SON JAROCHOBOGOTÁ
Fandangos y música veracruzana
Desde hace casi diez años, a casi 3.000 kilómetros del sur de Veracruz, estado mexicano y cuna del son jarocho, varios jóvenes se reúnen en Bogotá para frotar las cuerdas de las jaranas y las leonas, pregonar décimas espinelas, y zapatear sobre un tablado con el propósito de marcar el ritmo de un fandango autoconvocado. Se trata del colectivo Son Jarocho Bogotá, un grupo de estudio que es acogido con frecuencia en la casa de alguno de sus miembros pero que por la naturaleza pública y abierta de la música que practica se lo puede encontrar a veces, si la lluvia y la autoridad policial lo permiten, en el parque El Renacimiento, al pie del Cementerio Central.
Los orígenes del son jarocho se remontan a mediados del siglo XVIII, cuando emergen músicas y bailes propios de Veracruz. Este tipo de música es una manifestación mestiza heredera de la lírica española, la música barroca, las polirritmias y coros africanos, y la poesía indígena. Para la segunda década del siglo XX, después de la Revolución Mexicana, el son jarocho se había consagrado como una de las músicas populares de carácter nacional. Adquirieron entonces relevancia, también, las fiestas originadas a su alrededor: los fandangos.
La consolidación de la música grabada y comercial disminuyó la popularidad del son jarocho. Sin embargo, los esfuerzos locales y el hecho de que esta música atravesara fronteras impulsó su difusión y su enseñanza. Su encanto y la facilidad de incorporar diferentes instrumentos musicales en su interpretación contribuyó a su dispersión en otros países de América.
Fandangos espanta lluvias
A los círculos de los fandangos organizados por Son Jarocho Bogotá hoy en día entran a cantar, tocar y bailar Cristian Ramírez, Vanessa Henríquez Gámez, Alejandro Lozano, David León, Laura Santiusti, Sharik Herrera, Yisel Díaz, Maityk Avirama, Jacob Valbuena, Catherine Moore, Kevin, Arena, Natalie... Entre otros seguidores que, además de estudiar la música que los congrega, han padecido la dificultad para auspiciar fandangos en el espacio público de la ciudad.
En el siguiente audio se escucha a Alejandro Lozano, David León, Catherine Moore, Maytic Avirama y Yisel Díaz narrar sus encuentros personales con esta música y comentar el itinerario de su aprendizaje colectivo. Lo hacen justo antes de iniciar un fandango en una casa cultural de Teusaquillo nacida gracias al Acuerdo de Paz firmado en 2016 en Colombia: La Casa de la Paz. Del ensayo para este fandango provienen los fragmentos de música registrados. Además de la Casa de la Paz, el centro cultural Wara Wara, en La Candelaria, ha sido otro de los espacios interiores y resguardados que le han hecho campo a los talleres y fandangos abiertos de Son Jarocho Bogotá.
Archivo SonoroSON JAROCHO BOGOTÁ
“Alguna vez nos invitaron a tocar en un festival, como grupo musical. Y nosotros nos bajamos de la tarima… Nos sentíamos muy raros y nos bajamos. Nosotros no somos un grupo de tarima. Nos organizamos en círculo por un asunto de sonido y por como funciona el fandango, para que las personas puedan ir llegando y saliendo…”
- Alejando Lozano.
La interpretación elemental del son jarocho requiere una instrumentación básica. Las jaranas son instrumentos de cuerdas denominados según su tamaño. Las más pequeñas se llaman mosquito y chaquiste, y a medida que aumenta su volumen se las denomina “primera”, “segunda” y “tercera”. Junto a las jaranas están el requinto jarocho y la guitarra de son. El ritmo lo aportan la leona, un instrumento de cuerdas muy grande, y la percusión que se ejecuta en tarima mediante el zapateo. Pero esta es sólo la base de una música hospitalaria. Con el tiempo, al son jarocho se han incorporado otros instrumentos de percusión menor, como el güiro, el pandero, la quijada y el marimbolo, y otros instrumentos melódicos, como el violín tuxteco, el arpa y la armónica.
La hospitalidad no se restringe a los instrumentos: cualquier persona que se tope con un fandango de son jarocho está invitada a incorporarse a él. Si no cuenta con uno de los instrumentos se acepta el más antiguo y que traemos siempre puesto: la voz humana. Esa acogida universal e incondicional, tan ajena a los hábitos y costumbres de la gente de esta gran urbe del altiplano cundiboyacense, es también la posibilidad extraordinaria que custodia el colectivo Son Jarocho Bogotá.
Detrás del fandango: claves del son jarocho
Instrumentos del son jarocho
Tres familias: las jaranas (guitarras rítmicas, la más chica se llama "mosquito"), la leona (guitarra grave, como el bajo) y el requinto (melódico). Pueden sumarse violín, arpa o quijada. Siempre abierto a nuevos sonidos.
El fandango: fiesta en círculo
No es un concierto, aquí músicos y bailadores se organizan en círculo, todos al mismo nivel. Cualquier persona puede entrar y salir. Por eso, un día, se bajaron de una tarima diciendo: "No somos un grupo de tarima".
Décimas espinelas
Poemas de 10 versos que se improvisan durante los fandangos. Heredadas de la lírica española del Siglo de Oro, sirven para contar historias, bromear o dedicar versos.
Zapateado y retos del fandango
En Bogotá, la lluvia y la policía dificultan los fandangos al aire libre. Por eso se refugian en la Casa de la Paz o Wara Wara. Cuando logran reunirse, el zapateado sobre madera convierte el baile en percusión pura.
En enero de 2024, de acuerdo a Migración Colombia, Bogotá era la ciudad del país con el mayor número de inmigrantes provenientes de Venezuela. Casi 600.000 personas estaban residiendo ese año en la capital del país. Apenas unas décadas atrás el fenómeno ocurrió a la inversa. En la segunda mitad del siglo XX Venezuela se convirtió en el territorio de elección para un sector de la población colombiana que emigró para sortear la crisis económica. Según el censo venezolano de 1981, los colombianos allí eran un poco más de 500.000 personas. El estado fronterizo de Zulia, con su capital Maracaibo, fue uno de los principales focos migratorios de esos años.
Entre Maracaibo y Bogotá ha transitado también la música. Si el vallenato romántico del Caribe colombiano se convirtió en una de las músicas más populares de Venezuela en los años 70 y 80, el siglo XXI trajo a Bogotá desde el Zulia y otras regiones costeras la potencia de los tambores afrovenezolanos, instrumentos que están en el centro de varias de las prácticas culturales más cautivantes de la música tradicional venezolana, pues mezclan raíces africanas, indígenas e hispanas. En la localidad de Kennedy, donde reside el 15.6% de la población venezolana de Bogotá, es posible encontrarse con una tertulia animada por esos tambores vinculados a los cultos a San Juan Bautista o San Benito de Palermo, originarios de los estados de Miranda, Aragua, Yaracuy y Zulia. Entre los responsables se encuentran los músicos reunidos en la agrupación Afro D.C.
Zulia en Bogotá
Afro D.C. está integrada por Wilmer Contreras, Kenny Parra, José Quevedo y Rainier Chacón, entre otros músicos. Intérpretes del cumaco, el chimbangle y el clarín o la campana (distintos tipos de tambores afrovenezolanos), cultivan un conjunto de ritmos costeros que adquirieron relevancia internacional gracias al maestro Carlos Tález. Aunque inicialmente se llamaron Sangre Caliente, hace un par de años y con fines comerciales el grupo se renombró Afro D.C. Su base de operaciones es Kalanga, el estudio de grabación de Wilmer Contreras en Kennedy.
Este audio registra fragmentos de cantos tradicionales a ritmo de sangueo dedicados a San Juan Bautista, así como otros cantos y ritmos del tambor afrovenezolano efectuados bajo el cielo del parque principal del barrio El Carmelo, en el suroccidente de Bogotá. Se escucha también a Wilmer Contreras, Kenny Parra y José Quevedo hablar de su historia como emigrantes y de la función que cumple para ellos y sus connacionales esta música que llegó con ellos a Bogotá.
“Imagínese… Si a pesar de la violencia, la explotación y la esclavitud los africanos pudieron traer con ellos su cultura, sus expresiones, su forma de cocinar, su forma de bailar, nosotros como venezolanos también tenemos esa necesidad de poder ser auténticos con nuestra forma de ser, con nuestra forma de expresarnos aquí afuera”.
- José Luis Quevedo.
Hace unos ocho años era probable cruzarse más frecuentemente con la música de los integrantes de Afro D.C. un domingo en la peatonalizada carrera séptima o en la Plaza de Bolívar. Puede encontrárselos actualmente, también, en los barrios Patio Bonito o El Carmelo, en una práctica abierta o en una actividad al aire libre de la comunidad venezolana. Pero donde suenan sus tambores de manera más regular ahora es en las fiestas y celebraciones privadas de sus compatriotas.
Aunque estén más dedicados a la actividad comercial de la música en vivo, los integrantes de Afro D.C. son ante todo cultores de prácticas musicales que constituyen un tesoro cultural para América. Viven hace más o menos diez años con sus familias en Bogotá, lo que la constituye, por supuesto, en su casa. No es un exabrupto afirmar que el golpe milenario y mestizo de sus tambores es, en el presente, también una música de Bogotá. No obstante, y a pesar de su deseo, han encontrado toda clase de barreras para ser invitados a participar en eventos propios del ámbito cultural de la ciudad y en actividades de carácter pedagógico.
Ritmos que migran:
Tambores afrovenezolanos
El cumaco (dos parches, con palos), el chimbangle (tambor zuliano) y el clarín (percusión metálica). Son base de ritmos como el sangueo, vinculados a celebraciones religiosas y comunitarias.
Culto a San Juan Bautista
En Venezuela, los tambores afro acompañan las fiestas de San Juan (24 de junio). Es una tradición de origen africano fusionada con el catolicismo que Afro D.C. mantiene en Bogotá.
Migración venezolana
Para 2024, Bogotá albergaba casi 600.000 venezolanos, el 15.6% en Kennedy. Allí opera Kalanga, el estudio de Afro D.C. Dicen: "Traer nuestra cultura es ser auténticos aquí afuera".
Música que arraiga
Afro D.C. ha sonado en la séptima, Plaza de Bolívar y Patio Bonito. Hoy tocan más en fiestas privadas. Su música es ahora bogotana, aunque encuentran barreras para eventos culturales de la ciudad.