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PERIODIOO DEDIOADO A LA LITERATURA
Sede II. Bogotá, 23 de Enero de 1875. Número 20.
, - • T
AJt DE.
='================~-====
EL DOCTOR SAHGEE.
(Coutinuacion. )
EL PRESO,
Si pOl' un lado era Santafé en a.quellos tiempos un
sepulcl'o pacífico, en que nada -chIstaba, pUl' otro era
wal,ro de riña y desafueros con. tantes, r\ veutureros
sin Dios ni ley llegaban constll.utcmente al nevo
Reino. r.A lucha con l o~ indius oran constantes y
estaban vivos lo l'ccllC'l'dQ glorio o de los conquistadol'e"
l que con tll.nto ,alol' y tan prorligi osadía
baLian conquL,tatlu p:\llllo á pal~\) ~l t(,IH'n~ por
entre las flechas y macanas de los Il1dlgen:t:', f.cJ,l1ldo
en la' '11. un rastro imperecedero. Las mujeres,
sobre todo de ol'ilrell e"pañol, eran muy escasas y los
e paí'ioles se las di5pllt:\han á !.J¡·uzo partido. Como los
Cl'u:w.uos, decian: mi Diu. , mi re)' y mi (lalll'l: Ln.
vida le,; importa.ba poco y lajug'lban como hubleml1
podido jugar una onza de 010.. . , .
Elltre e,;ta- españolas hahl;\ una Juven naCIda en
Anda Ineia .r hlanco de las aspi raciones de todos.
Vivia elt la calle l'cal t e las Niéve5 y cunnclo, al caer
la tarde se abrian RUS bastillorcs de lllu,;clina, los
bucno~ pi avenlcR santaferl'ño" al "l"el' ¡;US tljos ne¡?'os
y brill:JI1tes, no echaban mé~l.os el sol quc se extlJ1-
guia. y al ,el' sus 1'0 adas. mC.)lllas y su boca que era
un verdaderu coral, halJnan Jug¡tclo por ella no una
vida. ino dos. Ella se mo"traba desdeno a corno UJt:\
l'eina y afortunado aq uel en quien fijll.ba sus ojes ó
á quien contestaba un i'uluuo. .
?iuchos eran los pretendlcnte., pero los mas favo'
recidos parecian ser un e pafi,,1 cmplca(lo ell el c"tanco
de agual'dientes lIama(lo don ~J'~n.ci 'ca P.>:checo y 'JI1
criollo alti 'o y bi7.al'l'o, de vellltlCIl1CO anus de edad,
de pecho levantado y retorciuo bigote. March' ba é:i te
con la cabeza erguida como quien no teme desdenes
y está seguro de su conquista, El otro." solapado y
picaz iba pOI' debajo ele c.\IC1:da ~on ple- de p.l()n~o,
como el gato que va sobrC' vldnos Slll tocarlos :SIquiera.
en bu ca de su pre~a.
En uno y otro la pa ion habia hecho agos; que
el amor como el vino apagan la vista dcl al ma y al
más sensato privan de cordura. Ya en diversos encueutlos
se habian dado mutuas pruebas de mala
voluntad , ora miJ'ándo e de reojo, ora esquivándo. e e.l
saludo con el primee pretexto que baIlaban, ora qUitándose
el lado y mir,\udo e con aire provocati va.
Bajaba una noclle García, que así se Il~J11aba el
criollo, guiado tal vez de su amoroso pen a~1~ento ROl'
la calle que habitaba su clama, cuando ayo a lo leja
los sones argentinos de nna. vihuela toca~a con uncion
y ternura. Paró e el crIOllo y creyo e cuchar
estos versos al pié de la. ventana que plateaba un
rayo de luna.:
J unto á tu reja sombría
Mi amarga amorosa. pena ..••
•
lIeo-al' á la "entana divisó á un hombre y oyó cIara-
me>=n> te los uos versos d e su amorosa canC1. 0n :
Lanza por ti el alma mía,
Magdalena.
EI.déjo amoroso y tiel'Do con que sonó en los aires
el nombre do u amada Andaluza en medio de la
noclle melancólica, le llegó al corazon, y acercándose,
gri tú con tono bru::co :
-Qnién soi ? Qué hacc:is ahí?
-Lo mismo iba á preguntaros.
-8abeis que esos dominios me pertenecen.
-Oon justicia los di-puto.
-El ladran que roba la honra es más vil quo el
que l'obtl el uinero.
-RC'portaos, criollo. Magdalena será mi esposa.
-Vi\'e Dios que no lo consentiré; aunque para
ello haya. de denunciaros como ladran de las Oajas
Rcales.
No bien hubo uido estas palabras el añal cuando
irritado y ,oberLio como un leon, so lanzó sobre el
criollo y alz'l11do on alto el instrumento en qL10 cantara
su nmor, lo dcscargó sobre su cabeza volviéndolo
mil astillas.
GaI'CH\ cr:\ ágil y úntcs de poded o pensar se habia
de. prblulido de la cintura un cuchillo toledano que
sumergió IJO.sta el cabo en cl cuerpo de Paclleco.
L:IJ1:~ó éste un grito y cayó de espaldas del'l'amando
un rio de sangre.
No era tod:tvía muy tarde y á los gritos fueron sa~
lienclo los vecinos y rodeando al moribundo, quc denunció
el nombre de su asesino, se estiró violentamente,
dió un suspiro, abrió la boca y lanzó el nlma.
No bay para qué decir que cn poco momentos llegaron
uo., mugricnto alguaciles y se apoderal'on del
desgraciado G:ll'cía, atónito tod.\ vía con la desgl'acia.
que acababa de pasarle,
En aq uúllos tielllpoa la j llsticia no demoraba mucho
)' enviar un Ilombl'e al palo era tan fácil y hacedero
como lo e hoy enviarle á baños de Ubaqne 6 de
'l'ocaima. Así fué que la Audicncia despacbó en pocos
dias el expediente y el de Sande tuvo una víctima
más en quien saciar us instintoll de justicia como él
decia, La horca que e~taha levantada en la plaza,
(hoy ele la Oonstitucion 6 de Bolíval') no podia estal'
privada de alimento por mucho tiempo. Sin embargo
el reo no debia ser ajusticiuclo tan pronto, como ahora.
lo ordenaba el de Sande.
La cárcel públic:¡ se levan taba en el mismo sitio
donde boy se alzan las sobcrhias columnas del Oapitalio
y no se llccesit.t te1l0r cuarcnta. años de edael
para babel' visto aquel sucio, ruinoso y miserable edi.
ficio que se alzaba junto al baluarte sombrío de la.
Audiencia. Las ventana tenian rejas de lúerro como
en los conventos y ele sus hal'l'ote" pondian algunas
mochilas de fIque blanco y 1'0. ado en curo trabnjo
pasaban algunas bora los pl'e o y que les compraban
los comerciantes para guarual' sus realcs do cruz y sus
onzas ele 01'0.
Oontinuó anclando, presa. de amarga zozobra, y
La tarde en que principió esta relaeion habia
dado paso á una. noche oscura. Sel'Ían las Riete.
Los presos, pertenecientes en su mayor parte á
la últim:l. clase, estaban en el estrecho lJatio, can-al
taudo unos bambucos, y otros contando sus aven.
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154 LA TARDE
turas más verdes de )0 que eria necesario. García se
hallaba en un calabozo que le servía de capilla. De
repente se corrió el c e rrojo y apareció un sacerdote á
quien el preso, por sn c o:> tumbre de cstar en la oscuridad,
di - tinguió perfect amante. Era un hombre como
de cincuenta años de edad, bajo de cuerpo y de re petable
abdómen. Su cara redonda y tostada por el sol
estaba t:111 lisa y ra a COlDO su cráneo que parecia de
marfil. Llevaba un ve - tido de lilaila que en otro tiempo
habría sido negro, pero que á la sazon los pintores
hubieran di putado sobre si era verde ó amarillo. :gl
manteo lo llevaba atado al cuello, con COrdOIle5 de
seda que remaiaban en borlas y borlas llevaba tambien
en el sombrero de teja, que parecia una goleta
de guerra. Su cara revelaba un hombre manso y humilde;
pero sus modales más sueltos de lo com'eniente
indicaban á las claras el roce que habia tenido
con los couquistadores y aventureros de toda e pecie.
Esto sacerdote era el padre \" alverde, á quien el Presidente
llamaba el monigote y :i quien llamariamos
nosotros el docto?'.
Avezado, como estaba á confesar á los reos y á acompañar
á los ajusticiados al patíbulo, y conocedor de
aquellos calaboz<1s en que yacian las víctimas del Pre·
sidente y tam bi en de la justicia, descubrió fácilmente
al jóven "reí . . El calabozo, frío y escueto, estaba
casi en complcta oscuridad: un cabo de vela de cebo
negro pegado en la pared sin más candelero que el
cebo negro que chorreaba y lo adheria á la pared den'amando
en el cuarto una siniestra claridad. El único
adorno era una cruz de palo colgada cerca de la luz;
el único mueble una ba?'bacoa ó sea una camilla de
varas delgadas y sin labrar atadas con cordeles de
cabuya.
Al sentir el ruido de la puerta se incorporó García
vestido con un calzon de paño burdo y una camisa de
bayeta colorada. Tenia la barba larga, crecido el ensortijado
cabello, lánguidos los ojos, de::naerado y pálido
el semblante.
-Hij o mio, dijo Yalverde.
-Ah! sois vo>" padre Val verde !
-Sí hijo mio, vengo á veros.
-Acercaos. Siemp¡'e venis á ti'aermc un consuelo,
Vos y el carcelero son los únicos que se acuerdan
de mi.
Acercóse el padre Valverde yel preso le hizo sentar
al borde de la barbacoa. El sacerdote le puso una
mano sobre el hombro y mirándolo compasivo le preguntó
:
-Cómo va ese espíritu?
-Ya lo 'Veis, padre, Hace tanto tiempo que estoy
encerrado! Haber dado la muerte y e peral' el castigu,
es cosa tri te.
-Pero es preciso resignarse y ser hombre.
-Me ha dicho el carcelero que mañana llegará el
Vi itador. o creis que deba tener e~peranza ?
-L0s juicios de Dios son inescru tables é inexorable
la justici:l humana.
-Dios mio. Entónces debo morir?
- Estad preparado á todo: la vida es corta y
trist~.
-Sin embargo, por triste que sea, quién no la
amará?
- U n cristiano sabe que la verdadera vida está más
allá de la tumba. Una vida manchada, un presidio
afrentoso y largo no son preferibles :í. la muerte.
- -Hablad, hablad, padre. Si no hay remedio decídmelo.
- No sabeis, no sabeis que es más fácil volver atl'Us .
un rio que eambiar la voluntad del de Sande.
-y COlindo debo morir?
-Mañana.
-Mañana! ... gritó el preso fue¡'a de sí.
Una sacudida convulsiva y violenta estremeció la
barbacoa. El preso cayó sobre la almohada y permaneció
en silencio, miéntras que el ministro de la. iglesia
le mi¡'aba eniernecido y ca i con las lágrimas en
los ojos. Despues de algunos minutos, le dijo:
-Ya no os queda. más que pensaren vuestra alma.
7 •
Olvidaos de este mundo engañoso y alzad los ojos :i
Dios.
El preso 110 contestaba. El temor ombrío du la
muerte 10 cnvol\'ia como el mal' enyuelvc al Illiuf!'agv
que no halla ya. una tabia :i qué ug'lITllrse.
Vohió á callar el sacerdote y abl'uzandole con ternura
le dijo:
-Depositad en mí vuestras falt:.;:, ya que l10 os
traigo la vida del cuerpo, os traigo pI perdon y en
nombre de Jesucristo os abl'o las puertas del cielo.
-Dej:tdme, padre, quiero e tal' sólo. Mi cabeza es
un "Volcan y ni oigo ni entiendo nada.
Salió p:J.l1saclnmente el médico cid :lIma, rechinó
el cerrojo, giró la llave, oyéronse á lo léj las pisada
· de los zapatos eel ticos y todo quedó
en si l encio; que ya los otros calabozo estaban llenos
y puestos en paz los presos.
Qllé pasaba cntónces por el alma del reo ? ~'al vez
ni aun ello supo. POI' muy amarga que sea la vida,
por muy nublarlo que el porvenir esté nacli e oye sin
temblar el anuncio de una próxima muerte.: ,. el viejo
ele la leña nos lo dice."
Poco despues sonaban las campanas d(.']:¡s ocho,
invitando quejumbJ'Osamente á lo. vivos á rog,ar por los
difuntos. Oíase en la lejanía. el ruido onfu o de una
taberna de inelios y García cOiltinuaba inerte.
De repeute puso el oido se incorporó en la barbacoa
y oyó aterra dI) el canto rnelaucflico que 101" hermanos
de un::r cufracliu de la buena muerte entonaban.
Entre un rezo so lemne y grave se elevaban basta el
cielo estas palabras: para hacer bien por el alma del
que van :i ajusticiar. (Gontin¡taré,.)
J. J. BORDA.
, : ,
LA VUELTA TARDIA.
He recorrido tierras apartadas,
Llevado por el soplo de la suerte j
Ví ciudades espléndidas, pobladas,
Diezmadas otras por hambrienta muerte.
Me he deleitado en orgías y festines;
He orado sobre tumbas silenciosas i
Entre humo, y fuego, y ayes y clarines,
He estauo en las batallas desastrosas.
Ví el majestuoso, el inmortal océano;
Sus olas, l'cmecidas por los vientos,
Se atropellaban con furor insano,
y modulaban tétricos lamentos.
La tormenta. bajando bramadora,
y en columnas de fuego sostenüla,
De la mar ú, la voz atronadora
Unió. u ronca voz estremecida.
Mas despues de mis dichas y mis glorias,
De mis dolores y hondas impresiones,
y sustos, y tormentos, y victorias,
y profuudas y rudas sensaciones,
Hoy en busca de paz, vengo tí mi aldea,
Aquí do saludé la luz del dia :
Mi alma, ya envejecida, se recrea
En memorias de cándida alegría.
Aquí sentí la llama abrasadora.
Que al soplo del amor brotó en mi pecho,
Ouando escuché su voz arrulladora,
y en mi cuello sentí su abrazo estrecho.
Tiernas memorias de felices dias,
A qué venir á acariciar mi mente,
Si sólo quedan sus cenizas frías
En la tumba que beso reverente?
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LA TARDE 155
A í dijo el viajero y reclinada
La frente encanecida y ya rugosa
Sobre una tumba, ppr su faz tostada
He balaba en r audal lluvia copiosa.
•
La tarde se apag . Con paso lento
E l anciano sigu ió para el poblado
En busca de un amigo; y ni un accn to
H ubo para el viajero ya olvidado.
Y a nadi.e le conoce : es extranjero
En su suelo nativo . . .. . Oyóso un di.a
De la cdmpana e l toque plañidero;
Y un cadáver sin n ombre se veia.
E. A.
----~=~~=----
SO NET O
ESCRrro E:-l" PRESE:-l"CU. DE LA NECESID.I..D DE
ARREGLAR MI ARClIIVO.
DEDIC.\DO AL SEÑOR CORO~EL DON 1 . C.iÑ.iS .
Oh! cuánto ma nuscrito! cuánto i mpreso!
C uántas h oras a l sueilo a rrebatadas!
C uáll.tas ang ustias! cuán tas apuradas
Tor tu r a.:; incesantes para el seso.
Oh ! cuán ta increpacion a l r etroceso!
C uántas g uerras, cou tinta., conj u radas!
C uántas alocuc iones empapadas
E n p.ltrÍo amor , cn libe rta d , progreso ...... !
De p el'iódicos mil las coleccion es
Q ue ocupa n los es tantes de mi a r chivo,
Lleuar on su debe r, tan á lo viv d estruyen un ar chivo,
N o d estruyen d el alma los r ecu er dos?
Noviembre de 1874.
J. M. L LÉRAS.
Q a
LA PENA DEL T.ALION.
DEDICADO A LAS MUY ESTIMABLES REDACTORAS DE
"EL AMIGO DE LAS DAMAS," -
Señora y señorit,a: Tengo el honor de d edicar
á vosotras este artículo que he escrito para" El
Amigo de las Damas." El es una p ágina d e historia
; página que he arrancado al gran libro del
imperio romano, que bien podriamos llamar el
libro de la humanidad. Si es aceptado p or vos-otras,
quedaré contento. RUFO URUETA.
1.
Estaba cumplida la prediccion del profeta Daniel,
al expl icar el sueño del poderoso N n bucodonosor 6
Nabopolassar JI, rey de Babilonia y Nínive.
El rey soñó que habia visto una está tu a colosal con
la cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y
. muslos de bronce, piernas de hierro y piés de arcilla.
Examinando estaba la mirada ardiente y terrIble del
coloso, cuando una piedra desprendida de lo alto de
una enorme montaña, cayó y derribó la estátua por
su base, convirtiénrlose todo, oro y plata, bronce y
hierm, arcilla y gl'eda, en un polvo sutil que el viento
arrastró y barrió cn un ill3tn.nte, miéntra que la pie·
dra fué creciendo cada vez más hasta ocupar toda la.
superficie. El oro representaba el imperio .c sirio-babilt'mico;
la plata, el imperio Pero a; el bronce, el
imp<,rio de la Grecia; el hierro, el imperio Romano;
e-tos eran los cuatro grandes imperios que rodaL'Ían
uno en pos de otro atravesando los siglo, detras de
los cuale~, y al finalizal' el til timo, vendría el reino
de Jesucristo, piedra desprendida pOl' la. mano de
Dios de la montaña del Oielo para denibar al coloso
y reemplazarlo; picdr:¡, pequeña que creci6, creció, se
ensanch6, se extendió, se desanolló y lo abrazó touo.
Por eso vernos que el orgulloso y despótico imperio
romano despuüs de haber dominad.o la. mitad del globo;
despues de haber abarcado con las garras de sus
águilas la mayor parte del univel'so conocido; despues
de haGer resplandecido con todo el brillo que le dieran
Césal' y Augu. to; Vespasiauo, Tito y Trajano; Adriano,
Antonino y Marco Aurelio; flevero, Aureliano,
Probo y Diocleciano; Constantino, Valentiniano y
Teodosio, bahía venirlo :\ caer en manos del cobarde
é imbéci l Valentiniano UI. Era que el período de
decadencia llegaba para el pueblo extraordinario raptor
de las sahi nas, feto Cl~jendrado por Rómulo, que
despues fué un niño, y m¡lS tarde, á meclida que se
rleRennllvian y de arrollaban sus fuerzas fí icas y morales,
llegó á ser un Titan que con su fér rea masa se
apoderó elel mundo, pero que por una ley infalible,
Juego que cumpl ió la. mision que le señalara la P rovidencia,
se convi rtió en un viejo decrépito que como
un cf¡chível' babia de encerrarse en su tumba, sobre
cuyos despojos, bien pronto, se pl'eClpitarían lo bá1'bct,'
og con t oda. la. impetuosidad que les comu n;.caba
el destino, que los impelía, los impulsaba á. la dest
l'uccion de esa potcncia ol'gullo a, ases ina de los márt
ires yenemiga angl'ienta de la jóven de la Judea.
Al contrari o sucedia con la doctrina. del Salvador.
E'Ste, ántes de subil' al Cielo en a las de su divinidad,
había mnnclado ¡í sus discípulos que, repartiéndose el
orbe, lo COI quistu l'an para su Etel'11o Padre, diciéndoles
estas san tas pala.bras : "como mi petan me hn enviado,
etsí os envío yo á vosotros." Y aquellos hombres,
pobres y o .. ;cu ros pesca.dores de In. Judea, con el morral
á la espal(la y sin más armas que el Evangei io en
una mano y el báculo en la otra, como ver daderos
so lelados del Cristo, repartiéronse el mundo y emprendiel'On
la conquista. uni versal. Y pronto, muy
pronto la. J'cligion elel Hi jo de Dios se exparció, cultivó
y fructiftcó en tudas par tes, penetrando en b Siria,
en la Cilicia, en Chipre, en toda el Asia Menor, en
Antioquía, el1 Jerusalen, en Samada, en la. Frigia, en
la Mi ia, en la Li dia, en la Tl'óaue, en Macedonia, en
Aténas, en Cori nto, en Efe o, en Cesarea, en el Ponto
, en h~ Capadocia, en el Asia, en la G'l li cia , en la.
Bitinia, en la I ndia, en la Etiopia, en la Escitia , en
i:1. Tracia, en la Acaya, en Epi¡'o, entre los Parto, en
r.l esopotamia, en Persia , en Armenia, en Arabia, en
I dumea, en Cólchide &c. &c., paÍ¡,es y l'einl)s donde
bien luego se vieron edifica¡' ig lesias y se oyeron las
pala.bras del Divino Maestro predicadas por sus Após toles,
tanto, que San Pablo e cribia á los romano>; ,
quü el Evangelio h ahia s ido predicado en todas las
naciones y estaba ciment ado en toda la tierra.
JI
Valentiniano lII, bijo de Constancia Augusto y do
Plasidia que, cuando Alarico sit ió á Roma el año 400,
la hizo prisionera de guerra y se la dió por quer ida. á
su cuñado AtauIfo, rey de los Visigodos, pasando c1espues
del asesinato de é te á ser In. esposn. del terce l'
Oonstancio,-era un h ombre nulo. Educado y gobernado
constantemente por esta mujer ambipiosa, cuyo
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156 LA TARDE
objeto era ser dueña absoluta del gobierno, Yalentiniano,
que, miéntras vivió su maure, nunca reinó mús
que en el nombre, fué un príncipc cobarde, estúpido,
envidio o y cruel. En su reinado tuvieron lu ~a r las
invasiones de los bárbaros, entre otras la<; de Ter)dorico
y Ati!a; el primero fué vencido por Aecio, general
del impel'Ío y rival encarnizado del conde BoniCacio:
al segundo lo batió tambien la primera yez el
mismo gcneral en las llanuras ele Ollalons, al mando
de los romanos unidos con los visigodos, armoricano~,
galos, sajones, borgoñe e , sármatas, alanos, alemane ,
ripuarios y francos. Esta victoria la pagó Aecio con
la vida, porque el César, envidioso de su gloria, al nño
siguien te a e inó al ilustre general, acabando asi el
último hombre grande del imperio y el último solda.
do romano.
El terrible ~Uila se pre;;ent6 el año 452 por segunda
vez ante los muros de Roma amenazúndoía con el
exterminio, y no fueron ya las tropas del Oésar, cuyo
poder caia, las que lo vencieron, sino la virtud, la elocuencia
y dignidad del jefe de los soldados de Cristo,
cuyo poder se alzaba: el Papa San Leon alió con el
Evangelio y el crucifijo en la mano al encuentro del
que sé llamaba rey de los reyes y azote de Dios, consiguiendo
con su palabra ajJlacar y vencer la c61era
del feroz conquistador, quion ante la santidad del
Pontífice levant6 el campo y se retiró á la Panonia.
La batalla presentada por Aecio al rey de 1 Hunos,
es la última página gloriosa dcl imperio; aquí
se apaga la última chispa brillante con que fulgurara
su grandeza el pueblo-rey.
La sangre del conde Bonifacio asesinado por Aecio,
es vengada con 1:1. de este asesinato por Valentiniano :
al emperador lo asesinará el senador Petronio Máximo,
que a su vez será asesinado por el populacho romano.
El t alion, pues, se h ace sentir en todo su rigor.
III
Era el año 455.
La.s sombras de la noche se habian desparI"amndo
sobre la ciudad de R6mulo, cubriélluol:1. con su o;:;curú
manto, en tanto que la luna, escondida detras de un
grupo de blancas nubes, salia á ostentar su llermosura
en medio de un cielo azul sembrado de puntos fosforescentes.
El centinela de p:da.cio acababa de dar la selía l de
las nueve, cuande al apagar e el eco de la 'Voz del
guardia, abrióse la puert:1. del aposento ó gabinete del
emperador, apareciendo en ella Valentiniano lII, envuelto
en la emblemática túnica ele púrpura, signo
destintivo del gran podar de los Oésares. 0001 paso
lento y meditabundo encamin6se á una mesa. de m:írmol
color-ro a, en la que descan aba una lámpn¡'a de
oro llena de aceite perfumado, que despedia una opaca
claridad.
Cerca de la pared babía un sillon fo rrado de raso
blanco con florones de oro, que el emperador tomó y
lo aproxim6 á la mesa, uejándose caer en él y colocando
los pié encima de un cojin furrado de piele:;
tcllidas de carmesÍ. Una vez sentado, cerró los ojos
como si durmiet"a y bajó la frente ha ta tocar con el
mármol de la m , Riu que el frío de la piedra lo
desperta~a. de su sueüo aparente. De prontó alzó la
cabeza p~l!da y desgreñada, abri6 los ojos y los fijó
en el aceIte. contenido en la lámpara, á cuya vi ta y
olor Re le dllataron las pupilas y el órgano del olfato
abultándo ele la nariz cual si quisiera absorver el
perfume que exhalaba aquella dorada llama .
Quizás algun recuerdo agradable se le presen t.) á
su imgginacion en aqnel momento, porque se enderezó,
agarró la lámpara y la besó, diciendo :
- Sí, sí; no hay duda, este es el aroma con que
Glla se perfuma.
Pero en seguida crispáronsele las manos, solt6 la
lámpara, an ugósele la frente, hineh6sele el pecho, cay6
desplomado en el sillon lanzando un suspi r o y
mUl'murando :
-j Oh qué horror! Yo la he ultrajado; no hay
esperanzas ya !
-j Sí, no hay espt'l':lll7oa ya! exclamó un:!. VOl sord:\
cIetras de Valen tiniano, cual si fuera el eco de su
l)I"npm voz.
El lujo de Plnsidia tembló al oir la voz y se volvió
• para 'Vel' qUIen era.
En el dintel de la paelta, cruzado ele bruzos y en
aptitucl terrible se hallaba PeLronio l\Liximo, vestido
con la l"ÍCil laticlavia de senador, encima de la cual
se o tentaba una amh"\ Landa ele púrpul'a tacllonacla
de infinidad de clavos de 01"0, terminando las insignia'
enatorinles un lujoso calzado cenadJ por un:\
media-luna de oro ribeteada de diamantes.
El Césa¡' e asust6 con aquella ap;:.ricioll inesperada
y un temblor nervioso lo agitó en su a iento.
_j Sí, no hay e"pcran7.·, ya! repitió l\láximo con
'1'07. colérica avanzando hácia el cmpe!'adol'. i Vo!. la
habeis ultrajado, pero aquí estoy yo para vengada!
-j Oll! dijo Valentiniano cubriéndo'e el rostl"O
con las ma¡ws.
-j Oh! repitió Máximo con sardónica sonrisa.
j Teneis miedo!
-Bien, señor, bien; pero debí teis acordaros que
esa muje!' cm ca ad,t: que tcnin un esposo que podría
vengarla.
-Olvidais que soy vuestro emperador? p regulltó
Yalentininno apretando los dientes.
-Soy senador, conte:tó Máximo.
-Soy el sobel'ano del imperio, replicó el matador
de Aecio con altanería . ¿ Ilabei' olvidado que puedo
haceros morir mañana, allora mi. mo si se me antoja?
Petronio miró y lo examinó todo en su alrededol'.
El emperadol' estaba sólo y rlesar'mado ; dió tres salto
y cerró la puerta del apo en to; luego se encaró
con el monarca y le dijo riéndose :
-Es cicrto, señor, te neis razon: podeis hacerme
morir mañana, ahora mismo si se 05 unt0jase y en
verdad que no os faltarían de.3e03. Pero no temo, estamos
s610s y aun . ..•
-Puedo llamar á mis soldaulls, á. mis guardias para
que os dén muerte inmediatamente, repu o el Cé ar
interrumpiendo al senndo:'.
-Vuestros soldados? 'Vue5tros guardias? dijo Petl"
Onio meneando la c:.\beza y recnJcando su- palabras.
j 011 ! el Oésar no tic le ya la guardia pretoriana á su
li'p05icion y sn campo ('~t¡Í, destruido. Y legiones
1'e me h:ln 't'nrlit1l) y en este momento •••.
--i Soldados I grite> pI l'lIlperador con todas las
fnerzas de sus iJulmone~, levantantiosc y dirigién do;;e
á la puerta.
-i Si lencio, coban1e! o1am6 el senador teniendo
al sober:mo por un bI':1700 r mostmndo un acerauo
puñal. Silencio ú os atra vieso el cora7ool1 . Luego oblicr,
1ndolu á sentarse añadió con desprecio: insulta á la
mujer y tiembla nnte el marido.
--Penlon, mi querido Máximo; peI'uon! exclamó
el nieto de Teodo io con voz apagada por el t erro¡',
fija la ,Í' ta. en el puñal, con la respiracion ter torosa
y el cuerpo en completa. convul iun. l. Qué quieres
de mí?
-Qué qniel'O? Quiero que me oigas. Yo era feliz ;
feliz porque mi nacimiento y mi cuna me hicieron noble
y rico; feliz porque mi honor igualaba á mi poder,
siendo mi valor el escudo de esas dos prendas;
feliz, noble, rico, poderoso y descendiente de una fa-milia
j)ll ~ tre, mi enlace con una mujer á quien y á á nhabíais
querido seducir, para lo cual hicíst eis morir
de hambl'e á su padre, encerrado en una l6brega
prision. Yo creí que el nieto del gran T eodosio y sobrino
del in'Victo IIono¡'io, respetaría á la esposa d el
noble y podero'o senador, ya qne no había r espetado
á. la hija del ciudadano; pero me engañé, me engañé
creyendo que habria algo de noble y bueno en vuest
ro pecho. Irritado contra la pureza de la mujer que
os r echazara i ntes de casada, vuestros deseos se encendieron
más ante la noble dignidad de la espos'l.
ofendida que os despreciaba como adúlt~ro. t Qué
hicísteis entónccs, señor? i Qué hicísteis del honor
•
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
LA TARDE 157
de la mujer que d ebíais prot ej e!' como e~ p os a de nno
de vue iros ¡;e n ' idores ?
-Yo e taba loco y el amo\' me cegó.
-El amOl' ! Vue tro amor era el amor uel in fiel'l1o
porque. i no IlÓ os hubiera 'ugerido el crímen de ql1~
os valí t eis pam , at i fa ceto vuc, .. 1'0 d epravado capl'i .
cho, publicanuo luego 1 desh onor do la pobre mujer,
que arrasada en lágrimas os suplicaba no ln allchá rais
el nombre ue su esposo, sin acordaro vos que ese
nom bre era GI mio.
Profundo ilencio reinó al terminal' P etronio 1\Lixi·
mo u palabras. Cinco minutos trascurrieron &in t¡ ue
se oyera otl'a cosa que el chisporroteo de la lámpam
que se apagaba y la respirilcion estertorosa y convul ,
si va del emperador que no se rn oyía. ni apar taba los
ojo. del puñal que aún relumbraba en i:J. mano del
senador.
Este continuó despues de haber t omado ali en to ,
cual si se repusiera. de una fu erte conmocion :
- No contento con eso habeis t enido la crueldad
de jr csta tardtl á mi ca a acompaftado de al guuas
cómpl ices vues tros, tí dar el escándalo de
onrar , ul t rajar, in ultar y maltratar oí mi es po a.
La pobee víctima, loca y dese pel'ada me pidió que la
matara ; yo la complací y le dí muerte, jnn\ndole
q ue la veng:ll'ía. Este cuchillo es el que le cortó la
gargan ta; con él os mataré. El ej emplo de Lucl'ecia
y de 'farquino se ren ueva huy; preparao. pues.
-Ya á matarme? preguntó Valentiniano ca ~ i
llorando y e xtendiendo los brazos hácia Petronio en
a ctitud supli cat iva.
- Sí, con te : , oy á mataros, porque no sois
hombre capaz de lidiar conmigo cuerpo á, cuerpo,
Tambien debo adver t iros que vuestras legil)nes, á,
qui enes he comprado, me e~ p e ran al . alir de aquí para
nombrarme Césllr, confirmando el senado e"te nolU'
bramiento. 1\Iañana, cuando se celcbren vut' tros fu·
nerales seré aclamado emperador ) me ca, aré con
vuestra esposa, la bella E udosia. A í cl talion scd
mej or y má agradable.
-j Perdon ! gritó el desgl'aciado emperador.
-No I vas á morir.
-Ahora ? a r t iculó Valentiniano.
-Ahora mismo, en este in tantE', exclamó ilhíx imo
furioso, !Ieno de ira, y blandiendo el puñal.
-j Oh ! lUuI'muró cerrando los (~i os y cubriéndose
el r ostro con las manos, como la víctima que se r es
igna al sacrificio.
- Ese j oh ! tambien lo E'xbaló mi pobre e. posa sin
que te hubiera conmovido.
y lan zúse sobre el monarca y de un gol pe lo drgolió
con el puñal homicida, manchándose el blanco ra'
BO del si llon eon un chorro de sangre del de 'cendient
e de los grandes emperadores.
I V.
Media hora. d esplles salía Máximo uel palacio del
emperador y se dirigía donde lo e~peraba n algunos
de los j efes mili t ares, con,enidos ya en nombrarlo
César j co tumbre in t roducida en el ejército desde la
muerte de Nel'on, para qlle luego el senado ratificara
dicho nombramiento.
El senado, cuerpo inst itu ido por R6mulo, tan digno
en otro tiempo y en cuyas manos estuvier a án tes la
balanza en que se pesaban los de tinos de las df'mas
naciones, pues que daba la paz y la. guel'l'a al mundo,
administraba. la J'usticia, dictaba las leyes y r epartía
las pl"Ovincia ; corporacion que asombró y admiró á
los galos por su nobleza, val or y dignidad, cuando
Breno sitió, incendió y saque6 la eiudad el año 390
(ántes de J esucrísto j) asamblen depo itaria del fabuloso
poder de la rival de Cartago, á cuya voz se. ejecutaron
hechos y acciones tan estupendas, glorIOsas
é inmortales, y de donde salieron tantos hombres
grandes, que con sus nombres han llenado la historia
y que, repercutidos por las trompas de la fama, á traves
do los siglos han pasado hasta. nosotros; ese
cuerpo ya no era s qmáue un cuerpo s('rvil, cobarde,
abyecto y cor rompido, que dejándose a1'l'ebatar su
podel', independencia y liber tad, convi rt ióse en instrulllento
do l o~ caprichos de los t irauo y ase" inos
qlH' ocuparon el solio del imperio.
No es extraño, p ue, , que el senado en vrz de ave·
riguar el crimen y descuuri¡' al a¡;e"ino dc \ ra len t iniano
para. castiga!' al victimario, e h uLiera contentado
con decretar los f unerales del pobre empE'rador
y JJombrar á ;\I áximo en s u r eemplazo. E l cadáver
del hijo de Constancio III se enconil'ó en el 'alon del
crimen, sin que por de pronto se s upi era qui én fu era
el regicida, y in qne esta mue¡'te prolluje[[\ ninguna.
en acion en el puebl o, que ig los atras t an evero y
r igilueta de los
edificios de la eterna clUdad de RÓlll Ulo, de la r eina
del Tiber ; el horizonte estaba claro y risueiio, sin
que uua nube, una m l.11cha siq uiera em pai1ara su 1 impidez.
A los suaves rayos de la I:ímpara celes te, ca iuos en
lín ea perpendicular sobl'e la casa ó pa lacio del Oésar,
veíase un magnífico jard in, en forma de canas to, ( ¡'azado
en un t en'3pl en y sembrado aqll1 de copullo>:,
verdes y sombríos abet"s, álamos y morera ; allí do
olo rosos na ranjos y limoneros ; acá de a¡'omáticos
aloes, de pul meras y d e cactu<; j al i<í de al'gentinos
olivos y de infinidad de otros arbole::> llu C' cubij aban
con HI som bra á las [¡('!l as, ra r af', frugall te~ r {',racios la cab('za de éste
1 ' , y e pregunto con Ull acento saturado
Citación recomendada (normas APA)
"La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 20", -:-, 1875. Consultado en línea en la Biblioteca Digital de Bogotá (https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/2092949/), el día 2026-02-04.
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