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Fecha:
11/07/1899
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
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REVISTA ILUSTtRADA
0ARVAJAL & ESGUERRA
únicos agentes de la REvisTA ILusTRADA
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JIMÉNEZ & c.a (Aglfstíu A. Jimé-ne~-Jzwtz B. Ba?
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REVISTA ILUSTRADA
A5jO !-VOLUMEN JULIO II DE !899 NÚlVIERO 14
- )~)oOo<«-
EMILIO CASTELAR
--o--
E~ 1879 conocí a] célebre orador español y tuve oca.
sión de verlo, oírlo y admirarlo en la tribuna. Era
un hombre fornido, de mediana estatura, ancho pecho,
graneles ojos. negros, tez morena, espesos mostachos que
cubrían los gruesos labios, cabeza redonda y muy calva.
Se hallaba en la fuerza de la edad. Antes de empezar á
hablar, tomaea posesión de la tribuna con apostura de
amo, paseaba mirada relampaguean te sobre el auditorio,·
sacaba de entre ]as mangas
del frac los blancos puños
ele la camisa, asumía actitud
de gladiador que se
apresta á la lid y se preparaba,
en fin, á la oratoria,
como un actor para el desempeño
escénico. Parecía
entonces que su talla disminuía
porque su cuerpo
se ensanchaba como á la
acción dilatadora d 1 pensamiento
de fuego que en
su cerebro hervía. Al principio
ele la oración su voz
era algo apagada y aguda,
casi chillona¡ pero á medida
que el calor subía de
punto en el discurso, el
orador se erguía y crecía
hasta tomar dimen iones
de coloso ante la imaginación
electrizada de los oyentes,
y su verbo adquiría
inflexiones desconocidas y
acentos vari:1clos, á eces
cadenciosos, como notas
de tnelodía, y otras atronadores
como ecos de tempestad,
ya arrullos y ora rugidos,
para desatarse en
raudales de incomr-arable
elocuencia, egún la diversidad
de ideas que su palaQra
presentaba vestidas de
deslumbrantes galas.
fumar, connaturalizado con el español, para conservar la
integridad de su memoria. El arte de la oratoria fue el
ídolo de su vida y la gl0ria tribunicia la ambición que
primó siempre en su espíritu fogoso de árabe y latino.
Poseía CASTELAR el francés como el español. Cuando
ll~gaba á París todo su tiempo era embargado por los
admiradores con invitaciones á banquetes y fiestas para
gozar de los encantos que producía la audición de su
verbo sublime.
Y sin embargo, CASTELAR no era, propiamente hablando,
un gran orador parlamentario, ni menos un razonador.
Débil en los debates ordinarios del parlamento
ó del foro, é inepto para
la réplica, CASTELA:R no
analizab-:1, ni hacía la disquisición
de un asunto que
se debatiera. Detestaba las
argumentaciones razonadas
y jamás ~chaba mano
de la lógica para desarrollar
una tesis hacer triunfar
el pensamiento formulado
en el e trecho molde
de un proyecto. CASTELAR
era un tribuno. Su oraciones,
llenas de sentimiento
y de galas, herían de lleno
y envolvían en atmósfera
de fuego las cuestiones
que trataba, se precipitaban
como corriente de
ondas sonoras entre lechos
de cristal, inflamaban el
espíribt de los oyentes, seducían
el criterio de los
diputad0s entusiasmaban
á todos. y la idea se elevaba
triunfante, entre la
aureola del arte, sobre las
alas el arrebatadora elocuencia.
CASTELAR ha sido el
primer tribuno del siglo y
la primera de las glorias
modernas de E. paña. Gamhetta
lo consideraba como
el único rival que tenía en
el mundo, y los críticos ingleses,
inclusive el severo
1 imes, lo calificaron como
e] mejor oradordelaépoca.
EMILIO CASTELAR
CA~TEL R, por confesión
de él mismo, no improvi
ó ninguno d~ los
grandes discursos que causaron
la admiración del
mundo. El arte de la oratoria
es demasiado elevado,
demasiado sublime,
para confiarlo á los esfuerzos
inciertos de las circunstancias,
para presentarlo
vestido con el ropaje
vulgar de la improvisación.
Dotado de memoria prodigio
a, preparaba, pulía y + MURCIA 2Ó DE 1AYO DE 1899.
CASTELAR consagró á su gloria de orador todas sus
facultades, todos sus esfuerzos, todas sus fruiciones y
todo el tiempo de su vida. Dedicóse al éstudio de la
historia, convencido de que ésta ofrece el mejor arsenal
para las luchas de la tribuna. Llevó una vid~ de asceta;
permaneció célibe, y ni siquiera adquirió el hábito de
acariciaba ele antema110
sus discursos y los recitaba
con toda la corrección de un consumado actor.
Y así debe ser. La esencia de un discurso. ó sea la
idea, es hija de la ciencia, la forma es hija del arte, y ni
la una ni el otro pueden ejercitar bien su labor en el
campo de la improvisación. Además, entre las gloriás
humanas, quizá la más brillante y la que más emb~i~-
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212 REVISTA ILUSTRADA
gantes triunfos ofrece á un espíritu noblemente ambicioso,
es la gloria del orador. A una gloria tal, que
tiene para sus servidores atributos de majestad casi divina,
no se le puede acordar homenajes en lugar cualquiera,
y sin la preparación que exige la alteza del objeto.
Menester es tributárselos con la compostura y recogimiento
del culto que se rinde á los dioses en el templo.
Así como las obras maestras de CASTELAR, fueron preparados
de antemano y recitados las filípicas de Demóstenes,
las oraciones de Cicerón, las arengas de O'Connell,
y los discursos de Mirabeau, únicos dignos émulos históricos
del tribuno español.
Por lo que acabo de decir, no vaya á creerse que
CAS~ELAR carecía de fluidez y de elocuencia cúando hablaba
sin hallarse preparado. No; sus grandes discursos
magistrales eran ciertamente elaborados en el retiro de
su gabinete, después de reposada meditación, y cincelados
como las piedras preciosas por el joyero antes
de ofrecerlai al público pa·ra que puedan admirarse
en todo su esplendor los cambiantes de sus aguas; pero
hasta en las conversaciones familiares y de circunstancias,
el verbo inflamado y elegante de CA.STELAR se
asistir á una corrida de toros y oír á CASTELAR; una de
mis primeras diligencias en Madrid fue la de saludar al
gran tribuno.
Habitaba CASTELAR un entresuelo de una modesta
casa del Ensanche ele Maclrid. Introclújome la camarera
de servicio al gabinete de trabajo. Era éste una cámara
de reducidas proporciones, repleta de muebles en
elegante desorden. Las mesas y los muros estaban literalmente
cubiertos de bronces, marfiles, medallas, diplomas,
condecoraciones, libros y objetos de arte, todos
obsequiados como tributos al talento del ilustre orador.
Delante de una mesa de escritorio y en la cual se veían
entremezcladas las cuartillas de papel, de tinta fresca
aún, con las ordenanzas ele los médicos, traba,jaba CASTELAR.
Sn labor era extraordinaria durante más de doce
horas diarias, pues de su pluma vivía como el labrador
jornalero del azadón. Recibióme como á antiguo conocido
y convencido admirador, con la efusiva afabilidad
y elegante sencillez que gastaban los antiguos hidalgos
castellanos. Después ele cruzarnos frases de cortesía,
pregunté! e si la idea republicana hacía progresos en Es.
paña.
-No me hable
usted de República-
di jo, lev
Itándose súbitamente
de su
silla giratoria
(porque en lo general
los oradores
no pueden dar
vigor á sus palaLA
BENDICION DEL PAPA
El Soberano Pontífice utá rodeado á la derecha de Momeñor Della Volpe, May&rdom,o del Vaticano, á la izquie1·da ele un camarero
secreto. Detrás e•tánformad08l08 auizoa de la guardia papal.
ras sin ponerse
dt pie).-En España,
continuó
CA TELAR-no
puede haber República,
porque
no hay republicanos.
Además, ustedes
los surameri
can os, como
descendientes de
nosotros que son,
se pagan mucho
de las formas y
muy poco del fondo
de las cosas.
Para ustedes decir
monarquía es
decir despotismo,
y decir república,
es decir libertad.
¿Y en dónde hay
más libertad efectiva
yprácticaque
en la monarquía
inglesa y en 1 a
monarquía espa-
(Fotografia instantánea de la Biograph and Mutoscope C. o). ñola, y en dónde
sobreponía á la sencillez y llaneza . características de los
españoles, y, á su pesar, el interlocutor abría paso al
orador. En apoyo de esta afirmación, vaya una anécdota
como final de este artículo que, á pesar de
mis teorías, he improvisado para complacer á mi
ilustrado amigo el Director de ]a REVISTA, haciendo
una brusca irrupción en el campo de las bellas letras,
después de haberme escapado por unos momentos de
las redes de las letras de cambio.
Con motivo de las fiestas del Centenario de Colón,
volví á España en 1892. De acuerdo con la mayoría de
los europeos que opinan que á España debe irse principalmente
por tres cosas, á saber: visitar Ja Alhambra,
hay más despotismo
que en sus repúblicas de ustedes? Yo soy algo más
grande que ser republicano, soy dem'ócrata. Mi gran
labor olític;a en España ha sido injertar la democracia
en la monarquía, y mi lllalabra ha coronado esa labor
con el triunfo. Con un discurso hice la libertad religioSaj
con otro discurso la libertad del sufragio, y con el
tercer discurso la libertad de esclavos, Con mil palabras
hice libres un millón de hombres.
¿Puede haber mayor elocuencia que la que contienen
estas pocas palabras que quedaron grabadas en mi
mente? ~
Cuando murió Mirabeau, Talleyrand, para honrar su
memoria, leyó en la Asamblea Constituyente el admira-
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REVISTA ILUSTRADA 213
ble discurso del gran orador sobre la igualdad de las
particiones de la sucesión en línea recta. Asimismo,
como el más hermoso tributo á la grandeza del tribuno
español, deberían grabarse sobre los mármoles de su
tumba los tres discursos que dieron vida en España á la
Democracia, base fundamental de los gobiernos de la
moderna civilización, porque es la aplicación
social de la filosofía cristiana.
J. M. QUIJANO WALLIS.
Bogl)tá, Junio 27: 1899.
---)(0)(--
DE COMO EMPLEo\ EL DIA
SU SANTIDAD LEÓN XIII
TA~ sencillo como exiguo es el cuarto en que
cada nuevo díc:t á las seis de la mañana el
Papa se levanta. Cubre sus muros una tela amarilla;
un reclinatorio y un catre tendido de blanco
forman el mobiliario. Muy cerca de aquella
habitación se encuentra el oratorio en donde
León xrn dice misa en los días ordinarios ayudado
por un Obispo de sus familiares. Cuando cierto
número de peregrinos ó viajeros solicitan el favor
de asistir á la misa del Papa, se les· convoca para el
Vaticano á una hora matinal y León XIII oficia ante ellos.
Encorvado, flaco, endeble, sostenido por dos de sus
ayudantes, se mueve ante el altar con una humildad
EL LECHO DEL PAPA EN SU CUARTO DE LA
TORRE LEONINA.
Al pie del lecho e ve su criado de wriflanza Pio Centra.
lenta majestuosa; pero cuando se vuelve para bendecir,
se irgue, y la expresión de su mirada tiene algo soberano.
Pocos momentos después de la misa toma un frugal
desayuno y da principio á las audiencias que son
para él un fatigante trabajo, pues nunca se limita á una
banal conversación con su interlocutor, sino que se aprovecha
de este acto para ponerse en verdadero contacto
con el mundo exterior. Recibe también á los diversos
Cardenales presidentes de las Congregaciones romanas,
que son como los diferentes ministerios de la Iglesia.
El Secretario de Estado, que es el encargado de las
LA SILLA DE REPOSO DEL PAPA EN SU DORMITORIO.
relaciones del Papa con las diversas potencias, hace
desfilar ante lo ojos de León XIII las cuestiones de la
poHtic~ del mundo, que todas tienen su repercusión en
el Vaticano. Por esta razón los puestos diplomáticos
ant~ la Santa Sede ~on los ,más envidiados¡ porque el
Vaticano es, por dec1rlo as•, un obser atorio desde eol
cu, ~ St: abarcan, mejor que de ninguna otra parte, los
h nzonte complicados de la política universal.
Después del Secretario de Estado llegan alternativamente
el Cardenal Vicario que iene á traer noticias
de las p~rroqnias romanas, de las cuales el Papa permanece
Oh1 ·po; el Cardenal Prefecto del Concilio que vien~
á: c~nsultarle sobre asuntos relativos á la fe y á la
cltsc1phna; el Cardenal ecretario de lo'i reves que es
el supremo burócrata de la Iglesia, ó el Cardenal Prefecto
de la Propaganda que tiene á León XIII al cm·riente,
semana por semana, de los progresos que hace la
Igle ia en el mundo.
Además, no hay Arzobispo ni Obispo, por alejados
que se encuentren de Roma, que no vengan á ver al Papa
por lo menos una vez cada cinco años. Otro tanto puede
decirse de los misioneros de todo el orbe y de ciertos
lai~os pri ilegiados que vienen á completar esa universabdad
de ecos que hacen del Vaticano, á pesar de la
reclusión ele León XIII, la Corte mejor informada del
mundo.
En otro tiempo era necesario, para presentarse ante
el Papa, llevar vestido de Corte¡ hoy el frac y la corbata
blanca bastan. Las seño'ras deben presentarse el~ negro
con velo de encajes.
Antes de pasar de la puerta roja que da acceso á
los aposentos pontificios, el visitante debe quitarse el
sombrero y los guantes. Después, provisto de la corres-
, pendiente boleta de entrada á la audiencia de Su Santidad,
atra iesa una sala en donde 'se encuentran los
gendarmes; en seguida otra adornada con gobelinos,
que es la de la guardia palatina, y finalmente llega á la
antesala de honor, en un rincón de la cual hay una puertecita
que la comunica con la sala llamada secreta,
que precede inmediatamente al salón en donde León
XÚI recibe. Un prelado acompaña á cada visitante; uno
y otro se arrodillan tres veces antes de llegar al sillón
pontifical; después el prelado desaparece y el visitante
permanece de rodillas hasta que el Papa lo invita á sentarse.
• ••
Un cañonazo disparado desde el castillo del Santo
•
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•
2I4 REVISTA ILUSTRADA
Angel, seguido de repiques de campanas, dice á Roma
que es medio día. La hora de audiencias ha terminádo
y el Papa se prepara, si es primavera ú otoño, á dar un
paseo.
Sobre una banca cerca de la puerta de la antesala
secreta, encuentra su sombrero rojo, su sobretodo roj")_ y
su bastón y más lejos la silla de manos rodeada de seis
palafrenie1i vestidos ·de rojo, que lo esperan. Después de
haber bendecido la guardia que forma en fila, entra en
la silla y á la voz de alzate el cortejo desfila al través de
los innumerables salones y corredores del Vaticano.
Aquí y allí el Papa da orden de detener, cambia algunas
palabras con sus familiares y luégo continúa la interminable
marcha hacia los jardines. Un carruaje le
espera á la entrada del parque; la silla se detiene y el
Papa, bien abrigado en su sotana blanca disimulada por
el amplio sobretodo rojo, invita á uno de los preladosparticipantí
á que tome puesto á su lado en la carroza, la cual
comienza á rodar, escoltada por dos guardias nobles á
caballo, á través de las avenidas sembradas de verde~
encinas y de boscajes de mirtos. El coche pasa por de-visión
de la Edad Media en que se complace su grande
imaginación histórica.
En la rotonda del primero y único piso busca refugio
contra los calores del estío; el piso bajo está destinado
á sus familiares. Por la ventana de la rotonda que
mira al levante se llega á un pequeño·retito incrustado
en los espesos muros, en el cual hay un lecho y un sillón
para las siestas del medio día. Desde a1lí se ven parte
del templo de San Pedro y la cúpula de Miguel Angel.
La entrada al salón de la rotonda es absolutamente
prohibida á todo el mundo. Pero que el Santo Padre agite
el campanello y entonces todos sus familiares estarán inmediatamente
listos: entra su fiel criado Centra, pone el
s•,bretodo rojo sobre la endeble espalda de su venerado
amo y toma de la mesa un péndulo portátil en caja de
cristal y el cartapacio cuyos preciosos papeles solamente
á él confía; el monsígn01 participante le alcanza el sombrero
que León XIII se pone siempre con placer y el bastón
que él á menudo prefiere al brazo que el prelado le
ofrece para llegar á la carroza qne le espera en la puerta
de la Torre Leonina.
Antes de tomar
puesto en el carruaje
da generalmente nn
corto p~seo á pie y
visita sus viñedos,
que en ciertas ocasiones
él ha vendimiado
personalmente;
contempla el rosal
de rosas té, su flor
predilecta,cuenta Jos
botones, arranca las
hojas secas y se complace
en calcular el
resultado de la cosecha,
y ciespués de
hacer á su jardinero
Pietro las últimas
recomendaciones
monta en la carroza
que le seguía paso á
paso, y al trote corto
de los ca baltos al
través de las alamedas
de verdes encinas',
regresa al Vaticano.
EL SALÓN DONDE TRABAJA EL PAPA
Después del paseo
y frecuentemente
durante él, León
XIII escribe. Cua.ndo
]ante de la fuente de la Zitella, cuyas aguas son reputadas
las mejores de la ciudad inclusive las de 1' Agua
Marcia. A la derecha. saluda al pasar la gruta de Lourdes.
Si toma á la izquierda al rededor de aquella roca
en que las aguas forman cascada, llega al delicioso Casino
de Pío IV, én donde aquel Pontífice del siglo XVI
acumuló todas las gracias del Renacimiento y al mismo
tiempo todos los. encantos que la Roma antigua prodigaba
á sus suntuosas casasquintas, de las cuales el Casino
es uno de los más puros y ricos modelos. León XIII
prefiere, sin embargo, la Torre Leonina, construída en el
siglo v en la parte más culminante y · más salubre de los
jardines del Vaticano.
Mientras más se avanza hacia este recóndito lugar
del Bosca-reccío más se tupe el arbolado de encinas hasta
convertirse en floresta de árboles gigantes en donde reina
grandioso silencio.
La masa enorme y negra de la Torre Leonina,
y la continuación de muros almenados hasta otra Torre
que sirve de Observatorio, ofrecen á León XIII una como
León XIII prepara. una carta, ya sea para alguna nación
cristiana, ó para toda la Iglesia, comienza por trazar
primero en grandes hojas de papel ministro muy breyes
notas que va arrojando á un cajón que cierra con llave,
pues se complace en ver su pupitre despejado de papeles.
Cuando él juzga el momento oportuno llama un Secretario
para que cun esas notas redacte el documento
correspondiente. El Secretario reúne aquellos pensamientos,
los ordena y forma un conjunto, respetando la
originalidad de expresión de León XIII, el cual es revisadó
repetidas. veces por el· Papa y corregido con insistencia
hasta que lq ~ncuentra satisfactorio.
En el momento en que muchos hombres de Estado
no veían sino una pasajera crisis en lo que se ha convenido
en llamar la cuestión social, León XIII escribió de
la expresada manera su famosa carta sobre la condición
de los obreros, en la cual el clero en.cuentra poderosa
impulsión para una acción moral nueva en el mundo.
León XIII es, además, el primer latinista de su época,
y aspira á ser, si se nos permite la expresión, el poeta,
e·n aquel idioma, de su propio pontificado.
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REVISTA ILUSTRADA 215
El trabajo del Santo Padre se prolonga en ocasiones
hasta altas horas de la noche, y suele suceder que
antes de ir al Jecho pida una vez má8 la silla de manos .
y se haga conducir en medio del acostumbrado cortejo,
no ya á los jardines sino á la inmensa y sombría basílica
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de San Pedro, adonde va á orar. De rodillas, ante la
Oonfesión, en donde reposa el cuerpo del apóstol Pedro,
el muerto que encierra aquel sepulcro y el vivo que ora
sobre aquel reclinatorio, no forman á diez y nueve siglos
de distancia sino un solo y mismo l ersona.je.
-(~0 ~)--.
RECUERDOS
EL GENERAL PÁEZ EN SU DESTIERRO.
CORRÍA el año de 1867. En una tarde del mes de Abril
me paseaba sobre la cubierta de un buque mercante
de los que eutonces hacían 'la trav€sÍa de Colón
á Nueva York. La tarde estaba serena y un vasto
horizonte azuloso se desenvolvía ante mis miradas, que
en mi ardor juvenil querían como desentrañar esas costas
desconocidas que tanto anhelaba ver. Ese a.nhelo
creciente de llegar al puerto me hizo pensar en la distancia
que me separaba de él, y, bajando las cómodas
escaleras del buque, me encaminé á ver esos datos que
diariamente se colocan en determinado punto como
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216 REVISTA ILUSTRADA
para calmar la ansiedad de los viajeros. Hechas mis
cuentas, me convencí de que aún faltaban dos días de
navegación, y en tal inteligencia volví á continuar mi
EL1PAPA SE PASEA Á PIE ACOMPAÑADO DE S
y sometidos á un mismo, aunque transitorio, destino. Entonces
las distinciones formales se desvanecen y los
hombres así UIJ.idos somos úno en espíritu y en verdad.
SOBRINO EL CORONEL PECCI
Es en horas como
esas cuando se comprende
la verdad
que entrañan aque-
11 as palabras de 1
predicador evangélico,
cuando dijo:
" E n la m a ñ a n a
cuando salí á caminar
d á lo lejos. un
objeto que se movía
y pensé que era un
monstruo; me a ce rqué
á él y ví que era
un hombre; luégo
me aproximé más
y ví que era mi hermano."
E. ésta una
el e 1 as en. eñanzas
pr:1ctict~s 9e los viajes,
y por esto el
hombre que ha viajad0
es siempre más
tolerante, más bené-olo
y más amplio.
Y SEGUIDO DE UN GUARDIA NOBLE.
Cuando el peligro
había pasado y la
noche avanzaba, la
conversación as u -
mió un tono más serio
y luégo más comunicativo,
Ya uno
de los viajeros decía
á sus compañeros el
objeto de su viaje¡
(Futografía lnetant~nea de la Bi1 graph and ~futoscope C."). Y a un venezolano
• preguntaba á un pe-interrumpido
paseo sobre cubierta. Al salir. de nuevo,
noté que el aspecto dél mar cambjfrba y se nublaba
el horizonte. U na hora después, el buque era juguete
de tumultuosas é imponentes olas, al tiempo que la niebla
impedía ver otra cosa que no fuer, la espesa bruma
y las ondz, y procedentes
de países cuyo intereses han llegadG á creerse algunas
veces antagónicos. En horas como esa se siente la mancomunidad
humana y se comprende el absurdo de todo
cuanto tienda á separar á los hombres en virtud de sus
diversas nacionalidades, tendencias ó aspiraciones. Sea
cual fuere la nacionalidad á que los hombres pertenezca-
. mos, es úno a u estro origen¡ y sean cuales fueren las distinciones
formaJe~ que nos separen, es úno nuestro destino.
Esta verdad que el Cristianismo enseña, se hace
palpable cuando nos vemos en el mar en grupos al parecer
heterogéneos, amenazados por un mismo peligro
ruano ppr un amigo residente en Lima hacía largos
años. Oí luégo á un distinguido C(Jmpatriota preguntar
á un venezolano si aún residía en Nueva York el
General Páez. E . ta inesperada pregunta absorbió toda
mi atención y oí entonces al enezolano contestar afir-
TORRE LEONINA
n:ativamente,· ~ñadi~ndo que aquel hombre á los 77
anos de una e~tstencta entregada enteramente al servicio
de su patria, llevaba en Nueva York una vida retirada y
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REVISTA ILUSTRADA 217
pobre. Estas últimas palabras me llenaron de admiración
y de tristeza, y silenciosamente tomé la resolución irrevocable
de que á mi llegada á Nue a York el primer monumento
que yo iría á isilar sería ése, formado de espíritu
y materia, en donde señoreaba el (l]ma de un prócer
que nunca había yo soñado conocer, y el brazo del atleta
más formidable ele la Independ ncia sudamericana.
Esta idea señaló nn mÓYil más noble á mi viaje y me
llevó como por la mano á recordar los anales gloriosos
de la lucha ele nuc tra emancipación. Me alejé silencio. o
del grupo de mis compañeros, como para poder ahsorberme
m á y m á en el cur o de la id as que una 1 nesperada
pregunta, r lacionacla con la vida del G neral
Páez, había impreso á mi pensamiento. ¡Cómo, me decía,
puede er qn vi a lejos de u patria ql1ien exponiendo
casi diariamente Sll ida por mucho años, SÓlo pen Ó en
dejarnos patria propia, indep nden ia y libertad! y
aquel pensamiento me llenaba ele . anta indignación.
¡Vi ir olvidado e l ,.;uerrero del Apure, que lle ·aba iempre
lo~ llanero á la vi toria! ¡Vivir J obre el J fe absoluto
de lo Llanos, el 11e tuvo á su disposición la::; vida
y haciendas de sus conciudadanos, el Jefe militar del
departamento ele V nezuda. 1 que fu Pr siclente de
su paí dos eces y luégo Dictador! ¡Vi ir pobre, de -
pués ele manejar por tantos aiío lo. caudal ele una
importante repúbli a! Hé aquí un título más á la gratitud
de los que por él podemos de ir tenemos patria indepencli
nte, y l nzanclo una mir,tda obre la mar e pumosa
que se e ·tendía entre el bu JliC y la anhelada · ta,
m pare ía muy lejano el lía en que pudiera \'er al guerr
ro del Apure ' cslre llar esa mano que tanta. vec s
empuñó la lanza qne llevaba el terror á lo. tüanos. Eso
.: nhel s, esos 1 ensami nto. ruzaban por mi m nte
mientra el buque que me conducía s balan eaba o re
las olas a itada .
Al fi11 un el ía los marinero · nos eiblaron ntre brumas
algo inde iso vago que d cían ·er la co "ta, y en
ilencio renové mi oto ele i ·itar ante. que extrañas
grandeza. , al h 'ro ele Payara, ;d de terrado que dio patria
á su conciudadanos, al pobre que hi7.o rica á Venezuela,
y al que buscaba la lib rtacl de u p.ttria á fu rza
de brazo, como dicen lo lb.neros.
Llegado á Nue,·a Yorl·, me instalé en el Gramercy
Park-hou e, hotel ntonces muy irccuentaclo por los colombianos
que iban á esa ciudad. Una de las primeras
vi itas que r ibí fue la ele mi amigo Rafael Pombo.
Deseaba yo mucho conocer á este clistin(Juido literato colombiano,
y n"li sati facción al relacionarme con él fue doble:
en primer h.}crar 1 porque realizaba este deseo, varías
veces sentido, y porque e ¡ eraba que me déJrÍa razón
del General Páez y podría pre entarme á él. Después de
las frases de ordenanza en semejantes casos, pregunté á
mi ya amigo Rafael si conocía al General Páez y, dada su
respuesta CJli.rmativa, le exigí me pre entara á él. Convinimos
en el día, qne fue E-1 próximo, para ello. Rafael éstu
o en el hotel á la hora fijada, con toda la puntualidad
de un yankee, y emprendimos la por mí tanto anhelada
marcha. Luégo que llegftmo á la mode. ta sola en que el
General recibía, Rafael se hizo anun iar y pocos momentos
ele pués i aparecer en lla {t Páez con la
sencillez y naturalidctd propias de un hombre que tiene
conciencia ele su mérito, pero que . e esfuerza en tratar á
los demá con la llaneza de quien no se preocupa de
él. Cuando Rabel me pre entó me dio 1 viejo héroe las
gra ias por. el deseo manifestado por mí de conocerlo y
me habló ele lo mucho que él había anh lado conocer los
Estados Unido. de Colombia, como entonce :::e 1lamaba
este país, y ele la gratitud on que él había recibido una
ley dada por el Concrre o, en la cual se le asigna a una
pen ión. Confie o on franqueza que yo ignoraba la existenciJ.
de tal ley y me ab tu e de emitir concepto sobre
ella, en lo cual procedí (;uerdamente, porque una vez que
me impuse de sus clispo i ione , creí que al dictarla no
se había procedido con el debido miramiento del caso,
toda vez que en ella se exi ía, según me informaron, la
permanencia del General Páez en este país para disfrutar
de tal pensión. Yo creo que el espíritu que la informaba
era noble, pues no tengo la osadía de atribuír
á un Congreso de mi patria nada indigno; pero sí presumo
qne no se meditaron debidamente sus disposiciones.
En efecto, obligar á un personaje de los méritos
del General Páez á venir á Colombia como condición
previa para recibir una pensión, no era, en mi concepto,
proceder con delicadezo. Es posible, y yo así lo creo,
que el motivo que dictó tal disposición fue e] deseo de
ver en este país á un personaje interesantísimo para
todos; pero en mi concepto la insinuación debió hacerse
en otra forma. Nada requiere más fino tacto que un
beneficiu hecho en momentos difíciles para quien lo recibe,
máxime si se hace á un hombre de altos merecimientos
y de exquisito pundonor. Mientras el General
me hablaba en los términos que dejo relacionados, Rafael
se dirigió á una pieza contigua, á hablar con un hijo
del General Páez, y éste, como aprovechando aquellos
momentos, me dijo:
-Quiero y he querido á muchos compatriotas
suyos, y me euumeró á varios; pero á quien quiero
como á hijo es á Pombito; y al usar tal diminutivo
comprendí que lo dictaba no el tamaño del.amigo,
sino lo tierno de su afecto. Luégo añadió:
-Yo pasé aqní una larga temporada casi desconocido;
pero á Rafael se le ocurrió ocupar varios
periódicos americanos refiriendo lo que yo llamé una
ez mis travesuras y· él ha dado en llamar mis hazañas,
y esto dio lugar á grandes demostraciones de
estimación que me die.ron este país y el Gobierno,
haciéndose intérprete de la opinión nacional (r). En mi
concepto, añadió, una de las raF.ones de la paz de
que disfruta este país es que el Gobierno obra siempre
de acuerdo con la opinión pública. Dios libre á esta
tierra de que los yankees se hagan ateos, porque al día
siguiente el Gobierno estaría derribando templos; ó de
que se aficionen á las conquistas bélicas, porque al
día siguiente el Gobierno estaría despachando batallones.
Luégo el General me preguntó cuánto tiempo pensabit
pasar en los Estados U nidos, y como le dijera que poco,
me recomendó no me fuera sin ver algunas maravillas.
y especialmente el Niágara, para donde me puse en marcha
tres días después. La familiaridad con que el General
me trató, el afecto que me dijo tenía por Colombia y
el cariño casi paternal con que me habló de Rafael
Pombo dejaron en mi ánimo una grata sensación. Para
mí, sean cuales fueren las dotes intelectuales de un
hombre, si no descubro en él el dón de afectos, no des-
(1) Rafael Pombo fue desde niito admirador entusiasta y cantor 6
relator, f'n verso y en pro~ a, de las proezas d 1 +-grf'gio Páez. Él y EmHio
Macia .. E cobar 1·omentaron en 1850, en sentidas e~;trof¡¡s que entonces se
publicaron. ht adversidad y prisión del héroe en aquella época. Por rara
coincidencia. le tocó en 1 '13 al primero, recién llegado de Jos Estados
Unidos y presidiendo la Junta celebradora de nne tro 20 de Julio. di~ponerl€
1 honores fúnebres ó máa bien una heroica apoteo is al mi mo GenerAl,
muerto poco antes en Nueva York. Inventó nna Legión Páe~:,, formada de
diez y ocho escuadrones ú partidas de jineteA de otro· tantos pueblos neogranadinos,
con e~tandartes, oistlnl!nldoR por sos respectivo~ nombres y
Jo de diez y ocho campos de gloria del Hércules llanero. lo cual lo saludó
y oonmemhróen efigie que se er~?Uía aliado Je la e tatua d~l Padre de Columbia
· y á su pie pronunció P(•mbo, roneado do u compafieros de comisión.
la oración histórica y necrelógica del c:asn. Pocos afios deipués
tornó Pom.bito á recordar muy especialmente á su venerado amigo en la
mismA. fie ta anual en un romance conmemorativo d~ todus los héroes de
nuestra Independencia, el cual bautizó, á. la llant-ra, Galerón colombiano,
pensanilo Fin duda en el que fue el Cid de eso ... romanc .. s y sabia cantarlo
cou voz tan arrogante como su brazo. Cantaron dicho galerón naciont~
l en el mi mo sitio. en torno de la clásica obra de 'l'enerani. á la vista
de los veteranos f"Obrevlvlentes de la magna guerra, todos los alumnos de
las t-Fcnelas ofiolalt·s y oon mú:sina hecha ad hvc por .-1 lamentado maestro
Ponce de León, hi tórlco consonante digno del León de Apure. En
1883 el tema escogido por Pombo para culaburar en d p ético ••centenario
de Bolhar " generosamente dispuesto por el Mioi ·u· de (.hile D. Jo 6
Antonio Soffia, fue Q;ueseras del Medio, la proeza lucomparable de Páez,
t~f~ctUilda. comu muestra de su género á la vista de B lívar y del sol meridiano;
que Pombo relata alli en otro romanceó gnle1·ón, exclusivo en memoria
de su héroe favorito. amén de otro romance que añadió en honor de
ucre. Abreviando esta nota, no hace un mes que d mismo t'ombo. vivo
y vigente aún. al medio siglo de 1 50, aprovechó eierta ocasión relativa á
un homónimo. para pintarnos en el rdámpago d~ una Imagen nueva las
Irresistibles cargas del que deificó el apellido 1' AltZ.
¿Quién J•Odrá eclipsar nunca la memoria.
De aquel ciclón de lanza de 108 Llanos
Que puso coto á cuellos de tiranos
Más que todos los héroes de la historiar
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2I8 REVISTA ILUSTRADA
pierta en mí ninguna simpatía. El General Páez sabía
hacerse amar, y esto no podía tener otro origen que la
espontaneidad con que él amaba á los hombres con
quienes se ponía en contacto. Al despedirme del
General me exigió lo aguardara un momento, y, V:)lviendo
·nmediatamente, me regaló el ptimer tomo de su autobiografía,
con una atenta dedicatoria. Me despedí de
él lleno de gratitud por la manera afectuosa con que me
trató y con esa satisfacción que deja siempre el pensar
que hemos cumplido algún deber, y más si el deber es de
aquellos que nos imponen nuestras genuinas y desinteresadas
afecciones.
Pocos días después un sirviente del hotel me anunció
que había en la sala un caballero que iba á visitarme.
Inmensa fue mi satisfacción al ver que ese visitante era
el General Páez. En la conversación noté que él deseaba
imponerse de la marcha. que llevaban lo:; asuntos políticos
de este país. El General debió notar en mí alguna
vehemencia al calificar determinados actos políticos de
que le hablé, porque al contestarme, entre otras cosas,
elijo;
-Usted está llamado á tomar parte en los asuntos
políticos de su país, y yo me penni~o, como viejo que
soy, cfarle un con ejo,-mezclando á su actitLHl una sonrisa
de benevolencia: ataque u:;ted siempre el mal donde
él se presente; pero no se preocupe ni ensañe contra los
hombres. Sucede en política. que muchos de los hombre
que hoy cree uno, qui:T.á con razón, que son sus más feroces
adversarios, mañana necesita de ellos para resolver
favorablemente una situación política difícil. Por
esto, aunque sea necesario atacar tal ó c...tal istema,
conviene no reñir con el hombre que lo del1encle.
Comprendí la verdad y aun la utilidad de tal advertencia
y le contesté:
-General, yo no pienso inmiscuírme en los asun·
tos políticos de mi país, y la prueba de ello es que
mi actual viaje á Inglaterra obedece al cl seo que tengo
de observar allí los adelantos agronómicos y ver si encuentro
en ellos algo aceptable para mi país.
-Es seguro, me contestó, que ese sea su propó ito;
peoo ¡ah 1 en eso países nuevos, aunque uno no tenga
voluntad para ello, los acontecimientos lo arrastran á la
lucha. Vea usted: cuando estalló la guerra de Independenci,
l, yo no era sino peón de un hato, y ya ve adónde
me llftvaron los acontecimientos.
-Así es, General; pero aq11éllos eran otros tiempos,
que, Di~s mediant~, no ,olverá~, en qu~- ~mperiosas
necestdacles obhga an a herotC()S sacnhctns.
Yo confío en que los de ustedes nos hayan redimido de
ottos nuevo . .
...-No lo crea u ted; cada época tiene nue as necesidades,
y estos países hispano-americano no e tán
todavía constituí. lo . No crea u ted que nada de lo que
hoy existe habrá de perdurar.
Poco despué el General Páez se despidió de mí y
yo nYe quedé meclitand,o su~ palabras y e~1 la ver~lad que
ella~ entrañaban. Algun ttempo desptte,, le htce una
visita de clespeclicla, en que poco ó nada importante ~ablámos
salvo algunas apreciaciones sobre las costumbres
americ~nas, ele las cuales era el General muy partidario, y
sólo noté que me inquiría con if1terés el día de mi viaje
y la hora de mi partida, sin darme cuenta del objeto
que en ello se propusiera.
El día señalado para mi viaje llegó al fin, y en el
momento en que yo me ocupaba en entregar al postillón
mi equipaje, me anunció un sirviente que un caballero
preguntaba por mí. Salí á. ver quiéf_l er~ y ví al General
Páez en un coche descubterto. Le mste para que entrara
y me elijo que iba á acom~añar~e hasta el ?u9ue, y
me instaba á salir pronto. As1 Jo h1ce y el posbllon del
General siauió adelante hasta que llegámo. al puerto.
Entrárnos Junto al buque y el_ General me dijo_ 9ue me
ocupara en instalarme en mt camarote, ofrec1endome
aguardarme sobre cubierta .. cuando H.egué lo e!:contré
mirando para la playa con atre pensativo. Me dtJO que
él también pronto se iría de allí¡ que la inacción comenzaba
á fatigarle y que probablemente partiría para la Argentina,
en donde un amigo le ofrecía asociarle en una
empresa. Me causó tristeza pensar que un hombre de
sus merecimientos y á su edad se sintiera empujado,
quizá por la necesidad, á cambiar de residencia, y le dije;
-V á ya se General á mi patria, donde usted será muy
bien recibido y estimado y nos consideraríamos felices
de que usted hiciera de esa N ación que lo admira,
su patria adoptiva.
-Sin duda, me dijo, que esto sería lo más cuerdo;
pero tengo ya una especie de compromiso previo
de ir á la Argenti11a.
Me pareció not r en él algo como tristeza, desaliento
ó incertidumbre, y esto me impresionó dolorosamente.
Hablóme de mi viaJe y me dijo que sentía
deseos de moverse y que bien pronto saldría de Nueva
York.
Cuando así me hablaba el General Páez, sonó el cañonazo
que anunciaba la hora de partida. El se puso de
pie, lo cual hice á la vez, y, dándome un e:;tt·echo abrazo,
nos separámos. Lo seguí con la mirada lleno de tristeza,
con la convicción íntima de no volver á erlo jamá., y
algo como remordimiento de que ni n patria ni la mía
hubiesen sabido alivi. r sus años ele infortunio; y aunque
al sentir su corazón latir cerca del mío me pan:cía que
el suyo me había comunicado valor para soport;-~r toda
amargura, éll verle solo, pobre y sin saber adónde encaminar
sus pasos, en una edad que requería ya el descanso,
la ola de la tristeza subió en mí hasta hacer humedecer
mis ojos. Agobiado al pes" de esta emociones ·
en una tarde nebulosa y triste ví desaparecer ante mis
ojos la costa americana.
J AN c. ARBEL EZ.
--)(0 )+-
TEATRO COLON
EXISTE en la Biblioteca Nacional un volumen manuscrito,
en el cual están varios curiosos documentos
relativos á la fundación del primer teatro en Santafé.
Alli se encuentran originales la licencia pedida al Virrey
por los señores Tomás Ramírez (1) y Dionisia del Villar
para edificar un coliseo; el concepto de la junta ele policía
de la ciudad, en la cual figuran D. Antonio Nariño
y D. José Miguel Pey, y el Oidor Alba, en sentido favorable
á los peticionarios; la licencia del Virrey Ezpeleta,
la escritura de asociación de los dos empresarios, varias
listas de los gastos y de los actores de entonces, y auto~
relativos á la empresa y 4 pleitos de los dueños entre s1
y con el Cabildo. Estos manuscritos, que se conservan
en buen estado, contienen todas las firmas autógrafas
de las personas que intervinieron en el asunto, y curiosos
datqs para la historia de Santafé en aquella época lejana.
En la solicitud, que fue hecha en Nlayo de 1792,
dicen que desean "establecer en esta ciudad una diver-
5iÓn pública de que tanto carecen sus habitadores, y qu_e
al mismo tiempo-que sea útil y honesta redunde en ublidarl
de ella, sirviendo al público de escuela é instrucción
para que sea capaz de adquirir nobles y úti~es
ideas, y conociendo que los teatros siempre son propws
á este intento, hemos determinado establecer uno en
esta ciudad."
Ofrecen, como capitulaciones, pagar so mensua-les
al Ayuntamiento, poner tre3 palcos para las autoridades
(Virrey, Oidores y Cabildantes), y someterse al censor
que nombre el Supremo Gobierno. Pedían en cambio
el privilegio por diez años. En cuanto á precios, estipulan
1~) siguiente: "que nichos concurrentes, de cualquiera
calidad ó condición que sean, de ambos sexos, hayan
(1) Groot lo llama erróneamente Francisco.
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REVISTA ILUSTRADA 219
de pagar á la entrada de la primera puerta dos reales, y
los que, distinguiéndose, quisieren entrar á la luneta,
pagarán, á más de lo dicho, por el primer orden de
asientos, á tres reales cada persona, y por el ele segundo
á dos y medio, por el de tercero á dos, por el de cuarto
·á uno y medio y por el c!e quinto á uno, y por los palcos
ya á los cinco meses se pudieron dar las primeras representaciones.
Hasta el año de 1885 existió en la puerta
una tablilla, gastada por el polvo de un siglo, donde se
conmemoraban estas fechas. Decía así: Se priucipió esta
obra el io de At.0 de I792 y se dieron las comedias provisionales
toldada la cac;a, el día 6 de En.0 de I793 hasta
FACHADA DEL TEATRO COLÓN EN LA CALLE ro.a
OBRA DEL ARQUITECTO ITALIANO SEÑOR PIETRO CANTINI. .
ó balcones de primer alto un peso, por . los de segundo
seis reales, y medio real los que tomaren asiento en las
gradas." .
La licencia fue concedida en los términos expresados.,
y los dos solicitantes se asociaron en 2 de Agosto
de 1792, según escritura pública; y el plano y organización
de la obra fueron aprobados por el ingeniero señor
Esquiaqui.
Veinte días después se empezaron los trabajos, y
(Fotografía de Duperly and Son).
el I I de Feb.0 de dho. afio, y concluída la ob1a, se principialon
las funciones el 27 de Octttbte de I793· (r)
Hay una anécdota con respecto á D. Tomás Ramírez,
que fue referida por el doctor Zerda y el señor Ca ycedo
Rojas hace pocos años en el Papel Pen'ódico de
(1) Un facsímile de ella se publicó en el Papel PeTiódico
en 1887.
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
220 REVISTA ILUSTRADA
Utdaneta (r). Según ella, el señor Ramírez, después de
haber sido acaudalado comerciante, se empobreció en
el juego. En gran miseria frecuentaba los garitos, y á
ellos iba en busca de alguna propina para su subsistencia.
Una noche en que jugaba un rico Oidor fue llamado
por éste para que siguiera los apuntes en su nombre,
pues tenía que ausentarse por ser día de besamanos en
Palacio. Ramírez ·estuvo de gran suerte y logró cuantiosa
ganancia. Fue al sigui"ent~ día á entregar al Oidor la
suma adquirida, mas éste no quiso aceptarla, y con este
capital hizo Ramírez el teatro.
En contra de esta historia hallamos estos párrafos
en los memoriales del señor Ramirez. En uno dice: "Lo
cierto es, Excelentísimo señor, que después de haberme
sacrificado en esta empresa que me ha dejado atrasado,
lleno de fatigas, cargado de deudas y repetidamente demandado,
no he conseguido otra cosa que persecuciones,
menosprecios y censuras, suponiéndome una crecida
utilidad, cuando esperaba una gratitucl por facilitar tan
á mi costa una pública diversión en un lugar donde
todos se quejan que ni aun siquiera hay tertulias domésticas
y que sirve á ella ele mucha ilustración, siendo increíble
haber verificado esta diversión en un pais cuyos
actores ni remotamente tenían noticia ni idea de lo que
son cnliseos." Y en otro posterior dice: ''La obra se
pensó perfec:ionar con $ 6,ooo, teniendo por infalible el
aserto del perito que lo aseguró . .. Cuán grande fn~ra b.
diferencia ella misma lo decanta en la gruesa suma que
se consumió de más de $ 4o,ooo. De aquí resultó el
atraso de mi carrera en el comercio, el estrago de mi
casa, el cargarme de débitos, el deshacerme hasta de
las preseas de la decencia de mi rnujer, y el poseer una
bien mezquina suerte, siendo necesario para mi subsistencia
el pasar los trabajos consiguientes á la miseria."
Se ve por estos testimonios del señor Ramirez que
él era comerciante y acaudalado. No podía mentir con
tal cinismo, en una ciudad donde se le debía conocer
bien, dado el escaso número de habitantes de aquella
época. Algo misterioso sí hay, sin embargo, en el c3pital
que aportó, pues en la escritura de asociación se
dice en la cláusula J .a: "Que es advertencia que el enun·
ciado Ramirez va en compañía de otro sujeto (el cual no
quiere suene su nombre) á costear dicho coliseo de por
ambos ....... y en caso de fallecer dicho Ramírez
antes de que se concluya dicha gracia, luégo que muestre
el citado sujeto un instrumento firmado de puño del
mismo Ramírez sabrán sus herederos y dicho Villar
quién es para que se entiendan con él."
¿Sería este socio el Oidor de aquella historia? ¿O sería
el Virrey Ezpeleta, como hemos llegado á suponerlo?
El mal éxito de la empresa hizo impenetrable este secreto.
'' Ezpeleta-dice el señor Caycedo - lo apoyaba y estimulaba
eficazmente¡ pero el Arzobispo se creyó en el
deber de contrariado, y aunque no se opuso abiertamente,
llegó á ofrecer á Ramírez hasta $ 4o,ooo con tal
que desistrera del proyecto. Pero nada pudo vencer la
firme resolución del mercader, y la obra se llevó á cabo,
á lo menos hasta donde lo permitieron los recursos con
que contaba el empresario."
Groot asevera esto mismo:
" El Arzobispo, dice, no estuvo de acuerdo con el
Virrey, y propuso á Ramírez le vendiera el edificio para
poner un beaterío. Ramírez no quiso, porque hacía
cuentas muy alegres, las que le salieron muy tristes,
pues se arruinó con la empresa." .
En el códice que hemos citado al principio semencionan
algunas de las comedias que se daban en aquel
entonces. Allí se habla de El Pintor de la Deshonta y
La fuetza del Natural. El historiador Groot dice que la
primera pieza que se representó fue una comedia titulada
El M onsttuo en los jardines, y que después se dio La
. (1) Tomo v, afio 1887, páginas 209 y 235.
Misantropía, "pieza que excitó demasiado la sensibilidad
de las señoras de aquel tiempo, no acostumbradas
á esas chanzas."
En una carta de D. Francisco Javier ele Zabarain á
D. Juan José D'Elhnyart, fechada en Santafé el 4 de
Noviembre de 1793, publicada recientemente (1), se encuentra
este párrafo relativo al teatro: "Se finalizó la
suntuosa casa de este coliseo, y ayer se representó la
tercera comedia intitulada El Conde de Almco , que la
representaron muy bien: han hallado un gracioso sevillano
muy salado y chistoso, todo él de una figura. Los
señores del Cabildo no asisten al palco en corporación,
sino que ven la función de abajo como particulares, y
el palco está cerrado y depositada h. llave en el Cabildo¡
porq'le le pasó un oficio el señor Virrey, diciendo
que no colgasen alfombra sobre el balcón de su palco,
que sólo á él le correspondía. Ellos obedecieron la orden,
pero con protesta, y ya han ocurrido."
''En 1797-dice Ibáñez-trabajó allí la primera
compañía de volatineros que vino á Bogotá, y más tarde
se representaron algunas comedia ele Calderón y muchos
de los sainetes de D. Ramón de la Cruz.''
Sobre la Zebollino y la Jerezana, que representaron
á principios del siglo y ele que tantos recuerdos hacían
hasta hace poco los viejos santafereños, hé aquí lo que
dice un escritor hogotano:
"La señora María ele los Hemedios Aguilar, llamada
LA. ZEBOLLINO, vino á Bogotá en compañía de su
marido D. Eleuterio Zcbollino y de su hermano D. Franciscc,
Aguilar, que se casó en esta ciudad con la señora
Teresa Suárez, que aún ivc (2)¡ abrazó la causa republicana
y fu ~ fu il< do por lo!-. españoles en 1816. ZeboUino
era ingeniero, y regresó á España antes de la revolución.
·a porque los recuer jo de la juventud son
tan agradables, ó por cualquiera otro motivo, lo cierto es
que los que conocieron á la Zebollino pretenden que en
materia de canto no e ha oído hasta la fecha nada
comparable á las tonadillas y canciones de la agraciada
andaluza, que sólo cantó en el teatro, como aficionada,
una ó dos veces.
"La señora Rafaela Isaza, llamada LA JEREZANA.., por
ser oriunda de Jerez de la Frontera, casada con D. J orge
Tadeo Lozano, Marqués de an Jorge¡ doña Andrea
Manrique, doña María del Carmen Ricaurte, D. José
María de la Serna, el inglés Burman y otros, representaron
en el teatro de esta ciudad hasta 181o. La Jerezana
cantó unas tonadillas con hJ, tante gracia¡ los otros
.ejecutaron la comedia titulada El Rey Pastor. Carricarte
era el Director de Orquesta. Todo eso tuvo lugar cuando
se supo la reconquista de Buenos Aires. Ese triunfo
de los españole mandados por Liniers, que vencieron á
más de doce mil ingleses acaudillados por Baresford, se
celebró en Santafé de Bogotá con pompa inusitada:
funciones teatrales, corridas de toros, carreras de caballos,
fuego.-.; artificiales, juegos de bisbís y de cachimona,
etc.¡ cuentan que todo estuvo á las mil maravillas."
Largo sería hablar de todas las compañías que luégo
figuraron en nuestro escenario. El señor Caycedo Rojas,
en el papel Periódico, en 1887, el señor Laverde
Amaya recientemente en el periódico Bogotá, y el se·
ñor Cordobés en sus Reminiscencias, han enumerado á
nuestros mis célehres. actores y consignado curiosos
episodios de nuestras tablas.
Con ligeras modificaciones subsistió el primitivo edificio
hasta el año de 1886. Resolvió entonces el doctor
Núñez expropiarln á su dueño, señor Bruno Maldonado,
y mejorarlo debidamente. El doctor Núñez decía que le
tenía horror á poner cimientos, y por eso pensó tan sólo
1
(1) Papel Periódico llmtrado, 1887, tomo v, página 209.
(2) Escrito hace más de SO a!ios por el bogotano D. Juan
Francisco Ortiz, en su .Resefla histbrica t:Ul teatro d6 Bogotá,
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
REVISTA ILUSTRADA 221
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
222 REVISTA ILUSTRADA
en reformar el vleJO edificio. Mas el arquitecto señor
Cantini vio las dificultades de restaurar aquel ruinoso
coliseo y resolvió reconstruírlo íntegramente.·' Desgraciadamente-
dice Ibáñez- ya se había derribado parte
del coliseo, motivo que obligó al arquitecto á continuar
la obra en el si,tio inadecuado que ocupa, pues la calle
es angosta y tiene notable desnivel, y al Gobierno á expropiar,
con costo considerable, parte de las casas
anexas al antiguo edificio, cuya área era insuficiente
para le antar el nuevo teatro."
BIBLIOGRAFIA
T1·atad á sus razonamientos personales."
Esto se cumple perfectamente en la obra que analizamos,
destinada, como didáctica, á la enseñanza del
Derecho Civil en la Universidad de Colombia, puesto
que esquivándose en ella lucubraciones demasiado abs:
tractas, que p)dÍan ser materia de un libro esencialmente
de consulta para los juristas, no se abordan tampoco
nimiedades inútiles de aquella que, salvando la forma
y el estilo, no enseñan nada que pueda llevarse al terreno
de la práctica. Mucha utilidad en los conceptos y
mucha sobriedad en la exposición, vienen á. er el distintivo
del Tratado de Derecho Ctvil Colombiauo.
Sentíase desde hacía mucho tiempo la necesidad
de una obra de la naturaleza de la que trat.amm>, pues
si hien es cierto que en los Comentadores franceses
se encuentran amplia y perfectamente expuestas
gran parte de las doctrinas en que se fundan nuestras leyes,
y también lo e que en los alegatos de los abogados
que salen á la luz pública hay I.:!Studios de alto valimiento
sobre el espíritu i11o. ól1co de nuestra Legislación, no
podemos menos de convenir n que aquellos comentadores,
á más de no estar al alcance d muchos abogado y
estudiantes, ya por el idioma en que están escrito. , ya
por sus altos pre ios, no tienen algunos· puntos nnc os
y enteramente característicos del Código, y en cuanto á
los estudios de los jurisconsultos, por completos que
ellos sean, no siempre son desapasionados y claros.
El delicado punto de la retroa ti idad de la ley,
por ejemplo, que tantas controversias ha ~uscitado entre
los abogados y tantas dudas ha ocasionado á los jueces,
está, en nue~tro concepto, muy bien estudiado en el primer
tomo de la obra de los señores Champeau y Uribe,
llenándose con este estudio un vacío y poniéndose una
mira que guiará por el verdadero camino á unos y á
otros. Si este asunto nuevo ha sido tratado con tanto
acierto, no dudamos que al analizar las sucesiones, libro
sui gcncris del Código Civil colombiano, lo harán con la
misma claridad y el mismo método.
La obra está escrita en estilo sencillo y correcto,
que es una de las cualidades esenciales· en los textos de
enseñanza para amenizar la aridez del tema. Sin exageración
podemos decir que al mérito de excelente libro
de derecho, reúne el de ser escogido trabajo literario.
Su aparición marca una época señaladísima en la historia
de nuestra Legislación y de l'luestra Literatura,
y es prueba palmaria de que la venida del señor
Champeau al país ha sido á éste de grande utilidad y no
motivo de inútil erogación, como tantas veces se ha dicho.
Ojalá siempre se gasten los fondos públicos en obras
como la de traer profesores extranjeros que implanten
entre nosotros los últimos métodos de enseñanza y que
formen la verdadera Universidad, y pronto se verán los
buenos resultados en el perfeccionamiento de nuestras
escuelas y colegios.
N o queremos decir que en nuestro país no haya
tal vez quien sea capaz de elaborar un libro de esta naturaleza,
puesto que ahí están Uribe, digno colaborador
del Profesor francés, y Bonifacio V élez, autor del P1'0ntuario
sobte asuntos adminz'strativos y judiciales; pero
es una. verdad que no podemos desconocer, que aquí
la necesiaad de ganar el pan de cada día impide á
nuestros hombre de ciencia dedicarse al estudio y nada
más que al estudio, lo cual hace muy difícil la tarea de
producir obras del mismo alcance de las de los autores
europeos. Además, aquí no tenemos bibliotecas completas
en donde poder consultar todos los puntos que un
estudio delicado merece.
No dudando que se cumplirá fielmente la promesa
hecha por Jos autores de dar término á su obra, la REVISTA
ILUSTRADA, admiradora de lo que es verdadero mérito,
publica sus retratos como una muestra de estimación
y gratitud.
, CLÍMACO MANRIQUE.
NECROLOGIA
L A IENTAMOS el fallecimiento
de
los señores Julio Añez,
Andrés Borda, Jesús
María Gutiérrez, Camilo
A. Ordóñez, Sign
cio Vargas-joven
ingeniero lleno de inteligencia
y de porvenir-
y Vicente Restrepo.
Añez, el primero
de esta lista fúnebre,
pertenecía al gremio
de la pren a y en este
sentido nos cun1ple
darle de manera t~ pecial
la eterna despedida
desde estas columnas.
Cultivó también
la literatura é hizo
una antología de poetas
nacionales, en la
cual campean el buen 1
JULIO A -EZ + 9 DE JU. 1 10 DE 1899.
~-·
gu to en la selección de poesías y el justo é imparcial
criterio en la escogencia de autores.
''Después de haber leído algunos de los frutos de
su delicada inspiración-dice el distinguido escritor
Juan de Dios Uribe-ticne uno que admirarse de que
sea tan verdadero poeta el que lleva un semblante tan
taciturno, un porte tan reposado y un espíritu ca i inconmovible.
Si Julio Añez es perezoso, aun para mover
sus pupilas, y si su aspecto de hombre indiferente puede
acusarlo de insensible, sus versos-sus versos siempre
armonioso -revelan que él, sobre ser feliz en la concepción,
es tan vivaz, ingenioso y agudo en la expresión
y ardoroso en sus sentimientos como noble y generoso
_ en sus ideas. Ultimamente ha presta-do á las letras nacionales
un importante servicio, publicando El Parnaso
Colombiano, trabajo que comprende las mejores muestras
de nuestros mejores poeta , y en el cual, si faltan
composiciones de Añez, luce el buen gusto del compilador."
Un distinguido escritor nos ha enviado el siguiente
artículo relativo al señor Restrepo, el cual acogemos con
gusto:
D. VICENTE RESTREPO
(
N o ocurre con motivo de su muerte aquella especie
de torneo de hipérboles literarias en que la anirlad
suele empeñar á los escritores á hacer oír el concento
de las alabanzas en honor de los que salvaron las ban
·eras del vulgo dura.nte su existe-ncia. No; en el presente
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
•
224 REVISTA ILUSTRADA
caso es la espontaneidad la que rinde el tributo público,
alternando con las cordialidades de la pena y
con la voz unánime de la admiración el ingenuo clamor
de los pobres. Ni ahora se debe este desbordamiento
de respeto y fama á la interposición de la tumba: el
solo nombre de VICE. TE RESTREPO desde en vida hada
amable la virtud. Sabe Dios, si no tan ·sólo para acelerarle
el merecido galardón, pero juntamente para hacer
aquélla envidiable y haber de suscitar por ende el prestigio
del estím.ulo, la Providencia ha tenido á bien disponer
el largo viaje del insuperable benefactor, en tanto
que muchos fieles miran esa ausencia como intempestiva,
por el hecho de seguir de hoy más los huérfanos hambreados,
las viudas en aislada consternación, las madres
desvalidas sin apoyo, fuera de abrigo los ateridos miembros
de los desheredados, falta de báculo la senectud,
las doncellas aba11donadas, sin el oportuno sostén de
una fuerza más poderosa que cierta sugestión convencional
del honor aristocrático; y en fin, cuando se cree
D. VICENTE RESTREPO
+ 7 DE JULIO DE 1899.
que lo miserables, cuyos dolores, muchas veces sin
vínculo con los ele arriba, al rodar como eslabones desengarzados
del engranaje social, l}abrán de gimotear
echando menos la solicitud de este padre de innumerables
familias, de este propagandista práctico del bien,
de e te rayo del celo, de este ángel de la buena región,
disipador de horas sombrías en almas laceradas y en
tugurios'que la indolencia no conoce y á cuyo aspecto
vuelven con repugnancia el rostro los que ignoran las
privaciones de la Cruz.
Lo que principalmente se impone á la consideración
de los hombres de pró ante esta pérdida, es el valor
inestimable de un ejemplo tanto más precioso cuanto
más raro de día en día, tanto más fecundo cuanto más
modesto y e condido, pues según precepto de perfección
limosnera -"que no sepa tu izquierda lo que haga tu derecha
'-él derramaba con generosa eficacia provisiones
de· su peculio bajo el anónimo de la asociación del santo
Fundador onomástico suyo.
En él palpitaba aquel sentido innato de condolencia
por el padecimiento ajeno; y á ese sentimiento excedía
su acción, movida por superior impulso: tál la
causa de aquella :tctividad que, multiplicando en sus
manos los recursos con la más tinosa prudencia, concurría
á la asistencia de los enfermos y al consuelo de los
atribulados, al mismo tiempo que acarreaba el óbolo material
para el necesitado, el pan espiritual aun para los
remisos, y algo como el maná milagroso para la inopia
vergonzante.
Pero otra cualidad aún más heroica brillaba en su
fondo de oro, como que la pureza del corazón había hecho
en él inviolablP. la continencia ele la lengua: en tra ·
tándose de la reputación del prójimo, su senci11ez de
paloma y su carácter de caballero eran el mejor escudo
para cualquier ausente.
El espíritu mundano consagra por su parte un otro
instinto que no tiene su raíz en lo más noble de la voluntad,
y es el del éxito ruidoso, ó por Jo menos ostensible,
de una exflansión ávida de viso, de nombradía, de notoriedad
profana: vano movimiento de egoísmo, desarreglo
de ambiciones pueriles .. . Si bien ese instinto da á
las veces con medios qúe no hacen del todo esténl su
acción, es porque en su desarrollo se mezclan gérmenes
de una mejor vitalidad¡ mas como quiera que sus propósitos
se circunscriban á lo meramente humano, no pasa
de ser una semblanza de virh.1d.
Y bien. A ese punto en que la Caridad, compenetrando
todas las potencias del individuo, se ingenia y se
aviva, se prodiga y se esfuerza, se a rifica y e difunde
en in endio o.bren, tural, de contagi oso calor, á ese grado
lleg0 el privilegiado varón cuya muerte en e ta actualidad
lloran tan sentidamente, no tan sólo los ligados
á él con los vínculos de la sangre y de la ami tad, sino
en globo nuestros gremios de distint::L condición social,
y aca o de muy e recia} manera los miembro , reuni:los
ó disper os, de corporacione honorables, que vieron al
señor RESTREPO en mesa presidencial; pues es de notarse
qne tan nunifiesto aparecía en él, no obstante su
porte inequívocamente humilde, uno como sello de supremacía
ingénita, que, incorporado en cualquier centro
de hombres meritnrios, tndos á uná le enaltecían al primer
puesto: tal es el privilegio, méls que del talento, de
las sobresalientes virtudes; tan· imponentes son á todo
trance las creclenéiales de la rectitud; tan avasa11adora
la confianza que la integridad inapeable despierta en el
ánimo de los demás.
En los últimos ocho años ele su vida, en que sin tregua
se le hizo presidir la Sociedad de San Vicenté de Paú l.
se contrajo de la manera más admirable al ser icio de los
menesterosos; pero tan exclusiva y absolutamente, que no
obstante el seguir como sigue esa institución su benéfica y
no interrumpida. tarea, bien podemos decir los socios· sobrevivientes
que parece haberse llevado aquél consigo
una forma in~dita de la abnegación: ¡de tal suerte es inllenable
el vacío que su desapa;:ición acaba de producir
en el seno de nuestra beneficencia!
Para concluír, bien quisiéramos comunicar las alas
del consuelo á. estas líneas, á fin de que cumplieran una
misión religiosa á las puertas del hogar de los repetables
deudos, y asimismo atenuaran las sombras del luto en
los abismos de la indigencia ..... .
l. c.
Bogotá, 7 de Julio de 1899.
. ~O+-
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
REVISTA. ILUSTRADA 225
LA CAlDA DE LAS HOJAS
CUBIERTA la llanura se veía
Con las hojas de otoño macilento¡
Perdido el bosque su misterio había
Y el ruiseñor su melodioc:;o acento.
Y un triste y moribundo adolescente
Iba, agobiado de crüel fatiga,
La selva recorriendo lentamente
De sus primeros años dulce amiga.
"Oh selva de mi amor! Adiós! exclama¡
Tu duelo anuncia mi postrer suspiro¡
Y en cada hoja que perdió la rama
Mortal presagio a ongojado miro.
De oráculo fatal la voz arcana
Doliente oí: -De nuevo e1l la pradua
Marchitarse ve1·ás la hoja temprana
De nuevo, sí, pero Zc: vez posl1eur!
Con paso presuroso se aveci11a
La pet durable 110 he tenebrosa¡
Y más que otoiiu pólido, declina
Ttt cuerpo sin vig01 hacia la Jo~a.
Agostada la plú ida frc cura
De ltt edad juvenil será primcto
Que la gtama vivaz de La llauma
Y los pámpanos verdes del ole1ol ... . -
Y yo ~ucurnbo! . . .. obre mí las alas
Batió sinie. tro el á brego aterido¡
Y de mi fresca juventud las galas
Cual nubecillas leves han huído.
Débil arbustcJ en breve aniquilado,
Formaban mi ata ío escasas ti ores;
Y no dejaron fruto sazonado
En pos de sí mis lánguidos verdores.
Ruéda, ruéda, hoja efímera! Del suelo
Oculta á la mirada los abrojos¡
Y no sepa una madre sin consuelo
El lugar que reciba mis despojos.
Mas si, enlutada y sola, fiel amante
Aquí llorare al expirar del día,
Interrumpe mi sueño un breve instante
Quiero saber que me ama todavía!''
Dice, y se aleja . . . . ¡Eterna despedida 1
La última hoja que la tierra besa
Marca el último aliento de su vida.
Baj9 una encina se cavó su huesa .•..
.Pero nunca la piedra tosca y muda
Por ella fue de lágrimas regada;
Tan sól0 del pastor la planta ruda
Rompió el silencio de la tumba helada.
ALFON o DELGADO.
WAGRAM
Á Rvfún J. Moaqu1ra.
1
EXANGÜE junto al muro que ha temblado
Al terrible fragor de la batalla,
Un sargento imperial yace postrado,
Herido por un casco de metralla.
Mustio .•.. descolorido . . . jadeante,
Y empapado en su sangre el cuerpo inerte,
¡Con qué horrible verdad en su semblante
Se retrata la angustia de la muerte! ·
. 11
Como gotas de plomo, lentas ruedan
Por sus hondas mejillas demacradas
Dos lágrimas ardientes que se quedan
En los bigotes rígidos cuajadas.
Es que allá, de la Francia bajo el cielo,
Hay seres que por él dolientes lloran;
Sencillas almas que con santo anhelo
"¡Qne v lvamos á verlo!" á Dios imploran.
111
Como d airado mar, sordos rumores
.. e alzan de la llanura en los confines;
R doblan los históricos tambores
Y resuenan los épicos clarines . . . ....•....
Es Napoleón que pasa! ... El abnegado,
Noble guerr ro á quien la muerte hiere,
Irguiéndose, rle júbilo inflamado,
"¡Viva 1 Emperador!" exclama ... y muere.
FRAN 1 co A. GAMBOA.
San Salvador. 1 99.
--~0~
EXPLICACIÓN
DEL GRABADO QUE FIGURA EN LA. PÁGINA. 22
La figura del centto que di1 ige un 'coro tepresenta la
Música. A sus lados se desanollan en dos f!tupos los Ptincipales
personaje<; de algunas· de las más popula1es ópetas, dt'stribuídos
de la manera siguiente,principiando por el exltemo
izquietda delg1abado: G1-upo de Baile, Alfonso y
Leonor (Favorita), Julieta reclinada sobre el pecho de Romeo,
Ruy Bias, Otello, Lohengrin, Due Foscmj., D. Carlos,
Valentina (Hugonotes) y Hamlet. La figura central de
este grupo representa la Poesía·
A la izquierda de la Música, .fi~zwas del segt41tdo plan:
Aida, Serníramis, Hernani, T10vad01·, El Profeta, Mefistójeles,
Guillermo Tell, Saffo, Fausto y Mm-garita, D. Checho,
Guaraní, Norma, Lucrecia B01gia, D. yuan, Cannen
y el Barbe1o de Sevilla.
Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.
REVISTA ILUSTRADA
MUDA
(NOVELA. POR L. T. MEADE Y ROBERT EUSTACE, TRAD -
CIDA DEL INGLÉS POR CARLOS SUÁREZ MURILLO).
AQUELLOS días tan terribles ya se fueron, pero la profunda
impresión que han dejado en mí los dos meses
pasados, debe vivir por largo tiempo en· mi memoria.
Mañana se casará esa niña á quien tanto he querido, y
por la cual me he visto al borde del sepulcro. Es ley de
la existencia amar á aquellos por quienes mucho se ha
sufrido.
Por nacimiento pertenezco á la primera clase social,
y por profesión soy enfermera. A principios del invierno
pasado, solicitaron mis servicios para cuidar á una persona
que padecía una enfermedad nerviosa. Mi paciente,
que es una joven llamada Leonor Trefusis, tiene diez
y nueve años de edad; es de fisonomía encantadora, y
debe su belleza no solamente á la corrección de sus
facciones, sino á la tierna frescur
Fuente:
Biblioteca Virtual Banco de la República
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Prensa