Los objetos, las personas y los barrios conservan prácticas, recuerdos y transformaciones que no siempre vemos, pero que siguen ahí.
No todo se destruye para transformarse: muchas cosas se adaptan, se resignifican, permanecen. A diferencia de la idea de que cambiar es empezar desde cero, aquí el cambio se entiende como un proceso continuo, hecho de capas y de tiempos que se superponen.
Las casas y las personas también guardamos y sostenemos esos cambios, acumulando experiencias en lugar de borrarlas.
Cambiar no es un acto aislado ni puramente individual; cambiamos mientras vivimos, compartimos y transitamos junto a otros.
En "Las casas que hablan", de la bumanguesa Elisa Mujica, La Candelaria aparece como un archivo vivo. Sus casas no cuentan una sola historia, sino muchas superpuestas: técnicas, oficios, usos cotidianos y formas de habitar que se transforman con el paso del tiempo.
Este contenido nos permite cuestionar la idea de que el cambio es únicamente individual, resultado de la voluntad o la disciplina personal. Los cambios también son colectivos. Se dan por las circunstancias, por las personas que nos rodean, por los contextos sociales, económicos y culturales que nos atraviesan. ¡No lo olvidemos!
“Elisa Mújica trae a la memoria los molinos de agua y los puentes que permitían el tránsito en una ciudad atravesada por ríos, con los que cualquiera podía tropezarse al recorrer la capital.”
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