Por:
Pablo Felipe Gómez Montañez
|
Fecha:
2019
Quiero comenzar este escrito con una experiencia que viví meses atrás. Fui con mi esposa, mi hija y una pareja de amigos al "Swift Horse Woman Native American Festival" en Mt. Aetna, Pensilvania, evento que anualmente reúne a varios grupos nativo-norteamericanos y se replica en distintos lugares de los Estados Unidos. Su escenario central, aquella vez, era un círculo demarcado con cuerdas en el que se interpretaban danzas y se narraban historias orales. Lo primero que pude notar fue que los danzadores y cantantes no pertenecían a un grupo étnico específico. Un contador de historias indígenas conducía el evento y cada vez que anunciaba un nuevo acto, un grupo heterogéneo y cross-cultural, como él mismo lo decía repetidamente de hombres y mujeres escenificaban una danza. Mientras tanto, los cantantes, grupo conformado por hombres de cabello largo, algunos de ellos rubios y con "barba de chivo", tocaban sus tambores y producían con su voz sonidos prolongados y de timbre alto. Algunas danzadoras tenían fenotipo nativo-norteamericano, mientras que otras podían ser confundidas con mujeres blancas descendientes del grupo amish, de no ser porque vestían prendas típicas indígenas.