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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 22

Por: | Fecha: 06/02/1875

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. .. -------<¿:---¡~ S Q 2 ~,---,S,,----, ___ - - - PERIODIOO DEDIOADO A LA LITERATURA - erie n. Bogoti, 6 de Febrero de 1875. Número 22. Al\. DE. EL DOCTOR SANGRE_ (Contilll1:lcion. ) FiESTAS. -" Oielo hermoso, ya no te veré más!" así exolamó Garcfa, al despertarse despues de un su eño fatigoso y pesado en que su alma habia sufrido las torturas del infierno y su cuerpo ha­bia luchado con la angustia y la fatiga, como el pez moribundo entre las ondas negras y pesa­das del mar de Sodoma. El cielo estaba alegre, azul y sereno y una de sus luces ontraba juguetean ~ro al tl'aves de los negros enrejados, como si quisiese llevar al reo Ulla ilusion de esperanza, léjos cantauan los gallos y las campanas n.e la iglesias desperta­ban á. la dormida cin rlad. García saltó de la barbacoa y sus ojos maqui­nalmente se posaron sobre la cruz que colgaba en la pa.rea como la illlágen de la resul'eccion y la gloria. Hay almas para las cuales los gran­des peligros son como el fuego para el acero, las retemplan y afirman. Así era esta: el re­mordimiento y la duda la habían agobiado; la muerte cercana le volvia su vigor. Alzó sus ojos á Dios, se despidió de la v ida, cuyos prin­cipales acontecimientol! habia repasado lugu­bremente su sueño anterior y esperó la hora. No tardó ésta en llegar: corrieronse los cerro· jos y el preso sumergido en una meditacion profunda no oyó su crugido. Valverde entró con aire desenfadado, el manteo echado al hombro y hácia la nuca el sombrero de teja. Era. talll­bien hombre de pelo en pecho y juzgaba que si el anuncio de la muerte puede causar impresion, la muerte en si misma era más bien un premio. Dejóse pues de salamerias y gritó: -García, los momentos urgen, -Ya lo sé, padre, estoy listo. -De rodillas, pues j ya sabes la obligacion del cristiano. Sentóse Valverde en la bnbacoa, quitóse el sombrero de teja, dejando al aire su ancha co­rona que con la calva se confundia, apoyó la cabeza devótamente sobre In. mano derecha en que colgaba su pañuelo de rabo-gallo y prestó atencion. El reo se santiguó y poniéndose de rodillas acercó sus labios al oido del sacerdote y dejó caer en él sus confidencias íntimas, la historia de sus miserias y do sus desgracias. AlU el sacerdote no es hombre, es un vicario do Ori to cuyas palabras bajan como del cielo, llenas de uncion y ternura. Despues de una ho­ra de conferencia, Valverde se quitó la mano del rostro, bañado en sudor y bendiciendo al preso le dió un estrecho abrazo, diciendo como Oristo: Vade impace. El preso se levantó: su marmóreo semblante e taba resignado y tranquilo j su alma no vivia ya en este mundo, la voz del sacerdote la habia. llevado á. los horizontes de la inmortalidad. La familia de García no habitaba en la capi­tal, pero dos ó tres amigos llegaron á darle el último abrazo y á animarle con sus palabras: á. todos contestó con serenidad. En seguida entró el alguacil mayor, seguido de una turba de agentes subalternos que traian unas grandes tijeras y una larga túnica blanca manchada de sangre. Por órden del alguacil mayor, so pu o el preso de rodillas; uno de los alguaciles le cortó el cabello y otros dos le pu­" iuron la t ún iea. Afl:era se oía el murmullo de la plebe, aglo­merada á la entrada de la cárcel, en donde una humilde borrica, tristemente enjaezada, espera­ba á su jinete cosas de Esp'lña. Eran las ocho de la mañana. El preso salió sostenido por los alguaciles y acompañado por el sacerdote. Montáronle en la borrica y cuatro soldados de ccl.saquilla azul y calzon bajo toca­rOn en sus pitos y tambores una especie de marcha fúnebre, en tanto que Val verde recitaba con aire gangoso las oraciones de los agoni­zantes. La gente do la plaza miraba, cuchicheaba y tal vez sonreia, que hay almas tan viles ó ig­norantos que hallan una fiesta en la muerte bárbara dada á uno de sus semejantes por una sociedad que no se sonrojaba de llamarse cris­tiana. El cortejo marchó al centro de la plaza, en donde la horca alzaba sus de'3cal'nados brazos dejando ondear al aire la soga fatal. Especi<'Ícul~ horroroso! Subieron al preso al andamio que debajo de ella se alzaba. El verdugo le ató la so­ga al cuello con un nudo corredizo, á. la vez que otro verdugo trepaba ~í la cima de la horca. Un momento despues ei verdugo saltó al sue­lo, el andamio desapareció y el cuerpo de Gal'cía quedó colgando tranquilament0 ; pero al instan­te mismo 01 que ocupaba la cima de la horca se descolgó _ violentamente por la soga, quedando a ahorcajadas sobre los hombros del infeliz con­denado. El toro más violento al sentir sobre sus lomos por primera vez al llanero, y en sus hija­res las agudas rodajas de la espuela no habJ in dado saltos y saoudidas más violentas j pero el jinete estaba. aganado á la cuerda y sus piernas • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 170 LA TARDE de acero estaban cruzadas en torno a l cuello del moribundo. Aquel rato fué espan toso, su rostro, de lívido se convirtió en morado; sus ojos esta­b?, n iny'ectados, horribles y la lengua le colgaba hmchaClay negra. La multitud miraba, por un momento aterrada y el doctor don Francisco de San de, Presiden te del Nuevo Reino, miraba complacido desde sus balconelj el espectáculo. No en vano le llamaban el doctor Sangre. Cuando hubo expirado, el verdugo saltó al su elo y Valvdrde subiendo a l andamio dirigió á la multitud una platica, mostrando el cndaver, como un ejemplar de la justicia humana. Entre tanto un hermoso castaño de la saban a rica­~ ente enjaezado, con una silla de terciop~lo ro­JO con cantoneras de plata entraba al palacio d e l Presidente. Don Jaime, l os oidores Enriquez y G Ó?le z de Mena, que siemp r e acompañaban al PresId ente en sus maldades, llegaron lujosamen­te v cstidos, en briosos caballos y tras ellos los miem bros de uno y otro cabildo, la clerecía y toda la grandeza de Santafe. La multitud que habia a sistido á la prim era fiesta, dejó de oir el se rmon, se 01 vidó de la hor­ca y volvió curiosa y alegre á extaciarse e n la comitiva que ruid os a y feliz marchaba al en­cuentro d e l Visitad or. D es de San Victorino para abajo el camellon estaba lleno de toldos blancos sobre l os cuales flotaba la bandera amarilla y d ebajo las lindas vendedoras de spachaban á los númerosos COUl­pradores, mantecados y bizcochos, barquillos y palacinos, ora destapando los botellones de aloja cubierta con claveles, ora sacando en totumas hmpias y nu evas el oloroso vino de lllaÍz color de oro. Todo era alegría y el mismo so l parecia regocijars e como ignorando lo que se oc ultaba allá en el fondo de los corazones. Serían las cinco de la tarde cuando la comi­tiva regresó entre una nube de polvo, al r e pi­que de las campanas y al tronar de lo s co hetes que poblaban los aires. Oasi toda la ciudad es­taba afuera, los que no á pié, á caballo y só l o en algunas ventanas de donde llovian flores de­jaban ver lindas caras, ante las cuales caraco­leaban los pisaverdes de Santafé. L os vivas a~r?~aban los aires; pero notóse que todo iba dll'l g Ido al poderoso señor clan Andres Saliema de Mariaca, Vis itad or del Nuevo Reino, mién­tr~ s que ~l nOl;nbre del do cto r Sangre só lo ha­~ na. podIdo OIrse en. alguno que otro grupo, lrómcamente pronunClado. El Visitadol' se mostraba taciturno: e l de ~ande, don Jaime y los oidores, por e l contra­no, com~l?,cientes, decidores y galantes p ara con el VI sItador; así es el mundo: estais arri­ba? r espirad el incienso, señol' mio; pero cui­dad de no dejaros caer. El Visitadol', que venia cabizbajo, al desem­boc a r la comitiva á la plaza alzó la cabeza y vi6 la horca, en que colgab a todavía el cuerpo l ácío d el condenado. Como era corto de vista no c~mpr~ndi ó d~ qu é se trataba y preguntó al vll'ey Si le tema prepara da alguna fiesta de ma­roma, .para obsequia: su llegada. -SI, señor. Visitador, dijo el de Sande, esa fiesta la. tengo siempre preparada para los ma­los servldores del virey, cualquiera que sea su clase. Bstas palabr as las dijo con aire somb rí o, pe­ro a l punto cambió de tono y añadió melosa­mente: --Lo mismo tcndl'eís que hacer vos, seilor; porque ya mi mi"ion ha concluido y os voy á dejal" el puesto. No quiso el de Salieroa darse por notificado de aquella ameuaza qne comp r endió muy bion y contestó: --Bien sé que de vos y de vuestro Gobierno sólo podré dar á la Oorte lo s más favorables in­formes. La comitiva llegó á la puerta de palacio y l os grandes subieron a l salan en donde l os espera­ba l a Prcsideilta, do ña Ana de Mesa. Favor singular que e l Presidente quiso di s­p, ensar al Visitad?r, ~orqu? d esde su llegada de G~atemala no la habla dejado ver de nadie; te­mIendo que su belleza ca 11 tivase otr os cora7.Q­nes y ta l vez q u edase en olvido e l suyo. Una mesa suntuosa espel'aba al Vi. itador, que fué colocado alIado d e la Presidenta, miéntras que los oidores tenian en medio al de Sande v otras varias damas y caballeros ocupaban los· lados d~ la mesa. Manjares ricamente preparados, VlD OS generosos ~e. España y brindis halagado­res y galantes, hlCIeron aquella hora memora­ole en la sombría y silenciosa casa del doctor Sangre. Al cao r la noche todos acompañaron al Visi­tador á la casa quc se le habia preparado. La ciudad estaba en silencio i pero en ese silencio y en e l contento d e aquel dia un buen observa­dor habria notado que no era tanto por las dos fiestas como por las esperanzas del porvenir. En vano procuran los tiranos dorar lal¡ cadenas de los que oprimen y distraer con festines y con músicas á los que nacieron p a ra vivir libres. Continuará. --==->O<>-Orinto, humo de Lóndres, verde mar, viol eta de los bosques, vapOl', azul de Suecia, &e, &c. &c. Fuese uno negro ó blanco, gordo ó delgado, de pelo negro 6 ~u­bio, nadie se cuidaba de eso; ante todo era preCIso llevar el I!olor de moda. Hoyes completamente diferente, vivimos en plena libertad, y este estado de cosas ha traido sobre cada dama una especie de responsabilidad de su bel~eza; ya no hay escusa para vestirse de un modo que SIente mal; conviene, pues, fijar una séria. atencion en las hechuras y en los colores que se adoptan, y la cues­tion tiene gra.n importancia; puesto que se tr.ata. á.la vez de parecer lo mejor posible, y de probar SI se tie­ne 6 no esa cualidad esencial mento femenina, el gusto, Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 174 LA TARDE El t ac to y el to snn fl ores de la civilizacion ; yénse:í. las veces oculta l' e á tal dnque a para dej nl'se coger por la primera niña que se presenta. Tomad un \'"estido de seda y de gnst u, y compadeced lo vesti dos de terciopelo de mala eleccion. :\IacIama de St a el , qne era fea, se n,do l'lla b a~ con plumas convirtiéndose en horribl e. Madama de Reca­mier, I'ln e era lindn, se ponia un prendido de dos pese­tas en la cnbeza, y es taba divina. El tac to es la ciencia de la oportunidad en toda las cosas; el t acto es más que una gra ci:l, las bace valer todas, las de la imaginacion C0mo lns esteriores. El tacto se adqni f' re, el gusto se forma, tienen un orígen comun: el deseo de agradar bien entendido. Para concl uir p e rmítas~ n os al gunos con, ejos gene· rales, ll pl ica blcs á to d~s las latitudes y á todos los tiempos. Los colores claros: el azul bajo, el color de paja, el rosa, el verde pálido, convienen á In tez morena y co­lorada, el blanco e su triunfo. Por el contrario el negro; el rnjo, los m·\ti ces oscuros r concentrados son más favorabl es á las rubias, y !'obre todo el color ru­bio pálido. Lo que es una verdad con á las colores, puede muy bien apli carse con respecto á los tejidos : las mujeres gruesas deben gastar telas ligeras, y las delgadas telas de mucho cuerpo. Si empre los contras· t es. Lo contrario efi al ejarse de la armonía, y puede decirse que en materia de toilette, las antít es is son con frecuencia las que obtienen más victorias. No tratamos aquí de ciertas bell ezns fuera de lo ordinario, ó de ciertas originalidades sin ej emplo: es­tas ti enen seguridad de ser admiradas bajo todas las forma y maneras; pero las reglas no e hucen para las escepeione . No hemos querido más que hacel' al­gunas indicaciones generales que nos sabrán Ilgl'adecer las lectoras indeci as. UN JURAMENTO_ Conclusion. El hombre del fusil se aproximó; y :í. los mo· ribundos resplandore~ del crepúsculo Ralph creyó reconocer en él al cazador J uau Deuis, el mismo á quien habian cnterrado por la maña· na en el castillo. Entre este apuecido y el de la noche anterior habia, para el vizconde, la diforencia que existe entre lo bello y lo feo; entre una mujer seduc­tora y un hombre de rostro repugnante. Fulmen muerta y saliendo de la tumba, era inconcebiblemente bella aun; adcmas Ralph no la habia visto como habia visto al cazador, acostado en su ferétro, inmóvil con eEa palidez amarillosa que es indicio cierto de la muerte. Viendo aparecer á Fulmen apénas habia tem­blado; pero la fantasma del cazador tuvo el terrible poder de erizar sus cabellos y de hacer Cl'ugir sus dientes. El mu~rto, sin decir una palabra, levantó la mano é hiZO seña á Ralph de que lo siguiese. El vizconde era incapaz de dirigÍl' su caballo; pero éste dominado sin duda por una fuerza in· vencible, se puso en marcha de tras del cazador. . El muerto caminaba lentamente; pero sus plés no hacian crugir la nieve y apénas dejaban sobre ella una huella ligera. El caballo seguia maquinalmente. El vizcon­de de quien se había apoderado el terror se sen­tia como clavado en la. silla é incapaz de des­montarse¡ insensiblemente fué familiarizandose con el terror y cuando llegó á calmarse ae hizo la siguiente reflexioIl : - t, Quién sabe si este hombre ha muerto en r ealidad? ó si quieren burlarse de mi La sospecha empezó á tomar grandes propor-ciones en su espíritu. De r epente detuvo el caballo y gritó: -Hola 1 Juan Denis. -¿ Qu6 desea monseñor? -Saber á dónde me conduces. -Al camino del castillo que está tí cicn pasos de aquí. Venid señor, yo os mostraré á Roca Negra, Ralph no se movió. -Dime, Juan Denis, ¿ me asegurais que has muerto realmente? -Toma! ¿ no habeis asistido esta mañana á mi entierro? - Si; ciertamente. -Eutúnces porqué lo dudais? y la fantasma soltó una carcajada estridente que hizo estremecer el bosque. Ralph montó en colel'a y puso la mano en sus pistoleras. -Pardiez, dijo, quirro saber á punto fijo si estais muerto ó vivo. -Ah! ah! Tomó el vizconde una pistola y la preparó. -Nunca muere uno dos veces, continuó, y jamas he oido decir que una bala haya hecho el menor daño á. una faDtasma. - Yo tampoco dijo el cazador con tono de burla. -Entónces no arieago sino una cosa. -Ouál? - M;1tar á un pillo que se ha burlado de mi. Esto di ciendo el vizconde apuntó al cazador. -Ea la frente, dijo, haciendo fuego. El tiro partió; un relámpago ilumino el bos, que y una carcajada satánica se dejó oir, des­pues, cuando la nube de humo que le habia en­vuelto se disipó, el vizconde no vió ya á Juan Denis, hnbia desaparecido como desaparecen los fantasmas ... , .. Entónces Ralph clavó las espuelas en los flan­cos de BU caballo y en algunos segundos llegó al camino del castillo. La noche empezaba á caer; pero en lonta­nanza alumbraban las luces sobre la sombría fachada de Roca Negra. IX. El vizconde Ralph llegó al castillo más páli­do y conmovido que nunca. Un hombre le esperaba á la entrada del puente levadizo. Era el baron que estaba mu~ cho más alegre aun que por la mañana. -Ah! mi querido huesped, dijo corriendo á • • • su encuentro, es necesarIO convemr que no S018 muy feliz, os habeis extraviado, y perdido la caza; nosotl"OS hemos pasado el resto del dia. buscandoos inutilmen te. U n secreto instinto de prudencia impidió al baron hablar del extraño encuentro que habia tenido. Efectivamente me he extraviado, dijo, hice mal en fiarme de mi caballo. -¿ y no os ha sucedido nada? -Nada ...... absolutamente ..... . La voz de Ralph temblaba á pesar del es­fuerzo que hacia para ocultar su emocion .. -Está. bien! dijo el baro~, que parecla no • • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • q LA T A RDE ¡ l ~­liJ hab E' rlo notado, vaDlOS á. la mesa ; IIe r mi n i a ' Es b u eno, pr osiguió porque mo ba per ..:ni­nos e p e ra, y vo s d e b eis tener m u ch a h amb r e . t ido r e cata r me. Si un h omb r e mo amara más -Mucha, balbuceó e l viz conde , d esmontan- a llá de l a tumba . . . .. . dose y solta ndo las bl'iaas d e s u caballo. j Yo os amo, exc l amó! Ralph. Como lo habia anuncia do e l b a r on , H erm i nia i , y c u ando m i mano toq ue la vue stra, a r ro-las e s pe raba en el com e d or. L a j óve n estaba j a r ei s un grito como l a !loche últi ma, y t e ndreis p á lida y miraba al vizc ond e co n un a i n d ec i b l e miedo .... . . i L os muertos siempre tiencn frío ! tristeza, habló poco durante l a comida y p ar e- D a dme vu estr a mano , re pondió Ralpb ció absorta en una m e di tacion profund a . tendien d o la suya r es u e l tamente á l a m u e r ta. S ólo el baron es taba al e gr e. R a lph p or s u ¡ H ela a quí . parte d ese aba qu e la comida s e terminase . Q u e - Ra lph es p e l'im entó un a sensacio n t erri b l e; ria v er de nue vo á Fulme n. p e r o tuvo v al or para co n te n e r se y f u erz a p a r a -La amo! murmuró m etie ndo se e n s u l ec h o so nre ir. Cub rió á la mue r ta con un a m irad a !l e­y apagando la bugia y con voz t embl or os a y na d e a mo r y l e d ij o : conmovida empe zó á g¡'itar : --Yo os a mo! -Fulme n ! ...... Fulmen !...... --Pobre a m ig o mi o, co n te s tó e ll a son rienc1C', Un ins t a nte d e pu e s de esta evoc acion mi s t e· cr e o qu e em p eza is á amar me . riosa, las b lJgias de la cbime nea se encendi e r on -i Olt ! yo os l o j u r o ..... . y Ralph, cuyo corazon palpitaba violentam e nte, El a ~ or qu e s o prof es a á un mu e r to es u n vió aparecer la muerta. amor es t éril; y p a r a qu e v u es t ro a mo r pu d i ese Despues de todo lo que habia visto, Ralph abrirme l as pue r t as d e l ci el o, se ria n eces ario creía ya en los aparecidos. que fu ese t an profu ndo, tan ar diente, tan apa- !Si hul-iese dudado de la muerte de Fulmen, s ionad o, qu e odi a r as l a vi day amar as la t umba ... despues de haber e trechado su mano hE'lada; y á. vues tra ed a d, R a rh , l a vida es muy b e lla ! .. si no hubiese dado fe á la iLscripcion fúnebre de El escoc es movi ó la cab e za y dijo: la capilla, habia por lo m énos un acontecimie n- --Ah! vivir sin vos , es la muerte; la vida, to que no dejaba duda. Era la mue rte del ca- unirm e á vos e n l a t umba. zador. Ralph le habia apuntado perfectamen t e , Ouidado, ami go mi o . y estaba seguro de haberle clavado la bala en P orqu é, qu e rida Fulm en ? la frente: P o rqu e s i hi ci eceis s em ej an t e v oto, Dios Esta circunstancia quitaba al vizconde sus podria a d m i t irl o . últimas excépticas ideas. Ah! continuó 01 j óve n c on exa ltaci on , j se r Al evocar la fantasma de Fulmen, lo hacia vuestro es po s o e n el ci e lo! atrav esa r con v os la con la buena fe de un nigrom á ntico, eternidad de los sigl os , no es la ve rdader a La fantasma apareció, arroj ó su sudario y s e vida, la f eli cidad sin límites? sentó en una silla á la cabecera del lecho de Ralph continu o la mu erta e n c uyos ojo s Ralph. brillaba una al egría ce l estia l , cuid ado. Tenia efectivamente la palidez cadáverÍca de i N o t e mo la mue rte ! los muertos, los ojos apagados y el andar peno · P e ro si me ama s, m orirás ..... . so y lento de los que vienen del otro mundo; Lo d eseo ardi e ntemen t e . apesar de esto estaba hermosa hasta el punto de S ois e l prom e tid o d e mi h erm ana. hacer palidecer la inconcebible belleza de su Ralph d ej ó e sc apar uua explo sion de cólera. hermana Herminia. --Oh! la odio, dijo. Ralph esperimentó una suprema emocion; --Porqué ? despues se sintió dominado, fa scinado y por d e - --Porque ella vive , mi 6n t ras la tumba s e h a cirlo así atraido por el luminoso semblante de ce rrado para vo s . ¿ Qu é ha h ec ho ella para Fulmen, y una vez más olvidó que ella no per- gozar aún de los r a yos d el s ol, d el perfume do tenecla ya á este mundo. las flores, del can t o d e las aves ? ¿ Era m á s b e - -Oh! murmuró con voz temblorosa; oh!... 11a, má s j ó ve n ? ¿ T e nia el co raz on m ás puro ? al fin !......... ---Ra lph murmuró la mue r ta , sois injusto y -Aquí estoy, dijo Fulmen, por cuyos labios oruel. Mi h e rmana no dirigia el dedo del de s-descoloridos rodó una angélica sonri, a. tino qu e m e t ocó en la fr e n te ....... -¡ Cuán buena sois! murmuró Ralph mi- Quizá t e neis razon, Fulmen, p e ro os juro rándola con amor. Tenia mucho mi e do que no que no me ca s aré nunca co n H e rminia, y s i Dios qui e re llamarme y unirnos en la eternidad, estoy pronto á morir. •• • VlUleselS. -j Es muy léjos del otro mundo á aquí! • • amIgo mIO. -Luego la distancia existe para los muertos? preguntó ing6nuamente el escoces. -Como para los vivos, amigo mio; yo os lo he dicho, estoy condenada ...... El infierno está mns léjos que el paraíso .......... .. -i Condenada-! murmuró Ralph. -Sí, porque he muerto con un pensamiento de amor. -Dios es bueno, sinembargo ...... -Si, Dios es bueno pero severo. La voz de Fulmen estaba impregnada de lá- • grllllas. La muerta retiró brnscamente la mano y dijo: -Prefioro subir al cielo á obtener mi rede n­cion por semejante sacrificio. y levantando se vivamente dió un paso para l·etirarse. -Adios, dijo, adios Ralph ...... casaos con Herminia y rogad á Dios por mí. Ralph se lanzó tras e Ua y cayendo de rodillas . -¡ Fulmen! i Fulmen! murmuró! no m e b d . I I a an onels....... i os amo. -Vuestro amor es la muerte. -j El la dicha, es la lipertad ! . .. . . . Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 176 LA TARDE Abundantes lágrimas corrian pf)r sus meji­llas, y su acento era tan vcrdadero, tan simpá­tico tan conmovedor, que Fuhnen se detuvo. -·-Entónces me amai verdaderamente? ---No ambiciono sino morir para vivir eter-namente contigo. -y si depondies.e de mí el matarte al instante -Ah i no vaciles, murmuró lleno de exaltll-cion y de amor. La muerta quedó pensativa. --Escucha, dijo al fin, extendiendo la mano h:ícia una pequeña cómoda esculpida por Boule ¿ veis ese mueble? -Si. -Pues bien, dentro se encuentra un fra qui-to que contiene un licor rojizo ... reflexiona aun cuando yo no esté aquí.. .... -¿ y ese licor? ---:Bs la muerte_ ---j Es la felicidad! dijo Ralph lanzándose hácia la cómoda. Fulmen le detuvo con un gesto. -Todavía no, más tarde ...... A media noche hay tiempo para reflexionar ..... . Inmediatamente las bugias se apagaron y Ralph quodó en una oscuridad completa; sin embargo creyó ver la blanca fantasma de la muerta alejarse lcntamente, y despues borrarse y desaparecer, como se borran y desaparecen los fantasmas. x. Si el vizconde Raph hubiera sido frances, es probable que, cuando Fulmen hubiera partido hubiese corrido á. abrir la ventana para expo­ner su frente ardiente al aire frio de la noche. Pasado este primer acceso de fiebre, hubiera reflexionado y dicho: -Tado esto es una locura, tengo vcinte y dos años, soy mosquetero del rey, voy á. casarme con una hermosa niña rubia como una madona y blanca como una azucena y que me trae de dote cien mil libras de renta. Verdaderamente no tengo sino que dejarme llevar por la corrien­te de la vida y se hubiera acostado tranquilamente sin pensar más en Fulmen. Pero Ralph era escoces j habia sido auullado en su infancia con esa ex­traña leyenda de la doble vida que se repite en las faldas del monte Cheviot, habia llegado á. tal punto de exaltacion, que para él, en lo suce- • • • • • • 8IVO, monr era VIVlr, era reunIrse para sIempre á Fulmen. Luego que la fantasma hubo desaparecido, se precipitó hacia la chimenea, y buscando un tizon se puso á. soplar para encender una bugia couió luego á. la cómoda, la abrió y encontró con facilidad el frasco. -FulmenL .. Fulmen!...cspérame! yo te amo!... y esto diciendo, bebió el contenido del frasco. Ralph esperimentó por un momento una sensacion extraña inexplicable, un gran frio én el pecho y mucho dolor en la cabeza; en segui­da sus ojos se cerraron poco á poco, su piernas flaquearon y una laxitud extrema que se apo­deró de él, le hizo caer en cl suélo murmurando con voz inteligible: ---Fulmen ! ...... espérame! ...... te amo! Al beber el contenido del frasco, Raph creyó partir para el otro mundo. Se engañaba. ----• El frasco DO contonia sin un narcótico, y el vizconde se llenó de asombro cuando al desper­tarse, al cabo de alguna horas, se en con tró en su lecho y vió qu por la ventana entraban 106 ravos del sol. " Una mujer estaba n. su lado. Ero. Fulmen, pero no Fulmen la muert iuo Fulmen jóvell y bella, con la mirada ardiente, la boca fresca y sonrosada, vestida con e e traje color do púrpu­ra y con el corpiño de terciopelo negro que lle­vaba en el baile de la Opera, donde Halph la per eguia con us promesas de amor. Por un momento el vizconde croyó estar muer­to y en el otro mundo, pero bien pronto reconoció el aposento en que e encontraba, y vió al tra­ves de los barrotes de la ventana los árboles del parque de Roca Negra. Ademas, Fulmen le habia cogido las manos y le miraba sonriendo. -Ah! querido esposo, le decia, ahora si po­dremos unirnos, porqué estoy segura de tí i por­que creyéndome muerta has querido morir i porque has aceptado hasta la última prueba. Tranquilísate, amado Ralpb, Fulmen no ha muerto y sólo quiere vivir para amarte siempre. Ralph atontado miraba á Fulmen y parecia no comprender. La jóven dió tres golpecitos en la pared y la puerta por donde ella entraba al cuarto del es­co es cuando hacia el papel de fantasma, se abrió para dar paso á Herminia, á. su padre y á un elegante gentil-hom1re cuya presencia hizo arrojar á Ralph nn grito de terror. Era Juan Deni, pero sin barbas, con el sa­co azul y las polainas de cuero que ántes usaba. -Querido vizconde, dijo el baron de Roca Negra, permitidme que os presente al marqués Juan Denis de l\I aurever, esposo de mi sobrina Hermia, que se ha prestado, en compañía de su mujer á los caprichos del otro mundo de mi querida hija Fulmen. Fulmen que tenia siempre las manos de Ralph entre las suyas añadió sonriendo: -¿ Quereis saber de que provenia la sensa­cion de frio que espcrimentabais ? le ponia unos guantes de piel de culebra tan delgados y diafanos que no se lo apercibia. Mi primo de Maurever se habia disfrazado de cazador, y h:tbia hecho confeccionar en Paris su imigen en cera, que es la misma que has vis­to en el féretro. Mirad amigo mio, con muy po­co se llega á ser fanático j y de un hombre es­c6ptico y burlon se ha hecho un hombre que cree en los aparecidos. -Pero, exclamó Ralph, que recobro al fin el uso de la palabra, espero que el señor de Mau­rever me explicará. cómo consigue hacflr frente á una bala, y de que modo llega :i desaparecer sin dejar la menor huella sobre la nieve. -Muy sencillamente, respondió el marqués: Vuestras pistolas estaban cargadas solamente con pólvora y mientras el humo os rodeaba, yo salté á la rama de un árbol donde me oculté. El vizconde frunció las cejas y dijo: -Todo, todo esto es una burla. -No, dijo Fulmen, es la consecuencia de tu juramento, amigo mio. Habias jurado amarme más allá de la tumba y he querido saber si cum­pliria. e tu juramento. Ahora, seré tu esposa . •
Fuente: Biblioteca Virtual Banco de la República Formatos de contenido: Prensa

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 22

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 40

Por: | Fecha: 19/06/1875

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. ·.----_-S:cc...--t:~ ¿ <5 S ~L2.2_-----" - PERIODICO DEDICADO A LA LITERATURA. Serie IV. Bogotá, 19 de Junio de 1875. Número 40 . • RESIGN A-CION, , , A. MI QUERlDIS1MO M.!ESTRO y AMIGO DON , JOSE MANUEL l\lARllOQUIN. 8empre il mal noa vien pe!' nuoce!'e, Al pié de una de las serranías que se despren­den de la Cordillera oriental de los Andes, se dilata un delicioso valle, en que lozanea una ve­jetaciou exuberante y vigorosa, con todas las. maravillas que la naturaleza ha delTam:Jelo allí cou mano liberal: ostentase, .vestido algunas veces do encarnadas flores, el cámbulo que da 80\11 bra y frescor á. numerosOs arbustos multipli­cados con profu:lion, el cual emula en proceridad á la ceiba en que anidan las urracas, y á la pal­ma que apénas puede sustentar sus ponderosos racimos; los riachuelos que vienen de las quie­bras de los vecinos montes, cruzan y riegan el valle,y son de agua tan cristalina, que en ella se l'etl'ata el nítido azul del ciclo, como los muchos y florecidos arbolicos que se acercan á besarlas,pel'­fumando el ambiente, y su murmurio,' grave y ru· moroso, se une en dulce concierto á las arpadas voces de las avecinas y al ruido de los ramajes acariciados por el viento, Mas adelante, en un extremo del valle, está. asentada una casería, alegre, limpia y ataviada como una novia pues­ta de veinticinco alfileres en el dia de su despo­sorio, en mitad de la cual se alza una pequeña igle~ia de almenada torrecilla; y las casas agru­padas en órden, siempre recien enlucidas y en­cerradas por cañales y cercas de árboles frutales, ocultan su sencillez con las plantas trepadoras sembradas al rededor de ellas, todo lo cual ha- . ce hermosísima vista. mntre todas aquellas casas hay una cuyo aspecto permite creer que en ella tienen asiento el lujo y la comodidad, y que per­tenece á persona rica y principal, porque es de dos pisos, eestá pintada artísticamente de varios colores, sus vidrios han deslumbrado más de una vez los ojos de los que pasan, y sobre su hermoso porto n realzado con adornos arquitec­tónicos, muchos de ellos chulTiguerescos, sobre­sale un antiguo escudo de armas con un leon en actitud rampante, y en el cual acaso fincaron or­gullo los que allí le es~amparon. Pero si la. casería por su aspecto es parte para hechizar al que la conooe, cuánto mas no hechiza al que hace conocimiento con sus mora­dores, que son honrados sobre la misma. hon­radez é hidalgos sobre la misma hidalguía: ni desavenencias que turben su sosiego i ní la en· I herbolada maledicencia que conoe el seno de la 8~ciedad en que se aposenta j ni la envidia que bllJca asqueroso diente en el ajeno crMito' ni e~ influjo de arteros magnates, que enerva l¡ al­tivez. de los corazones, se acomodan en aquel apaCIble lugar: ántes por el contrario el señor y el labriego, el poderoso y el pobre l¡bran allí de consuno la patria prosperidad, vinculada no mé~os en la hacienda que en el humilde pe­gUJal'. La .casa del escudo de armas en que hemos detemdo la atencion pertenecía efectivamente á personas principales: habitaban en ella don Adeodato J doña Cunegunda, ricos en bienes de fortuna, y, en lo que toca tí los de naturaleza, no anduvo ésta avara con ellos, que si el buen parecer de los verdes años lo iban perdiendo, no er~ á tal pun~o, que no se conservasen algunos deJQs de antIgua hermosura, Tendria él unos cincuenta años, y ella salvaba los término:; de los cuarenta, si y~ no era que á usanza fcmenil los descabalase. El era arrogante sobre modo y su alma, aleccionada en las adversidades, siem~ pre estaba apercibida á aliviar cualquiera des­gracia, á aligerar cualquier dolor, á abrir libe­ralmente los brazos á quien le buscaba, y libra­ba su satisfaccion en hacer el bien y en evitar el mal; ella, ademas de su ademan grave y re­catado, de que dependia el respeto con que se la miraba, era una mujer nobilísima, que derra­maba sus bienes sobre la necesidad, como Dios había derramado encantos sobre ella. Con tales c?ndiciones, ¿ qué mucho qUtl. se tuviese en pre­cIO á estos buenos esposos, y se les considerase COffiO dechado perfecto de virtudes? Empero, si la fortuna no habia puesto tasa á su deleite y regalo, sentian un vacío que no le alcanzal"Ían á colmar todos los tesoros que la diosa ciega eva en su codiciado cuerco el cual consistia en q Dios les negara el n:uto de su amor, como a que se cumpliera la inflexible ley de que la a no puede encontrarse en el mundo terrenal, pua$to que es patrimonio que so­lo se alcanza 'en algo más elevado. Con todo esto ellos,honradores del precepto divino, nunca levan~ taran queja contra lo que otros habrían calificado de infortunada suerte; ántas bien, sumisos se ren­dian á lo que ordenaba el cielo, considerando que solo de este modo puede alcanzarse la tran­quilidad de ánimo y la fortaleza de espíritu. Así que, aun cuando tuviesen en su interior un se­creto vacío que no dejaba de congojarlos de manera que su aliento se .trocase más de una vez en suspiros, no daban muestra de la flaca oca­sion que los traia tí tal término, por lo mismo que su ánimo era fuerte para contrastarla. Un día de 106 hermosísimos de la zona ínter- Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. - . ' .... I~ A T A R DE -- -- - ... u_u . tropical determinaron don Adeodato y doña Cu- r se hubiese reparado algo de 8U tUI'bacion, il'l.qui­negundo. visitar BU casa de placer, á corta di s- l'Íeron por su nombl'e y el de sus padl'es, Dijo tancia de la casería, ApeI'cib"i é ron se paTa cllo, que so llama'ba liumberi;o, y SUs padres Peri c~ acomodá.ndose de 'todo lo 'necesar'io para su 'c(}- y Toña, que fuá dejad(ls 'tacanuo t n bleta. , su­nería, cowo solian hacerlo 'en casos semejan tes; puesto que no sa bia el n om bre y apellido l egíti:. y sirviéildotes 'de 'mozo de espuelas 'un an'tiguo mos dc sus padres, sino sdlamente 'el sobrenom­criado, pues lo bahia. sido en la. casa, parti e ron 'b1'e familiar con que le habian e'tl¡;eíiado n lla­' gozdSOS: el cielo despejado j el sol, que ¡¡tln '1l0 mal'los, Ní tampoco atinó C011 el del si 'tio én qua habia adelantado en su camil1o, aerralÍl aba sobre vivia , y solo dijo qu e su casa era en el Cc n'ó, y la campiña EUS dorados cabellos para darla ani- que Perico le llevaba con el objeto de hacer una macioll, baciendo exhalar:í las flores dulcísimo vi~-ita á su plidri'no, ,arom?, ·; '~ l l:e'frescado ambiento ,Y el sordo rumo,r En 'vista dell'osultado nada satisfactorio que ,de,1 1'10 ~~~ perezosamente c~rJ'la pal'8lelo al ca- ubtu'vi el'ou de las l1"ro-guntas ~u'e habian hecho ~1DO, hll'lendo las enormes,pledras que se le opa' 0:1 'l'apn'Znclo, d et erminaron haccr sabedOres d é l y~a:n en su lecho; el mugu' ,del ganad.o ~.u las extraño suceSo á la autoridad dell lugar y colÍlU"­aehesas <}ue se encontr~ban al p~so ; ~l canto de nicarlo con todas las personas 'Iue pOI' su condi­] os traba~adores al d:e~l'lb~r árboles anosos para 'cion estuviesen en términos de poder aclnrarl ó formar tler~,a labran~la i cada una d~ cstas co- por n¡edio 4c sU éi:iscreciúny consejo '; q'}e, SI gas de ,pOI' s~ era ~an amena, ,y todas J~nt?:s tan bien desde el mismo punto que lo encontl'arol}, ,s,eduCtlvl,ls, q~e el. compue~to _ no poma ~é~os 'trataron al niiio como á su propio hijo, llevaban qde dar ese ~Ie~esta~ que po ~~cas . veces sona- con pesadumbre ~I qu~ se hqbiesc visto expues, 'lIlOS en la. prosálCa :n da Be las (hud~des. , to en templ'ana 'vIda á 'los embates del desamptr- Así, montados sobre seridos caballos, cdulÍna' ro, 'bien así 'c bmo la'Ve y pl'C!ciosaSimicnte que 'han los buenos esposos embebecidos ~lIla com,i· dI vii:lDtb arroja deladte ~e. sí, ~a cual solo pue:. deracion de aquel c\l¡:¡.dro magníficb q~e la natu- de desenvolv~rse y frudtlficar SI le acoge el s enó 'rateza con inimitable mano desenvolvía á sus de 'la madre iJEJ'rra, :ojos, ?lost.I'ando 'l,as innum~rables bellez~~ con No ta!'daron dou Adéodato y doña Onnégund¡¡" que 11beral nos brmda el C~lador, cuando muan- dada su vuelta por la casa de placer, en pl)nel'!:' 9 do n,caso á la ,vera del canuno" ~opal'on, sentado en camino para la ca~el'Ía á horas en que 'el bron'­al pIé de un arbol, con un nmo de hasta edad ceado sol de la tarde comunicaba melancólic o de cinco años, de cabellos ensortijados" rostl'o 'tinte iL los campos .presagiando -la venida de 'lb. :agraciado 'y Doble, CUy;l téz hal:iia1.:obádo cl color noche, ' 'á.,las>'osas que 'por, allí se parecian, y eu ' cuyo 'La cual ' cei'rllba á más andar, y las tlstrellas, radeI?~n se trasl,uCl,a la du1zur~ ~el natur~ ~ no q ne !por ' ehtónces 'no e:an celad~s por el ,br~W) .mén<;>s que lo I:rmclp~l de su lInaJe, Vesha, un de la luua, se daban pnsa por aVIvar su tUllldh saquIto de pano naCIOnal con J;lautalones 4e lo ·luz, cuando terminaron el inocente paseo, acoro'­mismo, cubríale I.a c8:be,za Vn sombrero de fie~- paíiados de aquel á quien acuso habían sll.lVad<:> ,tro'l c~lzaba zapato~ ~e cor.doba tl ' un 'tau to tl'a,l- de perdurable milleria, el cúal iba rnoutado en el .d~a y ' empolvados,.qUlz,ás á .~ausa del que habla cuartago que I!l efecto 'le habiau aparejado desde pIsado en el cammo . . Co~la en aqu~lla sazon la granja pUI'a mayor comodidad, ,lln me?drug~ de pan negro! que qm-za pOI' GOU- No bíen se habia apeado don Adeodato, .puso do}enc,13 le dll~ran unos ar1'1eros al pasur. en obra ' punto pOI' punto lo que desde un prin- Movidos 'á lástima los esposos, Se dirigiEi'l.'dn . cipio habiau deterwinado: aboeóse cou ' el alcal- : a1 rapazuelo 'y con voz conmovida le ' ptegunta- ,de y , demas persouas 'principales del lugar ,para ron qué hacia en tal lugar, y qtúén le habia ' la aclara.c iou del suceso que 'tan inquieto le te­' abandonado, á lo ' cual · dieron por respuesta so- ' nia, y todos se apre~Ul'aron ' cdn solIcitud á eje­' lamerlte ' uIl'lis :g l'uesísimas lágrimas seguidas de cu,t'ar lo que p!j.reeia más conveniente: ningun . zollipos, ' que bien manifestaba cuánta ' ei'a l'a indicio, ni la más ligera vislumbre lea dió el hil,o ·amargura de su tierno corazon. 'lnterrogado que pudiese sacarlos del laberinto de dudas á ' nuevamente, apénas pudo dar 'á, erit énder en mal que se habian dado; Y tuvieron por bien creer ' concertadas ra~ones c6mo su padre esa noche que quizá los padrea por desamor al ~ijo le aban-habia sido llevado por ünos negros que le ame· donaron á Dios . y ála ventura, de,sechánaole co­' n 'auLban, y cómo:i él le habian sacado ' del ' bos- mo pesada, carga, y valiéndose de algun lanoo I que y le habían pues~o a1)í,. , . pax.a porierlo ~n efec~o. ,. , . . Contentól"es en ' todo extremo la graCla del Y como suele deelrse que el trato es ~ngeD- ' niño, y con el alma lacerada por la miseria de drador de cariño, don Adeodaio y doña Cune­' éste, dieron traza y órden como le llevara con· gunda le cobraron tal á. Humberto, que vino á. sigo e\ moz~ , ~~ ~spuel~s hasta la gr·anja, y ' ver ser l~ lumbre de sus ojos y el arrimo d~ su ~s­)\ 1 (; 0'0 de averIguar qUIénes eran su& padres y peranza; y ' como acaece que la larga puvacI,on 'd'lnode par~ban,si ya no era que ' liubiesen csi'do del bien apetecido es .parte para extremar la p a bulo :i la ferocidad 'de salteadóres, cosa que 'e satisfaccion cuando se alcanza su go~e, los nue­l lcs. h'nciai'ecÍo creer, pues jam'as habian oiao vos padres de Hum berto se holgaban sobre maóe­: d eci'r ,qu~ los h?biese en aq~ellos ' :parajes: El ra con el ,,Pensamiento de que, ' tras, ~ontin~ós niño SlgU'lÓ obediente á su gUIador, y los otros anhelo~ SIempre defraudados, les hubIese DIOS . su camino, 'disc~rríéndo en su imagil}:ación cómo deparado ' ese hijo por lD:edios el!. traordinarios é habria llegado ·á tan lamentable estado ése Diño, inesperados. Daban' por bien servidos todos los . en'·quien la cort:dad de su fortuna se adelanta- r.fcl.~es p~ralc~nz~r ese tér~iDo, y solo ~eDsaron \ baá la de sus anos. en adelante en gUiar á su hiJO por el caWlDO de la ' CoDÍ'o llégarón"á ' la: casa "de . placer, y el niño rectitud yen el temor do Dios, para que algUIl • , • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • LA TARDE 264 • ~ia fuese útil servi~or. da la l'evública, tanto ~mo bijo 6n quien se hel'manaseu las dotes <;1.e. ~a sabiduría y la virtud, Humberto, qu,e. 6. IQ¡S principios D;\ost¡'a,ba en sus frecuen,tes lág.rimas la pen~ de su ternísima alma, so. n,cQmoda ba á ,~ nu~va vida á que le habin. tra ido :tI,O ya su gesventurada sino Sil dichos~ suer.te, si c~ que puede calificarse de talla, que n.o está vivificada en la infantil edad p,or el c:¡do~·· del hogar, qt;l.e, ;\pura, lQs, afec~08, ~. mper.o, aunque dO,n Adeo­dato y dpüa¡ Cun~un,da J?0 cabú\U de sati~ac-. ~_iov, con cl hl:\lIazgo que por orden3¡¡;l.ion, del c~~­lo habian tenido, en vece&, la m,inon~ba el pe o lil:),­mi- ento de que habia 1l;na madr~ que cstarifl¡ pa­ga, ndo con lágrimas de. &,angre 13. p 6 ~'d~da de uv. pijo, lo cual les hacia¡ r~)Jp.pe.r eJ?, dolorosQs 81,],S­piros, con que solian e.xp~'i¡;nil' la co~pasiQ~ q1,le. 1P1; do,~inaba, y e~cla,ma,b.~:o, ~ i O~ ~e.s\,entura­da madre, pues s;n veutu~?- es la que ve así ro­bados sus, m,ás ~:lros afectos por la cruelísima for~llGa! ¡ Tuviel:as esta prcnda querida de tus e~trañas, y trocáramos el goce que con ella 1;l,e~ IDOS tenido, en punzante torced9.~ ~u~ ~op ~~en~7 ~eas~ ¡ Estas razon~s daban á co~ocer bien 01a1'0 el amor q\le habían cQbrado á. H umbel'to, que igual­mcnte acr.ecentaba el que. se habia despertaQ,o como por instint-o en su cora~on, Oreció algo ruas ~ste, y conforme iha dese.nvolvi611 4ose su cuerp{\, se desenvolvia tnmhicn su intelige.ncia, al parecer clara, lo cual hacia que se afirmase.n más en la ide~ d~ que hab.ia, nacido de padres en quienes andal'ian al par. el tale~to y la edu­cacion. Asimismo iba mostrando una gallarda disposicion, qua se aunaba amigablemente con las buenas dotes d.e su entendimiento, :ft:abia. llegqQo puts l~ sazon oportuna pal'a facilitarle el paso pOI la senda de la sabiduría, ~n la cual tenia andado ya algun tanto, porque sus nuevos padres no habian qescuidado el en­señarle á eODQcel' á piQs, y. la,s oraciones q~e nos brindp. b Sant.a Madre 19lesia ~al'a cons\lelo ~u -puestra escab~os& vidq, ISabielldQ ellQs por pro­p~ a experiencia, á. ley de católicos cristianos, que allí no tienen cabida los nobilísimos afectos y las acciones gener0sns, donde el temor de Dios y la ol'f\;cion no hacen su oficio. Habiendo qeliberado madUl'amente sobre cuál habria de ser el género de educacion que se hubiese de dar á H\lmbertQ, determinaron PQ­nerlQ bajo la direccion de un ayo sabio y dis­cl'eto, ql.~e diera PQr cimiento á su aprendizaje las máximtls d~ l.~na sana moral, sin el cual ci­miento toda la fábr,ica del saber en un punto da en tierra al mas leve soplo del mal; observacion que habian hecho cn muchos que, colmados de oonocimientos, como no se sustentasen 6stos en 108 principios de la mOt;al cristiana, se han tor­naqo en instrumentos que acarr.ean la degrada~ cion del individuo, y que refluyen en perjuicio de la sociedad que lo mantiene en su seJlo, ~scogielon por ayo de H umberto á don Pedro Románez, d6min~ de una de las ciudades veci­nas, y :í quien trajeron mediante una paga que de antemano se concertó, Era este un hom­bre CllYo ijspecto le señalaba. la edad de unos cuarenta. años, de alta estatura, de buena dispo­sioion ; tenia larga y negra barba, los ojos aSom­brq. dos por pobladas cejas, y s~ ves~ido p.umilde ' . . - " , como 511 condiciono 1\ tal caballero se confió la. d!;)lir.a,d.a tarea de educar á Hu,mberto, quien., como lo rayase ya la luz. de, la raZOD~ se l'indió d ~ bueQ grado á la vQJunta,d dfl S.US, padres •. l\h :~mo MÉNDEZ DE MENDOZA. ~ ~ .. (Se contínuar~,), _. --'"'.~~ ... ~ EL ADIOS- . - (De Goete,) Oh! i Déja q.u.e mi lIa.nto, amada mía,. ~e diga lo. que siento al darte adíos ! t Porque mi labio nunca expresari~ El pesar de mi triste corazon ! i Yo no puedo sufrir. de este momento, Aunque h(;)'~bre soy, el sit;l igual dolor ~ - i 1\11! i L.as Y9.~efl. de qulce sentim~ent~ Tristes a.hota p,ara mi alma son ~ i Esos besos de amor que tú me has Jado., De los de ~yer no tienen el calor! i Ni a~ estl'ec4a:rla.: b9Y he gozado, PQrque ¡tI dec,irrpe adios ¡at;lguideció. l· Cua:o,do. un favor m~ dapas placentera, • Ouán dulce era á mi alm.a l, a emocion ! i Dulce, como e! plac~r, que e.n p!,imaver~" 1\.1 ye4 la. flor, sintiéramos loa qos ~ I De hOJ más D(l formáré ¡le. tiel'·nas ~9re, Diadémas para tí !." i Todo acabé !. '.' í La. primavera huyó con mis amores, y el invierno sucede!..,.i Adios, adios!.,. 187Q. • 'TElIÍST-OCLE-S T.E.JA.D A,. - . Es el dia 4 4e julio d~ 1874. No han dEj.q~ las diez de la IItaijana y el .calo!, es ya sofocaxtte, al cqal se liñade una nqbe !le polvo, en el c!1JIli­no que va. de la ci'u,da!i de g. fll PlleplQ de R. Quien pQr !lUí pas!} ppr primf!ra vez, se encuen, tra desagradablem!;lnt.e sq:rPl'fludido ;\1 sentir en aquella latitud tfl.nta palol' como en las llanuras de la Manchfl. ó 40 Oastilla la Nueva: la topo­grafía do l~ comarca, una especie de desierto de rp.uphas leguas, sin agua ni vejetacion q 't~ eató cerca, explioa aque!la elevada t~mp~ratJ.P'l}. Por la carretera apénas ~ay ntás' tra'n~éuxttes que militares que vq.n y yi~nQI1, y !llqltitud da carros con pr~v~slqHeB, espoltaq,os FQf f)lerza. armada. E.ntrp el polvQ hay p:luchaa rama.s desg1'!-jadas de los árbQles que est4n orilla del camipo, La pdm~ra idea que oCllrre al vcr19s jl~spojados de gran parto de su follaje, es acusar á. la desenfre­nada so14adesoa. que así l~ d!3stroza ; pero cuan- , Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 265 LA TARDE do se van encontrando soldados con equipo de invierno, morral, armas Y municiones, cuando se los ve marchar en medio de aquella nube de polvo candente, Y con una cosa negra sin ala cubierta la cabeza, se comprende que instantá­neamente la rodeen de verde follaje, que lleven en la mano una l'ama para apartar un poco el polvo Y poder respirar j las que son grandes ó pequeñas, 6 sobran, quedan en el camino; de muchos TIlales se acusa á los soldados en vez de acusar á la guerra. Por entre los carros y sorteándolos, corre una diligencia, no es muy propio decir que COTre, púrque se pára muy á menudo. En aquella di­receion hay una via férrea, que la ruptura de un puente y la guerra combinados dejan sin circu­lacion: se han improvisado medios de suplirla saliendo de vehículos arrinconados, de cuyo nú­mero es la diligencia mencionada. Con la sequía y el calor crugen sus maderas mal ajustadas; una rueda se caldea en términos, que hay que rej1'esca1'la á cada paso. Este 1'ejresco consta de las partes siguientes: desenganchar el tiro, apearse los viajeros, suspender el coche, sacar la rueda y echar agua a] cubo y al eje hasta que se cnfrien, y el correspondiente coro de blasfe­mias y obcenidades que acompañan á estas ope­raciones. Durante ellas, los viajeros se agrupan á la sombra más próxima; maldicen de todo, ménos de los verdaderos causantes de aquella vejacion j comentan la última sangrienta bata­lla, que por haberse dado hace muy pocos dias no se ha olvidado aún; hay sobre ella tantns opiniones como personas, que se ofrecen cortes­mente 10 m!lrienda, Y se dicen quiénes son, de dónde vienen, á dónde van y á qué. Uno solo de los viajeros ve y oye en silencio todo lo que pa­sa. Acabado el refresco de la rueda, monta con los otros, á la media .legua los saluda y se apea; bajan de la vaca varios bultos y cajas de su per­tenencia, y alguna de esas personas á quienes produce un verdadero malestar el incógnito de aquellos con quienes viaja, se pregunta: " ¿ Es usted comisionista de comercio ~ -No señor, responde el interpelado, acompa­ñando estas palabras con una triste sonrisa, y agrupando sus efectos, Está. en una especie de plaza, de grande exten­sion, de forma irregular; por dos lados, cssas de mala apariencia y una iglesia; por otro la carretera; en frente un gran edificio de piedra, sobre cuya puerta se lee: HOSPITAL MILITAR; en medio, y como sembrados al acaso, árboles, de poco ramaje, á cuya escasa sombra se gua­recen algunos Boldados, arrimando los fusiles al tronco. Se ven parados gran número de carros va- • ClOS, y otros que van llegando; hay muchas voces, mucha confusion y jefes y oficiales de Sanidad militar con bota¡;¡ de montar y los caballos em­bridados. El viajero sabe que hay allí heridbs, comprende que van á sacarlos; su rostro se al­tera; pasan pOI' su frente sentimientos de pie­dad y nubes de indignacion, y parece expresar Illternativumente,la súplica y la amenaza. Ade· lántase resueltamente como para hablar aljefe; á los pocos pasos se detiene, mueve tristemente la cabeza, hace un gesto que significa ¡ qué ne­cedad vO'!J tí hacer yo! vuelve atras, y se sienta en una piedra, á su parecer ménos dura que el , corazon de los que van :.í eva cual' un hospital tí tal hora Y, en tal forrua , Con los codos npoyadoo en las rodlll~~s, la cabeza en las manos, y miran­do al sucIo SlO ver lo que hay en él habla así . . ' consigo mIsmo. -j Habiendo via férrea llevar )08 beridos en carro! Se dirá que no está. corriente. ¿ Cómo )0 estuvo hace dos dias para llevar á los generales? Lo que se hizo por los jefes sanos, ¿ no podrá hacerse por los soldados heridos? Dar el largo rodeo que se da por la carretera, estivados en carros de infernal movimiento Y con esta tempe­ratura tropical! ¿ Tampoco podian sacarse más temprano ó más tarde? Es preciso que salgan de aquí {~ las once, para que aprovechen las horas en que el sol calienta más. i Cuánto van á sufrir al atra\' esa¡' este desierto, sin una gota de agua que llevar á sus abl'asados labios, Y cuán­to les perjudicará este horrible viaje! nim80 que no 8e evacúan los graves; á los siete dias, no lo parecen todos 108 CJue lo son: cuántos morirán (¡ quedarán inútiles de 108 que van á salir Y qué buenos aliados son de la gangrena Y de todo género de desgraciadas complicaciones, el calor el malo Y prolonga"do movimiento, la dureza; fal~a de amplitud del vehíuulo, y tanto subir y bUJar. ¿ No saben que los heridos deben mo­verse 10 ménos posible ~ Esto es elemental. El • • • VIaJero pIensa e1;tas cosas Y otras: luego, como si quisiera apartar de sí las ideas que le morti­fican con ]a v ista de los objetos exteriores, levan­ta la cabeza, mira acá y allá, fijándose en una mujer pobre, pero decentemente vestida, sen­tada á la puerta del Hospital, y llevando con frecuencia á los ojos las puntas del pañuelo que cubre sus cabellos blancos, Como está muy tris­te, se siente atraido por aq uella mujer que llora se acerca á ella Y le dice: ' -Buena anciana, ¿ qué tiene usted? -¿ Qué quiel'c usted que tenga señor? - res-ponde, como admirada de que todos no le a.di- • vlDen su pena. El viajero la comprende., y prosigue: -Está aquí? -i Ojalá.! j Desear una pobre madre ver heri· do al hijo de sus entrañas! Yo lo deseo. -Tal vez c~té bueno. No habrá podido csori­cribir. -1 Bueno! No señor, Todos los soldados de su batería le han visto caer, y en aquella confu­sion nadie sabe si quedó muerto herido y prisio­nero como tantos otros, ó ha. venido á este hos­pital. -¿ y no le permiten á usted entrar 'á vez si está? -No me lo han permtido. El viajero entra en el Hospital; le sale al en· cuentro el portero; es un paisano, á quien ade· mas de un ojo le faltan todas l&s señales exte­riores que impresionan favorablemente. So enta­bla el siguiente diálogo. -¿ A donde va usted, caballero? -A ver el Director del Hospital. -No se le puede ver. -Es indispensable que le vea, púelelllted recado. -No puedo. -Es preciso. -¿ De parte de quién? • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 266 -De una persona que viene á regalar al hos- enfermas de los que iban á cuestas ó en brazos. pital algunas de las muchas cosas lue le faltan. Al llegar á. los carros, i qué de dificultades y de El portero se v~, .y no tarda. en volvtll' . con la I dolores para subir á los que no podia.n hacerlo órden de que el viajero entre a ver al Director, pOl' sí mIsmos! Cunndo se halbban e5tlvados sa­que se excusa con él de recibirle en la escalera bre la tabla dura, el bagajero preguntaba si es­por donde sube y baja apresuradamente, Es una taba caT[Jado, y con la re"puesta afirrnat.i\'u, persona muy amable, y parece excelente: se arreaba las mulas y se dirigía á. la carretera. queja de lvs apuros que pasa, de 10 mal servido A todo esto, sin oÍl'se un ¡ay! una protesta, (I.. . ue está, de las muchas cosas que le faltan, in· ni una qneja de tantas como podrian darse. terrumpiendo la relacion con órdenes que da á ¿ Seria que loslperjudicados no tenian idea de que . unos y á. otros, y aplazaudo una conferencia más la traslacion pudiera hacerse con ménos perjui­larga para cuaudo hayan marchado los hel'idos cio para ellos, ó 'lue el soldarlo herido 813 intimi­que van á salir. da en presencia del médicojife con sus estrellas En cuanto á. la pobre mujer que lloraba á la ó sus entorchados, y no se atreve á quejarse por puerta, se comprende quo no puede subir en no parecer insubordinado? aquel momento, porque aun en el caso poco pro- Fueron pasando, pasando: era tan pcnoso el bable de que Re lo permitan, se expone á que verlos, que al viajero le pareció que debian ser, miéntras busca á su hijo en una sala, 61 salga sin no doscientos, sino dos mil. Al principio sus ojos que ella le vea. La infeliz se resigna á esperar, pasaban alternativamente de ellos á la afligida pero el viajero prevee lo que va á suceder si se mujer, que esperaba como una fortuna ver á su queda allí. Van á. pasar 200 heridos: cada uno hijo entre aquellos desgraciados: dospues no que vea aparecer de léjos imaginará que es su miraba mas que á ella: su rostro, su ademan, hijo, y recibirá doscientas impresiones al coo- sus estremecien~oB continuos, eran corno el refie­templar su mísero estado, y doscientos terribles jo y el reslÍmen de todos aquellos dolores. desengaños al saber que no e~tá allí, y creyéndo- En brazos de dos camaradas apareció un arti· Je muerto. COD'lpadecido, se acerca á. ella y le lIero con las dos piernas herid~s. Se oyó un dice: i Bjjo I imposible de repetir, y SI! vió á la ma- -Buena anciana, vengase usted conmigo á dre abrazarle, y despues caer de rod illas. Pala­esta casita inmediata, aquí el calor es sofocante, bras no tenia; con lágrimas le hablaba besando y va usted á sufrir mucho inutilmente. Dígame su rostro, sus manos, y hasta aquellos paños usted el nombre de su hijo; aquí á la puerta empañados en su sangre. El soldado, profunda­le llamaré, á medida que vayan pasando los he- mente conmovido, decia llorando: "Madre, no ridos, y cuando respo a correré á buscarla á llore, el físico ha dicho que la bala no ha tocado usted. al hueso, y que pronto estaré bueno." -Ay! no señor, no. Podria no oir que lo lla- Rabia llegado el límite de las fuerzas de la maban; los artilleros suelen ljuedarse algo sor- pobre anciana, que tuvo una congilja y perdió el dos; él me escribia que estaba. tardo de oido; sentido. Auxiliáronla piado~amente; el vi"jero figúrese usted si estuviera aquí y yo no le viese. sacó de su equipaje alguna cosa con que con fOl'- ¿ A donde iria á. buscarle? tal'la y volverla á. la vida, miéntras su hijo, sin -Temo que le falte á usted fuerza. saber si estaba muerta, era llevado al carro, y -Dios me la dará.. Él me la dió, porque yo pedia al bagajero que no arrease hasta ver si su no tenia tanta como la que he neoesitado. El me madre reoobraba el sentido y podia siquiera de­ampara. Elle premie á usted, buen caballero, cirle adios. que tiene compasion de mí. Desde que salí de Un bagajero no es un hombre que se conmuo­casa, hace cuatro dias, no he visto más que per- ve facilmente. Tratado con dure'z-ar "ajado cl1si sanas extrañas i y luego, en estos pueblos en ~iempre aún mas de lo que exije la lleoesidnd ; que hay guerra, no sé cómo se vuelve la gente: perjudicado en sus intel'esos, arruinado tal vez, en el mio, cuando una mujer llora en la oa11l:\, expuesto on ocasiones á peligros que no debiera se forma corro y le pregunta por qué: aquí pa- correr, el bagajero es una desdichada víctima de san de largo: sin duda han visto llorar muchas la guerra, y no es raro que en ella se endurezca, y se han acostumbrado, pero es cosa terrible. que de sus iras participe, y que odie á los que Si viera usted, señor, qué consuelo tan grande forzosamento sirve. No obstante, el que llevaba me dió nada más que con deoirme: "¿ Qué tie- al artillero herido, se comp~deoió de él. Tal vez De usted, buena anciana? " se acordó de un hijo que tenia In misma edad, El diálogo se interrumpió con la vista del pri- ausente tambien de la oasa paterna i tal vez pen­mer herido: el doloroso desfile habia empezado. só en su pobre mujer, aflijida por tenerle léjos ; En lúgubre silencio empezaron á pasar jóvenes, ello es que dijo con voz que no parecia la suya: alegres y apuestos hácia una somana, hoy des- "No te aflijas, hombre, daré tiempo á que tu figurados, débiles y afligidos. Iban con la cara madre vuelva en sí ; " y enredando de propósito ó la cabeza cubierta de paños ensangrentados, los tirantes de las mulas, hizo como que los es­otros con el brazo pendiente de un pañuelo, ó taba arreglando cuando le dieron órden de an~ cojeando, arrimados á. un compañero ó á un palo, dar, y se quedó el último. 6 acuestas, 6 en brazos. Ni una oamilla, ní una Entre tanto la pobre anciana había reoobrado sola. se emplea para trasladar á. aquellos infeli· el sentido y volvia tí donde estaba su hijo, con ces: y no podía verse sin indignacion y sin mie- el firme propósito de seguirle. En vano le dije­do de que se hicieran mucho daño, como los ron que apénas podía tenerse en pié, que la jor­que teDían una pierna herida, oon gran trabajo nada era penosa, el oamino sin un árbol, el oalor y esfuerzo bajaban la escalera saltando sobre la sofocante. Despues de tanta dolorosa zozobra, nna, á. riesgo de caer, y oómo colgaban las dos de oreer á su hijo muerto, ouando le encuentra Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. • 20, • LA TARDE L __ vivo, habia de verle un momento nada TI¡as, y ' d jndo ir sin aber s,i le. ha.cia da.ñ.o el camino, tli si las heridas se agravaban? i Xmposible !. por mucho que sll,friera con ir, ba.bia. de sufrir más quedándose. El viajel·o. comp'l'endió que,serian ~l1útiles cllaut¡¡S l'cfl e)\ione SB le hiciesen" y des­apareció de une IJa pobJ:e mujer le busca.ba en, \'ano con la vi ta., y p.1:eguntaba por él.. afligida de marcharso sin darle las rrrlicias, sin saber su. 110m bl'e ni d eei de cómo se llamaba. Habia echado ya andar con el e al:l'O, que 1'le­vaba al querido de su cora7,pn, estaba ya on la carretera, y volvía la yistf,l. con fl'ecuencia, por ver siquiera deci r ndios pOr seüas ü. u descollor cido bienhechol', cuaudo lo vió salir de entre las casas corriendo, y á. s~~ lado un hombre con, I,1na borriqui1la; era la cabalgadura que :í I:lubido precio habia podido conseguir pa.ra la d~bíl mujer. Cuando ésta lo comprendió. es.tuvp ~í. puno to de clesD,layarse otra vez de entel'Uecimiento y gratitud. Al despodirs~ dcl ~iajero. ro.r má.s <];ue (lste lo resistía, quí o bes~rl.;l la mano. q,ue que­dó cubierta de lágrimas. Mirándola.s se hume· decieron los ojos del desconocido, su amargut:fl. lile dulcificó, su. alma, crispada por tan div~J."Bas y. dolorosa.s seu,saciones, sintió una e.spElci.e de b~cn estar, En qué consistiria? E.rl\ que, consolando., habia hallado eonsttelo. Entúnces vi nublado tu ~olllhlnnte, Ent6nces 1l}~ . mi rás.te d.esolnua.; • J turna lo olvid::tné : an· aquel insttwte, ¡Qué dc Gosa,! me d'ijo tu mirada I Eutó\lúcS vi que (1 tu pupiia hermosa. A.soulaba una hígrima J,l.echíecra Qll{l un punto EO detuvo temhlorosa ... .. Ay ! fué de amor tu lágrima p:-imera ? E a gota a á cOlllunicnr á lb, reina las' noticia obtenidas,; pero aguardaba el re­" sulta~lo d'e la entre\'i ta 1pa'I'a ' terll111l:ll' sU curia. -Papá, dIjo Blanc¿L entl'Ul\do repentinamente, un 'un bombl'e te trae una carta, 'pero 'no qui'el'e' entre­¡. gal'la ino á. tí ; dice que' es ' urgente, El conde salió y ' reeibíc, 'do 'un labriego urla cal'ta 'con sob ito para él. Abri'Ó Y leyó lo ~iguiente: "El, séñor ?on'Lui de Robl«!s, solicita del señol' 'co-nde de Lare(l'o 'una entrevIsta que tiene pOl' objeto 'hablar de asuntos que intcre un :í ámbos, y espera le será concedida y que !>e' le' ludicará la hora y el sitio: ' El conde ~tr'Ó' á su despacho y escribió de ' 'estas lineas: , _ ." El conde de Loredo saluda atentamente al señor don Luis de nobles y tiene el honor de mani tarle 'que le espera maiíalla. en el.parque del Castillo á las , ochu de la ruafia~H~." Salió y la: eútre~ó al e·illisai'Í'o. A'pénas-se .habia alejado éste, cllal1c\:O le 'a'l:'!\mcial'on ¡·á-Sebastian. Un m'On'lent\:) ide .. pú·Cs's·c hallaba en con­' versaeion cen él. ;nON ,LUIS DE ROBLES. • 'Hay naturalezas quc parecen destinada, 'pal'a ei ' mal y que como que son el complemento de nue tra , sociedad: con idemuo el hombre en sí misrm>, aislado de los demas sércs humanos Ique le ro'dea'l-I, e 'ye quc , es un compuesto de buen'o y malo i en la. sociedad, ' considerada" ~ot'no U)1 o inrlivi'd'o'o, hay también una parte 1l1:1.lu' ·cuyo terrible papel liay cierto~ hl'>inbres 'que se ~binplacen en hacer, á. los cuales parece que un 'destino superior i'In}Jele hácia ello, sin 'qoe puedan 'detenerse un momento rsin que puedan siquiera pl'e­' sentAr como barrera para el nuevo crímen"los remol'· dimientos del ya cometido. Pero, á donde voy á. parar 'con tales digl'esiotres '1 i es seguro que si continúo por . semejante 'CU'mino T1te expongo á decir quién sabe cuántas'blasfemias y 'disparates 'que no ban eótrado en el' l)la'U' de n'li' CUen to y que, por el contrariu, ' me estorbal'Ían en él. Todo eso cou que principia: este ca­pítulo es mentira; cs un monton de palabras que na­da dicen: el hombre es rnalo cuando se le antoja y pO\1que ,tiene libertad pJlJ'a ' ello, es decil', libertad acompaña<.la de la reil'ponsabi.Jidad natul'al por us sc­cion ; pero es ciertol(lue hay homeres en ¡quienes ' el instinto dcl mal es tan fuerte, tan poderoso que los 8\'l'astm como en vertiginoso <.les censo á las regiones ' aterradoras del crímen, 'fal es nuestro hom'bre,' El lectol' conoce ya algunos de sus hechos .que ba tan para darle á conocer su caráctel', asi como hay algu­nos contornos, algunlls facciones que deterUl~nan uua fisonomía. Hombre audaz, suplia el valor con esa san- 'grc fria1uc'no resisto cu&udo hny tiempo de conside- !'al' el .pelig ro ; ning ull lIotllc 8éntimi ento ll:Icia palpi­tar "b cora'~on ; 110 lIlLbia enifJre a r¡uc 110 ucometiera por cl'imin:íl que fue -e, i ue e lla esperaba a al' nl¡;un proveclio. 'En fin , querido Iccto,', I)(JI'(]onadme por pr~e ll tál'o ¡;em~Jante 'IH~r;<ó I1 n'je'y conocedlu pUl' m¡ propios becllo . 'Va á caballo sobre t1n ' mngnífico :l1Ii ­mal ne r:l'za ¡ptJ¡'ll. En su ,emLlante se lec tina cíel tll, ati faccioh 'Ibézclada tie ircmía; con Un 'Tloco de ino­cencia. scria el sel1lLlútite' del niiío'quc acaba de robat' ti n a '1 úrt 1i'¡(1l. 11 O , Se al ej a d I ca, ti llo en áll'ecJiun ;1 su Casa. 'Ira sol­tadD la 'ri enda obre el cuello del caballo y ,lo deja andal':'t "U 'l1l1tojO; le ha dicho C0ll10 se dice á ·la fucl-- 7.:\ públk"l1 en ' tl'lC los gubif;l'Ilos van :\'tWballo: '" al'UlII'S ;í llis(ll'~eitlll." .\hr, cmltestó un mozo que récibió 'el' caballo para llevarlo ti la cuadra. JIa venido un sefiOI' que por cierto no tiene muy finos modal ; e tá esperan­do en' la sala. de las armas y dijo que le avisaran cuan­do estuvierais de rcgreso. -Bien, dijo don · Luis, ya no se perdió esta. ocasion, y pasó á la sala que~se Je habia' il!ldicad0 . En la sala á que entró Y'flae el'a en realidad uno. sala de"árma en la que' las habia de todas cla es, y n'uestro querido lector 'h> comprenderá fácihuente si ' le decirnos que ~ su d1'leño el'a e padn:cbin y dtleli ta de' prafesiO'll,' como bNen ca.ballero de in'dustl'Ía, esta­ba sentado ' en una ancba sma 'do I msclel'a comuIl, 'hecha. ¡j,' prOpósito para descans&l" de pues' del ejerci­cio' de: las al'mas,' ún hómbte • como de unos cuarenta . y cinco'á; citI'cuenta 'sños;'ddlllet'liana: 'e tatura, gl'UesQ, tamido, r&biusto,: :lIIloho 'de espaldas, a'bultlado de hom­bros ;' teñla' ~:na> . C81'''; redonda' q'Ue pareeia mas grande á' cónse!:a~dla I de ';~IlSlp&tmas negras y pobladns 'que h~adót'Dabá'Il' d~.'tkl'();t¡j!ñ't1 aspecto inde1iinido entro ja bondad'natural\y"lal t;>l!íMini; este' hombre hubieJ'l\ e1lgaüado al' lllas'pro'ftrritlo : fisonmnista. 'No era feo, ,poro tampo~o se hubicl'a..podido decir ,que ella UuCln Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. ,• • 2GD LA TARDE -- mozo. En todo . u continente revelaba Sl'r un marino, lino de eSlJ hOlllure ' que viven entre el cielo y la mar, sin má ley que la fuerza del viento, sin m:ís ,"olunt
Fuente: Biblioteca Virtual Banco de la República Formatos de contenido: Prensa

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 40

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 11

Por: | Fecha: 20/11/1874

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. --____- -""I:t::-¡;~ ':'~ ~ ~.-.....:... s---------- - , F E R-I O D.J~ n D E DIe A D o A LA LITERATURA Serie 1. Bogotá, 20 de Noviembre de 1874. Número 1]. • Al\. DEx -1\ Nueve periódico. De las prensas de los señores Echevcrría Hermanos acaba de sa lir "El Oorreo de Co­lombia," periódico político. Que su vida sea larga y provechosa para el país, es nuestro vo­to sincero. La redaccion principal corre, segun se dice, á cargo de nuestro amigo el se.uol' doc­ ·tor Lino Ruiz. Saludo. Ha negaclo á esta capital lluestyO compatrio~ ta el distinguido literato, señor José Ignacio 'Trujillo, despues de muchos años de residen­- cia en Costa Rica, Los Redactores de " La Tar­de saludan cordialmente al señor Tl'ujillo, y ponen á su disposicion las columnas de su pe­il'iódicQ.. • :REVISTA DE LA CIUDAD, Vivo ahora en una pi eza que se baila en al t ercer !piso del Hotel Danies, en la plaza de Bolívar. Como ave encerrada en una jaula, golpeo los alambres para ver si encuentro espacio en donde nade mi alm.a an­helosa y por fortuna un ba lcon da á la plaza desde -donde, sentado á mi escritorio veo una grande extcn­cion de edificios, h elegante catedral que tengo al frente, los tl'Ístes cerros que guarecen la ciudad y un -cielo, un cielo .... ah '! nuestro c:elo azul, diáfano, profund-o limpio é insondable. Cuántas veces he que­rido romper esta leve baI'rera que me ¡;epara para vo­lar por los mundos de mis afectos, por a'llá en donde se hallan los mio, y luego vagar por el infinito; pero -es inútil, en tanto qucel espíritu esté sujeto por la ma­teria estará unido á esta vida de miserias, de decepcio­nes de desalientv profundo. Pero vamos, Fisgon, no es tí. echar al ai,re tus debilidades á lo que te bas sentado ~quí, es;Í. escribir la revista de la ciudad. Son las 'diez de la mañana y te halla al {['ente de la plaza de ]a Constitucion. Oiertamente pido pel'don por la di­gres ion y prometo no volverlo á. hac~r. Pram, pram, prampram. Un batallon de, emboca por el lado de San Agu!ltin y una banda de música se ha encargado de anlinciar su marcha desde muy léjos. Va de viaje pues el arma á discrecion, su tmje y el de los jefes lo anunci :m. Irá seguramente háeia Cúcuta á guardar la frontera con motivo de la guerra que ba. vuelto :i incendiar la República de Venezuela. Bendita sea la Providencia! Nuestro pais est.á en paz, no tememos la guerra, y aunque detras de este batallon brillan en mucbos ojos lágrimas que nf) se han podido contener; si millares de afectos como sombras impalpables siguen á los villj('rOi; si ellos mismOl no puedon ménos que lanzar - l.ma mirada retrospectiva, eso consiste en que hay I madre, parn quienes nunca se extinguilá el amor, en que hay lazos íntimos que no pueele de1>tl'uir la au- • son cm. Allí, a1 pié de la estatua se ngrupa una cabalgata. Es el jefe de las fuerzas naci~nnles que con la oücia­litlnd sale á acompanñar basta las afueras á sus com­paííe'l'os do :1rmas. Diez ómnihns y algunos 'carruajes m:ís esperan (\ que lleguen los convidados á un almuerzo en Chapi­nero. Las dama y"n llegando, los convidados se :1gru­pan en derredor. POto fin partie.'oH á pasar un dia de pIncel' en el campo. La orquesta ue la gran Catedral se expacl1\ y llena de soniu0s rtrmoniosos los mreR, y cm, i percibo cl 0101' elel incienso que se quema al pié del altar. El atrio e~üí colmado y las granues puertas del templo dan entrada á lus qUE' por devocion ó por cur'Íosidad llegan alli. Ouántns seiíol'a,~, cuántos n iños y niíía~ pululan des­llllTl, hrando con sn~ vistosos trajes! A dónde van? ~c dirigen al Capitolio, en donde continua hoy la fie:,;­ta más gl'nnde q'Ie la civilizacion puelle presentar. II.\y cert;Ímclles de lns escuelas públicns, Van otros al snlon de grados tÍ :11 colegio del señor l\Iontenegro. . L~s horas "an pn~n.ndo y el movimiento incesllnte de gentes se '\umenta cada yez más y m;l'. l\Iultitud ele senoras elegnntemente vestida, caballeros en tra­je de etiquetay UOln gran multitud decul'io¡:os ocupan la Catedr'al y el grnno¡:le y espacioso atrio. Algo e PP.­rnn todos porque se mueven, se agi tan, se ngrupan,van, , ienen y revuel,en hasta. que apan:ce una silla de manos., qne al pasar por enfrente ele la iglesia ela, ¡:alida ;í una j óven ve--tidn. de blanco. Quién es '? Qné es ].0 que hay. ,\Ta n. celebral'se un matrimonio en la Cate­d ral, hor domingo y <Í. las d oce clei dia . P or fin con­cluye la ceremonia; el inmensn concurso se derl'am~ por la piaza y calles. y la comitiv:l. se dil'ige á la ca~a en donde habrá un gTan almuerzo. Sesenta cubiertos adornarán la mesn_ Pero quiénes son los novios? Son la señorita Rosalbina Amador y el caba~INo Abraham Aparicio, qui enes se han unid l) con tan fallsto boato. El día sigue <:on la animacion hasta que al fin ll eg& la noche. Paso á oün cosa_ La Asamblea del Es tado, entre otras leyes de Fcrrocaril y leñocarríl y qué so yo qué más, c.-pidió nna qne probibe todo jnego de suerte y azar. A consecuencia de esto, pregul1tuua un suj eto que tiene adquirido un comprometimiento ~Ario, s i esa ley comprendia tambien el matrimonio. N"ada hay más aventurado decia, y ahí si que juega UllO h de toda la vida. La policía ha emprenuido una cruzntla terrible con­tra la r aza. canina. r-o ería po ible aborrar á la po­blacion el espectácu lo q ne se vé pOlo toda las ca lles con los infelices animal es, entregauo, :í. las t erribles convu oues que produce la estricnina? En dond.e quiera que baya un g rupo de niííos y gentes de,ocu­padas ahí, e seguro, acaha de caer algun perro que retuerce, e estira, que lucha para ponerse de pié -y que con los ojos azulosos y de lu trados parece pedir algun consuelo á quicnes rien quizá de verle en tan horrorosa sit.uacion. Francamente, esto no es humano. Dcspues de la última revi ta de teatro,la c0mp;¡iíl:l. ha puesto en escena. los tres dramas llamados 'El tan- Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 82 LA TARDE to por ciento" "La Campana de Almudaina", y In Flol' de un dia " Antes de entrar á hablar de e tas pie­zas diré Jo que generalmente se crce, y es que BClgotá DO resiste tres repre entaciones semanales, De ahí el que las de los sábados hayan , ido e casas de concurren­cia. Otra advertencia, Toches ha habido en que dos personas hayan ido :i ocupar un mismo puesto llevando :\mbas boleta; y por último, puesto que á las galerias altas sube a hora el totilimundi, y que ya se ha permi­tido allá una cantina, seria conveniente no se pcrdie­l'a de vi ta por la policía aquel barrio latino. úte e que de allá parten Jos gritos, la carcajadas grotescas, los llantos de los mucbnchos y las observaciones de los ajumados. Hombre! y ya se me olvidaba otm co­sa: es muy desagradable el ver en la escena, cuando , se cree el e pectador trasportado á la sala ?'égia, y ca­si llora al ver á dos amantes que enteramente sólos se juran ser tan fieles corno Lola en la "Flor de un dia" alcanzar á ver la cabeza de un niño Agnpito ú otro ue e os que acaban de soltar el cordel pam ir :í ayu­dar á los tramoyistas. En toda casa los te::;tigos sun perjudiciales pero en la escena más. Entrando á juzgar del mérito de las piezas repre­sentadas, i qué juicio más oportuno y esncto podré dar á mis lecteres que el que acerca del drama "El Tanto por ciento" escribió nuestro inolvidable amigo, el señor José María Vergara y Vergara? Con placer con satisfaceion, con orgullo abro campo en mi pobre revista al juicio que la galana pluma de mi amigo es­cribió hace ya algunos años. - Tanto por oiento. Este drama que tan buena acogida ha recibido en Bogotá, en cuyo te:¡,tro se ha repetido 3U representa­cion, merece que" El :Mosaico " le destine una de sus páginas; merece mucho más: que todos los periódicos lo recomienden, y que todos Jos miembros de la dis­locada sociedad del siglo 19 nos lo aprendiéramos de memoria, En primer lugar, nos felicitamos de que este admirable drama, de los mejores dramas del si­glo, sea original español. El señor LÓPEz AYALA, su autor, de poca nombradía ayer, de nombradía univer­sal hoy, ha abierto una carrera nueva á la Iiteraturn española, aclimantando en ella la. gran e cuela france­sa, mejorada en sus tendencias; y que, bajo la dulce, y armoniosa versificacion castellana, tendrá un en­canto más. i Qué son los más grandes dramas del egregio Víctor Rugo? Sublimes cuadros de literatuI'n, en qu e la moral no queda muy bien parada, porque El Re y se d'ivie?'te, .1IlJaTia Tudo?' y todos los demas de su plu ma desgarran el alma, y pervierten su pudoroso y delicado ins tinto y ponen un abismo entre la espe­ranza y el corazon. ¿ Qué grande enseñanz!t se saca de los "Amantes de Teruel," si en este siglo ya no se usan los casamientos forzando las inclinaciones? La jmaginacion se extasía delante del os magníficos cua­dros desarrollados por Harzembusch, pero el corazon no retira de la funcion provecho ninguno. Se han e - cr to muchos dramas para el beneficio de célebres actr;­ceis: pocos, muy pocos, en beneficio del público que es un autor más digno de consideraciones y más desgra­ciado que las mimadas actrices, Entre estos pocos luce como la luna entre las estrellas el "Tanto por cien­to" cuyas tendencias son á sanar la llaga que devora las sociedades actuales, Severo como un predicador, atento sólo á su objeto, como Colon atento sólo á des­cubrir el Nuevo Mundo; y sin embargo, con una ac­cion en que lleva á remolque la imaginacion de los oyentes, y con una versificacion que encanta los oido¡;, y lleno de pensamientos elevados reducidos á una corta fmse que se puede aprender de memoria, ó mejuI' dicho, que no puede lllénos que aprenderse de memoria: tal es el Tanto pO?' ciento! Sus grandes caractéres son el especulador, en pri­mer término, odiosa figura demasiado verdadera, por desgracia! que hace negocio solamente. 1, Qué es para. Roberto la noble pasion de la noble condesa por Pa.- blo? i Qué la felicidad de cste, que es su amigo de infancia? i Qué In cOrI'upcion que inspira á la criada de la condesa y al criado de Pablo, y á don Gas , corazon honrado, y á PetI a corazon vulgar y 0- . o? i Qué la ruina de su amigo, !lU dcsesperacion pro­fllnda? i Qué la el shonra de la conoe a, cUYlI. inocen­cia consta en un papel que él guarda cuidado fllllente y que no muestra porque echaria á perder u plan de ganancias? Qué es todo eso? Lo elemento con lo cua les va á ganar un treinta por uno; las cifras mo­ral es que constituyen lo que él llama un negocto ?'Cdondo. Ya á subir de valor la . de Pablo: pa­ra quitarla, destroza dos corazones, porque i Pablo se casa con la conde a, e rico otra vez y l'e\'Índica su propiedad. Qué Ílupol'ta I Corazoncs'? Patarata! El , negoc1o es negocIO En dCJ'l't'dúr de e te caráter protagonista, que no está olnmp.nte bien ideado sino copiado del natuml, se agrupan los C~l'nctéres principales y lo ubaltcl'Dos. El primero, el de Pablo, jóven, caballero. o y enamo· rado; el segundo, el de la condesa 1 abel, buena como saben serlo las ll1ujeles buenas, en quienes la genero­~ idnd es de 01'1', como lo es de oropel en los hombres. 1. abel cleswfllCt {~ Pablo todo ~tn día, porque los nego­ciantes que la rodean le han in pirado no sólo celos, ino a co por Pablo, suponiéndulo un libertino, que ha abrazndo camareras y enamorado cnsadas de vul­gar condicion ; pero apénas sabe que Pablo es desgra­ciado y pobre, 01 vida sus celo, lo olvida todo, y no tizne sino un pensamiento: <>1 de dar á Pablo su ri­queza y su mano. Siguen don Gaspar, viejo de buena conciencia, débil ante las especiosas exigencias de su e posa, y que por debilidad calla cuando una palabra suya pudiera, alYfII' la bonra de la condesa: Petra, su esposa, mujer odiciosa é infame; la camarera de I a­bel, codiciosa tambien; Andres, que pretende dete­ner su ruina y acial' su pasion, casándose con la con­desa que es bell:t y rica; y Sabino, que tambitm bace cueDtns en los dedos, contando lo que puede ganar, ya ca ándose con la camnrcra de I . abel, ya yendo cou Roberto á la parte sobl'e los de pojo de su noble amo. Todos estt; negociantes giran.en derredor del amor de Isabel y de Pablo; y entre las rninas de e os corazones amante y nobles no buscan sino oro, como lo alquimi ta lo bu. caban entre las cenizas del ho­gar dunde habian encendido fuego para hacer su ma- ~ ligno y codiciado metn1. Todos los caractéres son pin-tados con mano maestl'a: el subl!me poéta, en lugar de soltar su imaginacion á creal' tipos, ó desfigurar tipos bistóricos, los ha tomado del natural entre la sociedad que nos rodea. La intriga, que á cada paso excita una cmocion, se desenlaza de una mnnera en que lo natural y lo romántico se disputan el premio. I abel, que acaba de hacer aparecer 5U inocencia anLe los ejos de Pablo y que ha vuelto á ganar su amor con ganal' su estimacion, ha pngado en secreto la deu­da de Pablo; y cuando él, absorto ante las dos felici­dades que se le vienen encima, la de baIlar inocente á su amada, y la de reconquistar su pmpiedao , pre­gunta á qué mano debe esos beneficios, Isabel le dice: á esta, que te entngo hom'ada; y al oir e, e grito qne le sale del fondo de sus entrañas, una lágrima _sale tambien á los ojos del oyente del lugar de doude sal ió aquella inimitable respuesta. La comedia termina en casamiento, como debe ha­cerlo toda comedia honrada. - "La Flor de un dia" del señor Camprodon es un dra­ma que no resiste juicio crítico severo. Ni el plan es correcto, ni bay cohesion en el desarrollo, ni vivo in­teres ni verosimilitud en las escenas, ni el desenlace trae aliCiente alguno. Casi puede decirse que no hay tal desenlace. Pécase por otra parte en los diálogos interminables y los monólogos sin motivo qne los justifique. Pero en cambio; qué lirismo, qué dulzura, qué novedad de imágenes; qué rima tan suave y tan cadenciosa! Puedo decir esto sin riesgo de equivocar­me: " La Flor de un dia" y "Las Espinas de una • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 83 flor", no se habrian representado segunda vez, si no se llevasen la imaginacion del espectador tras ele una :1\'monía casi celestial. Vaga C01110 el perfume enante del bosql¡e, rU11101'0Sa como la brisa en la en­ramada, juguetona como el arroyo campC' ino, blan­da C01110 la ola, trasparente como la Ilube de verano, rosada corno el celaje de la tarde 6 eomo el carmin de la aurora, eso es, y más, aquella poe in encantadora. POlo centenares podda presentar aquí mue. tras de versos admirables; versos que, justo es decido, han adquirido un gran mérito on lQs labios de los actores. La recitacion fué satisfactoria. De las petipiezas haré excepcion de una para cas­tigarla. ":Ner.esito un hombre" no merece el trabajo del reparto de papeles, del aprendizaje, y mucho mé­nos de la representacion. Adcmas ue escasa de ingé­nio es poco decente. Toda ella está reducida :í. un diá­logo en que una mnje¡' suplica á un hombre que (iba á sentar la fmse de que:allí se valen) le sirva de aman­t e no más que por tres dias. Ya e co'np renderá que el hombre no se hizo de rogar. Me dió pena de , el" á la senara de Ortiz haciendo aquel papel de costu rera que busca y suplica (t un hombre. Debo á la fineza de un amigo el siguiente artículo: LA CAMPANA DE LA ALMUDAINA. , E SPECIE DE Jl:ICIO CRlTI CO. La campana de la Almudaina es un drama de don Juan Paloa y Co11, á. quien Dios conserve 11Iuchos aITos para honra y gloria del teatro y Lien de nuestras almas. El infante don Jaime se halla. preso por órden del rey su tio, y el gobernarlor Centellas qlliere hacerle al infante la volada de matarlo. Doña Cons tanza, S il mn­dre,( no de Oentella ni de usted señor lector, sino del infante,) aparece:delante del Gobernador uplicandole que no baga tal desa fu ero. El Gobernador no da cuar­tel, porque es un h.ombre endemoniado, ap e~a r de que dou,\ Constanza lo babia cur Ido de unas heridas q\le le hicieron unos facin e1'Osos. Don Jaime va á morir, porque Centellas va :i tocar" una campana, y oh ! por­tento! una conspimcion estalla de )'epente por una ventana y la hija de Centellas es entÓ1lees la que vaá motir. Isabel se llama 13. hija y no queda duda q {le es de él, porque el retrato de la madre está colgado so­bre una. puerta.. (Aquí el autor dice que el telon de­be correrse rápidamente j. En fin, sigue el t ercer acto y con ésto acaba el drama. Creemos que nuestros lectores se habrán formado una idea completa del drama, con lo que dejamos ex­puesto, réstanos solo dar una idea del verso, para lo cual, copiamos el siguiente "y aunque os pese, porque os prive En mi ese azar, de reboso, No sé reprimir mi gozo Que siento al pensar que vive! " Es de advertir que en el drama figuran primero Ca­sador, segundo Casador y tercer Casador. He dicho. La Compañía ha continuado llamando la atencioD del públ ico por sus esfu erzos en la rep¡'eseutacion. Cada dia se nota el adelanto de los que al lado del se­ñor Ortiz, su señora y el señor Sigan'oa hacen esfuer-zos por agradar al espectador, EL FISGON. EN UN LIBRO. Para adornar las hojas de tu libro Le pides á mi lira una cancion : A ve de paso en cxtranjero suelo No tengo cantos que ofrecerte hoy. Como la planta que atrevida mano De su suelo nativo la arrancó, y á otra tierra, otro clima y otro cielo El capricho del hombre la llevó i y nunca más la primitiva sávia Vol vió á sus tallos á prestar verdor y débil, triste, pálida y marchita Ya nunca más á florecer volvió. Así yo siento léjos de mi patria M6nos vida en mi pobre coraílon, y las flor es del alma ... mis cantares .. : Se agostaron al soplo del dolor I Paris, Julio de 1866. HORTENSIA ANTOMMARCHI DE V ASQUEZ. • CARTA A UN AMIGO. Vaya, Cár los, que has sido cruel, muy cruel conmigo, al escribir la carta que se reg istra en uno de los números de "La Tarde" j esta ho­rrible decepcion me aguardaba. al declinar la carrera de mi vida. Tli me has h erido á man salva, y poniendo por mampuesto á David, me has lanzado á quema­ropa un tiro alevoso, que me ha d esgarrado el alma, porque con él se han marchitado mis ilu­siones, mi más ardiente aspiracion ha volado, y nada, nada queda ya en el horizonte de mi existencia, de esa luz viva y radiante que ilu­mina e l albor de la juvent,ud, cuando el alIlla animada por las mis dulces emociones, por la fogosidad y la alegría, por sensaciones inten· sas, se halla en la plenitud de la vida, se mue­ve, se eleva y se agita, con la fuerza con que la lava inflamada y los gafOes encendidos de un vol"au, sacuden y conmueven las gigantescas moles de granito que los encierran y aprisio­nan. Prevalido del seudónimo y de la distancia qua nos separa creiste que en la ceguedad que me atribuyes, no alcanzaría á divisar la mano qua me ha asestado tan tremendo golpe; ah! no caiste en la cuenta de que el estilo te habria da vender, y que cualquiera al leer tu carta, podia ver en ella la misma pluma, que para houor de la literatura nacional, trazó el magnifico cua­dro, titulado « Misterios del corazon " Confiesa, CárIos, que si no te ha guiado un::t torcida intencion, al ménos has pro cedido con manifiesta imprudencia al llamarme viejo, al pregonar á són de trompeta mi d ecaden te edad, y exhibirme así en plena tanle a chacos o y va­letudinario, indigno por consiguiente, de entrar triunfante al templo d el Himeneo. Inútiles han venido á ser mis r epetidos viajes á las peluquerías de Saunie;', Gilede y Ferdi­nand, estimubles sujetos, á cuya incontestable habilidad, tantos hemos podido pasar como jó· venes rosagantes, ocultando las arrugas y el plateado brillo de nuestro cabello. Ah! si estos tres maestros del divino arte de las tij eras y dol cosm6tico, llegaran::í. hablar, como tú lo has he­cho, qué trastorno socialllegaria á veríficarse; cuántas caretas eaidas al suelo, cuintas esperan­zas perdidas, y cuántos desengaños más; p ero no, ellos no lo harán, ello::3 continuarán guardando el secreto de las debilidades humanas, que allí lleva en trofeo la vanidad del hombre. Tú mismo no sabes todo el mal que me has ca.usado, yel terrible ostrasismo á que me con~ Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 84 LA TARDE uena tu in consulta Egereza; y todo esto Pl'eci­samente cn el momento más ério de mi vida, cuando pensa ba __ -sí, pensaba en abandoll'u ste ostado que ya comienza a lllal'tiz.lrllle e l alma, qu e me alarma, me abruma y desespera; porque en los celajes do la tarde á que he llega­do, veo el oca&o oscuro y pavoroso, á donde ir é á ocultarme, solo, sin un rayo do luz que ilumi­ne 1 veloz descenso de mi vicIa. y no hay r emedio, im posible es detener 01 tiempo! que inexorable é impa sible en su carre­l'a no se detiene un momento, ni pál'a sus alas de r ápido v<>lar. El tiempo qu e se complace en a grupar l a nieve sobre nuestra cabeza, que en­juta nuestras carn es quitándoles su frescura y morbidez, marchita l os colores, r oua 1 brillo á los ojos, entorpece l os sentidos, d e~t ruye la fuer­za vital, y se lleva el fuego, el vi gor, la anima­cion, todo, todo, hasta l a i noeenci ¡¡ de .n u estros primor os años. Mar insondablo donde la felici­dad esquiva y caprichosa, escapándoso ele nues­tras manos, va á s ume rgirse para n o volver á a so mar su faz e n el horiz onte ele nuestrc\ vida. R e loj d e l infinito, cuyo horario va marcando amarguras y decepciones, y que á cada momen­to nos señala un nuevo escollo, una contrarie­dad m ás qu e vencer. No, Cárlos, yo no querría ser inmortal, como lo has ll egado a juzgar; p e ro si me par ece ~lue ayer no más vine al mundo, si tengo tau fresco el re c u e rdo de m is primeros años, si aún no se ha secado el árbol á cuya sombra jugaba con l os co~pañCl'os de mi i nfanc;ia, que no puedo convencerme, se hayan aglomerado tantos años, y que la v ej ez haya v enido á sorprenderm e á n­tes de estrechar esa mag'a que se llama la For­tuna, qne sonrie y se aleja, y cuya rue da no he polido hacer parar jamas. Pero tú 10 has dicho, lo ha s pregonado, y co n tu denuncio has pronunciado u n fa llo, una sen­tencia inapelable, que las muj e r es se encarga­l'{ m de ejecutar, entregándome ::í. la desob cjo n. Si síquiera me acompañara un fuerte capital, con l o cual ningun hombre es mal recibido, ni carece de cualidades inapreciables, y á l os cua­renta es todavía jóven y hasta inteligente, la cosa vari aria d e aspecto; pero ni e l r ec urso de este infalible ta1isman mc ha quedado. Alucinado con la idea d e que mi vej ez era desconocida, iba i empreuder mi vuelo, y tú mal amigo, m e has cortado las ala ; hoy ya las ma­dres e n contrarán en mí un obj eto co n que asus­tar á. los niños; no faltará quien venga á pedir­me consejos como á hombre experimentado, no podré librarme de los cargos onerosos; e n hs bai­les á fu er de mas anciano, me tocará. poner la contradanza con aIgun v estiglo ; pues por l o que hace á las muchachas, ellas sc darán sus trall9.S por evitar mí compañia; son tan hábiles l as mu­j e r es en esto de esqu ivar e l bail:u con una pa­r eja madura, ó r epelente, que cuando se hallan as e diada s por un mal partido se les disloca ua pié ............ ó resultan comprometidas de a nte-mano con algun primo, que á guisa de calan- , chin ha ocurrido á esa lotería llamada baile , d on­de muchos juegan á fi cha vista, pero donde no á todos le es dado gritar ambo ni ganar partida. Penosa situacion por cierto, para quien son negadas l as son risa para quien toda r eunio n donde la juventud exhibe sus gracias y bello­za, se convierte en un suplicio de Tántalo; quien al fin de tanto fiasco, de tan t,) lance ridículo, comienza por fa. tidia r se de todo, por protestar contra el mundo que lo mira con desden, y con ­cl uye por retirar e doi trato social y por dudar hu ta de sí mismo. Un sér sin afectos íntimos, contrariado, descreído, inuolento, gastado y has­ta caprichoso y malgeniado, éste es amigo mi() el solteron . Quie'!.'es conocer el e sta do de su alma? Visita una de esas casas abandonadas y derruidas por el tiempo, allí donde no se enciende 01 fu ego, ni se levanta el humo en forma d e espirales sobre su techumbre, donde no hay una flor, una fuente que corra murll1urando, una mujel' que la anime con su presencia, niños que salten, jue­guon y griten, lli perro qua salga al encu e ntro del amo. Observa en el desierto el árbo l sin loza­nía., cubier to de musgo, sin bojas, sin fl ores y sin frulo, que en busca de la brisa vivificantA ex­tiende a l espacio sus ramas desprovistas de sá­via y de vera.ura, como brazos entecos, r ígidos y descarnados. Tal es s u estado de desolacion, y al cual ha podido lanza rm e tu imprudencia. Pero llO, yo no viviré solo: Hay en el mun­do un 561' que m e ama á p esa r da mi decad ente edad, que me mira con cariño y con ternura~ que me sonríe :i cada rato, cuyo corazon es mio; mujer llena de bondad y de dulzura, cuyo amor no me adandonará nun ca, y que como un ángel de conf'uelo me acompañará en todas las sitU!l.4 ciones de mi vida: Yo tengo mi madre. Tu amigo, - EL SOLTB:B.Olli'. --==><><:;>0-0= -- ELLA DUERME! "No duermas," suplicante me decia. ; " E scúcha me, despierta" ..... . Cuando haciendo cojín dA su regazo Soñándome besarla me dormia_ Más tarde ... Horror ~ en convulsivo abraz() L e oprimí el COl'azon ... Rígida y yerta : En vano la b esé; no sonreia . En vano la llamab a ; no me oia : La llamo en su sepulcro y no despierta! JORGE ISAAcs. --oo:O«o-o~- FLORES DE MUERTO. A 'í pued en llamar'e las que han quedado presentes siempre en mis sombrías l'I::mini cencia~, al hielo de mi nocbes sin sueño, y sin embargo iuextin­"" uibles en el triste desencanto de mi vida. o Es una honda mem oria, cruel y pers eg uidora, que en vano quiel'o desterra r del alma. Sombra que fi ota sus alas de vampiro sobre el tris­te vacío de mi juventud. Extinta primavera de mis soles, recuerdos de una, hermosa pe"adilla. - Era el año de 1860, frescos están en mi oorazon sus • • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE 68 acontecimientos, como el remedo de una incesante , ngoma. Yo era jóven alegro y bullicio o, bijo único de una familia acomodada, y con alguna educacion, recibIda en la bancas de un colegio de provincia, mi vitla sé de Iizaba como la' aren'\ de mis nativas fuente . Era una e pecie de Byron, sin su talento y in su belleza, pero i con algo de su' inmen a tempe tades. En toda la plenitud de mI Incido años, y tra los tibio arrebole de mi primera estrella, amé con e e amor qne abre su alas de inquieto colibrí sobl'e interminables mundos do la fanta ía. Idca única rccluida iempre á u primera fe. A í oñaba bnjo el poder de una evocacion divina, y sentía en mi corazon algo emejante al de'peñado Tequendama, y mi cabeza hcn"ia como la lava en in­fusíon. Oh! In. amaba tanto! oh i, .... tanto, que boy ues de 14 años .... boy de!;pues de que por mí han pasado tan duras y tcrribles pruebas, aún me pa-rece verla todavía! Era mi que mi vida, y la amaba tanto, como el antiguo caballero de la Oruz, el in eparabJe recuerdo de su patria riberas y el honor de u amada. Pero ay! la noche llegó tri te y helada sobre los limpios paisajes donde soñaba mi alma. Las olas de los acontecimientos políticos me pros­cribían do mi pais. Era preci o decirle adios! ... Con l:lo Uluerte en el almn, y CO!l la triste esperan­za dQ mi ituaeiou me encaminé á su casa. E taba ola, dulce y hermo a como siempre, no sé lo que le dije; pero su mano calenturienta y t.cmblo­rosa oprimió la mia vacilante, helada. u dorada ca­bez::. cayó sohre u pecho, y sus ojo dulcemellte in o clinados, me dijeron muelos toda la solemne tristeza de u corazon. Así lo creí, y el infinito peso de mi dolor no tuvo límites . Nos dijimos adios! último y tri te adios! que aún hoy des pues de tanto tiempo .... vibra en mis oidos, como el eco da una maldicion, corno el hirviente plo­mo sobre las olas de un lago. Ingrato! por ella me habia olvidado de mi pobre madre. Oorrí á abraznrla por la última vez I Hacia tres meses que me aturdia al agrio són de los clarines guerreros, en los campamentos del general París, cuando la carta enlutada de un amigo mio, me llevó la nueva do su tri te fallecimiento. j Pobro ma­dre mia! j cuánto debió sufrir! Santa y dnlce com­pañera de mis año, la muerte selló sus amar­guras con el último sucño. Y mis labios y mi alma no recojieron ni su última plegaria, ni su postrera ca- • • rICIa. Huérfano desde la cuna, de un padl'e am~nte y ca­riños, o , tampoco cerré u ojos, ni velé sus postreras agoma. La muerte de mi madre extendió sobre mi frente una visible sombra de profundo malestar, que casi ahogaba la locds emocione tic mi cO¡'azon, imponién­les un olemne y silencioso recojlmiento. Mi alud declinabn, y úl timaOlente tomó caractéres tan sé1'Íos que mi amigo e alarmaron profundamente. Mi razon se extraviaba. i Quién lo creyera! Mi jóven organizacion ardirn­te y vigoro a, al fin e dió por vcncida: 1 me e sin conocer á nadie, y en una sitllacion de espíl"itu ti Docida, reducido al lecbo, sin conciencia de mi propio destino, pa é mi vida sin que á mis oído llegara nil:l. más vaga noticia de mi encantndora amiga. Nunca supe sí me habia escrito siquiera dos líneas, acompañándome en el duelo de mi madre. Un poco débil, pero ya mejor de salud, de espera­do por la ince¡·tidumbl'e, y un tanto desprjado el ho-rizonte político de mi me Ivi á marchar. Dije adios á mis queridos go , lleno de pena y de agradecimiento, y cada cual al abrazarme me miraba triste y pensativo; tornando yo este sentimiento por efusion de cariño, se los ngradecl en el alma, y em­prendí mi viaje. Diez días despues piso.ba el suelo querido que me vió nacer; mi corazon latia ansioso y delirante; en e e suelo habia d ejado la infinita ventura de mis pri­meros ueños; de nuevo sentí desbordar e mis ojos cuando mi pi ada re onaron huecas y silenciosas en el fl'io y de ierto hogar de mi padre. na antigua criada de la ca a me recibió llorando, y alJondando lí. cada palabra las herida de mi cora­zon. '.l'rabajo le co. tó reconocerme. i Ouánto habia cambiatlo! ii vida habia sido un cementerio en sus do últimos anos y en él ardia una lámpara, única, so­litaria, inextinguible .... TO hacia du. horas que habia llegado cuando mi ca a se llenó de amigo que venian lí. darme la bien­venida, enlutados y cabizbajo. Despues de un rato, la com'er acion se animó Ull poco, y uno de ellos me dijo, con tOllO entre alarmante y di imulado: i La familia de .... no te ha escrito? Nada, ni ella siquie­ra, le contesté; quizá por mi locura me habrá olvida­do ..... a. í P. este mundo. Oiertamente, r eplicó mi amigo, con airo incierto y meditabundo, mil'lllldo á sus compañeros con ojo interrogadorcs y tri tes; al­guno se me acercó en este momento y poniéndome familiarmente la mano en el hombro, me dijo: si ctla te olvidó, Dios se encargó de !Su castigo .... ya duer­me el l.u'go ueño de la tum ba .... Herido Lomo por una detonacioll, mi cabeza empe­z6 á dar vueltas, y sen tia que mi corazon habia cesa­do de latir. Empezaba otra vez el delirio de la locura, mi o amigo me rotlearon, y des pues de agotar los re­cur os de la ciencia y ele la ternura, logró rehacerse mi eSl?íritu dcspues de la madrugada. Do dias de pues, recoo tado en mi lecho, como una sombra obre unas ruinas, apuraba gota :í. gota toda la inmeusa amargura del incurable mal de que me muero. Ella, perjura y vil, se habia casado, cuando yo ago­nizaba casi al duelo de mi madre y al luto de su au­senC'Ía; Pero Dios se habia encargado de mi fe bur­lada. Poco del'pues tle casad", en una noche de tempes­tad, un rayo descendió sobre su hermosa frente; que­dando así recolllpenFada su felicidad de la tiorra y el hondo desconsuelo de mi vida! Pobre do mí ! Mi cabeza jamas babia probado el vértigo de la cai· da, balanceándose sobre ese abismo que acaba á nue.­tro piés el desengaño. Mi cornzon habia muerto á la primera impresioIl del mundo; dije adios á la tumba de mi padres; be­sé reverente todo lo que les habia pertenecido en el hogar; y errante y :!in objeto me bice viajero; pel'O lo lluevos soles de otro o pai"rs y el aire de us clímas deliciosos, no le han devuelto la salud á mi espíritu enfermo. No dllé que roe he abandonado á la. dese peracion, porqu esto no es cieloto; pero i ver:1ad, que el recuenlo de esa mujer prsa como el Tolima obre mis hom bro . En vano cierro mi COloaZOll y m is ojos: ella y iempre ella, entre mi destino y yÓo Ella .... que embr6 de Itlgrimas y abrOJOS el endero do mi vida, y alTazó con el cier7.0 de su ingratitud, las primeras florrs que brotaron en mi alegres mañana o Tal es la l.Jistoria que nuestru amigo Enrique nos contaba hace algun tiompl'>, tratando de dominar sus tri ' tes impreiones. La que tra cribiruos íntegra á l1ue tro lectores sin pretensiones de ningun género. Octubre 13 de 1874. AGRIPINA MONTES DeL VALU:. • : • • A DOS AMIGOS el dia. de sus boda.s. Fundir dos almas en la misma vida. I En solo un vuelo remontarse dos! Doble mirada, en lo infinito unida, Alzal' al tl'ono en que bendice Dio~ ! Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 86 LA T A R D E j Esa es la iniciacion, dulce y sublime De que hoy partis al porvenir ideal I . Por hase, amor, que encanta y que redIme, Virtud que inmortaliza por fanal! ¡ Seguid, amigos, la envidiada vía De sombras y de espinas sin temor! j Pueda, por siempre, ser vuestra alegría. I Ouaoto hoy promete la esperanza en flor. y siga, siga vuestro amor creciente Para libraros del humano mal! El alma. embota del dolor el diente! El amor, como el alma, es inmortal! Ambalama, Octubre, 9 1874. Pr~zON RICO. • LAS HOJAS SECAS· El sol' se habia puesto: las nubes, que cruzaban he­chas girones sobre mi cabeza, i~an á am?ntonar~e unas sobre otras en el horizonte lepno. El VIento fno de las tardes de otoño arremolinaba las hojas secas á o o , mIs pIes. Yo estaha sentado al borde de un camino, por don­de siempre vuelven ménos de los que van. No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entón­ces eu alguna cosa. l\Ií alma temblaba á punto d~ lanzarse al espacio, como el pájaro iembla y aglt:l. li­geramente las alas ántes de levant~r el v~e!o. Hay momento en que, merced a una sene de abs­traccione , el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en si mismo, analiz~ y ~omprende todos Jos misteriosos fenómenos de la VIda mterna del hom­bre lÍay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde COIl 103 elementos de la naturaleza se relaciona con su modo de ser, y tradu- , o ce su incompren5ible lenguaje. Yo me hall!lba en uno de estos últimos momentos cuando solo en medio de la escueta llanura oí hablar cerca de mí. Eran dos hojas secas las que bablaban, y éste, poco más ó ménos, su extraño diálogo: -¿ De dónde vienes, hermana? -Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas nuestras compañe­ras, á lo largo de la interminable llanur~. ¿ Y tú ? -Yo he seguido algun tiempo la corriente del r10, hasta que el vendaval me arrancó de entre el légamo y los juncos de la orilla. -y á dónde vas? -No lo sé: i lo sabe acaso el viento que me em-puja? , ., d" h b' d bar ama -i Ay. i qUien Ir,la que a lamos. e aca - rilIas y secas arrastran nonos por la tierra, .~osotras que vivimos vestidas de color y de luz meClendonos en el aire? -¿ Te acuerdas de los hermosos dias en que bro~a­mos' de aquella apacible mañana en que, roto el hm­chado boton que nos servia de cuna, nos desplega.mos al templado beso del sol, como un abanico de esme­raldas? -i Oh! i qué dulce era sentirse balanceada por la brisa á aquella. altura, bebiendo por todos los poros ~l aire y la 1 uzo . Oh! qué hermoso era ver correr el agua. del riC: que lamia las retorcidas raícés del añoso tronco que nos sustentaba, aque~ agua limpia. "5; trasparente que copiaba como un espejo el azul del C1el~, de modo que cI'eiamos vivil' suspendidas entre dos abISmos azu­les ! -j Con qué placer nos asomábamos por cima. dE; las verdes frondas para vernos retratadas en la tem­blorosa corriente 1 o -j Cómo cantábamos juntas imitando el rumor do la brisa y siguiendo el r ¡tmo de las ondas! -Los insectos brillantes revoloteaban dpsplegando sus ala de gasa á nuestro R lrededor. -y las mariposas blanc \8 y las libelulas nules, que giran por el aire en extraños círculos, se paraban un monumento en nuestros dentellados bordes :i con­tarse los secretos de ese misteri030 amor que dura un instante y les consume la vida. -Cada cual de nosotras era una nota en el con­cierto de los bosque3. ~Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de su color. -En las noches de luna, cuando su plateada lu;¿ resbalaba sobre la cima de los montes, i te acuerdas cómo charlábamos en voz baja entre las diáfanas som­bras? -y referiamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de oro, que cuelgan las arañas entre los árboles . -Hasta que uspendiamos nuestra mon6tona char­la para Oil' embebidas las quejas del ruiseñor, que ha­bi~ escogido nuestro tronco por escabel. -y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos que, aunque llenas de gozo al oirle, nos amanecia llorando. -' Ob ! i qué dulces eran aquellas lágrimlls que nos prest'aba el rocío de la noche, que resplandecian con todos lo~ colores del íris á la primera luz de la au-rora ! - De>:pues vino la alegre banda de gilgueros á lle­nar de vida y de ruidos el bosque con la alborazada y confmm algarabía de sus cantos. --y una enamorada pareja eolgó junto á nosotras su redondo nido de ari~tas y de plumas. -Nm¡otras fiervíamos de abrigo á los pequeñuelos contra las molestas gútas c!e la lluvia en las tompes­tades de verano. -N osotra les sel"oíamos de dosel y los defendía­mos de los importunos rayos del sol. --Nuestra vida pasaba como un "meño de oro, del que no sospeehábamo~ que se podía despert~r. . --Una hermosa tarde en que todo parecla sonrelr á nuestro alredeuor, en que el sol poniente encendia el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligera­mente húmeda su levantaban efluvios de vida y per­fumes de flores, dos amantes se detuvieron á la orilla del agua y al pié del tronco que nos soste~ia. . -i Nunca se borrará ese recuerdo de mi ~~morla t Ella era jóven, easi una nii'ía: hermosa y pahda. El le decia con ternura :-i Por qué lloras 1-Perdona eate involuntario sentimiento de egoismo, le respon­dió ella enjugándose una lágrima; lloro por mí. Lloro la vida que me huye: cuando el cielo se corona de ra­yos de luz, v la tíerra se viste de ver¡]u~ y de flores, y el viento trae perfumes y can~os de paJaros y armo­nías distantes, y se ama y ~e siente un~ ~ma~a,. i!a vida es buena !-¿ Y por que no has doe VIVIr? mSlstló él e5treebándole las manos conmovldo.-Porque es imposible. Cuando eaigan secas esas hojas que m~r; muran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo monre tambien, y el viento llevará algun día su polvo y el mio i quién sabe ~ dón.de ? . -yo lo oi Y tu lo Olste, y nos ~stremeclI~os y. ca­llamos. i Debíamos secarnos! i deblamos morir y gIrar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y 1 lenas de terror permanecíamos aún cuando llegó la noche. j Oh! i qué noche tan horrible! -Por la primera vez falt6 á su cit~ el enamorado ruiseñor que la encantaba con sus queJ88 • -A poco Vvlaron los pájaros, y con e~los s~s peque­ñuelos ya vestidos de plumas: y quedo el melo sólo, columpiándose lentamente y triste, como la CUDa va­cía de un niño muerto. _y huyeron las mariposas blancas y las libe]u]as azules dejando su lugar á los insectos oscurO!! que venia~ á roer nuestras fibras y á depositar en nuestros senos sus asquerosas la.rvas. • Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. LA TARDE , 81 -j Oh! j Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche! -Perdimos el color y la frescura. -Perdimo la suavidad y .la, forma~, y lo que án-tes al tocarnos era como rumor de como mUl', mullo de palabras de enamorados, luégo se convirtió en á pero ruido, seco, desagradable y triste. i y al fin volamos desprendida ! -Hollada bnjo el pié del indiferente pa ajero, sin cesar arrastrada de un punto á otro entre el polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podia repo ar un instante en el profundo surco de un camino. -Yo he dado vueltas sin cesar arra trada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinacion ví. solo, enlutado y ~ombrío, contemplando con una mirada di traida las aguas que pa aban y la Iloja secas que marcaban u movimiento, á uno de lo do amantes cuyas palabras nos hicieron prc rntir la muerto. -j Ella tambien se de prendió de la vida y acaso dormirá rn una fosa reciente, obre la que yo me de­tuve un momento! -i Ay 1 Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras ¿ cuándo acabaremos este largo .iaje l .. _j Junca ! •. Ya el viento que no dejó reposar un punto vuelve á soplar, y ya me siento estremecida para levantarme de la tierra y seguir con él. i Adios, hermana! -,. Aj'l OS ., ................................................................... .. ......................................... lO .............................. ~ .............. .. Silbó el aire que habia permanecido IIn 1Il0mento callado, y las hojas se levantaron en confuso remoli- 110, perdiéndose á lo léjos entre las tinieblas de la noche. Y yo pensé entónces algo que no puedo recordar, y que, aunque lo recordase, no en contraria palabras para decirlo. G. A. BECQUER. EL POETA Y EL VULGO. Al altanero y encumbrado pino Díjole un dia la rastrera grama: -" ¿ Porqué tan orgulloso alzas tu rama Cnando no alfombras como yo el camino? y él respondió: -yo doy al peregrino Sombra, cuando BU luz el sol derrama, y cobijo tus flores cuando brama El ronco y desatado torbellino." Así el vulgo al poeta gritó un día: _" Porqué mirais indiferente el suele, ? , ¿ Qué hacei ? Quién sois 1" y el bardo re!'pondia : -Soy más que vos, porque tal yez recelo Que Bolo de mi canto á la armonía Comprendeis que bay U11 Dios y que hay un ciclo.' EUSEBIO LILLO. (Chileno) LA VIDA DE DOS MUJERES· (CUADRO iNTIMO) Por Aldebaran. ( Continuacion.) _Quiero estar sola, uijo tia Juana interrumpién­dola con brusquedad é incorporándose y mirándola de hito en bita, añadió: -l Porqué se te figura que he de sufrir hoy más que ayer? -No só , ••• pensé ..•• -Pues no pienses nada, volvi6 á decirme durante la enferma; hasta mañana, añadió volviéndose hácia el rincon. lI. Yo tenia mi cama en el cuarto de tía Andrea di­. idido del de tia Juana por la snla. La noche estabp calmosa y 1'0 tenia sueño, a í fué que en lugar d acercarme á mi cama, me senté en una tarima que t hallaba al lado de la ventana enrejada que daba sobre el corredor. La ventana estaba abierta y levantando la vista al cielo le ví nublado, y la luna no daba sino una luz tri te y de igual. - Jo piensa acostarte 1 tia. Andrea. - o tengo sueño, con -Mucha impresion te ha hecho ]0 que vimos esta noche 1 me preguntó. ;-Talvez sí, contesté .... era el primer muerto que ve!a. -Hice mal, re el1a,lo con en llevarte á la Iglesia .. " pero no pude vencer el de verle por última vez, despues de tantos años de extraña.­miento y fingida indiferencia. _ Y ~ la miré sorprendida, y notando ella mi sorpresa anad,ó: - o sabias acaso, Pepita, que yo debia de haber sido la esposa de don R~mon ? -Nunca 10 habia oido, contesté ¿ y porqué pues no se llevó á cabo ese matrimonio? -Quiéres que te cuente lo que pasó ahora veinte años '1 -M ucbo se lo agradeceria, tia, exclamé, pues esta propuesta me fOl'prendia mu~hisimo, siendo tÍ<\ Andrea tan reservada, que rara vez hablaba de su persona. -Pero, dijo ella con embarazo y como arrepentida ya de lo ~ue habia dic1;o, pero será mejor dejarlo pa­ra otro dla •.•. te clara sueño .... -No, no, contesté, no tengo sueño y es preci o que cumpla lo que ofrece, anadí tomándole la mano, mién­tras que ella se sentaba á mi lado y envolvia mi cín­tnra con su brazo y apoyaba su cabeza sobre mi hombro. -Yo, jamas, dijo, he tenido confiall7;a en Iladie y tú s0la al hacerte mujer me lo in piras... . ' -Yo tambien, contesté, la quiero á usted más que á tia Juana, quees tan séria. -Lo sé, repuso, y por eso deseo hablar contigo de m i pasado .... -y con tia Juana no lo recuerda? --:-i o sabes que es tan rígida y poco comuni-catlva? --y con mi abuela? -~féno !. ... cuando te refi era la bictoria de mi tri te \"ida encontrnr::ís que con ella me eria imposi­ble h~blar del pasado •... En cuanto á mi hermana, ella sIempre me ba mimdo como á infel'iol' V pien a que mi entendimiento no está :i la altura del suyo .. Pero en e to es cierto que no se eq 11I YOC,I; yo no ten­go talento, ni he leido, ni he e ~ tudiad o en esos libro­te que:i elln le han gu, tado ..• , in c:mbargo si á veces es brava y me ofende, tengo de perdonarla al ver que sufre tanto y es tan enferma. l!:n ca 1\ todos la preferian por ser la ~a,):ol' y la más inteligente. Tú sabes que mI padre reclbw en us primeros años muy poca educacion, y como el único bija hombl'e tu pa­dre) que le ayudaba en sus negocio se de do muchacbo y se fué á establecer á 01 ra parte mi her­man~ l~ ofreció ayudar en sus cuentas, y en 'breve se convIrtió en su mano derecba; nose cansaba mi padre de elogiarla pOI' lo juiciosa y reservada que era desde niña. Le llevaba los libros y con ella consultaba cuán­to hacia, sirviéndole muchísimo. Ouando Juana cum­plió veinte años yo tenia trece, y era una niña aficio­nada á jugar á las muñecas y divertirme en la huerta con ob'as compañeras de mi edad; no se habin logrado que me aficionase al estudio, sufriendo ca tigos en la escuela, lo que me causaba mucha afiixioD, volviendo á casa bañada. en lágrimas, pero sin intencion de en­mendarme. Por ac¡uella. época llegó á N*** don Ra- Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 88 LA TARDE mon, quien despues ¡Je haber vivido siempre en TIogo­tá, qui o venir á ra(1:ca l';;(' en sus tielTas y velar de cerca RUS interese-o Aunque teni,\ m,í.'l de 30 añ01;, Don Ramon era hombre elegante y se manife taba siempre amable con la' mujeres, aunque le tachaban de altanero y orgullo o con las gentes del pueblo. A poco de haber ll rogado aquí empecé á verle con fre­cuencia en casa, y supe que le habia llamado mucho la atencion el inculto talento de mi I¡ermana, á quien empezó á pre~tar libros, dade consejo en estu­dios, enseñad e fr:mees, acabando como era natural por prendar'e de ella. Juana no era hermosa, pel'o tenia ojo muy vivo~, dientes blanqui ímos, boca agrnciaua y sobre torIo, mucho jllicio y buena con­versacion . Don R'lmon, que deseaba tener un hogar arreglado, en breve concertó matrimonio con mi h ermana, cosa qnc llenó de orgullo y alegl"Ía á. mi­padres que creian establecerla muy bien con el hom­bre de más con'litlel"llcion de ~stas comarcas. Aunque al principio yo le tenia recelo y no me atrevia á acer­catrme al novio de Juana, él me trataba con tanto cariño y me regabba con fre0uencia dulces y manza­nas d~ las que le traian de Bogotá , que al fin fui ad­quiriendo confian:r.a y hnci éndome muy amiga. uya, y le aguantaba sin alterarme sus chanzas acerca de mis estadios y percances y afanes ell la escuela. Aunque el matrimonio con Juana e"taba entE'ra­mente arreglrlllo, no se habia fijado más fecha "ino para cuando e acabara de edificar III casa de don Ramon, qua es la que conoce", yen donde IllnriÓ. En el entretanto. ufrió Juana una enf~ rm edrtd muy gra­ve que le duró mucho meses, y ¡Je el la digeron lo médicos que jamás volvería. á recuperar su salud por completo, y efecth'amen te, desde entónces padece ataques que la postran en la cama dumnte scmanas y hasta mese;; como 11[\ vi"to. El fallo de los mé !icos con trarió sobre manera á Don Ramon, qu::: tenia por máxillla, que la cualidad más ap"eciable en una esposa era. la buena !.'alud, sin la. cual no pod ia haber, decia él, ni sombra de felicidad en el matrimonio. A la verdad, don Ramon no estaba enamorado de mi her­mana y lo que habia buscado en ella en su inteligen­cia, buen sentido y honradez de su familia, cualidades que creia I{' formaran un hogar tranquilo y una vi(la honorable. Artnclla malhadada Enfermedad produjo en él suma de,'azon é intranquilidad de espil"Ítu, yen­dose al fin para Bogotá á pasar una tempOl'ada con un hermano casado que vivia en la. ~apitnl. Aunque todos habiall notado el re friamiento de don Ramon, nadie se atrivia á decirlo y ménos que todo, mi her­mana, que no llegó á manifestar el menor disgusto ni queja. A pesar de mi poca inteligenci.l y corta. edad, nada. de esto se me habin. escapado, y un dia me con vencí de lo mucbo que sufria. la pobre Juana con la cruel indiferencia de don Ramon, porque me encon­tré un papel que ella habia e~crito, en el que se la­mentaba con sentidLimas palabras del abandono del hombre á quién ella amaba, y por quien tenia una ndmiracion sin límites. En tanto que sucedian estas cosas, se habian pa, ado los año, y yo habia. crecido haciéndome mujer, aunqne!lo utjaba de ser bastante juguetona y poco estu1iosa. Cuando cumplí quince años empezé á oir decir que era bonita, cosa que me repetía el e pejo cuando le conslutaba. _. esto lo digo, Pepita, no por pre uncion, sino porque han de­saparecido de mi fisouomÍa ajada basta las huella de una. belleza que se marcbi tó pronto, merced á la tris­te y monótona vida que he lle'!ado desde entúnces. - Tia. Andrea guardó silencio por algunos momentos é iba. á continuar bablando, cu.ando de repente entró por la ventana abierta un murciélago, el que, despue de dar dos ó tres vuelta,> volando en torno del apo­sento fué a. golpear contra la vela que babiamos pues­to sobre la mesa. Yo me puse de pié para alir á en­cenderla, pero mi tin. me detuvo dlciéndome: _ T o te vaya!', Pepi ta, prefiero 1:1, oscuridad pnra se61lirto refiriendo 10 que tengo de decirte •• dcspues iré yo mi ... ma á encenderla al aposento do Juana, quo , i mpre c!<'ja luz. y en ¡;egnida continu6 . u relaciono -Tc dcela, qucrida Pepitn, que yo era. bonita, y así era la verdacl : mucho mús blanca que mi hermana, tenia lo ~jos m¡Í" grandcs J' 111 boca pequeiia, el pelo rubio, ondeado y .. ,'..:" ."ro .), ademas tenia buen cuerpo y a¡;pecto sielT,¡l,-e ao imado y alegre. lIabia permanecido don Ramon en Bogotá mucbos me es, y el dia en que volviü ;í X*** haLia yo e tro­nado un Ü"aje de III uselina blanca y como. e usaba entóncc~, lle\'aba los brazos descubiertos y cubríame el pecho un paiiuelo blanco tambien, entre b parte supt'rior de la - tl·en:r.as habia p un rami to de jazmines estrellade s, y a. í vt'stida salí á la sala en el momento en que entraba á 1Ia don Ramon y se es­tuvo de pié :i la puerta mirándome sin hablarme; yo me sOllrojé y bajé lo. ojo. an te lo suyo.. . -Andreita, me dijo al fin alarg;índome la mano, ha crecido u, ted t..'l.nto y embellecido que casi no la co­nocí. i Y hasta bonitas mano~ y ari stocráticas tiene I añadió guard¡índo una de las mia entre las dos suyas. Yo permanecia canada y sumamente turbada y él añadió: -Ouántos años tiene usted, pues '1 -Pronto cumpliré diez y seis, contesté arrancando con dificultad mi mnno que aún tenia en las uyas y no queria altar, y bajo pretexto de avisar su llegada. :i mi madre y hcrmana, salí corrienrlo dc la sala. Sin embargo, yo no me cuide de llamarlas sino que me senté de tras de unos granados, b¡0o un emparra­do de jazmines que habia en el primer patio, y llena de o¡'gnllo con los elegios <1e don Ramon, me puso á mirarme las mano", como sino las hubL' e vi tojamns. -y , i Juana ]0 ha oido, pensaba, pues e taba en la alcoba, se disgu'tará .... i Pero no será mi ber­mano 1 ..•. Qné voz tan dulce tenia y que mirada ! .• " ! Y hasta bouitns manos y aristocráticas tiene! " decia yo en voz bnjn, repitiendo sus palabras á mcdia vo:r. .... segura mente don Ramon se acordó de las de J nana, que son negras y fla(;as ! No qui e vol,er á la sala, pero 10 estuve oyendo ha­blnr por la rendija de In puerta de mi cuarto, y desde e¡;e (jin cuidaba mUf'hi ilUo mis manos y pensaba sin ceoar en el novio de mi hermana; aunque me iba. cuando oia q\le se acercaba á la casa, y i acaso per­manecia en la ala, Juana buscaba siempre algun pre­texto para alejarme. Yo salia, pero me situaba en al­glln lugar de donr:le le pudiera ver y oir sin ser vista, notando que cuando yo 10 estaba presente conversaba con distraccion y C011 los ojos parecia bu car alguna cosa que le faltaba, manifestándose animado y satis­fecho si por ca ualidad me presentaba. .4 La pobre de mi hermana en breve descubrió lo qua pasaba en su corazon y en el mío y cada dia se mani­festaba más tri te é impaciente. Habia momentos en que fijaba en mi los ·os con indecible pena. Al fin era preciso que e ta fa situacion tuviera. término .• Un dia, estando yo en la. alcoba escuchando la con­versacion de Juana con don Ramon, que estaban so­los, oi que ella le decia con voz un tanto turbaba: -namon i no es cierto que soy una mujer muy inutil y enferma? -y no recuperará de vél"as su salud? preguntó él. -Tal,ez no. -Qué desgracia! exclamó él suspirando con desa-liento. -Lo siente u'lted por mí ? pregunt6 ella con ironía. El no contestó. -A usted no le conviene una mujer como yo, repuso ella con acento ronco por las contenidas lá- • grimas. Sin decir una palabra él se puso á dar golpecítos con su baston contra la mesa.. Oomprendí que ella se babia puesto de pié al decir: -Ramon .••• le devuelvo su palabra y su liber­tad •... No crea, añadió, que pretenda. obligarle á cumplir un compromiso hecho en otro tiempo y en otras circlll1Stanci:lS. . • • (Continullrá.) •
Fuente: Biblioteca Virtual Banco de la República Formatos de contenido: Prensa

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La Tarde: periódico dedicado a la literatura - N. 11

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La reforma: editorial del número 72

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Los clérigos son hombres

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Ley 3a. de 1883

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Los dioses del Olimpo

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Los dimes y diretes setembrinos

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Los conservadores, el clero i la paz

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Imagen de apoyo de  Los comuneros de Santander

Los comuneros de Santander

Por: Anónimo | Fecha: 1884

Documento en el que se reproduce una copia del acta de pronunciamiento de un grupo de habitantes de Simacota en el que piden salvar las instituciones patrias y hacer efectovio el derecho al voto que, a juicio de quienes firman, ha sido vilado por el general Solón Wilches. El documento conserva la ortografía de la época.
Fuente: Biblioteca Virtual Banco de la República Formatos de contenido: Prensa
  • Temas:
  • Otros
  • Ciencias sociales

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Los comuneros de Santander

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