el cuerpo, entristecida el alma,
Hoy ablndono mi nnJ;ivo hogar;
y :í. buscar voy en extranjero suelo
Salud y paz, tal vez felicidad.
Mis dulces sueños de ventura acaso
Pueda un instante reempl zar allí:
Quizá temprana y olvidada tumba
Ponga á mi vida y á mi angustia fin.
Máe, qué importa? Sigamos la eorriente
Que á un mismo puorto á todos llevará;
y cuando llege la terrible hora,
El más tranquilo más feliz será.
Adios j oh patria! hermosa y adorada
De esta alma amante que á deJarte va:
Tu Bol espléndido y tu hermoso cielo
Ninguna otra region me ofrecerá..
y acaso nunca encontraré en njngun~
El tesoro de amor que dejo aquí:
Ardientes y profundas simpatías,.
Oásis del d9~il>rt1 r!c-l ,¡"í:',
•
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LA TARDE 79
Adios, adios! Quisiera en esta hora.
Del ciego Homero la potente voz,
Pllra d jar en tus inmensos Andes
El eco eterno de mi fl'iste Adios !
Cúcuta, Abril de 1866.
HORTENSIA ANTOllIMARCRI DE V ASQUEZ.
111
A MARIA VICTORIA.
(EN su NATALICIO.)
Bien venida á la tierra
María Victoria. !
Te veniste soñando
Dichas y gloria;
Dichas y g'loria
Que acaso se habrán ido
De tu memoria.
Inocente y preciosa
Vienes del cielo,
Dejando tu morada
Por este suelo;
Por este suelo
D o nde solo te aguarda.
Pesar y duelo.
Pobre niña, tú)gnoras
Lo que es la vida,
Pues de ella solo sabes
Que eres querida;
Que eres querida
y adorada de todos
y bendecida.
Ojalá que conserves
En tu pupila,
Esa luz que trajiste
Dulce y tranquila;
Dulce y tranquila.
Cual lampo que en el lago
Tiembla. y vacila.
Que el Dios bueno y amante
De la inocencia,
Te proteja y ampare
Con su clemencia;
Con su clemencia
Que en el mundo se esparce - Como la esencia.
Que la virgen te guarde,
Niña preciosa,
y que ponga en tu frente
Guirnalda hermosa;
Guirnalda hermosa.
De azucena. y jazmines
Clavel y l'osa.
Quiera. el cielo que 01 ángel
Que él te destina,
Cuidadoso te a parte
La aguda espina;
La aguda espina.
Con que Ell pesar nos punza,
Niña divina..
Que venturosa, humilde
Siempre te vean
Tus amorosos padres,
Que hoy se l' eerean ;
Que hoy se re crean
Al mirarte, y amantes
Siempre te sean.
Es tos mis votos oye,
María Victoria;
Que ellos nunca se borren
De tu memoria;
De tu memol'Ía?
Tú no recuerdas nada.
Más que la gloria.
Voy á dejar muy pronto
Mi hogar querido,
D onde pasó mi infan cia,
Dond e he vivido,
Donde he vivido
Con mis padres y hermanos .... ..
A dios mi nido!
Adios niña, te d ejo
Con mi., adioses,
Con mi ardoroso llanto
l\I is tri tes vares ...... ;
Mis tri, tes voces
Aun no pueden herirte, ..... .
No l as conoces .
ERlIILtA DE G.
LA VIDA DE DOS MUJERES·
(CUADRO iNTIMO)
l.
Acababa yo de cumplir diez y seis aií os; era huél'fana
de padre y madre, y hacia do aüo~ qu e vivia con
mi abuela paterna; señora anciana, "iud:" y ciega hacia
mucho año. Esta eñora, que jamas babia sal ido
del pueblo de *** en J ueva Granada, con c. rvaba á
su lado á dos hijas, ,iejas ya, soltera y retraidas de
toda ociedad.
E taba yo una tarde al lado del lecbo de tia.
Juana, que vivia siempre achaco a, y ti la azon estaba
en cama, cuando oímo tanir tristemente las campana"
de la Iglesia del pueblo.
dobl e anuncian la muerte de un hombro,
dijo tia Juana.
-A í parece, contestó con su suave y armonioso
acento tia Andrea, que e taba sentada labrando detras
de las cortinas de la cama, y cerca de una
ventana.
-Quién será? repuso la tia Juana, dirigiéndose á
mi; i por ventura habriaen el pueblo algun enfermo
de gravedad '1
- o sé, contesté, sólo que fuera Don llaman •...
-Don Ramon ! exclamó la enferma, dejándose caer
sobre las almohadas. Tia Andrea suspiró, y entónces
su hermana levant6 la cortina para mirarla; pero no
se dijeron, palabra ni se habló cosa alguna durante un
largo rato.
Nnseñada á la monótona vida en casa de mis tias, y
conociendo sus modales poco comunicativos y su scriedad
natural, yo tampoco seguí adelante la conversacion.
En ese intervalo se pre cntó en el apo ento una
criada y me entregó un caldo para que se )0 ofreciera.
á tia Juana. Me acerqué á la cama, y miéntras que
-
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,
,
80 LA TARDE
mi tia lo recibia de mis manos, se dirigió á la criada
diciéndole:
-¿ 'fú sabes por quién doblaron?
-Por el difunto Don Ramon, contestó, que pasque
6e murió endenántes.
-Toma la taza, Pepita, dijo tia Juana; y me de·
volvió el alimento sin haberlo probado.
-No le gusta? pregunté ;-tome un poquito, aña-dí
con instancia. '
-No, dijo ella perentoriamente, ahora no quiero
nada.
Enseñada á obedecerla sin replicar no insistí,
al recibj¡· la taza me pareció que la flaca y pálida
nomía de mi tia estaba aún más ajada, aunque séria
é impasible como 8iempre.
Al pasar al lado de tia Andren noté que habia dejado
caer las mallos sobre las rodillas, y con los ojos
fijos en un lejano cerro que se veia por la ventana
abierta, no se cuidaba de limpiarse val"Ías lágrimas
que humedecian sus mejillas y que parecian rocío sobre
una flur m!!['chita.
-Es tan buena tia Andrea, pensé, que aunque no
tenia casi amistad con Don R:lmon, que era tan orguIluso,
no por eso deja de llorarle.
Don Ramon era un caballero de más de cincuenta
años, soltero y dueño de muchas tierras en los contol'DOS
de ***. Decian que era hombre muy ilustrado
y que habia recibido en su juventud una educacion
muy esmemda, aumentaudo su ciencia con la lectura a
la cual era muy aficionado, Los que entraban á su casa
se hacian lenguas alabando la hermosa libreria que
poseia y en cuya compañía se encerraba largas horas
e&tudiando, 10 que no le impedia hacer buenos negocios,
administrar las haciendas que le habian dejado
8US abuelos, y ,atesorar, segun decian, muchas onzas
de oro en la mejor casa del pueulo que era suya tambien.
Hombre pacífico, afable, de costumbres severas,
aunque chancero y algo despreocupado, era genel'almente
querido por las gentes del pueblo, y temido
de los que querian darse ínfulas, En casa se le veía
por una rareza, yeso cuando teniamos algun huésped
que el visitara, ó para arreglar algun asunto de linderos
entre sus tierl'as y las nuestras. Hacia muchos
meses que Don Rlmon estaba enfermo de gravedad,
y esa mañana por casualidad me dijeron que habia
mandado llamar al cura de la aldea para que le administrase
los últimos sacramentos, porque se habi3
empeorado,
Cuando salí del aposento de tia Juana fuí á buscar
á mi abuela, la que, aunque habia tenido reputacion
de persona. muy severa en su juventud, era entónees
más alegre y comunicativa que SIL'; hijas y me consentia
muchísimo. Deseaba hablarle de la muerte de
Don Ramon y hacerla varias preguntas que se me
ocurrieron acerca de ese caballero. La encontré en
una. pequeña est.ancia contigua á un patio interior,!
pareda tambien haberse afectado mucho con la n.Otlcia
que le habian dado, No me quiso hacer ningun
caso, pero la oi diciendo para sí :
_ Pobre Don Ramon! Quién hubiera creido que
muriera ántes que yo !
Viendo aquella preocupacionjeneral f con motivo de
la. muerte de un hO'llbre que para mi era casi desconocido,
y no pudiendo simpatizar con nq uel sentimiento,
me salí al corredor exterior y accdándome en
el barandnl permanecí largo rato quieta y medita·
bunda. Comenzaba á oscurecer, y un ambiente suave
y perfumado me envolvia en una atmó'Sfera de aromas
y de vida. Olvidando las penas y tristezas ajenas, es-,
cuchaba cantar en mi cora7.on el gran poema de la
juventud que despierta, y bullir la vida y la e3pera~za
en mi sangl e y en mi espíritu; á pesar de Ins rUinas
humanas qu(' me rodeaban en aquella casa. en
que todo era ajado, tl'Íste, y monótono.
No sé cuanto tiem?O pasaría alli mirandor sin ver,
la plaza. del pueblo, y escuchando col1lo arrobada las
Duevas armonías que cantaban en mi alma mil dulces
ensueños con una voz extraña y deliciosa. Cerró enteramente
la noche al fin, y empezaba á salir la luna
:
d'.)tras del ceno á espaldas de la Iglesia, cuando saliendo
al correder tia Audrea se fué á situar á mí
lado, Noté qlle llevaba en la mano un ramo de jazmines
blancos, flor que siempre preferia, y única quo
cultivaba. Ella no habló ni yo tampoco; 0.1 cabo do
un rato vimos salir de la casa que habia habitado Don
Ramon en la plaza á una multitud de gente llevando
el féretro, y en Eeguida dos hileras de luces que se dirigiel'OI1
á la Iglesia.
-Pobre Ramon ! murmuró suspirando tia Andrea.
Alli lu llevan y yo no 10 ví por la última vez,
Yo la miré sorprendida, y entónces ella añadió,
con cierta cxaltaclOU que yo jamas habia notado en
ella:
-Hija mia i quieres acompañarme á la Iglesia.?
-A estas horas! exclamé.
-Si, dijo, no puedo resistir al deseo de volverlo 6
ver. ' •• y no me atrevo á ir sola.
--Haré lo que usted quiera, tia, contesté, pero per4
mítame ir á traerle algul1 abrigo, ...
Un momento despues salimos á la plaza, y siguiendo
las sombras de las ca as y bien embozada!', pocos
instantes de _pues llegamos sin que nadie nos viera á
la Pne1'la falsa de la Iglesia, y aguardando á que salieran
todos los que habian acompañado al cadáver
por la puerta principal, entramos al templo.
La Iglesia estaba pcrfcctatnente oscura, ménos el
ataud iluminado por cuatro cirios que ard'an en torno
suyo. Ninguno de los acompañantes habia permanecido
al lado del féretro, excepto el cura que estaba
hincado, rezando al pié del altar mayor. Paso entre
paso, mi tia Andrea se fué acercando al ataúd que estaba
destapado; yo la seguí, y entónces ví por la primera
vez la muerte cara á cara, y aunque aquello me
hizo mucha impresion, no fué tanta como aguardaba.
Don Ramon no estaba desfigurado y parecia dormir.
Era un hombre de 55 anos y sin que so fisonomía
fuera lrermosa, debia de baber sido en su juventud
bastante expre. iva é interesante: la freDte era al ta y
despC'jada; y aunque las facciones no eran finas,tampoco
parecian "ulgares y revelaban bondad unida á ulla
voluntad de hierro. Le habian ataviado con su!> mejores
vestidos, y bnjo la incierta luz de las ceras par~cia
más jóven de lo qlleera en realidad cuando murió.
Tia Andrea le contempló par el espacio de algunos
momento,,; y en !'eguida, incHnánrlose, púsole sobre el
pecho el ramito de jazmines que llevaba en la m:l.no t
y al mismo tiempo una lluvia de lágrim!ls cayó do
sus ojos sobre el impasible cadáver •••• y alejándose
des pues de hllberle mirado una vez más, se fué á postral'
delante de un oscuro altar orando con fervor y
llorando por lo Lajo. Aquella muda pero tiemll. escena.
me tocó hondamente, y arrodilIándome al lado de mi
tia, la acompañé en sus oraciones, llorando tambien
con ella, En la. primera juventud, cuando no se tienen
penas propias, se llora por las de los demas, pero á
medida que se avanza en la vida y se tienen afliciones
propias las agenas nos son ménos sensibles.
Rato despues estábamos nuevamente en casa, sin
que nadie hubiese notado Duestra ausencia. CuandO'
llegó la hora de retirarme á dormir me acerqué á la
cama de tia Juana par.a darla las buenas noches: la
ví acostada largo á largo entre las blaucas sábana;¡
con los ojos cerrados, }>ero al acercarme Tos abrió y
creí que parecian más húmedos que de costumbre.
-Buenas noches, hija, me dijo con más suavidad
que otras veces .••• - no me olvides esta noche en tus
oraciones, añadió. ..
En ese momento se acercó tia Andrea y le dIJO á
su hermana con acento cariñoso.
-Hermana i quiere usteJ que me quede esta noche
acompañándola?
-No, contestó la otra secamente·; pero en seguida . ,
suspIro.
-iSufre usted más que ayer? preguntó tia. Andrea.
-N0 •••• estoy lo mismo.
-Pero •••• repuso IiU hermana. '
(Continuárá.)
•
Citación recomendada (normas APA)
"La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 10", -:-, 1874. Consultado en línea en la Biblioteca Digital de Bogotá (https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/2092954/), el día 2026-02-04.
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